artículo por

Claudio López

 

 

La novela Puerto Apache [1] de Juan Martini encierra una propuesta de crítica cultural. Su universo ficcional da cuenta como pocos de la realidad de la Argentina del 2001, año en el que hicieron crisis las tensiones políticas y sociales generadas por el sistema neoliberal y la conflictiva inserción en el marco de la macro política global. Su procedimiento es la interdiscursividad en donde las voces, a través de una escritura que se plasma en el género negro, buscan entregar una versión antropológica del imaginario de comienzos de siglo XXI. De su lectura se desprende, al menos, una interpretación: la negación de la noción de legalidad. Se observa un campo de fuerzas recorrido por tensiones que se oponen: lo legal, lo ilegal; lo posible, lo imposible. Las leyes son violadas o se confunden con quienes las representan, dejando como consecuencia una sociedad atrapada en el caos en donde los sujetos —en tanto clase oprimida— se niegan a permanecer en sus lugares dado que antes de la resignación total existe una alternativa: delinquir.

 

El tema

 

El asunto está tomado de la realidad propia de la ciudad de Buenos Aires y alude particularmente a la representación de la metrópoli como uno de los lugares que más ha sufrido la metamorfosis urbana de los últimos tiempos, pero desde el foco de lo que parece ser el peor de los efectos de la globalización: el del excluido. Resulta significativa esta mirada porque se detiene en el borde más miserable de historia nacional contemporánea que no contempla a los «segregados». Los trece capítulos interconectados que configuran el mundo narrado a través de un discurso de tipo policial, fragmentado, muestran dos movimientos del protagonista: la búsqueda y el entendimiento de la realidad que lo circunda. De estos dos ejes surge la temática de la obra: la negación de la legalidad fruto de un problema metafísico, superior al económico social, ya que el hombre cumple su realización a través del trabajo y por medio de éste consigue libertad e independencia. La pérdida del mismo lo reduce a la nada, en consecuencia, sin nada que perder se involucra con el delito que lo llevará a la aniquilación misma.

 

Sentido del título

 

Martini ha elegido un nombre propio con características fonéticas similares a una conocida villa de emergencia de Buenos Aires (Fuerte Apache) para identificar al grupo social al que se referirá mediante la ficción: Puerto Apache, un asentamiento en las afueras de una ciudad que lleva implícito el fenómeno de marginación social y se contrapone a Puerto Madero, otro tipo de espacio donde viven sujetos con características particulares, pero que se entrelazarán en la ficción para enmascarar una intencionalidad. Esto constituye la puesta del lector en un determinado lugar dentro del sistema novelesco que le permitirá observar e indagar los ejes socio-jerárquicos y de valorización respecto de la realidad que la novela, con su sistema, refractan.

El mundo narrado y el narrador focal

 

Narrada en primera persona desde la perspectiva de Pablo Pérez apodado «La Rata»; concubino de Jenifer con quien tiene dos hijos, pero mantiene paralelamente una relación amorosa con Maru que es la mujer de su jefe, «el Pájaro».  Se gana la vida como portavoz de una organización que vende drogas a los poderosos y famosos de la ciudad de Buenos Aires. Es el encargado de dar cuenta de los números que cifran y descifran los organizadores del negocio en cada uno de los extremos del sistema. 

La historia comienza a tejerse a partir del momento en que «la Rata» está recibiendo una golpiza por parte de tres sujetos pagos. Los golpes despiertan sensaciones y activan la memoria, que a través de la técnica del monólogo interior directo permite dar a conocer lo sucedido tiempo atrás: él forma parte de un grupo de «ocupas» que ha tomado la Reserva Ecológica de la Zona Norte de Buenos Aires frente a Puerto Madero. Su padre es un viejo proxeneta que después de haber vivido de las mujeres se ha retirado y es el cabecilla del gobierno de la villa Puerto Apache, autodenominado «Primera Junta» o «Gobierno». El narrador sitúa entonces su relato interior en un tiempo simultáneo al de los acontecimientos que suceden a partir de la situación inicial: la golpiza, dando a conocer así dos anécdotas: la primera propiamente detectivesca (dinero, extorsión, crimen organizado) y la segunda referida a cómo y cuándo se llega a tomar la Reserva, cómo se construye y organiza Puerto Apache y quiénes luchan por el espacio tomado, tanto a nivel físico como de poder.

El personaje es crítico y evaluador y se erige con una inteligencia aguda siendo capaz de entrelazar en una totalidad los fragmentos de las relaciones establecidas entre el hombre y su medio a través del discurso, ya que en éste se interceptan de modo más evidente las estructuras semánticas de las cuales emergen las múltiples formas de descifrar la realidad que es siempre la misma: es, justamente, una subjetiva interpretación de ella y de la acción.

Los conceptos de la propuesta bajtiniana orientan nuestro análisis en varias direcciones: en lo discursivo propiamente dicho, en tanto problemática narrativa, con sus modalidades estratégicas y formas que adopta el relato; en la proyección de la conciencia autoral, observable en la utilización de la primera persona por parte del personaje; en la recursividad del lenguaje y en la irónica manera de evaluar la realidad, dejando entrever las condiciones de producción de la novela y permitiéndonos comprobar la hipótesis interpretativa de la cultura argentina sostenida por la conciencia narradora.

Desde el plano de la creación estética, el objeto de la  creación  tiene  que  ver  con  el  hombre empírico, por  lo  que  el  personaje —consecuente consigo mismo— da cuenta de un sistema de valores que gobierna su mundo, habla como un participante activo de la vida representada, pero son también, a la vez, aunque metafóricamente, de una realidad empírica dada. ¿Pero cómo se logra esto? A través de lo que Bajtín denomina «mirada estética», el personaje es consecuencia de una concepción de vida, en tanto actividad contemplativa, para luego lograr una extraposición que permite recuperar «un medio semántico valorativo donde se mueve el alma del héroe» [2]. Oportuno es aclarar que en este trabajar con el personaje, el artista lo ubica en un plano de verosimilitud ligado a las nociones de conocimiento, ética y modo de concebir la realidad, pero en la cual también aparece no sólo su mirada, sino también la del autor, que por otra parte es una conciencia actuante, por lo que a través de las dos conciencias, comprenderemos las intenciones últimas de la idea creadora.

La fábula presenta un mundo dominado por la fuerte presencia del narrador que discurre por el texto entrelazando los acontecimientos que forman parte de su relato con las reflexiones que se desprenden de éstos. Una gran cantidad de digresiones en la primera parte del relato, que lo configuran de manera dionisíaca, muestran sus recuerdos y, finalmente, su vida. Gracias a estas digresiones la historia avanza, o mejor aún, lo hace gracias a la destreza con que él va uniendo una digresión a otra por medio de la recuperación de una idea, utilizando para ello gran número de analepsis que detienen momentáneamente el tiempo de la historia en favor de la información que entrega hasta llegar a componer un entramado sobre el que surge el sentido del texto.

 

Posición cultural, identitaria y actuación del personaje en la historia

 

La «Rata» se convierte en signos de una cultura o esfera semiótica, entendida ésta como espacio cerrado y compuesta por formaciones semióticas de diversos tipos y niveles (lenguajes y códigos que no están presentes fuera de este espacio semiótico, en términos lotmanianos [3]) pero que desea pertenecer a otra que considera superior. Por ello sostenemos que es un personaje que se encuentra escindido y que la construcción del mismo, desde el plano de la conciencia autoral, gira en torno a esta dualidad. Es un personaje que tiene necesidad de escribir, posee una actitud intelectual ante lo que está pasando, pero no sabe qué escribir, tal vez «grafitos». Los amigos lo denominan «villero ilustrado», sin embargo no sabe dónde quedan las islas «Fiji» o quién es «Derqui», o «Termi», o «Berni» [4]. ¿Qué intención guarda esto? Iuri Lotman sostiene que la esfera semiótica o semiosfera permite observar el acto sígnico dado en un espacio semiótico, la villa o «emplazamiento» con sus rasgos característicos. Sin embargo, para que exista entendimiento es necesario la existencia de un traductor, alguien que perteneciendo a determinada semiosfera pueda traducir los signos de la otra y viceversa. En este espacio fronterizo se encuentra el personaje que intenta explicar el sistema de vida propio de la villa y el de la Zona Norte de Buenos Aires, ubicada en otro espacio semiótico. Por lo tanto este concepto de semiosfera nos permitirá observar la posición funcional y estructural del personaje asignado por la conciencia autoral y que, desde luego, posee una intencionalidad.

La presencia dominante del personaje incide en la caracterización de los otros, quienes, por lo general, no pasan más allá de ser personajes de su anécdota, aunque no rígidos, sino absolutamente necesarios para cumplir un rol específico dentro de la historia: sus voces se entrecruzarán para lograr diversos puntos de vista que confluirán en la voz del narrador, a través del discurso indirecto en el que se plasma de una forma particular su visión sobre la historia. Su arte de mirar no da tregua a los prejuicios ni a la moral. Las imágenes que va construyendo sobre la realidad que lo rodea y sus reflexiones sobre la misma tienen importancia capital en su particular manera de contar, pues ocurre con frecuencia que aquello que más le preocupa (el centro de sus especulaciones) es su propia forma de relacionarse con ese mundo, de percibirlo y expresarlo con cierta tendencia a la negatividad, pesimismo y, a veces, cinismo.

Pablo Pérez encarna toda la problemática actual de la identidad como algo relativo, como una construcción cultural basada en la interacción social que surge de su posicionamiento en el espacio y en el tiempo que le toca vivir y que lo pone en la disyuntiva de elección: la identidad con la villa o con lo que está del otro lado del dique, la Zona Norte de Buenos Aires. Al hablar de identidades nos encontramos con otro elemento clave que analizaremos a continuación: el lenguaje, puesto que a través de su práctica discursiva aparecen connotaciones que nos permiten observar cómo se subvierte el discurso (desde lo político social) hasta lograr que surja un contradiscurso: «No somos intrusos, no somos okupas. Esto es nuestro. Gente, somos» (17).

 

Las voces en Puerto Apache: connotación paródica e irónica

 

La perspectiva bajtiniana definirá a la Translingüística como «el estudio de la vida de las palabras» (255) [5] y recalcará que las características discursivas de los personajes tienen una importancia capital en cuanto fenómeno artístico. Como tantos otros textos narrativos contemporáneos, Puerto Apache integra una gran cantidad de mensajes provenientes de diversos ámbitos que al no estar de manera estereotipada, en su gran mayoría, remiten a universos restringidos. En otros casos, lo estereotipado es evidente: «La calle está llena de basura, de restos de comida, latas, mugre. Un valle de Lágrimas, Lavalle…» (71).

La voz narradora construye un universo intertextual compuesto, en una primera instancia, de referencias, alusiones propias de la oralidad provenientes del campo social  y popular como así también del ámbito de la élite de Buenos Aires, que sin duda apelan a la competencia cultural e ideológica de los receptores para su total comprensión. En una segunda instancia, observamos alusiones a la Historia nacional, citas de textos musicales, referencias cinematográficas y programas televisivos de actualidad. En ambos casos, el lenguaje utilizado es de vital importancia ya que a través de éste, en tanto fenómeno social y personal, el sujeto de la enunciación  construirá una representación de sí mismo y de los que conforman el grupo que vive en la Reserva, como así también de los grupos hegemónicos para comprender la realidad en la que se halla inmerso.

Bajtín observó el comportamiento de la palabra en una serie de hechos, artísticos por cierto, a saber: la estilización, la parodia, el relato oral y el diálogo expresado composicionalmente, que la caracterizaron por presentar en estos fenómenos un denominador común: la palabra con una doble orientación. Así tenemos «la palabra normal, hacia el objeto del discurso (la Rata cuenta su historia) como otra palabra, hacia el discurso ajeno (se critica la cultura argentina de manera paródica) [6]. Ambos discursos, no se pueden pensar ubicados en un mismo plano, sino en diferentes perspectivas. Pero ¿por qué el creador busca desarrollar esta intención con este personaje? Justamente, en el desclasado, en el «ocupa», está la voz ajena, la voz del pueblo que no tienen ni voz ni voto para la clase dirigente; en consecuencia hacen falta sus valoraciones y puntos de vista divergentes, para que la literatura como sostiene Vargas Llosa cuente «…la Historia que la Historia no sabe ni puede contar» [7].

Desde una perspectiva sociolingüística, entendemos al discurso como uno de los constitutivos más importantes para la construcción de lo que se conoce como identidades sociales, posiciones de los sujetos, sujetos sociales, incluso colabora en la construcción  del sistema de conocimientos y creencias, por lo que se puede afirmar que la construcción discursiva surge de las prácticas sociales en la que se arraiga. El lenguaje, en tanto fenómeno social, es vital para el narrador, está involucrado con el poder y como consecuencia con la ideología; pero en tanto fenómeno individual, su enunciación se reviste de una pluralidad de voces ajenas que habitan en la propia voz. Esto se llama hibridación o conjunción discursiva, e introduce la idea de otredad en el centro mismo del lenguaje que estará presente en el momento de producir un enunciado configurado por y para otro.

Eje paródico: ¿Por qué la elección de la parodia para Puerto Apache? Martini elige la parodia para dar cuenta de un país en crisis cuya clase dirigente no se ha percatado, o no le interesa hacerlo, de la existencia de un grupo humano que hoy constituye una clase ‘sin clase‘, los nuevos sujetos sociales o desclasados: los «ocupas». Tres ejemplos que nos ayudan a pensar en esto:

a- Puerto Apache – Puerto Madero: La parodia está dada en la doble articulación de Puerto/ Fuerte// Apache/ Madero e influyen en la caracterización del personaje híbrido.

b- Palacio ApacheParaíso argentino: Capítulos 3 y 7 de la novela, confirmación de una metáfora: El país fuera del alcance de lo legal.

c- Anonimato,  organización y poder: La capacidad de organización y el poder concentrado en unos pocos, de quienes nada se sabe, incluso, ni de sus respectivas trayectorias, se demuestra en el plan para tomar la Reserva.

Eje irónico. ¿Cómo ver la ironía cuando se trata de una novela de la serie negra, traiciones, sufrimiento, violencia, corrupción y muerte? ¿En dónde se percibe una entonación irónica?

a- Los nombres de los personajes: el anonimato es la característica principal en todos ellos. Las identidades son móviles e intercambiables y los nombres se pierden en los sobrenombres que los enmascaran: la «Rata»,  el «Ombú», el «Pájaro», Maru, «La Primera Junta», entre otros.

b- Ridiculización de íconos sociales.

c- La televisión.

La ironía trabaja en un límite delicado entre lo verdadero y lo falso, desestabiliza el propio funcionamiento de la lengua ya que afirma y niega a la vez, además de quebrar las falsas certezas. Propone, además, un equilibrio entre lo risible —con el uso de eufemismo sujeto a la intención y la entonación del hablante— y lo serio, lo cual se presenta atenuado. Estos dos ejes evidencian la actitud del autor hacia lo representado, lo que se constituye en objeto de su discurso; por ello el personaje se aproxima al tratamiento de la realidad nacional relacionándola con un campo semántico que oscila siempre entre lo oscuro y perverso de la política. Este tópico, que se repite con especial interés, muestra que no se trata de un mero juego de palabras sino de una puesta en escena de la mirada de un excluido en el meollo mismo del poder, de allí el tono satírico que envuelve al relato.

 

A modo de cierre

 

La escritura martiniana trabaja las grietas sufridas por las identidades y se conforma como espacio donde se pone en escena la violencia engendrada por la corrupción a gran escala; la crisis en la realidad argentina toma como por asalto su escritura, evidenciándose en la vertiginosidad de su anécdota y en la necesidad de poner por escrito la caída de la sociedad y de la política argentina con sus códigos trastocados. Puerto Apache muestra el cruento proceso de iniciación del nuevo siglo basado en un código que históricamente se sustenta en premisas falaces. Así la ficción presenta una suerte de ontología negativa de la Patria, atacando no sólo el concepto de tiempo histórico lineal sino también las bases constitucionales de igualdades y derechos. El escritor denuncia una identidad clausurada producto de los intereses de la clase dirigente a través de un texto que muestra figuras constantes: el hambre y la miseria, la corrupción de los poderosos; alrededor de ellas hay un largo tejido de ficciones que entre la memoria y la cotidianidad quiebran el espacio propio y ajeno —un «no lugar» según la perspectiva de Augé. La novela se propone como crítica de una cultura, como contramemoria de una sociedad atrapada en su locura. Su escritura busca entregar una antropología del imaginario y pone en tela de juicio la representación de lo real; busca romper la peligrosa transparencia de las palabras comunes, naturalizadas; reflexiona sobre el discurso; intenta desentrañar otros saberes y sus vinculaciones con el poder. Las formulaciones de los mandatos culturales son puestas en cuestión a partir del personaje que toma la palabra y se apropia del discurso de la autoridad para desmontarlo y resignificarlo. La intertextualidad es el resultado de un discurso polifónico en el que las voces operan desde su diversidad lingüística, introduciéndose con fuerza en el habla del narrador y sirviendo a las intenciones de la idea creadora: parodiar una realidad para que se corrobore su hipótesis interpretativa de la cultura argentina: el país de los poderosos y la de los marginados, consecuencia de un proceso de inserción en la política mundial que comienza con la dictadura y se proyecta con la democracia. Además, las voces que se cruzan en el texto aportan cada una el rasgo particular de la cotidianidad, la burla, la visión de los otros, logrando un entramado de ideas marcado por la ironía —por lo ideológicamente ajeno— que intenta desenmascarar lo que el discurso tiene de «legítimo». 

Puerto Apache propone analizar la realidad desde la perspectiva de un excluido, lo que resultará significativo porque permite internarse en otros estratos de representación como la corrupción y la necesidad casi dialéctica entre ésta y la pobreza para sostener un sistema que, paradójicamente, es insalvable.

Bibliografía:

*Fuente

– MARTINI, Juan 2002  Puerto Apache, Bs. As. Editorial Sudamericana.

*Consulta

– ARÁN, Pampa y otros (1998: 52) Estilística de la novela en M.Bajtín. Teoría y aplicación metodológica, Córdoba, Narvaja Edit.

– BAJTÍN, Mijaíl (1993: 253-375) Problemas de la poética de Dostoievsky. Méjico. F. de C.E. Cap. V. La palabra en Dostoiesvky.

– LOTMAN, I. (1995: 21-42) Semiosfera I. Semiótica de la cultura y del texto. Valencia, Ed. Cátedra.

– VARGAS LLOSA, Mario El poder de la mentira, La Nación 19-7-87


NOTAS:

[1] MARTINI, Juan 2002  Puerto Apache, Bs. As. Editorial Sudamericana.
[2] ARÁN, Pampa y otros (1998: 52) Estilística de la novela en .M.Bajtín. Teoría y aplicación metodológica. Córdoba, Narvaja Edit.
[3] LOTMAN, I. (1995: 21-42) Semiosfera I. Semiótica de la cultura y del texto. Valencia, Ed. Cátedra.
[4] Antonio Berni, pintor surrealista.
[5] BAJTÍN, Mijaíl (1993: 253-375) Problemas de la poética de Dostoievsky. Méjico. F. de C.E. Cap. V. La palabra en Dostoiesvky.
[6] BAJTÍN, Mijaíl (1993: 253-375) Problemas de la poética de Dostoievsky. Méjico. F. de C.E. Cap. V. La palabra en Dostoiesvky.
[7] VARGAS LLOSA, Mario El poder de la mentira; La Nación 19-7-87.

 

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Claudio Domingo López (1976). Vive en Villa María (Argentina). Es Licenciado en Letras y Profesor de Lengua y Literatura Castellana con Especialización en Literatura Infantil y Juvenil. Ha colaborado en la revista Misceláneas (período 1999) y El corredor mediterráneo – Diario Puntal (Villa María – junio de 2008). Realizó la Ponencia: Lenguaje, sociedad y cultura en Puerto Apache de Juan Martini (Universidad Nacional de Villa María Instituto A. P. de Ciencias Humanas. I Jornadas de humanidades y arte: El lenguaje y los lenguajes). 
@ Contactar con el autor: c_lopez70 [at] hotmail.com

Leer (en Almiar) otro artículo de este autor:
Conciencia de autor y denuncia en «Tito nunca más», de Mempo Giardinelli

 

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