Reseña sobre la novela
de Ana Herrera por
Fuensanta Martín Quero

 

Dice Ana Aguilar Berdún, licenciada en Geografía e Historia y profesora, en la presentación que hace de este libro que «La voz que tuvo que permanecer amordazada despierta para dibujarnos un crisol de horrores vividos por aquellos que luego nos impulsaron a crecer, nos enseñaron a desarrollar la compasión, la solidaridad, el sentido de la justicia, la honestidad… con sus ejemplos, siempre dentro del silencio». Es eso en esencia lo que busca esta novela. Hasta que los muertos lleguen al cielo, entre sus principales pretensiones, contribuye a destapar la mordaza de personas cuyas vidas han sido silenciadas por el peso de la historia, tal como nos contaba Ángeles Caso en Un largo silencio: «Afuera, multitudes de almas se prepararán para guardar silencio, un largo silencio que habrá de cubrir sin piedad esas vidas a las que les han sido robados el pasado y la esperanza».

Siguiendo la temática social que es recurrente en la narrativa de Ana Herrera, Hasta que los muertos lleguen al cielo nos cuenta la historia de desigualdades, escasez, injusticias, sufrimientos, horrores, pero también de amor, amistad, colaboración y solidaridad, vivida hacia el final de la Segunda República española, la Guerra Civil y la posguerra por personas reales que en la novela pasan a ser personajes con nombres ficticios, vecinos de un pueblo con un nombre inventado —Campoblanco— que evoca a Campillos, lugar donde nació la autora. La narración se sustenta en experiencias concretas de personas concretas, pero que, al mismo tiempo, son comunes a una buena parte de la población española de esos años. Es por eso que tenemos que hablar de varias historias contadas simultáneamente en la novela: la historia de gentes del pueblo —en la doble acepción de la palabra—, que luchan individualmente cada una desde sus propias circunstancias ante los acontecimientos que les han tocado vivir, y la de un país convulsionado por una guerra civil y arrojado a la miseria y a una férrea represión en los años posteriores. El peso del escenario histórico y geográfico es tal en el texto, que deja de tener un mero carácter contextual para convertirse en narración misma. Y, como hilo conductor, una tercera historia aflora en él. Es la vivida por Doris, personaje de ficción cuyo nombre es tomado por la autora en alusión a la premio nobel de literatura Doris Lessing y que encarna a una escritora en edad senil con principio de alzheimer que se convierte la mayor parte del tiempo en narradora omnisciente, construyendo el relato de sus vivencias como una novela dentro de otra novela. A través de la narración de Doris se va desgranando de forma coral las experiencias, unas más cotidianas, otras más violentas, de personas —personajes en la ficción— cuyas vidas pertenecen a esa gran masa de gente cuya existencia ha quedado siempre bajo la sombra de la historia oficial, los que la sufrieron realmente desde el anonimato y la invisibilidad y la construyeron desde adentro, desde la intrahistoria, en el sentido otorgado por la profesora de la Universidad de Cádiz María Dolores Pérez Murillo en una versión dada al término introducido por Unamuno.

Se hace un recorrido en el tiempo partiendo de la última fase de la Segunda República española, describiendo a través de los relatos que Doris cuenta o pone en boca de los personajes la situación socio-económica del momento: desigualdades sociales, hambre en buena parte de la población, escasez, sobre todo entre la gente del campo, analfabetismo y, como consecuencia de ello, éxodos de la población rural a las ciudades para trabajar en las industrias en pésimas condiciones, movimientos sociales y la intensificación de revueltas en un ambiente prebélico. Los capítulos dedicados al desarrollo de la Guerra Civil y de la posguerra son especialmente intensos, muy gráficos y dotados de gran realismo desde el punto de vista descriptivo; son escenas reales vividas por cada uno de los protagonistas de la novela que ejemplifican las miserias y horrores sufridos por una gran parte de la población española. Los fusilamientos ejecutados por los dos bandos, la huida masiva de gente desde lugares como Campoblanco (Campillos) hasta llegar a Málaga y desde aquí hacia otras regiones, la dispersión de las familias, la miseria, la pérdida de seres queridos, el pavor producido por los bombardeos, la visión de la muerte por doquier; después, las torturas y los trabajos forzados en el campo de concentración de Albatea… Son especialmente duras las escenas de la huida de los refugiados por la carretera de Almería, con imágenes desgarradoras que ponen de manifiesto la cara más cruenta del ser humano. Precisamente en esos capítulos la tensión narrativa alcanza su punto álgido para ir relajándose poco a poco en los capítulos siguientes. Sin embargo, como contrapunto al dolor y a la tragedia, también se viven experiencias de encuentros, de amistad y de solidaridad, como la protagonizada por el médico canadiense Norman Bethune al arriesgar su vida noblemente para prestar ayuda humanitaria de forma voluntaria. Es ese contrapunto, esa dualidad de sentimientos la que continuamente aflora en la novela de Ana Herrera, de tal manera que las desgracias son compensadas por el amor, la esperanza, la entrega a los demás o el deseo anhelante de recuperar la paz. La hambruna de la posguerra, las cartillas de racionamiento, el dolor por los seres perdidos, las represalias, las falsas denuncias, los expolios, los encarcelamientos, los miedos… Todo un paisaje desolador de un país partido en dos. Y es en ese contexto de caos en el que lo extremo se hace cotidiano. Por una parte, las maldades ocultas en tiempos de paz salen a la luz y cobran especial virulencia, por ejemplo las frecuentes acusaciones falsas a personas inocentes por envidia o venganza personal. Por otra, la intensificación de sentimientos nobles de solidaridad y de colaboración, como el caso de la pareja de brigadistas rusos que combatieron con sus aviones contra el bando nacional y que en la novela Doris —Ana— los convierte en personajes cuya historia llega a cobrar vida propia, hasta el punto de que a Katia y Nikolai —nombres ficticios de ambos brigadistas— les dedica más de un capítulo.

Dice Lucía Prieto Borrego, doctora en Historia y profesora de Historia Contemporánea de la Universidad de Málaga, en la introducción que hace a la novela que esta «no es la historia imaginada, sino la historia vivida por “personajes” que no lo son, porque no han sido inventados, sino descubiertos por quien no hace sino darles la voz…». Y efectivamente, Ana a través de Doris saca del anonimato a determinadas personas sencillas y populares cuyas historias son las mismas que las de todos los que sufrieron la guerra y la posguerra, de tal manera que la ficción se convierte en la envoltura de la realidad y ésta en la médula de la narración. No es, por tanto, una novela histórica al uso porque los testimonios orales de los que se nutre son realidad palpable de su tiempo, convertidos en esta narración de Ana Herrera en recopilación o material valioso, en tanto que real, para el conocimiento de determinados acontecimientos de la historia. Lo cual le confiere un doble valor: como novela, por un lado, y como aportación al estudio histórico de una zona geográfica concreta, por otro. Complementa esa contribución la documentación gráfica que se intercala en el texto, consistente en una serie de fotografías de la época cedidas por Ildefonso Felguera Herrera y por Jesús Majada.

Como ya se ha dicho antes, la narradora principal es Doris, que a su vez es personaje de la novela, pero no es la única porque en ocasiones el relato se construye a través del diálogo entre ella y Katia —brigadista rusa—, o entre los demás personajes. Doris unas veces es la propia Ana y, en otras ocasiones, tal como confiesa la autora en algún pasaje, es su madre, su abuela o una amiga. En cualquier caso, la narración, desde un punto de vista formal, se hace de una manera clara, directa, sin aditamentos ni circunloquios, con una precisión de palabras en la que no deja lugar a la duda ni a la interpretación, porque el tema de la obra y lo que a través de ella se quiere expresar así lo requieren. Sin embargo, no por ello se dejan atrás recursos estilísticos de otra índole. Podría citar alguna personificación interesante («negro bostezo de la muerte»), entre otros, pero sobre todo, lo que más llama la atención cuando se profundiza en el texto, es la existencia de dos símbolos poderosos, a mi modo de ver, uno por su carácter emotivo, otro porque constituye uno de los temas fundamentales, que no el único, de la novela. Me refiero, en primer lugar, a un caballo de cartón que a uno de los personajes, Andrés, siendo niño le regaló su padre poco antes de estallar la guerra. Después de todos los acontecimientos vividos con su familia tras marcharse de su pueblo huyendo del ejército nacional, cuando regresan a Campoblanco se encuentran que su casa, como otras tantas, había sido saqueada y su preciado juguete ya no estaba, esto lo entristece profundamente y le hace llorar. La pérdida del caballo de Andrés simboliza la infancia perdida por la guerra, al igual que sus sueños de niño: «Los sueños de Andrés, en cambio, se llenarían de columnas de humo densas y negras como la noche más profunda…». El segundo de los símbolos citados es la terrible enfermedad que, de forma incipiente, padece Doris y que en los últimos capítulos se agudiza: el alzheimer, o lo que es lo mismo, el olvido. Ana, a través de Doris, desea que los recuerdos no se borren, que la vida de esas personas, sus penurias y sus sufrimientos, no queden en la sombra de la historia oficial, sino que se conozcan y se nombren y se cuenten como parte que son de la memoria histórica. Doris desea combatir el alzheimer y se ayuda de Katia para recordar. Ese es el deseo también de Ana Herrera: dejar testimonio antes de que el olvido lo cubra todo.

El propio título de la novela sugiere transitoriedad, algo no acabado que está pendiente de hacerlo, y ese algo consiste en entregarles definitivamente la paz a los muertos, a los protagonistas concretos y a la población que representan que de forma imaginaria esperan la finalización de sus historias, para lo cual la autora considera imprescindible, no el camino de la negación, sino el de la visibilidad a través del recuerdo.

Que Hasta que los muertos lleguen al cielo sea una novela sobre la memoria histórica no cabe la menor duda, como tampoco sería erróneo afirmar que, además, con ella se desea homenajear a no pocas personas. Ana rinde homenaje con este libro a los ancianos reales con nombres y apellidos que les cedieron sus testimonios, a la población que, como ellos, sufrió los horrores y las penurias de la guerra y de la posguerra, a los fusilados y represaliados, a los dos brigadistas rusos que ofrecieron sus vidas altruistamente, al médico canadiense que intentó salvar a los heridos de la carretera de Almería, a Campoblanco, que representa a cualquier pueblo del sur de Andalucía —y en general de España— que padeció la dolorosa experiencia de la confrontación entre hermanos/as y, de entre ellos, a Campillos, cuyas costumbres y personajes más populares se describen y nombran; también, de manera autobiográfica, a algunos antepasados de la escritora que han formado parte de la historia de su pueblo y de sus propias raíces. Por último, a través del personaje que lleva el mismo nombre, la autora ha querido homenajear a la escritora inglesa Doris Lessing, premio nobel de literatura de 2007, fallecida poco tiempo después de que esta obra saliera a la luz.

Quiero reseñar igualmente la importancia que Ana Herrera, desde su perspectiva de narradora, confiere al poder de la imaginación como refugio contra la cruda realidad. En este sentido, Doris, que en ocasiones es ella misma, construye una ficción paralela a la narración de los hechos reales llegando a modificar incluso algunos de los acontecimientos acaecidos realmente y que previamente ella ha contado, de tal manera que se permite darles un giro, tal como hizo con el destino de los brigadistas rusos. En un pasaje dice Doris: «…viví a través de mis personajes todo lo que me había negado el mundo real».

Pero esta novela no solo cuenta historias. Todo un elenco de sentimientos, surgidos la mayoría de ellos de experiencias límites vividas por cada uno de los personajes, emerge a lo largo de la narración despertando con frecuencia en el lector/a una emoción contenida. El dolor, el amor, el odio, la solidaridad, la crueldad, la amistad, el altruismo… En concreto, el amor entre hombre y mujer se presenta con frecuencia a lo largo de los capítulos como camino hacia la felicidad frente a la adversidad. Básicamente estamos ante una novela en la que los valores humanos más nobles quedan siempre por encima de los más viles. En este sentido, destacan las continuas referencias que la autora hace sobre la necesidad de la paz con mayúsculas entre los seres humanos, erigiéndose este en el tema de fondo de la obra. La autora, a través de Doris, plantea una reflexión acerca de la capacidad o incapacidad del ser humano para no protagonizar más guerras y duda de esta capacidad porque el poder y la riqueza son grandes obstáculos frente al amor y los valores más humanos. Doris —Ana— reflexiona acerca de lo injusto de una guerra y de sus terribles consecuencias: pérdidas, tragedias y miserias, y considera que «la humanidad debe seguir un solo camino, y es el camino de la paz». Es esta reflexión médula de la novela.

Son tres los textos que presentan de manera introductoria esta obra. Ya he mencionado antes los dos primeros. En el tercero de ellos, suscrito por Alba Navarro Herrera, licenciada en Comunicación Audiovisual e hija de la autora, se dice con gran razón que «Doris no podía sucumbir a la enfermedad sin rescatar aquellas viejas historias, que no lo son tanto». Efectivamente, son historias no tan viejas, por un lado porque los setenta u ochenta años transcurridos desde entonces hasta nuestros días no supone mucho tiempo en el cómputo global de la historia de la humanidad; por otra parte, porque en el actual contexto de crisis y recesión económicas estamos presenciando con cierta frecuencia actitudes y manifestaciones que hacen sospechar que las dos Españas lamentablemente siguen existiendo. Por eso, desde un punto de vista reflexivo, se hace necesario más que nunca el recuerdo de un pasado no tan lejano, la evidencia de las heridas aún sin cerrar del todo para dejar paso a la reconciliación definitiva que es la reconciliación moral y, sobre todo, dejar atrás el recurso de la confrontación que lleva inexorablemente a la nada, jamás al triunfo, siempre a la destrucción y al vacío. Dijo León Felipe en su poema El hacha, escrito inmediatamente después de finalizar la Guerra Civil: «¿Por qué habéis dicho todos/ que en España hay dos bandos,/ si aquí no hay más que polvo?».

Por todo ello, cabe decir que Hasta que los muertos lleguen al cielo nos ofrece diferentes facetas, todas ellas muy interesantes: es una novela sobre la memoria histórica, es una novela que aporta testimonios reales al conocimiento de la historia, es una novela-homenaje, pero, más que nada, es una novela necesaria para recordarnos siempre que, como decía Doris, «la humanidad debe seguir un solo camino, y es el camino de la paz».

 

 

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Fuensanta Martín Quero. Poeta y articulista malagueña nacida en 1963 (Coín). Cursó estudios de Derecho (Universidad de Málaga y UNED). Desde el año 2001 pertenece al grupo literario ALAS de su ciudad. Ha publicado los poemarios La esencia hallada (año 2007, a través de Íttacus, S.L.) e Interludio. Poesía escogida (año 2011, Editorial Vértice), así como las plaquettes Parajes del silencio (Colección Wallada, año 2002) y Lugares y figuras (Colección Wallada, año 2007). Ha participado con sus textos en siete libros colectivos de la Academia Iberoamericana de Poesía, Colección Homenajes, en la antología poética Versos para la Libertad (Editorial Corona del Sur, año 2007) y en el libro de relatos Breviario de ALAS (2003). Asimismo, colabora con poemas, artículos y críticas literarias en revistas digitales como Almiar (Margen Cero) y Cañasanta, revista sobre arte y literatura latinoamericana, entre otras. Participa en recitales poéticos y desde el año 2007 sus versos vienen formando parte de exposiciones de pintura y fotografía realizadas en Málaga y provincia.

Web de la autora:
http://lecturasdefuensantamartinquero.blogspot.com.es/
http://www.articulosfuensantamquero.blogspot.com/

 

 Hasta que los muertos lleguen al cielo – Ana Herrera / Ediciones Adhara ISBN: 9788481446982

Ilustración artículo: Fotografía por Pedro Martínez ©
(De la muestra Belchite)

 

reseña Fuensanta Martín Quero

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Revista Almiarn.º 73 / marzo-abril 2014MARGEN CERO™Aviso legal

 

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