relato por
Remisson Aniceto

(Traducción del portugués
por Pedro Sevylla de Juana)


Á

ngela recibió la noticia por teléfono al final de la tarde: Cidinha, su hermana, debió ser internada a toda prisa antes de comer, tras sufrir fuertes dolores de cabeza, vómitos y desmayos. Quien llamó para avisar fue Lelena una de las seis hermanas, con quienes Cidinha estaba pasando unos días. Este detalle facilitó el auxilio, porque Lelena, veinte años atrás, trabajó como enfermera en la Unicamp, situada al lado de casa, lo que permitió esa atención tan rápida a la hermana.

Ángela viajó apresuradamente a Campinas, y llegó al hospital al caer la noche, encontrando en la sala de espera a Lelena y a otras dos hermanas asustadas y ansiosas de noticias, sobre lo que realmente pasaba con Cidinha. Su madre vivía lejos y decidieron no decírselo —a sus ochenta años, recién salida de la cirugía después de un infarto, su salud precisaba cuidados, por lo que era preferible evitarle cualquier agitación emocional.

A eso de las diez de la noche, una enfermera llegó a la sala de espera para anunciar, que el informe médico no iba a estar listo hasta las diez de la mañana del día siguiente. De nada sirvió insistir, pues el doctor que la atendía se había ido y no volvería hasta el próximo día. Pero Cidinha estaba sedada, su situación era estable y, en esos momentos, dormía.

Ninguna de las hermanas hizo mención de marcharse; y estuvieron paseando ansiosas hasta más allá de la madrugada entre la sala de espera, el patio y la cafetería.

A las once, después de llevar a Lelena a un rincón —ella incluso colaboró en varias operaciones— el doctor Ciro habló en voz baja, aunque sin deseo de ocultar lo dicho a las otras hermanas, que se acercaban temerosas:

—Lelena, usted ayudó mucho al hablarme de su hermana varias veces, y después de algunas pruebas, llegamos a un diagnóstico. Ahora está bien, pero en cualquier momento puede empeorar. Aquel melanoma producido durante años de exposición al sol, y descubierto el año pasado…

—El cáncer de piel… —Lelena musitó, ya llorando, imitada por las otras hermanas.

—Sí, vamos a empezar el tratamiento inmediatamente. Como usted sabe, el melanoma tiende a extenderse a otros órganos además de la piel, entrando en metástasis. Las áreas oscuras de las pruebas muestran que hay diversas partes afectadas. Si hubiera iniciado el tratamiento en aquel momento…

 

De nuevo en casa, Ángela recordaba en silencio su infancia y adolescencia. Decían que era la más bonita, la más delicada de las hermanas. Cidinha —hasta ella misma lo aceptaba— era la más fea, la menos atractiva, ni la miraban los chicos. Es cierto, la timidez de Cidinha, con la ayuda de sus vestidos, la distanció de todos. Aunque pobres, las hermanas tuvieron buen gusto para vestirse; solamente Cidinha erraba en las combinaciones. Pero cuando llegó a la adolescencia, Ángela, que era además de hermana su mejor amiga, comenzó a aconsejarla en la elección de las prendas adecuadas, las que combinaban mejor. Sin embargo, además de la ropa, lo que realmente separaba a Cidinha del mundo, era esa seriedad tan inusual en las jóvenes de su edad. Siempre triste, callada, atenta, olvidada en los rincones: no siendo la más vieja de las hermanas, lo parecía.

En la escuela, aunque Cidinha iba tres series por delante, Ángela hacía todo lo posible para integrarla, instándola a unirse a sus compañeros de clase durante el recreo, presentándola a sus propios amigos. Hasta de Cupido actuaba Ángela; incluso facilitó el primer novio a Cidinha, que le agradecía todo ese cariño fraterno, puesto tantas veces por delante de los compromisos propios, al hablar, caminar y dedicarse a ella, especialmente en los momentos en que la encontraba más hundida, si cabe, en la profundidad de su tristeza. Eso posibilitó que Cidinha una vez dijera:

—Gracias, hermana, por enseñarme a vivir.

Sucedió cuando Ángela le confesó que, una vez terminada la facultad, haría el viaje de sus sueños; y Cidinha la acompañaría para conocer el Sena, el Jardín de Versalles, la famosísima avenida de los Campos Elíseos y otras maravillas francesas, país, Francia, por el que Ángela se había apasionado viendo las más bellas películas de amor.

Cidinha, finalmente, se casó y tuvo dos hijos. Años más tarde vino la viudez, asesinado el marido mujeriego por un furibundo esposo traicionado. Quedaron los dos niños y el excesivo sufrimiento, presente desde el principio del matrimonio. Ella, que continuaba siendo tímida y retraída, tiempo después se unió a otro hombre. Si el primero la engañaba, este, además, era violento, drogadicto y ladrón, lo que se comprobó más tarde. Cidinha, a pesar de encargarse de todo, incluso de recoger a su marido y a las otras mujeres, continuaba viviendo esa vida miserable. Nadie entendía los motivos de tamaña sumisión al destino. Y aun así tuvo con él tres hijos. Siempre fue una madre amorosa, esposa hacendosa y fiel, a pesar de que sus maridos no merecían ni amor ni atención. Cidinha parecía haber nacido para amar, casarse, parir y sufrir. Hasta que un día su segundo esposo se fue a vivir con otra. Los hijos del primer matrimonio vivían con la abuela desde la muerte del padre, los demás quedaron con Cidinha, que unos años más tarde encontró otro amor, con quien no tuvo más hijos.

De ese segundo hombre, con el que vivió y tuvo hijos, supo que después de abandonarla estuvo mucho tiempo enfermo, sin ni siquiera levantarse de la cama. Probablemente, pasó por todo ello para sentir en cuerpo y alma una parte del sufrimiento causado.

Cidinha tenía dos nietos que vivían en otra parte del país, y uno de ellos cayó enfermo de gravedad. Sucedió exactamente cuando se descubrió el melanoma y ella, antes de iniciar el tratamiento, decidió viajar para ayudar a su hija a cuidar al niño. Durante más de un año olvidó o fingió olvidarse del cáncer, que ahora aparecía mucho más agresivo, demostrando que nunca se había olvidado de ella.

Cidinha era una fumadora empedernida, y el cigarrillo se convirtió en un sólido aliado de la enfermedad. A pesar de los muchos intentos, incluso con la ayuda de familiares y amigos, nunca consiguió dejar la adicción. Ahora que su estado se agravaba, se vio obligada a abandonar de manera definitiva el humo.

Llevaba en tratamiento varios meses, y sus hermanas y su madre, a quien ya no podían ocultar la delicada situación de la hija, se turnaban para cuidarla en la alcoba. Ángela entregaba lo mejor de sí. Era quien leía a su hermana, quien le contaba historias, quien recordaba pasajes de la vida familiar, o anécdotas de los enamorados… En tales momentos Cidinha reía mucho, agradeciendo a su hermana el hecho de estar siempre con ella.

—Ángela, me ayudaste a lo largo de toda la vida, ahora todavía estás aquí conmigo, a pesar de lo que te necesita tu familia. Gracias, hermana.

Al salir del hospital, Ángela lloraba. Todo lo que hizo por la hermana fue de corazón, sin cobrarse en modo alguno, sin arrepentirse, obrando exactamente como sabía que Cidinha haría con ella.

El cáncer iba alcanzando diversos órganos, algunos aparecían ya en las pruebas diagnósticas como simples manchas oscuras, y Cidinha sufría con frecuencia escalofríos, espasmos, tos y vómitos. Pequeños nódulos que al menor contacto se movían bajo la piel, aparecían a diario en casi todo el cuerpo.

En uno de los momentos en que Ángela estaba con ella en la habitación del hospital, delgadísima Cidinha, y ya con dificultad para hablar debido a los muchos medicamentos que la adormecían, dejándola somnolienta, la enferma, a poquitos, dijo:

—Ángela, ¿me dejas fumar? Sólo un cigarrillo. La abstinencia me va a matar antes que el cáncer…

Ángela sintió como una lima en la garganta, esa angustia infinita que la acometía desde que Cidinha enfermó. Pero no podía sucumbir ante el deseo de la hermana. «Cidinha nunca ha fumado desde su ingreso y no permitiré tal locura, no faltaba más», pensó.

—Cidinha, no puedes fumar. Si el médico viene y te ve con un cigarrillo, me mata.

—Ya fumé la semana pasada, Ángela… al médico no le preocupa eso. Sabe que voy a morir pronto en cualquier caso.

Ángela palideció. Cidinha estaba enredando, y ella no iba a entrar en el juego. Pero semanas más tarde sus hermanas y su madre supieron que, realmente, había fumado varias veces y con el permiso del médico. No se lo dijeron a Ángela porque la conocían muy bien, y sabían que nunca aprobaría lo que consideraba una locura. Opinión que mudó tiempo después de la muerte de la hermana, al entender que, en esa etapa avanzada de la enfermedad, cuando ya no había solución, Cidinha merecía al menos sentir aquel placer mínimo.

Uno de los momentos más memorables de la vida de Ángela, fue cuando Cidinha dijo que incluso sola, ella debía viajar a Francia para conocer aquellos lugares encantadores.

—No renuncies a tus sueños nunca, Ángela. Cuando estés a la orilla del Sena, bajo la luz de las estrellas, cierra los ojos y verás que estoy allí, a tu lado.

Ángela, que siempre contenía las lágrimas delante de su hermana, tratando de mantenerse fuerte como todos pensaban que era, no aguantó más, cuando, volviendo de la cafetería, se detuvo en la puerta de la habitación para escuchar la voz de la hermana:

—Dios, Señor, que me concediste la vida; Señor, que me diste una hermosa familia y unos niños perfectos… Señor, que me enseñaste tanto y yo no supe aprender, enséñame a partir con dignidad. Poco hice en esta vida… y ahora no queda tiempo. Sólo te pido: cuida de mi familia, cuida de mi querida Ángela y llévame contigo…

Sollozando, Ángela se agachó en el umbral de la puerta abierta, observada por enfermeras, médicos y otros empleados que iban por el pasillo. Las palabras de la hermana, envueltas en tanto dolor, en tanta angustia, desnudaron su alma de los pocos sueños que todavía le quedaban. Sin la presencia de Cidinha, ¿cómo iba a tener fuerzas para vivir, para enamorarse, casarse, tener hijos, viajar? ¿Cómo conseguiría vivir sin ella?

—Hermanita, yo te amo.

Fue la última frase dicha por Cidinha a Ángela, y la pronunció dos días más tarde, antes de ser socorrida a toda prisa en la sala, cuando las esperanzas habían huido y ningún opiáceo calmaba los dolores, inicios de una noche lluviosa en la que todo era desaliento.

«Cidinha querida, fuiste tú quien me enseñó a vivir. Si conseguí llegar hasta aquí, si superé todos mis miedos, fue porque nunca me abandonaste, porque siempre creíste en mí. Yo me resguardaba tras tu presencia, aparentemente frágil, y me hacía fuerte. Te prometo que estarás conmigo siempre».

 

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Remisson AnicetoRemisson Aniceto: «Nací en Nova Era, ciudad cercana de la Itabira de Carlos Drummond de Andrade y siempre soñé que algún día podría ir más allá de las montañas para conocerlo —después de todo, éramos vecinos—, pero como el poeta me había advertido mucho antes: “tenía una piedra en medio del camino”. Hasta que en 1987 Drummond, que pasó gran parte de su vida en Río de Janeiro, desde allí viajó definitivamente. Desde mi infancia, admirado de ver las sonrisas, las muchas caras, las diversas expresiones del rostro de mi padre cuando él leía, pensé que esto debía ser bueno y luego también empecé a leer. Con la lectura, vino el incontrolable deseo de escribir. Desde entonces escribo cuentos, poesía y artículos diversos, con algunos de mis trabajos traducidos y publicados en blogs, sitios web, magazines y periódicos de Brasil, Argentina, Chile, Cuba, España, Francia, México y otros países. Mi amigo y gran escritor Pedro Sevylla de Juana, colaborador de Margen Cero, escribió un hermoso texto crítico sobre mi poesía (Remisson Aniceto, poeta a martillazos)».

Web del autor: www.remisson.com.br

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 Ilustración relato: Pintura por Ena Villani (©) – www.enavillani.com

 

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Revista Almiarn.º 86 | mayo-junio de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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