relato por
José D. Pacheco Martínez

 

Aún escupía sangre cuando lo encontraron tirado junto al río. Carlos Julio Mendoza nunca pensó que encontraría la muerte un lunes de mayo frente a su casa. Había viajado tiempo atrás a Rusia con ganas de ser Magister en Literatura Clásica. Le gustaban los cuentos de Andrei Gogol y era un crítico extremo y en algunos casos destructivos de Boris Yeltsin. En la Universidad Estatal de San Petesburgo eran famosas su disertaciones y debates respecto al papel que desempeñaron los Bolcheviques después de la caída de la Unión Soviética, el futuro del socialismo y esa rara tendencia que siempre tienen los europeos de menoscabar el subdesarrollo de la comunidad latina. Dichos debates, reunían, hasta cierto punto, muchas más personas que las transmisiones de los partidos entre semana del Zenit, resultaban bastante interesantes, porque el traductor que le asignaron, muchas veces obviaba palabras que al parecer no tenían ningún significado o para las cuales no encontraba un equivalente en ruso.

Llegó al país los últimos días de un frío noviembre, hacía parte de un grupo de alumnos con un futuro prometedor y así lo hizo saber desde el primer momento en que pisó la nieve de su nuevo hogar. San Petersburgo se le presentó agradable aunque un poco fría, demasiado fría. Nunca había visto la nieve, a pesar de vivir en una ciudad de bajas temperaturas. Tampoco nunca le habían dado los buenos días con un vaso enorme de vodka. Poco a poco se fue acostumbrando y el vodka en las mañanas se convirtió en una regla difícil de violar.

No se apresuró como los demás a conocer los enormes castillos y fortalezas que sirvieron años atrás, bien atrás a las grandes dinastías rusas de hogar y resguardo de sus enemigos. Esperó conocerlos poco a poco, tenía tiempo suficiente, se repetía una y otra vez, no hastiarse de Rusia era su intención. Es difícil permanecer en un lugar del que uno se siente hastiado, mucho más aún, teniendo en cuenta las diferencias de horario, clima, idioma y ese cierto halo de frialdad que rodeaba la personalidad de todas las personas de la ciudad.

Los días sin sus amigos de barrio se le hacían largos al comienzo de su estancia en la ciudad. Las charlas nocturnas por Internet empezaron a hacer mella en su cuerpo, parecía siempre cansado, pálido, sin fuerzas. Las primeras noches de diciembre, eran frías, pensaba algunas veces que de seguir así, la sangre se le congelaría de un momento a otro. A eso se le sumaba el daño que también le hacía el enorme vaso de vodka en ayuno.

Entró más de una vez de emergencia al hospital con la misma sintomatología «deshidratación por exceso de alcohol, se le recomienda descanso e ingerir grandes cantidades de agua y suero fisiológico». Se acostumbrará tarde que temprano le decía el ama de llaves en la pensión donde vivían los jóvenes becados, es necesario el vodka en las mañanas, decía una y otra vez. Y así fue, un día cualquiera los 450 mililitros de vodka en ayunas dejaron de enviarlo al hospital.

Por lo menos en Rusia, a nadie se le hacía extraño ver a un tipo de pelo rojo. En Rusia, lo extraño era no tener el pelo rojo. Había tantos pelirrojos en San Petersburgo como personas llamadas Juan, José, Marta o María. Rápidamente empezó a escribir y a publicar, nunca compartió esa idea de que se escribe para recordar, él siempre pensó que un escritor, escribía para publicar, escribía para que la gente conociera su talento, escribía para sacar un momento a las personas de ese mundo real que muchas veces, incluso a él mismo se le presentaba duro y difícil de soportar. En cierta medida, la literatura, había históricamente cumplido esa labor.

Algunos textos fueron traducidos al ruso, ganó dinero, mucho dinero. En las vacaciones de verano se dedicó en forma a conocer todas esas edificaciones de la Edad Media, que se negó a visitar en invierno, simple y llanamente porque le daban miedo. Pensó en Dostoievski y las noches frías que tuvo que pasar antes de que fueran aun más frías en su destierro a Siberia. ¿Es tan dura la vida de un escritor?, se preguntaba a veces.

De vuelta a su país, graduado con honores, la crítica lo favorecía, la prensa lo tenía por los cielos. Incluso varios periódicos, empezaron a publicarle artículos. Su nombre gozaba de buena recordación en el amplio e insatisfecho mundo de los lectores. Su primera novela le hizo merecedor a un premio nacional, luego vino otra y otra, fueron dos años de gran actividad creadora. Dos años de grandeza. Dos años de mucho dinero. La ambición y muchos otros factores, lo llevaron a escribir a un ritmo frenético, sólo le importaban los caracteres que le mostraba su editor de texto digital, letras y letras, palabras y palabras, que juntas empezaron a carecer de sentido, sus textos pasaron de ser impecables, a ser textos vacíos y estúpidos, todos esos que un día lo llevaron al cielo, esos que lo enseñaron a volar, ahora le quitaban las alas y lo dejaban caer al vacío. Lo dejaban caer en el abismo. Fue tan duro el golpe que su castillo de cristal quedó hecho añicos. De eso, nunca más se recuperó.

Ahora la vida que siempre le fue difícil, le era aún más. La incertidumbre del futuro lo atacó y sus fuerzas se vinieron a pique. Era el final, sin duda alguna era el final de una existencia llena de buenas cosas. Ahora, esa misma vida estaba perdida en el vacío y llevada al extremo de la locura por la debacle que fue para él el fracaso y los miles de vicios a los que se fue sometiendo. Primero el alcohol, después las drogas, después alcohol y drogas, después el juego, después alcohol, drogas y juego, después el sexo, después alcohol, drogas, juego y sexo y así se fue dejando llevar por cada cosa inoficiosa que le mostraba la calle.

Sin esperanzas, sin sueños, sin ambiciones, se echó a la perdición pensando que aún estaba joven y que el destino le daría más adelante la oportunidad y el valor de enderezar el camino. Se dejó llevar por la corriente. Su camino nunca enderezó, más bien fue torciéndose cada vez más hasta dejarlo contra las cuerdas. Perdió comunicación con su familia, dejó de visitar amigos y conocidos, empezó a estar cada vez más solo. Solo con sus deudas, que día a día se iban haciendo más grandes e imposibles de pagar.

Vivía en un pequeño edificio al sur de la ciudad, hasta allí, dos tipos llegaron en moto y el ruido de las pipetas lo alertaron. Ese sonido es bastante peculiar y un hombre de calle como él, sabría de quiénes se trataba con solo oírlo. Estuvo parado frente a la ventana esperando a que los hombres lo preguntaran, cuando el citófono sonó, supo que era el momento de partir. De un salto cayó a la calle y luego se esfumó como gato en techado bajo. Para él, la noche sería larga, oscura, fría y triste.

Iba avanzando velozmente por las calles evitando las avenidas. La noche negra le ayudó a escapar sin problemas. Escapar no era nada, sabía que no descansarían hasta encontrarlo. Dejó de pensar en sus deudas y quiso más bien concentrarse en un plan de escape. En ese momento, deseó nunca haber dejado Rusia. El sonido de una sirena lo asustó. Solo era una ambulancia; recogían a un tipo que se pasó de tragos y quiso cruzar la avenida. Un taxi lo embistió de frente y lo mandó directo al vidrio del almacén de ropa que queda en la calle seis con carrera 123. La nomenclatura le indicó que estaba saliendo de la ciudad y su semblante cambió de trágico a menos trágico. Siguió caminando sin detenerse y poco a poco se fue adentrando en una selva espesa, llena de vida, que era en estos momentos el lugar donde temporalmente escaparía de una muerte segura.

Los primeros rayos del sol lo sorprendieron acostado en una enorme piedra. Desde arriba parecía más bien una ofrenda a los dioses. Tenía hambre y estaba cansado. El canto armonioso de un canario lo sumió en una paz infinita jamás imaginada por el habitante de una ciudad tan estresante, fría, vacía y contaminante como en la que él había nacido, crecido y de la que ahora huía sin menores remordimientos.

Estaba solo pensó, y eso era más que evidente. En medio del monte no se puede estar de otra forma, sino solo. Caminar era una opción. Caminar era su única opción. Miró hacia el sol que apenas empezaba a calentar y quiso estar en algún lugar antes del mediodía. A medida que se adentraba o salía, nunca pudo estar de acuerdo en eso. No sabía si estaba entrando o estaba saliendo. Pero, eso le importó poco, quería estar lo más lejos posible de su antiguo hogar. Los árboles le fueron tapando poco a poco la luz y pronto se vio nuevamente a oscuras. Le pareció extraño o gratificante; tampoco se pudo poner de acuerdo en eso; encontró un camino en medio de la maleza. Decidió seguirlo. Era una ruta de cazadores, solo ellos son capaces de hacer semejante cosa. Y en eso sí estuvo de acuerdo.

El camino lo fue guiando hacia la luz. Ahora sentía que se estaba adentrando y le dio miedo pensar en lo que se encontraría más adelante. Nunca imaginó que pudiera vivir gente más allá de los confines de aquella ciudad llena de automóviles y gente con la sangre hirviendo a pesar del frío insoportable que a diario hacía. Comió mango y guardó en la mochila algunas naranjas para cuando le diera sed. Estuvo llorando un rato y deseó nunca haberse metido en problemas.

Ocho días habían pasado de aquella visita inesperada. La administradora del edificio había sacado todas sus cosas a la calle, incluso ya había alquilado a otro su apartamento. La señora del 405 se congració con los nuevos inquilinos y pensó entonces que esta sí era gente decente, no como aquel al que nunca vio ni conoció ni supo en qué momento se fue y del que solo recordaba que tenía un cabello rojo encendido y unos ojos negros profundos que daban miedo.

Los tipos que lo perseguían lo dieron por muerto y el Señor de la Noche, como conocían al dueño del casino al cual debía lo que le quedaba de esta vida y las tres cuartas partes de la otra que le darán después de juicio final, pensó que no era buen negocio dejar que la gente se volviera adicta, si después no tendría con que pagar. Los jugadores compulsivos fueron teniendo cada vez menos cabida en su casino y las drogas ilegales salieron de su portafolio de servicios.

Ahora la vida que tiró a la basura y a la que nunca le hizo aprecio le daba una nueva oportunidad. Ahora que estaba solo, era el momento de aferrarse a lo único importante que tiene un ser humano: la vida. Sin pensarlo, sin saberlo, tal vez sin siquiera imaginarlo haber saltado aquella noche por esa ventana era la mejor muestra de que aún en sus condiciones, la vida era importante y que muy en el fondo sentía que tenía una deuda con ella y que ahora era el momento de saldarla.

Robert Martínez y su sobrino Joel lo encontraron dormido bajo la bonga donde los pescadores hacen el desayuno. Le dieron yuca cocida y uno de los bocachicos más grandes que habían cogido a esa hora. Tuvo suerte, pensó. Dijo que había salido hace días, no sabe cuántos de su casa y que venía huyendo de una vida pasada de la cual no se sentía muy orgulloso. Los dos hombres, lo mandaron al Santo con un tipo conocido como «Joché”» y le dieron orden de presentarlo con Manuel Calazán Padilla, al que los pescadores llamaban simplemente Tula.

Eran tal vez las nueve de la mañana y en El Santo, se sentía el ambiente festivo de los fines de semana. Joché lo llevó hasta la casa de Tula y le dijeron que estaba en la playa arrancando una yuca para Aldemar. Preguntó entonces por Enrique y le dijeron que estaba con su hermano. Los perros de Benjamín le ladraron y por primera vez en mucho tiempo se sintió a gusto en un lugar, muy a pesar de que no conocía a nadie. Un camión amarillo le pasó por el lado y sus ojos se llenaron de polvo. Cruzaron por la esquina del billar y la plaza se mostraba animada, a Joché le sorprendió que hubiera tanta gente en la muralla.

Cuando llegaron, Manuel Calazán Padilla y su hermano Enrique hablaban con Aldemar. Joché los llamó aparte y estos le hicieron una seña, el muchacho estaba algo nervioso y no sabía qué decir si le preguntaban algo. Alejandro, por seguridad, dijo que se llamaba mientras los hermanos Padilla escuchaban las razones que su primo les había mandado. Joché estuvo bromeando un rato con los coteros y casi al extremo de llegar a los golpes por sus bromas pesadas con Juan Bautista. Un rato después y antes de que se marcharan, los dejó jugando dominó frente a una mesa de jugos.

Lo llevaron a casa y le guindaron una hamaca en el rancho de la cocina. Se durmió profundamente y solo lo despertaron a la hora del almuerzo. Le consiguieron ropa y una rasuradora. Por la noche salió a caminar con sus nuevos amigos y en sus recuerdos no había una demostración de afecto y respeto tan espontánea y sincera como la que estaba recibiendo. Una semana después de haber llegado, estaba trabajando con los hermanos Padilla en la plantación de yuca.

No le cobraban por la comida, tampoco por la dormida, pero, sí le pagaban por el trabajo que hacía cada mañana. El río fue creciendo y la yuca que estaba en las orillas se fue hundiendo poco a poco. Empezó a trabajar entonces con otras personas y sus ahorros se hicieron más grandes. Llegó octubre y con él las fiestas patronales del Santo. Las mujeres se pusieron sus vestidos de gala. Los niños corrían las carreras de encostalados y los más intrépidos buscaban alcanzar los billetes que estaban en la cima de la vara de premios.

El día de la procesión lo dejaron hacer parte de la comitiva que cargaba a San Luis Beltrán, santo patrono. Salieron de la iglesia por la calle central y llegaron hasta la cantina de «Juancho Canasta», le bajaron a la música y los que allí tomaban dejaron de hacerlo y el caudal de gente en la caminata fue aumentando como aumentaba el del río cuando llovía. Cruzaron por la calle del río y llegaron a la casa de Emiro Villa y, en ese punto, otros cuatro hombres continuaron con el santo a sus espaldas.

Después el recorrido se hizo lento, los niños trataban de halar la sotana del cura y los borrachos empezaron con los juegos pirotécnicos. Joaquín Villamizar esperaba la caminata en la puerta de su casa cuando escuchó las detonaciones. Entonces decidió mejor esperar en la iglesia con unas velas. La caminata llegó a eso de las siete y media a la iglesia y el pueblo quedó en un silencio profundo. El altar se fue llenando de velones prendidos que le daban un toque extraño a la pequeña edificación.

El chillido de los buscapiés le avisó a la gente que habían prendido el castillo. Corrieron hacia la plaza y el cielo se vistió de los hermosos colores que hacía la pólvora en el cielo negro de las noches de octubre. Eurípides Tetay, organizador de las fiestas estuvo bromeando un rato y diciendo que el mejor día sin dudas sería mañana. El concurso de atarrayeros, la carrera de canoas, la final del campeonato de fútbol, la vaca loca, la gigantona, el castillo más grande y el baile que remata todas las festividades, hacían falta. El viejo tenía razón, pensaron y dijeron todos los que lo oían, eso era lo mejor de las fiestas.

La carrera de canoas tuvo al mismo protagonista de los últimos seis años: Emel Villamizar, quien nuevamente se llevó para su casa los dos canaletes, un sombrero y las cuatro camisas amansa locos. La gigantona salió a las doce y más de uno de los que ayer intentó desnudar al cura, corrió llorando al ver la enorme figura femenina que recorría las calles buscando a hombres solteros. Los Challengers ganaron el campeonato de fútbol con un solitario gol de Nairo Villamizar y de nuevo los buscapiés de la vaca loca, le anunciaron a la gente que era hora de ir al baile. En una carretilla llevaban al viejo que tocaba la flauta que guía al grupo de millo y de un momento a otro la plaza se lleno de gente y las velas en lo alto alumbraban las rondas de gente bailando. Para él, algo extraño, donde estaba ahora, no había nada, absolutamente nada a lo que estaba acostumbrado. Estuvo mucho tiempo allí, su vida cambió, dictó clases de gramática bajo una ceiba a la orilla del río y se convirtió en el máximo referente intelectual del pueblo.

Disfrutaba de su estancia, disfrutaba mucho volver a ser el centro de atención, disfrutaba mucho ser el más grande y sabio. Quiso volver a su casa, le explicó una y otra vez a quienes lo recibieron, que había llegado el momento de partir, que tenía una vida en otro lugar, que tenía cuentas pendientes y muchas cosas por saldar. La gente en los pueblos, puede que no tenga un nivel intelectual similar al de alguien estudiado en Rusia, pero entiende todo lo referente a revanchas y cuestiones personales.

Pensó para sus adentros que tenía muchas historias, muchos cuentos, pensó que ganaría dinero y que seguro le abrirían las puertas en cualquier editorial. A un hombre como él, le darían una segunda y hasta una tercera oportunidad si llevara a necesitarla. Un mañana cualquiera de mayo, sale en una canoa río arriba, Emel Villamizar lo dejó en un buen sitio, de allí hasta su ciudad, eran tan solo tres días, dos de ellos a caballo, hasta llegar a la vía principal. Se embarcó en un bus a las seis de la mañana y supo que estaba cerca cuando el frío lo despertó del sueño profundo. Ahora era solo cuestión de llegar a su casa.

Con la emoción de volver a casa, se le olvidó la razón por la cual había tenido que huir. La noticia de su regreso a la ciudad se propagó como una mala noticia. Las deudas de juego siempre tienen que pagarse. Solo hay dos formas, con dinero o con la vida. Carlos Julio Mendoza pecó de inocente. De nada le sirvió estudiar en Rusia, de nada le sirvió la estancia en El Santo. El orgullo lo cegó, las promesas de editar las historias que traía consigo lo llenaron de confianza y dejó de estar prevenido. Con su regreso, también llegaron las deudas que lo sacaron antes de la ciudad.

El 24 de mayo, murió trágicamente. A las seis de la mañana salió de su casa buscando el canal del río. Había llovido la noche anterior y el rocío en el pavimento frío lo hacía evidente. Tres hombres lo abordaron en una de las esquinas de su casa y le dispararon a mansalva, 22 de las 30 balas que le dispararon impactaron en su cuerpo. Luz Ávila, su madre, lo encontró aún con vida. Escupía sangre y hacía esfuerzos enormes e insuficientes por hablar. En poco tiempo, su aliento se esfumó junto con su vida.

 

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José David Pacheco

José David Pacheco Martínez. Es estudiante de periodismo en la Universidad Sergio Arboleda (Santa Marta; Colombia). Le gusta escribir cuentos y crónicas aunque también puede hacer géneros periodísticos.

Contactar con el autor: josedavidpachecomatiz[at]hotmail.com

 

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 Ilustración relato: Fotografía por 
Pedro M. Martínez ©

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