Presentación de Estela y Lázaro vertiginosamente
última fabulación de

Pedro Sevylla de Juana

 

1- Nota bene del autor

Andaba yo en amores literarios con el complejo Brasil, desarrollando el universalismo en poesía, procedente de Portugal, descubridor allí de la lengua portuguesa —minha segunda patria— y de la literatura en portugués; cuando se me coló en la mente la idea de armar mi última novela. Armar, digo, porque es una novela de amor y de hedonismo, de entrega y solidaridad, que requiere ser armada en sus varias acepciones: caleidoscopio, mosaico.

Al intervenir Sabrina Baccio en la relación amorosa de Estela y Lázaro, cercenándola, lo hizo guiada por sentimientos fuertes: amor, amistad, celos, rabia. Lejos estaba de conocer el alcance y la naturaleza de lo que rompía. Así me lo escribió con una letra menuda inclinada a la izquierda, en carta fechada en la ciudad de Roma. La firma llevaba una rúbrica armónica. Era casi una elipse cercando a la inicial de su nombre seguida de un punto y el antiguo apellido; cognome recibido del padre, natural de Florencia y originario de la provincia di Napoli. Estuve tentado de analizar su escritura, pero lo dejé para más adelante.

Al profundizar en las razones de los amantes, comprendió Sabrina que sería bueno publicar su historia amorosa, en cierto modo, ejemplar. Así que pensó poner las cartas cruzadas en manos de un escritor que les diera forma de novela. Nunca nos habíamos visto, pero conocía parte de mi obra y me consideraba experto en el mundo femenino, capaz de ordenar los diálogos y añadir el contenido más oportuno. Si aceptaba yo el compromiso debía dar a la estampa el resultado final. De ese modo, no solo reparaba el daño infligido, sino que ayudaba a otras personas, mostrándoles lo que el amor puede llegar a conseguir, puesto al servicio de la persona amada. Noble empeño, pensé al leerlo, poniéndome, sin darme cuenta o intencionadamente, de su lado, un lado, en cierto modo, justificable.

Iba a ser una historia de amor y sexualidad, pero también ejemplo de simbiosis vital. Mostraría al lector, la manera en que dos personas disímiles pueden acoplarse saboreando la vida. Escribí a ambos protagonistas: Estela y Lázaro. Hablé con ellos, y me pidieron que la novela no los denunciase en modo alguno. Ciertamente me esforcé; hube de modificar todas y cada una de las circunstancias principales.

Pensando en la excelente facilidad narrativa de Estela, le propuse trabajar conmigo en este proyecto inusual. Su deseo de aceptar, aceptó; y ahí quedó la cosa, porque la buena voluntad de Estela carece de tiempo. Trabajadora dentro y fuera de casa, apenas dispone de un minuto libre, Su capacidad reflexiva y la frescura formal, hubieran sido de gran importancia a la hora de ensanchar el atractivo de la trama y el argumento. No logré que iniciara la colaboración, y lo lamento: porque acaba todo lo que empieza, y todo lo que hace lo hace bien. Una vez concluido mi trabajo, lo sometí a la consideración de ambos, y puedo decir que tanto Lázaro como Estela, aceptando la transformación y los muchos añadidos, quedaron conformes y hasta satisfechos.

En el capítulo de agradecimientos, mención especial recibe Carme Esther Miravet, una artista de nervio y estirpe —lo fue su madre— y autora de la bella ilustración de portada. En sus años rebeldes, exponía en la entrada del templo en construcción de la Sagrada Familia, y fueron turistas entendidos en arte, sobre todo americanos, quienes se llevaron lo principal de su obra. Guarda fotos de los cuadros y láminas, junto a los datos personales de los compradores. Trató digitalmente la foto de El dit en la nafra, vendido a una familia rica de San Diego, El dedo en la llaga, en castellano, que ahora es el rostro del libro.

Renata Bomfim, autora del juicio crítico de la introducción, es, además y sobre todo, una gran poeta vocacional «agitada e mexida por seu tempo». Sirva de ejemplo esta perla universalista sin mácula:

O meu poema
é desejo, ânsia…
Vontade louca
de unir a minha boca
à boca do mundo
num beijo.

Es ya la hora cierta de la verdad desnuda y, sin dilación, procedo a levantar o correr el telón que cubre el escenario. Da comienzo la representación de la obra. La floreciente Talía, y la melodiosa Molpómene, me asisten. Así que, le voilà qui arrive:

 

2- La heroína y el héroe

De rostro armónico y ojos verde mar, su nombre es Estela Boinder Sintes. Rubia natural aclarada con camomila, de signo Aries y ascendente Cáncer, nació el 9 de abril de 1966 en Cala Blanca, Ciutadella, próspera y luminosa Menorca, ardiente Nura de los fenicios. Su estatura alcanza los ciento sesenta y nueve centímetros, es extremadamente sensible, emotiva y romántica; le atrae todo tipo de aventuras y rebosa fantasía y erotismo. Me cuenta, además, que fue engendrada a medias por un militar aventurero descendiente de ingleses, y una dama menorquina de rancia alcurnia. Los destinos del padre marcaron el itinerario familiar, y el cambiante lugar de nacimiento de los hijos. Vivió en Ibiza, Girona y Barcelona; y reside en la ciudad de Palma de Mallorca. Cursó sus estudios en colegios públicos e institutos de las diversas ciudades donde transcurrió su niñez; titulándose en Ciencias de la Información, rama de Publicidad, en el campus de Bellaterra, Barcelona.

Le chifla el mar, esa palabra usa: chifla. Le gusta abarcarlo con la mirada desde los acantilados, sumergirse hondo, hacerse una con él, navegarlo y entregarse, dejándose cautivar. Hubiera sido vigía enrolada en un velero que recorriera las aguas todas: dulces y saladas. Quizá el antiguo barco pirata de Espronceda, porque persigue la libertad más amplia. Nada como las sirenas y practica el submarinismo fotográfico. «Modestia aparte —me dice—, poseo una cierta facilidad para el arte y la literatura». El deseo de aprender las técnicas narrativas para usarlas en la redacción publicitaria, la llevó hasta Lázaro Céspedes, poeta y novelista de larga trayectoria, que dirigía cursos de escritura en Zaragoza. Se consideraban los alumnos unos afortunados, y se reunieron allí los fines de semana durante cinco meses.

Joven y recién licenciada, acababa Estela de entrar en El hilo de Ariadna, un proyecto publicitario ilusionante, que habían emprendido cuatro locos; uno de ellos era Alfred, el mallorquín compañero de facultad, con quien, después de practicar el sexo en toda su deliciosa variedad formal, se casó. No, no admitía a cualquiera Lázaro en su clase. Hubo una entrevista previa en un saloncito del hotel Sarriá, a la que asistieron los interesados de Cataluña y Baleares. La fluidez verbal de Estela, su desbordante poder de imaginación, el renovado optimismo y la firmeza de las convicciones recién rectificadas; le permitieron pasar la primera criba. Se trataba de mostrar a Lázaro el arraigo de la pasión narradora. No quiso ver los trabajos que llevaban, una selección personal que les había costado días decidir. Quedaron dos más de la mitad, el resto podía dedicarse a otra actividad con razón. Hubiera eliminado Estela a algún otro, aceptando a varios de los excluidos; aunque, bien mirado ¿quién era ella? Ella era la joven ejecutiva de cuentas, de una agencia ambiciosa, de tan solo seis clientes ambiciosos, dotados con presupuestos minúsculos. ¡Ah!, pero Estela, en ese santuario de la sublime ambición, era la más ambiciosa, porque deseaba ser redactora en Sumum, la agencia de moda.

Alfred y Miquel, galantes y considerados compañeros de trabajo, la satisfacían amorosamente en aquel tiempo: lo cuenta sin pelos en la lengua. El uno y el otro por separado, hasta que los unió en su cama para realizar una compleja serie de pruebas carnales. Podía haber ganado el serio Miquel, pero Ganó Alfred, el sonriente. Miquel, león en la sabana, cambió de empresa y mudó de bando, haciéndose jefe de publicidad en el anunciante, una cadena corta de tiendas de ropa. Estela siguió trabajando en el piso acogedor de la Rambla de Catalunya, transformado en oficina, y viviendo en el nido de amor del carrer d´Aribau. Día y noche con Alfred, inseparables en el trabajo y en el ocio, sin diferenciarlos en ocasiones, producían roces que auguraban un choque brutal, y no lo querían. Prince Communication, fue la nueva empresa: ejecutiva de cuentas, publicidad y relaciones públicas, para los contados distribuidores catalanes de una importadora de vehículos asiáticos. Su relación con Alfred quedó a salvo, y la trabajosa carrera publicitaria no había hecho más que arrancar. Afán se llama ese estímulo que la empujaba con ímpetu hacia adelante y arriba. En pocos meses se apoderó del puesto y, en ese instante, afloró imparable la vieja intención de trabajar de redactora en Sumum. Leía manuales y artículos que pretendían enseñar redacción, ensayaba argumentos de ventas, titulares, cierres, eslóganes. Aprovechaba el silencio de las madrugadas de sábados y domingos para reescribir aburridos textos técnicos hasta hacerlos atractivos. A las once en punto de la mañana, para que desayunara Alfred al levantarse, exprimía unas naranjas y hervía el café. De manera tan sencilla se hizo ama de casa. «¡Eso sí que es progreso!»: exclama Estela con trastienda. Luego, mientras Alfred leía la prensa, ella hacía las camas y ordenaba el salón. Era el ama de casa; bien cierto. ¿Y Alfred, en ese supuesto, qué era? Al instante me responde: «Era el amo de casa; un hombre bien preparado. Sabía de política, de economía, de fútbol; y hasta de cultura. La cultura venía en el sesudo suplemento dominical».

«Una vecina joven y moderna, me dijo en voz muy baja que nosotras disponíamos del sexo para hacerles pasar por el aro. Pura y simple teoría. Ganar el concurso amoroso y dormirse en los laureles, fue todo uno para Alfred. El deseo tan bien probado fue disminuyendo de manera considerable, y mi necesidad iba en aumento. De modo que dispuso del sexo para hacerme pasar por el aro». Fue entonces, cuando apareció Lázaro. Tenía Estela ilusión, superó los exámenes, saloncito del hotel Sarriá, y se inscribió en el curso.

Zaragoza, los fines de semana, era un lugar ciertamente agradable. Aunque de día apenas lo disfrutaban. Un hotel junto al aeropuerto y, en él, un salón convertido en aula, el comedor y las habitaciones. No, no resultaba barato: en esos cinco meses se gastó Estela todo lo ahorrado. Dinero suyo y bien suyo, pues Alfred no aportó una peseta. Llegaban el viernes a las cinco y media, porque de siete a diez tenían clase. Nuevas sesiones en la mañana del sábado, la tarde íntegra y el domingo hasta las dos. Sí, agotador. La noche estaba pensada para relajarse. Era fácil comprender que se trataba de un aspecto relativamente importante para la formación; pues hasta quienes vivían en la ciudad se alojaban en el hotel. Comentarios malintencionados hablaban de un buen arreglo de Lázaro para obtener algún tipo de descuento. Aquellos que los iniciaban, transcurrido un mes, se encargaban de desmentirlos. No se podía prescindir de la agradable actividad nocturna. Veintidós alumnos provenientes de la publicidad, del periodismo, de las relaciones públicas; guionistas de cine, poetas y novelistas en ciernes; iban de antro en antro mordidos por la mucha hambre de diversión. Surgieron amores, y el sexo se dio espontaneo al regresar de madrugada al hotel. «En lo que concierne a mi humilde persona, propicié un triángulo con dos amigos íntimos, Pachi y César. Rechazando a la buena de Roser, una bella tortosina dulcísima, la chica más atractiva del curso. Mantuvimos una pelea de besos carnívoros, lamimos toda la geografía corporal y, luego, ardiendo, la obligué a marcharse de la habitación».

Decir que Lázaro, de cuarenta y siete años, quedaba por voluntad al margen de la francachela, es procedente; porque siendo de mediana estatura disponía de un cuerpo de atleta bien proporcionado. Y conversación entusiasta. Su decir era cálido, melifluo, convincente. Es bien cierto, la personalidad de Lázaro, indiscutiblemente original, cautivaba a Estela. Estuvo dispuesta a quedarse con él cuando los demás se divirtieran. Cenar juntos, hablar de sus cosas, actualizar el conocimiento mutuo; y hasta seguirlo a la cama si se presentaba la ocasión. «Siempre me atrajeron los uniformes castrenses y la voz de mando; realidad incomprensible si mi padre tiene relación con ello». No llevaba uniforme Lázaro, pero la palabra justa, ineludible y concluyente, invitaba a obedecer tanto como una guerrera de gala y cuatro condecoraciones. Un año después de todo aquello, casada y sin hijos, tuvo la suerte de encontrarlo de nuevo. «Había cumplido yo los treinta, y cruzaba la plenitud corporal y anímica. Diecisiete años podían retraernos; pero la manera de ser nos acercaba. Hubo gestos, pero gestos míos; de él hacia mí no vi ninguno: disimulaba, estoy convencida. En Sant Jordi de ese año le había regalado el libro de José Luis Sampedro, La vieja sirena. Mi dedicatoria, muy sugerente y estratégicamente pensada, decía:La vida, una historia de amor. Lo leyó entero, seguro; buscando la clave. Aunque no me lo dijo».

Lázaro es un intelectual, un pensador; y había publicado ya una decena de libros entre poesía y relatos. ¿Qué buscaba Estela?, ¿qué quería conseguir? Aún no lo sabe. En una de sus visitas a Barcelona para seleccionar a otro grupo, vio el anuncio en la prensa y lo llamó. Quedaron en su habitación del hotel a una hora algo tardía. Hablaron del trabajo, de los compañeros de curso, de la vida, de sus vidas. Salieron a cenar, y comieron algo cocinado por ellos en un restaurante japonés de la calle Numancia. Regresaron al hotel charlando; y todo para descubrir que, juntos, se encontraban a gusto. «Relaté mi vida amorosa, mi iniciación al sexo, las aventuras juveniles, casi adolescentes. Vamos, que si no pretendía nada, le puse en bandeja la ocasión de entrar en materia. La mirada plena de deseo sorprendida en sus ojos, y el cuaderno negro de apuntes, con el que ocultaba la espontanea inflamación aparecida en la ingle, contradecían sus palabras neutras». Se separaron a eso de la una y tres cuartos de la madrugada. «Jugosa y dilatada yo, en modo alguno pude sentirme despechada, porque aprecié sus ganas envueltas en disimulo. Había pasado unas horas agradables y la calentura podían calmarla mi marido o mi mano diestra. Los dedos, desde casi niña, han sido mis constantes aliados en tales menesteres: caricias de lo más fervorosas».

Quince años después, Estela Boinder era directora de arte en Sumum, la prestigiosa agencia publicitaria en la que entró como redactora gracias a las enseñanzas de Lázaro. Mantenía contactos con algunos de los antiguos compañeros, y propuso a dos de ellos, César y Pachi, con los que seguía formando el peculiar trío amoroso a espaldas del marido; reunir a cuantos pudieran, para pasar juntos un atractivo fin de semana. Pensaba en algunos con los que tuvo más amistad, pero sobre todo en Lázaro. En ese tiempo no le había llegado de él ni la menor noticia. ¿Qué sería de su voz cargada de seducción, tierno e imperativo según las ocasiones; qué sería de su decir sabroso, pan recién cocido, carne asada, néctar de miel? Bastón de mando con forma de varita mágica cuando pedía un favor imposible. Supo que a los cincuenta y dos años dejó de trabajar, para dedicarse en exclusiva a la literatura. «De modo que habría seguido escribiendo poemas de amor en la piel de sus amores: lengua en vez de pluma». Pero ella no lo sabía a ciencia cierta, y quería, necesitaba, saberlo. Cuando le llegaron las primeras confirmaciones de asistencia, puso a los compañeros en la busca y captura del escondido maestro.

Alfred, amado esposo de Estela, de padre balear y madre valenciana residentes en Palma de Mallorca, abandonó un buen día el proyecto empresarial puesto en marcha, para convertirse en funcionario del Estado, más que nada por la estabilidad. «Ha gobernado mi vida adulta, a él me supedité ya en la facultad». En los primeros años de matrimonio, sin hijos porque lo quisieron de ese modo, fueron libres para ir y venir, y viajaron a capricho. Al mes de intentarlo, se quedó preñada de los gemelos y, siendo propensa a los embarazos múltiples, decidió él someterse a una operación de vasectomía. La tímida y desatendida opinión de Estela carecía de efecto. «Cuando los achaques de sus padres, hijo único para esos efectos: el hermano vive en la Córdoba de Argentina; cuando la incapacidad paterna fue reclamando la presencia activa de Alfred en Palma, encontré la oportunidad de traslado, alzamos la casa y nos vinimos desde Barcelona, donde estaban nuestra vida y la incipiente de los niños». Palma es una ciudad bien distinta, pero le atraía el proyecto encomendado por los superiores, y fue añadiendo alicientes de todo tipo. «Conozco un montón de cosas, de temas variados y distantes. Se aprende la intemerata al documentarse a conciencia sobre los productos de los clientes, los mercados, los medios y el perseguido público objetivo. No todo es inútil. Me veo obligada a disimular: ¿Quién quiere relacionarse con una mujer superior? Es broma. Pero no del todo».

Lázaro Céspedes Arjona está al corriente de la práctica amorosa, y conoce que el hombre es el único animal, el único primate, que sufre y disfruta ese sentimiento errático llamado amor. Amor con mayúscula o con minúscula, dependiendo del temperamento de cada cual. Lázaro nació en Teruel el día 16 de marzo de 1949. El padre era artesano de la harina, la masa y la cocción: pan en diversas presentaciones, pastelería exquisita, cereales para el desayuno, despacho de delicatesen. «Nuestra madre, frustrada maestra de escuela, pues no llegó a ejercer; murió cuando hacía la primera comunión mi hermana Mariluz, Luz para la familia, tres años menor que yo. Nuestro padre, se sintió incapaz de atender a dos hijos casi adolescentes, así que se emparejó enseguida». Muchacho activo, inteligente y hábil, estudió Lázaro en Zaragoza la carrera de Filosofía y Letras y, en esa su ciudad, se dedicó a la docencia: formación empresarial, enseñanza de lengua y literatura; a leer con fruición durante el tiempo libre y a escribir con resultados más que decorosos. Dejó el trabajo a una edad temprana, para dedicarse por entero a la escritura; y ese abandono le dio el argumento de una novela; la primera. La segunda obtuvo un premio importante. Lleva diez publicadas, veintiún libros en total, de ellos tres poemarios que le demuestran poeta de fibra sensible. El atractivo de la mujer reside en la mente del hombre: dijo en una conferencia. «Me casé hace una eternidad larga, y Amanda Meira, mi querida esposa, de origen brasileño: mulata según todos los indicios visibles: labios, nariz, ojos y frente; me trajo a la antigua Roma desde la no menos antigua ciudad de Lisboa. A ella me había arrastrado desde la adorada Zaragoza, siguiendo a nuestro hijo Isaac, a la nuera Alba y a los nietos Beatriz y Rodrigo». Raúl, el hijo soltero, reside en Madrid, aunque recorre todos los cielos y los suelos todos, dedicado al fomento del turismo.

«Puedo decirlo ahora, tranquilizados ya los sentimientos. Estela fue una ex alumna más hasta el regalo del libro. Algo pretendía. Acaso pagarme el buen trato, en nada distinto al que recibieron los demás. O la enseñanza del uso del idioma, que la permitió mejorar profesionalmente y dedicarse a lo que quería. En el hotel donde nos encontramos aquella noche, la hubiera amado con todas las ganas, pues me puso muy duro y tuve que ocultar la rigidez de una forma graciosa: un cuaderno vino, como siempre, en mi ayuda». Pensó en las consecuencias. Estela no era una impúdica que buscase la variante sexual de alguien mayor. Estela era una mujer ya hecha, de personalidad sólida, que merecía cierta continuidad. Eso le frenó; porque descubría un cuerpazo desprendiendo erotismo, prometedor de una noche gozosa.

Quince años más tarde, tras una búsqueda exhaustiva de los antiguos alumnos, una de entre ellos, la mejor informada según parece, encontró a Lázaro, el viejo profesor. En el romano Trastevere habitaba un apartamento alquilado, su esposa vivía volcada en los nietos, y él acababa de publicar la mejor de sus novelas. Decidió dedicar un ejemplar a Estela en la reunión conmemorativa: simple correspondencia con aquel regalo de Sant Jordi. «Eso es todo, de verdad verdadera; c´est tout, that´s all». Después de la copiosa comida, ellos irían a divertirse como en los buenos tiempos; y Lázaro, acompañado de Luz, su única hermana, volvería al aeropuerto y a ineludibles compromisos. «Lo ignoraba entonces, pero la cariñosa dedicatoria de mi libro, fue entendida por Estela como el pistoletazo de salida de una maratón de emociones. Corredora de fondo, salió sin prisas; iniciando conmigo la correspondencia-río que desembocaría en un océano de erotismo y entrega». Estrella marina, estrellamar, estrella celeste sobre el blando mar, monumento recordatorio en forma de pedestal con inscripción explicativa, huella de espuma que deja una embarcación al partir las aguas en su avance: Estela Boinder Sintes quizá sea todo ello, y más: Estrella polar, guía de los marineros en su derrotero nocturno, pedestal de homenaje a la sabia naturaleza que la concibió tan apasionada, y huella de espuma dejada por un velero en el Mediterráneo, su propio mar. «Pronuncio su nombre, y aún se me desborda la boca al nombrarla, aún se ensancha la nariz al recordar su aroma de hembra, la feminidad que desprende, su energía impulsora, la estimulante y renovada voluptuosidad».

 

Portada Estela y Lázaro vertiginosamente

 

La crítica: La mirada crítica de Renata Bomfim. Oír sirenas…

Los versos del poema Ouvir estrelas, de Olavo Bilac, vate brasileño, hechizan a los lectores. La obra de Pedro Sevylla está hecha de esas materias: belleza y asombro; pero sólo el lector más despierto podrá escuchar el canto que viene de las profundidades del texto, y oír a las sirenas. Esta novela perturba la posición del sujeto contemporáneo, vaciado de las verdades absolutas, siempre en búsqueda y en vía; Ulises buscando la única verdad capaz de salvarlo, el amor: de todos los mitos el más bello, y de todas las realidades la más cierta.

La relación de pareja aquí tratada, se revela real aunque sea virtual; y muestra el gran poder abrasivo de la palabra: Ahí destaca el poder de la palabra, el poder del deseo sobre lapalabra. El efecto es muy real, demasiado real. Penetrar en la intimidad de los protagonistas, sondear sus sueños y fantasías, conocer las flaquezas y facultades, es recibir una lección sobre la autenticidad del amor, ese «não querer mais que bem querer», cantado por Camões.

El lector debe ir más allá de los juicios morales, y de las convenciones sociales, para penetrar en los arcanos de la pasión, del deseo, de la seducción y del amor: laberinto del que nadie sale como entró.

Lázaro pertenece a ese pequeño grupo de personas que desciende al ardiente crisol de la felicidad, para recoger la parte que en derecho le corresponde.

Estela es Penélope para Lázaro, y la sirena que dirigía el coro, cuando, atado al palo mayor de mi barco, escuché su canto irresistible. Para Estela, Lázaro, además de manantial de placer, es el oído amoroso, el apoyo que ella necesita, un puerto en el dilatado océano de la soledad: Me gusta oírte y contarte mis cosas, me gusta que me digas palabras obscenas mientras nos acariciamos desnudos.

El erotismo en la novela llega apremiante, es el hic et nunc, el aquí y ahora del deseo más exigente. No hay futuro, y lo sabemos. Lo más importante es que existe presente, un presente continuo.

La búsqueda de la libertad llevó a la pareja virtual a crear un mundo particular. ¿No te parece maravilloso, cervatilla? […] tenemos una casa virtual, somos una pareja virtual: enfatiza Lázaro, y Estela confirma: Lo siento tan vivo que no lo cambiaría por la realidad. Unión tan fértil que llega a generar una hija virtual: Aurora.

Estela Libre, residencia de la pareja, es: un terreno de libertad, donde cada uno puede expresarse, no solo como es, sino como desea ser.

En este espacio tan privilegiado, palpita un sentimiento común de admiración, respeto, deseo, estima, amor, amistad, atracción. Y ellos se saben esposos eternos: de una eternidad que ha de durar mientras el amor y el deseo duren. Son desemejantes y lo aceptan: Mi campo de investigación es amplísimo, el cosmos en toda su magnitud. El tuyo se centra en lo doméstico, en el entorno cercano. Abarcas menos, sí; pero lo percibes con una precisión mucho mayor. Luego, extrapolando y generalizando, llegas donde empiezo. Personalidades disociadas: Se me duerme el padre y despierta el macho, el amante. Te pones asertiva y sale el maestro a enseñarte. Soy todos porque tú eres todas. Eres todas porque yo soy todos. Lázaro ama a su esposa Amanda, la entrañable Maga: heredera de indígenas tupiniquim brasileños y continuidad de la vida; es animal, vegetal y mineral; es fuego y es aire. Es la naturaleza, lo palpable y lo etéreo. La amistad de Amanda con Sabrina Baccio revela la fuerza de la historia, capaz de unificar amor y amistad en un único sentimiento. Lázaro encuentra en Estela el estímulo amoroso, el deseo fuerte y la acogida sexual que no encuentra en la esposa: Soy tu niña y quiero que me enseñes a quererte mejor… porque más ya no puedo. En el juego amoroso, el ser humano utiliza múltiples máscaras y, más que ocultar, revela su posición precaria, marcado por la finitud, ser que no posee atributos divinos, y que para alcanzar el infinito necesita el concurso de otro ser: Anoche, en mi soledad habitual, me abrazaste y mimaste; besaste mi cuello y mi pelo y, después de gozar, me dormí en tus brazos. Pedro Sevylla nos da a conocer mundos que sólo los poetas son capaces de crear, mundos multidimensionales, en los que la flaqueza humana se trasforma en energía, y los valores de amistad y generosidad superan a las mezquindades de la vida diaria.

El autor no es un simple elemento del discurso; desempeña, además, un importante lugar expresivo en la obra: nos convida a embarcar en su veleiro de papel para ouvir as sereias.

 

Renata Bomfim. Poeta y ensayista nacida en Vitória ES Brasil en 1972, se graduó en Artes Plásticas por la Universidade Federal do Espírito Santo. Es Mestre y Doutora en Letras, también por la UFES. Miembro de la Academia Feminina Espírito-Santense de Letras. Miembro del Instituto Histórico y Geográfico do Espírito Santo – IHGE.

Coordinadora de Vivências Socioambientais no Mosteiro Zen Morro da Vargem. Investigadora y crítica literaria, especializada en la vida y obra de Florbela Espanca, dirige la revista literaria Letraefel, y trabaja como arteterapeuta para el Gobierno de ES).

 

 

separador artículo Estela y Lázaro vertiginosamente

Pedro Sevylla de JuanaPedro Sevylla de Juana. Nació en plena agricultura de secano, allá donde se juntan la Tierra de Campos y El Cerrato; en Valdepero, provincia de Palencia y España. La economía de los recursos a la espera de tiempos peores, ajustó su comportamiento. Con la intención de entender los misterios de la existencia, aprendió a leer a los tres años. A los nueve inició sus estudios en el internado del colegio La Salle de Palencia. Para explicar sus razones, a los doce se inició en la escritura.
Ha cumplido ya los sesenta y ocho, y transita la etapa de mayor libertad y osadía; le obligan muy pocas responsabilidades y sujeta temores y esperanzas. Ha vivido en Palencia, Valladolid, Barcelona y Madrid; pasando temporadas en Ginebra, Estoril, Tánger, París y Ámsterdam. Publicitario, conferenciante, traductor, articulista, poeta, ensayista, crítico y narrador; ha publicado veintitrés libros, y colabora con diversas revistas de Europa y América, tanto en lengua española como portuguesa. Trabajos suyos integran seis antologías internacionales. Reside en El Escorial, dedicado por entero a sus pasiones más arraigadas: vivir, leer y escribir.

Web del autor: http://pedrosevylla.com/

 

Ilustraciones artículo: (portada) Captura de imagen del vídeo
Book trailer – Estela y Lázaro vertiginosamente de Pedro Sevylla (www.youtube.com/watch?v=94rA0UZi3Tc), en YouTube.
(En el artículo) Tapa del libro Estela y Lázaro, vertiginosamente (novela por Pedro Sevylla) ©.

 

Mar de Poesías Almiar

Poemas en Margen Cero

Revista Almiarn.º 77 | noviembre-diciembre de 2014

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