relato por
Afrendes González

 

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na niña nos lo trajo a casa aquel día, era una muchacha que yo había visto en el colegio alguna vez, más pequeña. Al menos, yo siempre la había contemplado sintiéndome un escalón por encima. La pobre no sabía adónde mirar y parecía despistada aunque era evidente que se había hecho a la idea de quedarse a merendar. «¿No te importaría quedarte a merendar?». Ella asintió. Giraba la cabeza escudriñando alrededor constantemente, como si tuviera delante una pantalla de televisión envolvente, hasta que uno de nosotros la agarraba del brazo y la traía hasta el patio o la dejaba en la cocina delante de un bocadillo o un cuenco con trozos de chocolate y cuando regresábamos volvíamos a agarrarla del brazo para llevarla hasta el patio o al dormitorio y la convertíamos en espectadora de nuestros juegos o nuestras peleas sin objeto ni causa. Maricruz hacía de vez en cuando el gesto que nos gustaba imitar: una oscilación de mano de arriba abajo con una sonrisa y mirada vergonzosa, como cuando a uno le halagan exageradamente. ¿Por qué? El caso es que giraba la cabeza por algún motivo y, quizá siendo conscientes de lo ridículo que resultaba, le devolvíamos esa especie de santo y seña.

Diré algo poco simpático: a esa niña la tolerábamos porque sabíamos que tarde o temprano haría algo que nos daría mucha risa. Nos divertían sus reacciones y sus hipnóticos y ensimismados bailes de brazos y a mi madre le encantaba acariciar esos rizos gordos y dorados como vetas de mantequilla. Se veía que adoraba los ojitos de criatura perdida, esos ojos a los que una madre tiene que renunciar cuando sus retoños crecen, y también había despertado su admiración la solidaridad callada que había demostrado. ¿Auténtica solidaridad? Afirmarlo era reconocer que sabía lo que hacía. En realidad, a mi padre ya lo conocía. Lo conocía todo el mundo. Él, además, la había sostenido en brazos muchas veces cuando visitaba a su padre. No era tan extraño que se atreviera a acompañarlo hasta nuestra casa. ¿Quién condujo a quién? Interesante pregunta.

Acabábamos de comer y estábamos cansados. Habíamos construido algo indescriptible con barro y ramas cuya repugnancia no invitaba sino que rehuía la imaginación. Propuse abandonar el despacho pero, sin que me diera cuenta, el gran hombre ya se había situado de detrás de mí. Cristina pareció percatarse algo tarde, incluso más tarde que yo, cosa extraña teniendo en cuenta que él había estado en su campo visual todo el tiempo. Maricruz había tenido más suerte, estaba muy cerca de la puerta. La niñita había decidido emprender una silenciosa retirada pasito a pasito hasta la salida. Solté inmediatamente (e intenté esconder) la grapadora de titanio con la que había estado perforando soldaditos. Ahí estaba su pobre mesa convertida literalmente en un basurero, sus utensilios al borde de la ruina. Manchas seguramente permanentes en suelo, paredes y mobiliario en general.

Uno toma conciencia de las cosas solamente cuando se topa con la víctima, cuando ésta le obliga a afrontar las consecuencias. Hasta entonces, las acciones siguen una línea recta hacia el infinito, sin interceptar nada, perdiéndose sin golpear cuerpo alguno, sin ser absorbidas ni rechazadas. En un caso como el que nos ocupa, el padre debería terminar alzando la mano. El desencadenamiento de la violencia es otra cuestión, condenable, sí, pero qué duda cabe de la efectividad de ese símbolo, la mano llevada hasta la cumbre de su poderío, alzándose como un dispositivo sagrado que dispersa justicia. Ah, la vida es un teatro, sí. Qué padres éstos. Es como en los juegos de estrategia, en los que, mucho antes de que cualquier bando se mueva de verdad, uno ya ha puesto en marcha la maquinaria de las expectativas. Hay profesiones en que uno no puede traicionar las expectativas. El éxito en esos casos es saber qué se puede esperar cuando ese qué no llega nunca. Yo lo sé porque vendo teléfonos móviles por internet. Uno sólo tiene que tontear alrededor de una ilusión. El oficio de la familia exige esas habilidades, no podría ser de otra manera, es la ilusión de pertenecer a un grupo en el que reina la armonía, donde cada uno asume con alegría el papel que le corresponde. Una deficiencia de expectativas es siempre lamentable. Y cuando se nombran cualidades, ¿qué hacemos en realidad?: nombrar atributos que esperamos que nunca se pierdan. No hay nada que se advierta más rápido que la ausencia, por minúscula que sea.

Un día, mi padre declaró que quería hacer la compra. «¿Vas a hacer tú la compra?». Él estaba perplejo ante la pregunta. Claro, quién si no iba a hacerlo, a recorrer cinco kilómetros en bicicleta para traer provisiones. Mi madre imaginaba que iba a meterse en el monte con la idea de reunir piedras para la comida. Se tomaba en serio esa sospecha. Yo me habría muerto de risa y pavor. ¿Se lo imaginan, agachándose para seleccionar con todo el rigor de su profesión los brotes de piedra más tiernos? El problema era que ya no quería servirse del chico de los recados, quizá por un prurito de humildad. Le había dado un ataque de humildad y lo único que podía hacer mi madre era elevar la frente, los ojos y una queja muda. ¿Es que le había entrado un impulso purificador? Pongamos que sí. Lo que ocurre en ciertas mentes es irrelevante, lo relevante son las consecuencias. Digamos que ahora quería educarnos a su manera. Había que evitar en la medida de lo posible que los niños tocaran la cara contaminada del mundo. Eso lo leí en uno de sus apuntes (en realidad no sé de qué época) que dejaba ver una gran preocupación.

Los adultos miran a los ojos de los niños, observan su comportamiento, juzgan sus palabras para confirmar que en el mundo existe la crueldad. «Está en ellos», piensan. Y añaden: «¿Cómo es posible?». La respuesta es: porque está en los adultos. Ay de aquél que se crea dueño de su integridad moral, esa es una virtud para siempre pendiente de un hilo. Los niños son dulces mientras mantienen la mirada a su altura pero cuando la alzan muestran su vacío de ferocidad. Oh, sí, la ferocidad, y esos pasatiempos salvajes. Hay algunos que prefieren asesinar animales más grandes que emiten gritos atroces pero esos son los psicópatas de libro. La psicopatía se mide, probablemente, con respecto al tamaño y al sonido del animal. Es mucho más llevadero eliminar animales mudos. No digamos eliminar, el verbo correcto es experimentar. Cuando uno es joven tiene que probar el mundo, tiene que aprenderlo, conocerlo. Conocer no es aprender de memoria un texto de ciencias naturales. Para conocer algo hay que hincarle el dedo como al carrillo de un nene. Alguno diría que no dejábamos títere con cabeza. Yo no respondo de mi querida hermana pequeña, quién sabe lo que pasaba por su cabeza. Yo puedo decir en mi defensa que aquellos seres que eliminaba eran, en general, de vida corta. Hablo de polillas, moscas, mosquitos, abejorros, etc. Su vida es tan efímera que la muerte en ese tipo de animales es prácticamente una anécdota, su biografía es más parecida a la breve agitación de un juguete de cuerda. Y nunca torturaba lombrices, escarabajos, saltamontes o caracoles, que pueden vivir entre tres y siete años, a veces más. Destrozar una vida que podría estar en plena formación de un proyecto de vida es, de lejos, lo más cruel que se me ocurre. Pero díganme: ¿qué clase de proyecto vital tiene una mosca de esas que se posan en la mierda? Es evidente que la naturaleza ha puesto ahí esos animales para que los seres superiores puedan disponer de ellos.

En fin, los procedimientos eran de lo más interesante. En algunas ocasiones preparábamos el lugar concienzudamente, con la ilusión de organizar prácticas verdaderamente científicas. Normalmente tomábamos como laboratorio la habitación iluminada del sótano. Las operaciones más exhaustivas tenían lugar aquí, sobre una mesa cubierta con una chapa de zinc, y podían durar horas, dependiendo de la riqueza interior de los pacientes. La mayoría de las veces creíamos ver cosas como hígados, estómagos o pulmones pero, si tengo que decir la verdad, no veíamos más que tejido baboso con algún matiz abierto a la imaginación. Cosas negras, verdes, rosadas, blancuzcas, sustancias transparentes y translúcidas.

Cristina agarraba del cogote a la pequeña Maricruz. La diferencia entre ellas era notable. Maricruz era bastante mayor pero tenía unos bracitos y unas piernecitas delgadas y endebles como las de un cervatillo. Nos sentamos en el jardín, alrededor de una mesa mugrienta. Con buen tiempo jugábamos en el exterior. A ella la sentamos sobre un taburete y la invitamos a mirar. Sus ojitos seguían con placer y recelo los recorridos desnortados de los bichos y empujaba con delicadeza a aquellos que pretendían rebasar el borde de la mesa. Cristina colocó una babosa sobre un cristal de diez por diez centímetros y puso otro encima de similar tamaño. El gusanito permanecía patéticamente inmovilizado. A continuación, con un movimiento insólitamente experto, la aplastó dejando una lámina orgánica translúcida de lo más asquerosa. La expresión consternada de Maricruz hizo que nos retorciéramos de risa. Se levantó y echó a correr con un gemido que se le quedaba ahogado en la garganta. Esa reacción, que no previmos, podría haber despertado la alarma de nuestros padres, que quizá solo estaban atentos a medias a nuestras cosas. Al internarnos en la casa, comprobamos que todo estaba tranquilo. Mi madre permanecía en la cocina y no había acudido a consolar a Maricruz, lo cual era la prueba de que no se había enterado de nada. La niña había abandonado la casa sin más. No regresó nunca sola, puede que lo hiciera un par de veces en compañía de sus padres y mostraba muchos reparos en quedarse con nosotros pero esta circunstancia no nos inquietó. Había decidido que mi hermana y yo ya no seríamos sus amigos. Bien, no pasaba nada. ¿Era culpa nuestra? Estábamos demasiado enfrascados en nuestros juegos para prestar atención a otras sensibilidades.

«Tráeme mi bastón de mando, ¿quieres?», ordenó Cristina repentinamente. «Quiero hacer de reina». «Estás tu fresca. Vete tú a por lo que sea». Ella replicaba infantilmente: «¡Jo, no alcanzo! Está encima del armario. Venga, vete». Volví a entrar en casa a por el estúpido bastón de mando. Efectivamente, estaba donde ella había dicho, qué chavala más espabilada, cómo controlaba los lugares más inaccesibles. Desde la entrada del patio vi que mi hermana seguía a lo suyo, sostenía la piedra quieta como una estatua. La cuestión es que no estaba matando a los insectos, al menos no por aplastamiento, se podría decir que los dejaba en suspensión. Cogía, digamos, un escarabajo y lo posaba sobre el lecho fatal, a continuación, la piedra iba bajando en dirección a su frágil cuerpo sin que nadie pudiera evitar que quedara más espachurrado que un cojín bajo el peso de (con perdón) la tía Juliana. Antes de que la piedra llegara a tocarle, el bicho ya había quedado frito. El hecho se hizo evidente cuando comprobé que lo mismo sucedía con varios ejemplares más, a los que agarró por las patas, depositó en el patíbulo y eliminó sin que la piedra llegara nunca al contacto. En cinco minutos había formado una pequeña montaña de insectos como quien amontona cáscaras de nuez. Ni qué decir tiene, que ese procedimiento le quitaba mucha diversión al asunto. A mí me gustaba observar las retículas de materia animal, pensar que una sustancia desordenada había estado en algún momento vertiginosamente estructurada en un producto pequeñísimo y organizado. También me gustaba ver sangre. A veces, en el interior del ejemplar se liberaba la sangre de otro animal que le había servido de alimento. Veíamos animales sin patas, inmóviles en su lucha absurda, algunos voladores sin alas y cucarachas descompuestas que encerraban líquidos inesperadamente refulgentes. Así descubría uno la vida de la naturaleza, violentando el interior. En el interior está lo inédito. Sin embargo, Cristina prescindía de estos descubrimientos para aplicar un método sorprendente pero, para mi gusto, bastante menos interesante. Ver morir así a un animal o dos se convierte en algo aburrido con el tercero o el cuarto. Por el contrario, para ella era fascinante aniquilarlos espiritualmente. A mí me fascinan muy poco esos fenómenos. Hay pocas cosas que me dejen verdaderamente boquiabierto. Nunca creí en los fantasmas ni en los zombis ni en los vampiros. Esta chiquilla, por el contrario, siempre pareció muy espiritual. Pensándolo bien, lo que acabo de decir es solo un eufemismo. Verán, solía quedarse absorta sin razón aparente. ¿Por qué? A mí me parece que era un poquito tonta. Ahora que ya no está entre nosotros lo puedo decir. No tengo nada que explicar a propósito. Las cosas hay que aceptarlas tal como vienen. Todos le teníamos cariño pero, ¿no llegaba al mínimo? No. De todas formas, nuestro gran hombre encontraba mucho placer en quedarse mirando como un pasmarote desde unos pocos centímetros. Ella enseñaba una sonrisa lenta cuando descubría el perfil barbudo y gafotas de su padre atento a la jugada y solo empezaba a deslizar la piedra, con la sonrisa congelada, cuando se aseguraba de que nadie iba a perderse el espectáculo. El caso es que debía de tener un control supremo de lo que hacía: por su posición, la mano le impedía observar cuánto se aproximaba al bicho y, no obstante, la operación resultaba de lo más precisa. Alfonso enseñaba los dientes entre unos labios tensos, como si lo que tuviera entre las piedras fuera su propio dedo. Ah, pues sí, el bicho ya se quedaba paralizado, muerto, y lo apartaban de un manotazo. Qué carita de emoción. Este cincuentón estaba a punto de arrodillarse en señal de reverencia delante de una niñita tirando a repipi más bien tonta, derrotado por sus habilidades paranormales. Nuestra chica siempre tuvo un carisma inexplicable. Todo lo conseguía con una sonrisa amortiguada, apartando levemente la mirada con una mezcla de vergüenza y suficiencia. Levantaba la carita y ambos compartían una sonrisa que evolucionaba a un gesto inquietante. Qué dos grandísimos actores. Se ponían los dos a la misma altura, ovacionándose mutuamente en silencio.

A continuación, ella le dice no sé qué al oído. Por un momento, su cara dibuja la angustia de quien se opone a un precipicio y sus ojos palpitan mientras las palabras desgarbadas se encaminan hacia su oído. Después él asiente obviamente contento, sin una pizca de escrúpulo, justo en el momento en que los pómulos infantiles se hinchan. Me pregunto adónde habría ido a parar su juicio. Entonces yo ya había visto algunas paredes llenas de pequeñas manchas. No creía que Alfonso fuera a permitir que los experimentos tuvieran lugar dentro de la casa, en el mismo salón, sobre cualquier superficie, las paredes, la mesa de cristal. ¿Pero es que íbamos a consentir que esa niña hiciera o deshiciera a su antojo?

Alfonso no le quitaba los ojos de encima a su hija. Pensaba que había criado a satanás. Ya ni siquiera apartaba sus cosas, ni las rozaba. Era evidente que le tenía miedo. Desde la ventana de mi habitación observé su figura caminando alrededor de la casa, renqueando entre la maleza, subiendo la mano para formar una visera ante el sol del amanecer. Se ocultó detrás del muro y después se irguió y pasó la mano como si inspeccionara los mampuestos. Oh, no, todo indicaba que la niña le había convencido para recoger víctimas sacrificiales. Después se alejó por el camino y se metió entre los árboles. No podía ver lo que hacía pero volvió con las manos sucias y resoplando. Lo hacía más bien aliviado, como si acabara de enfrentarse a un animal salvaje o de haber luchado para salir de un pozo. Más tarde, ya dentro de casa, hablaba con mi madre y oí parte del relato: «Vi los trastos revueltos sobre la tierra. Allí estaban los huecos que ellos hacen, en los que juegan. Sobre ellos estaban las ramas caídas, los juguetes sucios y desperdigados, como si acabara de pasar un ciclón. Entonces miré al horizonte, hacia el bosque, y vi el polvo levantándose y un coche alejándose. Pensé que se los habían llevado». Yo me dejé ver en el umbral del despacho. Me miró y me preguntó: «¿Dónde estabais? ¿Queréis bromear conmigo?». «Alfonso, estaban durmiendo, no te preocupes más». Yo le dije: «A las siete de la mañana estamos en la cama». «A las siete de la mañana…», repitió. Me puso la mano en la frente y le dio un empujón a mi cabeza. Definitivamente, la idea de que el gran hombre me hiciera sonreír otra vez se me había ido de la cabeza.

Finalmente, una madrugada entró en mi habitación. En él era habitual estar despierto hasta muy tarde. Se sentó en la silla moviéndose todavía a oscuras. Encendí la lámpara. Él estaba nervioso, pensativo y sostenía una taza que enseguida posó. Levantó las manos y comenzó a frotarse la frente. «Pero papá, ¿has estado despierto toda la noche?». «Sí, oye, es increíble». «¿Qué es tan increíble?». Pareció nublársele la vista durante un instante. Bajó la cabeza: «Tu don, hijo». «¿A qué te refieres?». «No te hagas el tonto, sé lo que has hecho, sé que tienes el poder más envidiable que puede soñarse. Imagina: Alemania, 1933…». «¿Pero de qué me estás hablando?». «Imagina: Alemania, 1933. Si tuvieras en tu mano poder acabar con Hitler en aquel momento, solo con el pensamiento, ¿no lo harías? ¿No lo harías por el bien de la humanidad?». La respuesta podía ser obvia pero no tenía claro qué contestarle porque me esperaba cualquier cosa. Todo me parecía posible a continuación. Podía haberse tirado por la ventana o haberse puesto a jugar con mis juguetes en la alfombra y no me habría extrañado demasiado. A la débil luz de la lámpara, la cara de mi padre se veía rígida y angulosa. Le había aumentado el tamaño de los pómulos y la frente y ahora tenía sobre los ojos dos bultos como dos huevos duros que habían adquirido un tono siena, como de sombra castaña, quizá de frotarse una y otra vez la frente, en busca de algún pensamiento. «Ahora no es el momento de hablar de ello», sentenció con algo de solemnidad, «pero en los grandes tratados, las lenguas han escrito ya su fallo y corresponde a cada uno decidir si está a la altura». A partir de ahí se dedicó a inspeccionar los objetos mi habitación pero se veía que no podía identificar nada de lo que veía. En especial le pareció bastante interesante mi R2D2 de colección, que empujó con la yema del dedo durante un momento sin atreverse a cogerlo.

«Todas es de lo más inesperado», le oí decir o eso me pareció entender. Se sentó de nuevo al escritorio y comenzó a hojear un cuaderno. Por la ventana veíamos el perfil nocturno de unos árboles y la tierra grisácea humeando. La tierra parecía una piel febril moribunda de donde escapaba el calor y los insectos. Dio un trago a su taza. Sobre su rodilla oscilaba un dedo casi mecánico que dirigía una orquesta imaginaria. Se le veía danzar en torno a alguna idea que le habría tenido ocupado toda la noche. Él se levantó un segundo para agitar la mano en la ventana y espantar un insecto que no vi.

«No, niño, tú no crees en nada. Sois la gente como tú la que dejaréis que se vuelvan a repetir las mismas catástrofes, una y otra y otra vez. No entiendes el poder encerrado en el gran misterio de Jorsalfar, en los sonidos de los pífanos que silban en el aire que cortan las espadas en alto, en la pureza de la punta de los dedos de todas las hordas de liberación, que irradian la luz clarísima de la justicia. Es la misión que Dios nos ha concedido, tenemos que ampararnos en los dones recibidos y ponerlos en comunicación con la Humanidad. Cuando la injusticia cabalgue en nuestra dirección yo estaré allí y te llevaré conmigo, mi pequeño, mi tesoro, envueltos ambos por tu talento. La injusticia, mi hijo, es un caballo sin jinete que se precipita sobre los hijos de los hombres y los devora. Es preciso estar dispuesto a levantarse en mitad de la noche y sudar y sacrificarse en ese baile brutal que la vida propone…», «¿Hitler se acerca?», pregunté estúpidamente. «… dejar que el viento se lleve una a una las esperanzas para luchar desnudo, como un soldado solitario en el humilde servicio. Ahora tú me vas a decir si vas a agarrar mi mano y me vas a acompañar».

Era un pésimo momento para advertirle que se confundía de hijo, que la del talento ese para matar era Cristina, pero preferí no interrumpirle, esperando que aquel arrebato nocturno quedaría en el olvido. Pero él ya se había callado. Al cabo de un rato decidí levantarme y apretarle la mano. Así pensé que se podría encontrar un final más o menos digno a aquel encuentro. Entonces, él giró la cabeza y me miró mientras me dedicaba una de esas lentas sonrisas que siempre tuvo para mi hermana.

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Afrendes González. Nació en León, España, en 1981. Es escritor, guionista y director de documentales. Como narrador ha sido incluido en la antología La ciudad soñada de la Editorial Babylon, de próxima publicación.
Ejerce una actividad como crítico literario y cinematográfico en el blog: Afrendes (https://afrendes.wordpress.com/)
y ha sido articulista en la empresa de comunicación Brafton Inc. Como director y guionista ha participado en el Festival Internacional de Cine Golden Apricot de Yerevan 2010 con la película Outskirts of an exhibition. Acaba de terminar el documental Constructing Belonging, sobre el centenario del genocidio armenio.
 
Web del autor (en Vimeo): Show Reel
(https://vimeo.com/album/204115)

 

Ilustración relato: Mariquita (Coccinellidae), Por Pedro M. Martínez Corada [www.martinezcorada.es] (Trabajo propio) [CC BY 3.0 (http://creativecommons.org/ licenses/by/3.0)], undefined.

 

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