relato por
Guillermo O. García

 

In Memoriam
Julio Torri

 

Menguado, insignificante, el hombre casi ha dejado ahora de ser hombre. Su actitud es la de quien no cesa de pedir disculpas por no se sabe qué inescrutable falta cometida antaño. Definitivamente aislado, espera frente a nosotros. Su aspecto general, bien observado, tal vez recuerde algo al de un insecto. La expresión —gris, borrosa, anónima—, parece haber sido vaciada de toda emoción y de toda esperanza.

¿Cómo es que habrá venido a dar acá, justo a este lugar, frente a nosotros? Pregunta sin sentido ésta, cuya respuesta no nos incumbe y que, a causa de nuestra profesión, debiéramos tener terminantemente prohibido siquiera formularnos.

Uno de mis compañeros murmura algo en la oreja de un tercero que ríe burdamente (un comentario obsceno, quizá). Eso me distrae unos instantes del hombre insecto y mis pensamientos se esfuman. Veo que alguien se adelanta y le ofrece un cigarro. El hombrecito agradece con una media voz quizá inaudible y, haciendo gala de una delicadeza ridícula, principia a pitarlo.

Todos miramos para allí o para allá, evitándonos. Incluso el insecto baja la vista y se entretiene, mientras fuma, en escrutar las piedritas del suelo ensimismado. ¿En qué pensará? ¿Qué lejano recuerdo aleteará burlón en su memoria? Se aferra —conjeturo— al tallo endeble de alguna flor esquiva, dudosamente sublime, de las pocas que pudieron haber perfumado el árido jardín de su vida.

Consulto maquinalmente el gastado reloj amarrado a mi muñeca: las agujas parecen arrastrarse como anguilas moribundas. Luego deslizo mi mano húmeda a otro sector del caño. Siento el frescor efímero y metálico en la palma. Frente a mis ojos, a unos pocos metros, el muro virulento calla. Calla y aguarda.

El hombrecito casi ha desaparecido. Concluyo que si realmente fuera un insecto treparía sin problemas por la pared. Treparía y treparía. Lento. Constante. Vertical. Y, una vez arriba, se lanzaría hacia el otro lado a fin de perderse en los pastizales para siempre. O volaría. Sí, mejor eso: trazaría un semicírculo sobre nuestras cabezas, a manera de despedida, y se alejaría por el aire inalcanzable…

La voz estentórea del sargento Illescas resuena en el centro de la tarde y me trae de vuelta desde lejos, desde muy lejos:

—Preparen armas… Apunten… ¡Fuego!


 

línea separadora relato De cara a la pared
Guillermo Osvaldo García nació en Banfield, Provincia de Buenos Aires,
Argentina, en 1966. Estudió Licenciatura en Letras en la Universidad
Nacional de Lomas de Zamora, donde actualmente
se desempeña como profesor en las cátedras de Literatura
Latinoamericana I y II. Ha publicado cuentos, poesías
y ensayos en diversos medios.
Contactar con el autor: ggarciart [at] yahoo.com.ar

 

 Lee otro relato de este autor, en Almiar: Espectros
Ilustración de relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 70 / septiembre-octubre de 2013

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