relato por

Luis Ángel Ortiz Catalán

 

P

or caprichos de la vida, el señor José Rosas vino al mundo en el seno de una familia de escasos recursos económicos y afectivos. No tuvo oportunidad de asistir a la escuela, aprendió algo de matemáticas básicas, a leer y a escribir porque o aprendía o se resignaba a las golpizas que le propinaba su primer patrón, el dueño de un puesto de frutas del mercado cercano a su casa. De su capacidad para las relaciones interpersonales sería mejor no hablar, la única vez que tomo valor para invitar a una mujer a salir, terminó llamándola zorra porque a ésta se le ocurrió recogerse el cabello y le mostró las orejas.

Tenía dos quehaceres en el día, mismos que cumplía con religiosidad. El primero era ir a trabajar, trabajaba como auxiliar contable en un despacho. El segundo era asistir a una biblioteca pública tan pequeña que únicamente contaba con cuatro libreros empotrados uno en cada pared del edificio, había, además, tres escritorios y sillas para los visitantes en el espacio del centro, la encargada del lugar se sentaba cerca de la puerta a hojear revistas de chismes. De lunes a viernes realizaba una lección diaria, apegado a un plan de estudios autodidacta. Pocas cosas lograban romper su rutina.

Sucedió que una mañana despertó con un fuerte dolor de cabeza y mucha fiebre. Pese a ello fue al trabajo, sólo para que su jefe no le dejara quedarse en la condición que se encontraba. Iracundo por no poder cumplir con sus deberes laborales tomó la decisión de pasar todo el día en la biblioteca, «no pienso perder mi día —pensó para sí— por culpa de esta caraja fiebre». Ya en la biblioteca, llenó el escritorio en el que se disponía a estudiar con más libros de los habituales, pero, por más que intentó concentrarse, no lo logró. Jamás sintió tantas nauseas como en ese momento.

Decidido a no volver a casa hasta no haber estudiado siquiera un poco, recorrió los pasillos buscando ejemplares con contenido fácil de digerir. Sin discriminar tomó varios ejemplares y los llevó al escritorio. Repasó los títulos, pero ninguno le era atractivo. Cuando por fin abrió uno de los volúmenes, aquel de nombreHistorias de Cronopios y de Famas, fue al índice y algo le llamó la atención, nunca pensó que un libro de cuentos contuviera escritos titulados «Instrucciones para…». Eligió uno y buscó la página, entonces leyó «Instrucciones para subir las escaleras». Al finalizar su lectura dejó el libro en el lugar de donde lo tomó y buscó una antología para saber más del escritor de aquel texto, fue así como supo quién era Julio Cortázar.

Esa noche y las que siguieron no logró dormir. Una semana no fue a la biblioteca. Al salir del trabajo sólo se dedicaba a una cosa: averiguar a qué dirección podía enviar una misiva al escritor Julio Cortázar. Su persistencia le llevó a lograr dar con una dirección. Rápidamente tomó papel y pluma y escribió algunas líneas.

 

Estimado y reconocido escritor Julio Cortázar.

Me permito escribirle la presente porque usted merece saber que considero que su… no sé cómo llamar a ese escrito que lleva por nombre «Instrucciones para subir las escaleras», ese escrito señor mío, no está completo. Es inevitable preguntarse: ¿qué hacer si son escaleras eléctricas? Alguien con su prestigio no tiene permitido dejar ese vacío, es una grosería para sus lectores.

Agradezco su atención y le pido no dé respuesta a la presente, no sea que provoque en mí más dudas, que luego no me dejan dormir.

Con respeto, José Rosas       

 

Luego de mandar esa misiva la vida de José Rosas volvió a la normalidad, a esa normalidad que tanto gozaba.

 

 

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📩 Contactar con el autor: luisangeloc1 [at] gmail.com

Ilustración relato: Fotografía por bogitw / Pixabay [CCO dominio público]

 

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Revista Almiar – n.º 85 / marzo-abril de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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