relato por

Mariluz Carrillo Pinilla

 

 

H

ola, me llamo Pepe Sánchez y me gustan las gordas. Sí, lo confieso, y no utilizaré eufemismos para justificar mis gustos. Han oído bien, Sres. Lectores, por más que ello les extrañe: ni rollizas, ni entraditas en carnes, ni robustas, ni saludables; me gustan las mujeres gordas, y ya está; tan gordas… que a día de hoy (y tengo treinta y tres años) no he conseguido encontrar ninguna que consiga excitarme a todos los niveles. Es así desde que tengo uso de razón… bueno, en realidad, desde que entré en la adolescencia. ¿Pueden ustedes imaginarse, por un momento, mi frustración? Tampoco se dejen engañar por mi nombre, reconozco que es poco glamuroso y de lo más común en nuestro país; por eso adivino la sorpresa que va a suponer para ustedes conocer a qué me dedico: soy historiador; un brillante historiador, de hecho. Doy clases en la Universidad de Sevilla. ¿Verdad que mi nombre casaría mejor con un albañil, o con un paleto de pueblo, o con un actor hortera de cine?, incluso, con un decorador de interiores, qué sé yo… En fin, es el nombre que me pusieron mis padres, y a mí me gusta.

En cuanto a lo otro, he decidido buscar ayuda profesional. No se imaginan ustedes cómo ha sido mi vida sexual. Pues se lo diré: prácticamente inexistente. Un buen amigo mío me acaba de recomendar a un psicólogo clínico que lo trató a él de su insomnio (crónico). Según me contó, bastaron dos sesiones: utiliza una técnica, que si no recuerdo mal, se llama… terapia regresiva, o hipnosis regresiva, o… bueno, no, creo que me dijo, en realidad, regresión sin hipnosis; bueno, no sé, no me acuerdo bien, pero voy a ir a verlo. Ya he pedido cita. No pierdo nada por probar.

Recuerdo que en el instituto, mientras el resto de mis compañeros empezaban a tontear con las chicas (y los que eran más espabilados, incluso, a mojar), yo me conformaba con dar rienda suelta a mi imaginación: no había ni una sola muchacha en todo el instituto que se amoldara a mis gustos. Todas eran aburridamente delgadas y faltas de grasa; empecé, ya entonces, a masturbarme diariamente (costumbre saludable que todavía conservo) como única manera de satisfacerme sexualmente. Luego, en la universidad, las cosas siguieron más o menos igual: chicas excesivamente preocupadas por guardar su línea y su figura. En esos años fue cuando empecé a visitar prostíbulos en busca de mujeres gordas; y debo decir que alguna que otra encontré. También en aquellos años, Internet se convirtió en una válvula de escape para mí: visitaba a diario páginas porno, donde a un golpe de clic, me encontraba con todo un universo erótico capaz de colmar todas mis expectativas, aunque fuera de manera virtual.

Después de conseguir mi licenciatura, me ofrecieron una plaza como profesor adjunto en el Departamento de Historia. Fue por aquel entonces cuando, preocupado por mi decepcionante vida sentimental, me decidí a buscar una mujer de verdad: me inscribí en una agencia matrimonial. En la ficha que teníamos que rellenar para fijar nuestras preferencias en la búsqueda de pareja, yo especifiqué, con claridad, como requisito imprescindible, que «buscaba una mujer gorda», además de «culta», «agradable», «a la que le gustaran los niños, viajar…». A través de esta agencia, en la que permanecí inscrito unos cinco años, conocí a tres mujeres, que sí, eran verdaderamente gordas, y con las que conseguí excitarme (me acosté con las tres varias veces). Sin embargo, más allá de esos revolcones más o menos satisfactorios, no logré establecer con ninguna de ellas, pese a que lo intenté con denuedo, vínculos emocionales que nos permitieran mantener una relación afectiva estable.

Frustrado una vez más, abandoné la agencia, y se me ocurrió insertar anuncios de «búsqueda» en la sección de contactos del periódico de mayor tirada de Sevilla: no respondió ninguna mujer, así que ¿saben lo que hice?: encargué, a través de una página especializada de Internet, una muñeca hinchable (la más gorda que había en el catálogo de venta) y que según la publicidad «procuraba momentos de auténtico placer, gracias a su conseguida textura, su posición y tamaño realísticos»; y la verdad, aunque les parezca patético, es que la muñeca me ha funcionado bastante bien. Además, tiene la ventaja (que no es poca) de que se deja hacer de todo, sin inhibiciones, quejas o complejos.

Así que aquí estoy hoy: en la consulta del psicólogo. Estoy nervioso, lo reconozco. He llegado un poco antes de la hora programada en mi cita, por lo que la secretaria o enfermera (otra flaca) que me ha abierto la puerta, me hace pasar a una agradable salita de espera. No hay nadie más. No soy capaz de sentarme. Al cabo de un rato, oigo que se abre otra puerta; la secretaria o enfermera se asoma a la salita y me dice:

—Sr. Sánchez, puede usted pasar.

Detrás de un elegante escritorio de caoba, el terapeuta, un hombre de mediana edad, vestido formalmente con traje de chaqueta oscuro y corbata a rayas, me mira con ojos serios pero afables.

—Siéntese —me dice, mientras se levanta para estrechar con firmeza mi mano, señalando con la mirada un butacón de cuero situado delante del escritorio—. Bueno…, Sr. Sánchez, cuénteme su problema —me sorprende su manera directa de comenzar la consulta, sin preámbulos ni circunloquios—. ¿Por qué ha venido a mi consulta? —reitera.

Me remuevo incómodo en el butacón. Me causa cierta vergüenza hablar de mi «problema», así, de buenas a primeras, con un extraño, por muy psicólogo que sea.

—Me gustan las gordas —digo, finalmente.

—¿Y eso supone un problema para usted? —inquiere el psicólogo, profesional, sin dejar traslucir valoración o juicio algunos.

—Pues sí —afirmo con rotundidad—. Verá, supone un problema, porque en la sociedad actual, mujeres gordas, lo que se dice «verdaderamente gordas», no es que haya muchas; y yo, para acostarme con una mujer, necesito estar excitado… y sólo me excitan  las  gordas. Mi  vida  sexual  ha  sido  un auténtico desastre —después de esta explosión de sinceridad, callo repentinamente, sintiendo cómo me arde la cara de vergüenza. Trago saliva, incómodo.

El psicólogo, después de escucharme, permanece sumido, durante unos segundos, en un respetuoso silencio, y me contesta:

—Muy bien, Sr. Sánchez, si para usted su fijación supone un problema y le dificulta la vida, trataremos de buscar una solución. Le contaré en qué consiste la terapia que aplico: básicamente, lo que haré es relajar profundamente todo su cuerpo. Una vez relajado, sus ondas cerebrales habrán pasado desde el estado beta al estado theta, y es ahí cuando empezaré a dar órdenes a su mente subconsciente, para que busque en sus recuerdos la vivencia exacta o el suceso que le ha provocado la fijación sexual —lo miro estupefacto (con cara de imbécil, supongo), sin entender nada, por lo que me aclara, a continuación—: No se preocupe, cuando esté tendido en la camilla, únicamente déjese guiar por mi voz; si en algún momento se sintiera incómodo, detendremos la sesión.

El psicólogo se levanta y me conduce a una habitación contigua a su consulta. Me hace tender en una gran camilla (después de haberme quitado los zapatos) mientras él se sienta en un taburete con respaldo, situado en la cabecera de la misma. Coge un pequeño mando de una mesita auxiliar, y baja la luz de la habitación hasta que toda la estancia queda sumida en una agradable penumbra anaranjada. Comienza a sonar, de fondo, una reconfortante melodía musical.

—¿Comenzamos, Sr. Sánchez?

Asiento con la cabeza.

—Respire profundamente, llene su abdomen de aire y luego expúlselo con suavidad. Siga respirando. Céntrese en su abdomen. Observe cómo se hincha al inspirar  y  cómo  baja  al  expirar. No  existe  nada más en esta  habitación  que  su  respiración  y  mi voz… —mientras respiro, no puedo evitar el adormecimiento que me produce la cadenciosa voz del psicólogo.

»… Sus piernas, desde los tobillos hasta las caderas, se hallan completamente relajadas y laxas, envueltas por una suave luz dorada. Esa luz sube ahora por su abdomen y por su pecho, hasta los hombros; y baja luego por su espalda… Todo su tronco está profundamente relajado, envuelto en luz dorada. Se siente descansado y sereno. Sus brazos y sus manos no pesan nada, no los siente… Ahora la luz asciende por sus hombros y su cuello. No hay tensión ninguna en esta zona… sigue subiendo por su cabeza; su mandíbula está floja. El interior de su boca, los pómulos, sus ojos, su frente, el cuero cabelludo, la nuca… toda su cabeza está envuelta en luz dorada. Se siente bien… profundamente relajado.

No sé el tiempo que ha transcurrido desde que iniciamos la relajación, pero me siento muy bien: liviano, como si flotara en un mar luminoso. La voz del terapeuta se funde armoniosamente con la música de fondo. Desearía poder quedarme en este estado… pero el psicólogo vuelve a conducir la sesión:

—Ahora, Sr. Sánchez, viaje con su mente hacia atrás. Retroceda en el tiempo, busque en sus recuerdos… ¿Qué sucedió en su vida? Retroceda, sin miedo. ¿Qué ve? ¿Se ve a usted mismo? ¿Es un joven? ¿Un niño, tal vez? ¿Qué está sucediendo?

Escucho, cada vez más lejana, la voz del psicólogo. Me siento mecido por esa voz, como si fuera un niño en su cuna. No…, en realidad… estoy viendo a un bebé de verdad, de unos 10 meses de edad, llorando, acostado en una cuna, en una habitación de alegre decorado infantil. Una mujer entra en la habitación, y con ternura, levanta al niño de la cuna. Lo abraza contra sus voluminosos pechos…

—¿Qué ve, Sr. Sánchez? —escucho que pregunta la voz lejana del psicólogo.

—A un bebé.

—Bien, ese bebé es usted. ¿Qué le está sucediendo a ese niño?

—Lo tiene en brazos una mujer; lo está meciendo —visualizo al niño con toda nitidez.

—Concéntrese en la mujer. ¿Cómo es? —trato de concentrarme en la imagen, siguiendo las instrucciones del terapeuta.

Y entonces la veo: una mujer gordísima. Le rebosan las carnes. Me abraza con mimo y dulzura. Me besa la frente repetidas veces. Me susurra al oído: mi niño, mi bebé precioso… Y me siento protegido por su cálida humanidad. He dejado de llorar. Veo más escenas: a mí mismo, un poco más mayor, en el regazo de mi niñera, amparado siempre por su cariño y por sus carnes generosas.

—¿Quién es esa mujer, Sr. Sánchez? —pregunta el psicólogo.

—Mi niñera: Leopolda —respondo con seguridad—. Cuidó de mí hasta que entré en el colegio, con cuatro años.

—Y su madre, ¿dónde estaba su madre?, ¿no cuidaba de usted? —me interrumpe el psicólogo.

—Mi madre nunca estaba en casa —contesto con acritud.

—¿Cómo era su madre físicamente? —pregunta el psicólogo.

—Muy guapa y muy delgada…

—Muy bien, Sr. Sánchez, siga respirando.

 

Después de un rato de silencio, roto tan solo por la suave música de fondo, la voz del psicólogo me despierta de mi estado de placentero sopor:

—Bien, ahora, Sr. Sánchez, va a repetir conmigo las siguientes afirmaciones, tres veces: «Mi madre me cuidó lo mejor que pudo y supo» (y repito, tres veces, la afirmación, obediente y literalmente). «Perdono a mi madre por no haberme atendido como a mí me hubiera gustado» (repito esta afirmación, también tres veces). «Mi madre se merece mi amor, porque me dio la vida» (también repito esta afirmación, las tres veces de rigor).

—Ahora, Sr. Sánchez, contaré lentamente hasta diez. Con cada número, se irá sintiendo cada vez más despierto. Al llegar al número diez, se encontrará en estado beta: uno…, dos…, tres…, cuatro… Abra los ojos con suavidad, ¿cómo se encuentra?, mueva suavemente sus manos y sus pies… —después de unos segundos—: Incorpórese lentamente.

Me incorporo, me pongo los zapatos y con cierto aturdimiento sigo al psicólogo hasta su despacho. Nos sentamos a ambos lados de su escritorio.

—No me acordaba de ella —es lo primero que digo, verdaderamente impactado por la imagen de mi niñera, recién recobrada en mi memoria—: Leopolda…

—Creo, Sr. Sánchez, que ahí tiene usted la razón de su fijación erótica —me contesta, con mirada comprensiva—. La mente…, bueno, el subconsciente, mejor dicho, almacena recuerdos y vivencias a los que en algunos casos no logramos acceder con nuestra mente consciente, sobre todo, cuando se trata de experiencias o hechos que resultaron especialmente dolorosos o brutales emocionalmente. La psique humana funciona así, con el único propósito de protegernos.

—¿Y mi madre…? —le interrumpo, entendiendo perfectamente, antes de que me responda, lo que trata de explicarme.

—Su aversión hacia las mujeres delgadas, Sr. Sánchez, no es otra cosa que el odio que el niño que usted fue siente hacia su madre, aunque manifestado de manera inconsciente, es decir, reprimido y proyectado, en este caso, en sus preferencias sexuales. Le gustan las mujeres gordas porque su mente asocia la imagen de gordura (la de su niñera) con el cariño, el mimo y las atenciones físicas; mientras que detesta la delgadez porque para usted es sinónimo de desatención y abandono…

—Pero yo me llevo muy bien con mi madre… —replico, enojado, sin querer asumir la explicación.

—Le hablo de un funcionamiento mental subconsciente. Con la regresión, precisamente, lo que conseguimos es hacer aflorar a la superficie todo aquello que permanecía oculto…

Me marcho de la consulta con sensación de perplejidad, con una nueva cita programada para tres semanas después, y con el siguiente tratamiento recetado por el terapeuta: repetir las tres afirmaciones de la sesión, tres veces, tanto al levantarme por la mañana como al acostarme por la noche. Me siento extrañamente culpable. Mi madre… La llamo y le digo que iré a comer con ella al día siguiente, aunque no sea domingo (que es el día de la semana que yo reservo para comer con mis padres).

 

Durante la comida, y como quien no quiere la cosa, trato de reconducir la conversación hacia mi infancia. Mi madre, aunque sorprendida al principio (mi padre es persona parca en palabras) acaba hablándome de Leopolda, a la que ya recuerdo nítidamente: me cuenta (con cierta pesadumbre, creo) que la contrató para cuidarme mientras ella, a su vez, cuidaba a su madre (mi abuela), enferma de lo que ahora se conoce como alzheimer y entonces, simplemente, como demencia. Después de comer, durante la sobremesa, mientras tomamos, distendidos, café y dulces, mi padre saca una vieja caja de cartón con infinidad de fotos, algunas en blanco y negro y otras en color: en algunas, aparece Leopolda (gordísima y sonriente) conmigo en brazos; en otras, aparece mi madre (bellísima en su extrema delgadez, mirando con gesto cansado hacia la cámara).

 

Desde esa comida han transcurrido ya tres semanas. Durante este tiempo, y aunque en todo momento he dudado de la eficacia del tratamiento que me recetó el psicólogo, he repetido las afirmaciones como un papagayo, por la mañana y por la noche: no he notado cambio alguno. Ahora mismo me dirijo a su consulta. Me abre la puerta la enfermera-secretaria de la otra vez. Sin poder evitarlo, me fijo bien en su cuerpo mientras la sigo hasta la salita de espera: lleva un ceñido vestido de color azul marino que realza su pequeña y delgada figura. «Está buena», pienso, mientras noto un ligero hormigueo en la entrepierna.

 

Relato Alguna gorda por favor

 

 

Mariluz Carrillo Pinilla. Autora residente en Villafranca de los Barros (Badajoz). En 2016 concluyó el poemario  Onírico, inédito hasta el momento, una obra que versa, esencialmente, sobre el amor y el mundo de los sueños. El relato aquí publicado está incluido en el libro La campanada, registrado por la autora en 2017.

@ Contactar con la autora: mcarrillopinilla [at] yahoo.es 

Lee varios poemas de esta autora (en Almiar): La rendición

Ilustración relato: Fotografía por SofiLayla / Pixabay [dominio público]

 
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Revista Almiar – n.º 94 | septiembre-octubre de 2017

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