relato por

Carlos García Cádiz

 

A

ugusto era un viejo solitario. Vivía en la calle Joaquín Costa, del Rabal. Pasaba los días encerrado en su pequeño e inmaculado piso, recorriéndole de arriba a abajo y asomándose al mundo a través de su ventana, cada cuarto de hora exactamente. Era escrupulosamente puntual, hasta el punto de que cualquiera que lo conociese se habría preocupado por el solo hecho de notar que se retrasaba un minuto en aparecer tras el cristal, cosa bastante improbable pues nadie en el barrio le conocía. Nadie recordaba haberle visto jamás. Aún más, sólo unos pocos se percataban de que su viejo edificio existía y mucho menos imaginaban que tras aquellas destartaladas paredes pudiese vivir alguien. El único encanto, del n.º 44 de la calle Joaquín Costa, consistía en ser un edificio abandonado.

A Augusto, hacía años que el mundo le daba igual. O eso quería hacerse creer a sí mismo. Ya era viejo, o al menos lo parecía, cuando años atrás llegó al edificio, que por aquel entonces aún no estaba abandonado. Aunque Augusto, nunca se preocupó de conocer ni a una sola de las familias que habían vivido en él.

Avanzaba lentamente, como siempre, por el corredor que daba a su cuarto. Luego se tumbaba, como siempre, en esa habitación sobrecargada de recuerdos.

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Hace años, cuando la mudanza, pensó en tirar todas sus cosas. Huía, como mucha gente, sólo que de algo de lo que no se puede escapar: los recuerdos. No pudo reunir el valor para librarse de todas aquellas cosas, que acabaron distribuidas por las paredes y rincones de su piso.

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Mientras estaba tumbado simplemente pensaba, al principio no lograba evadirse de su pasado, pero con los años aprendió a desviar su mente a banalidades cada vez más lejanas a la realidad. No obstante, no lograba alejarse del mundo más de 15 minutos. Transcurrido ese tiempo, sus barreras mentales se debilitaban y su vista terminaba por fijarse en alguno de los incontables objetos acumulados a lo largo de una vida. Entonces sucedía. Los recuerdos aparecían como un torrente de imágenes en su cerebro y él corría de nuevo a su ventana. Así era que no acudía allí para mantener un hilo con el mundo, sino para cortarlo observando una realidad que ya no consideraba la suya.

Una vez, durante sus 15 minutos distantes, se había entretenido imaginando sonrisas. De todo tipo y en toda clase de personas: tristes, alegres, desafiantes, en rostros anchos y en rostros delgados, en gente alta y gente baja… Pero Augusto, no lograba identificarse con ninguna. No recordaba ya la última vez que sonrió.

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Hubo un pintor, del s. XIX, llamado Eugène Delacroix. Sobre él, se dice que pasó mucho tiempo lamentándose de no haber luchado en la revolución que sacudió las calles de París en 1830. Pasaba horas cabizbajo, pensando en cómo podía enmendarse. Las horas se convirtieron en días y estos en semanas pero el artista no lograba olvidar.

Una mañana, tras mucho tiempo consumiéndose a sí mismo, sorprendió a su criado encargándole, muy animado, su habitual material de pintura, más pluma y papel. Ese mismo día, en que terminó su depresión y volvió a pintar, salió un correo urgente para su hermano. La carta decía así:

«… si no he luchado por la revolución, por lo menos pintaré para ella».

También fue aquel día, en que empezó su cuadro más famoso, cuando Delacroix comprendió que siempre se puede hacer algo, por difícil o lejano que parezca.

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El único habitante del n.º 44, de la calle Joaquín Costa, había sonreído, hacía mucho tiempo, frente a un antiguo cuadro francés. Hacía demasiados años como para recordar la sonrisa, pero no los suficientes para olvidar lo que entonces pensó: que todo era posible. Pero ya no pensaba así.

Por las noches, tras asomarse una última vez a la ventana, escribía en su diario. Esa, era la única costumbre que mantenía de su antigua vida, cuando se permitía recordar. Después, se metía entre las sabanas y lentamente, temeroso de que el pasado lo asaltase en sueños, se quedaba dormido. Tampoco recordaba la última vez que soñó.

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Martí no tenía consciencia de ser Martí. Como tampoco era consciente de tener 1 año y 3 meses. Aún no sabía lo que era una ventana, pero le encantaba mirar por la de su cuarto desde la cuna, excepto en los días de lluvia, que le asustaban. Por el contrario, sus momentos favoritos eran las momentáneas apariciones de un hombre en la ventana de enfrente. Martí, era la única persona que se fijaba en el viejo, claro que no tenía consciencia de serlo.

Aquella figura anciana de la ventana le hacía sentir bien. Puede ser, que le ayudase a sentirse acompañado, teniendo en cuenta que el resto de ventanas de enfrente estaban tapiadas y, que desde su cuna, no veía nada más. De una forma u otra, el viejo, siempre le arrancaba una sonrisa.

Por supuesto, años más tarde este niño no recordaría a un anciano asomado a una ventana, ni entendería por qué algunos cuadros de Picasso le resultaban familiares y hasta le hacían sonreír. Tampoco se enteró, cuando se vio cumplida la última voluntad de un anciano, que le hacía compañía en su infancia.

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A la edad de 7 años, Augusto vivía en Francia. Sus padres lo habían mandado allí con la esperanza de que la guerra nunca alcanzara a su hijo. Aunque, más pronto que tarde, otra guerra lo sacó corriendo de París y lo devolvió a Barcelona. Volvió con el único recuerdo de un cuadro; tenía 10 años.

El tiempo fue pasando, y aquel muchacho no paraba de crecer. A los 16 se creía enamorado, a los 17 le dejaron, pero su corazón seguía intacto. A los 20 se enamoró de verdad. Poco después, fiel a su idea de que todo era posible, se sacó la licencia de piloto. Se marchó para no volver, odiaba el fascismo.

Voló alrededor del mundo, visitó lugares increíbles y conoció personajes dignos de la ficción. Fue la única persona del mundo, que a poco de cumplir 25 años, se había hecho las Américas tres veces. Se casó, con 27 años. No paró de viajar. Pero, antes de cumplir los 50, todas sus amistades se fueron desvaneciendo. Ese mismo año recibió sus dos últimas cartas. Volvió a Barcelona, solo.

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La madrugada del 24 de julio algo cambió. En algún lugar del mundo, una pareja se besaba por primera vez, un estadio celebraba la victoria de su equipo y una gran fiesta daba comienzo. Pero en el piso del viejo, nada de eso importaba. Iba a morir.

Nada en la rutina de Augusto podía hacer sospechar que aquella noche fuese a ser diferente. Tras escribir unas pocas frases en su diario, se desnudó lentamente hasta quedar en ropa interior y se metió entre las sábanas. Poco después se quedó dormido, con la única compañía de sus miedos habituales.

Esa noche, volvió a soñar.

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Desde el primer instante sabía que era un sueño. No le importaba, le gustaba volver a esa ciudad lejana en el tiempo. Caminó un largo rato por la carretera principal, que atravesaba toda la población, sorprendiéndose de que todo siguiese exactamente igual que tantos años atrás.

—¡Claro que está todo igual! Es un sueño en tu memoria —se dijo apenado—. De viejo te estas quedando tonto.

No paró de caminar, hasta casi llegar al polígono industrial donde terminaba la ciudad. Entonces, giró a la derecha. No le hizo falta andar mucho para darse cuenta de que algo raro pasaba. Donde, en su recuerdo, continuaba la ciudad hacia una vieja fábrica textil, ahora los edificios desaparecían bruscamente para dejar paso a un bosque de árboles frutales. La estampa, le recordaba al viejo un cuadro japonés. Sin embargo, Augusto no se adentró allí. Se resistía a abandonar la ciudad en que fue feliz, permaneciendo muy quieto al borde de la arboleda. Entonces escuchó la risa.

De repente, sin siquiera parpadear, ya no estaba ni en la ciudad ni el bosque. Se encontraba en su cuarto, pero seguía dormido. Lo sabía, porque él nunca habría desempaquetado las dos cartas que ahora hallaba en sus manos. Juró no hacerlo.

Despertó.

. . .

 

Ni él mismo, apoyado contra su ventana, podía explicarse qué había ocurrido. Aunque ya daba igual, muy pronto las llamas que el mismo había prendido acabarían con todo. El viejo no parecía preocupado. Toda la cólera y el pánico, que al despertar le llevaron a incendiar la casa, ya no estaban. El calor, cada vez más alto, le despejó la locura de la mente y, por primera vez, miró a través de la ventana y vio.

Con su vista cansada, no alcanzaba a distinguir si aquel pequeño rostro que lo miraba era de un niño o una niña. Lo que sí sabía con seguridad era que aquella figurita le estaba sonriendo, ajena a la tragedia que se desencadenaba en ese instante. Una sonrisa se hizo hueco entre las arrugas que poblaban la cara de Augusto, la magia de la infancia había derrotado su soledad. Pero ya era tarde. Esa complicidad repentina, surgida entre niño y viejo, sólo dio tiempo para un último deseo.

—Ojalá  descubras  que  todo  es  posible  —murmuró  el  viejo, sonriente—, vive intensamente.

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A la mañana siguiente, en el informe de los bomberos sólo constaban tres cosas que habían sobrevivido al fuego: un diario y dos cartas.

La primera carta, era un certificado de defunción a nombre de Olga. De la segunda, el fuego solo había dejado legible un final: «Atte, Olga. T’estimo [1]». Ambos sobres estaban fechados el mismo día.

. . .

 

Martí, el joven estudiante de arte, miró bien antes de cruzar las ramblas. Le encantaba Picasso, hasta el punto de ir casi cada día a Els 4 Gats (local, en que el famoso pintor empezó a exponer). A veces, colgaban copias de sus primeros dibujos y Martí se pasaba horas mirándolos. Hoy, tenía la esperanza de que hubiesen colgado ya alguno nuevo, como le había prometido un camarero amigo suyo.

Tan pronto cruzó la puerta, sus esperanzas se vinieron abajo. Había exactamente las mismas reproducciones que ayer. De todas formas, decidió dirigirse a su mesa habitual para al menos tomar algo y hacer tiempo. No era su día de suerte, la mesa ya estaba ocupada. Ligeramente contrariado, giró sobre sí mismo, dispuesto a marcharse a su casa, pero algo le impidió moverse. Sí que había un nuevo cuadro en el local, aunque no era de Picasso. La referencia, imitando una caligrafía antigua, rezaba: La libertad guiando al pueblo. Eugène Delacroix, 1830. Martí no podía dejar de mirarlo.

—¡Martí! —lo alertó un camarero, tras la barra—. Un día te quedarás en las nubes, mirando cuadros.

—Quién sabe —respondió el aludido—, hay días en que todo es posible.

 

[1] Te quiero.

 

Línea separadora en relatos y poemas

Carlos García Cádiz

Carlos García Cádiz. Es estudiante de Arqueología en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). En sus ratos libres le gusta escribir pequeños relatos, tanto en catalán como en castellano, que ahora intenta ir publicando poco a poco.

Contactar con el autor: car.gar.cadiz [at] gmail.com

 

Ilustración relato: Fotografía por Lteranger / Pixabay [CCO dominio público]

 

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Revista Almiarn.º 89 / noviembre-diciembre de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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