relato por
Stefano Llinas

 

D

e las tristezas obligatorias que encajonadas te guarda la vida me acuerdo mejor de la francesa, esa mélancolie que arraigó su presencia entre mis primeros años de pubertad, y aunque fue, en retrospectiva, una época hermosa, también tuvo repercusiones emocionales que hasta hoy no han terminado sus murmullos. La sutil depresión primeriza la sentí en la ciudad de Lyon, un día de verano en el que mis padres me llevaron a la piscina de la Tête d’Or y presencié hallazgos que tal vez no debería haber presenciado; en fin, la suave piel de un extraño quedó impregnada en mis anhelos, y su cotidiana indiferencia en mi corazón. Mi primer amor, si así se le puede llamar, fue producto de la efímera coincidencia de los calores de julio, y al igual que las transitorias temperaturas, no tardó mucho en desaparecer.

Yo era uno de esos hijos únicos con características tímidas y reservadas, así que no dije una sola palabra ese día, ni tampoco cuando mis padres decidieron dejarme con mis tíos mientras iban por una semana a París. Mi tío, un viejo de nariz aguileña y panza de tomador, salía todas las mañanas a trabajar, dejándome con mi tía, una madame ejemplar de cabellos rojos, dentadura amarillenta y gafas de sol que parecían haberse alojado perpetuamente sobre su rostro. Ella dictaba clases de francés en la Alliance, pero siendo verano tuve la suerte de encontrarla de vacaciones. Frente a la mesa de madera que tenían, mirando sobre su pequeña huerta urbana, entre los humos interminables de cigarrillo que soplaba ella entre sus dientes, mi tía me contó la historia del sol, o, como ella la llamó, una vez muerto el relato: La différence du soleil.

Gracias a mis tendencias de bombardear esporádicamente los silencios apacibles de los adultos con anécdotas astronómicas fue que nuestra estrella protectora terminó siendo la protagonista de aquel relato. Todas las migajas necesarias para cercenar mi angustia estaban en su lugar; la última de ellas siendo el cenicero de vidrio con el que mi tía solemnizó el instante. Fue entonces, sabiendo que me gustaba el cosmos y reconociendo mi melancolía, cuando comenzó así, con una voz áspera y acentuada por la nicotina:

—¿Sabías que incluso los seres más grandes, como el sol, son molestados? Las demás estrellas, que son mucho más inmensas, fastidian a nuestro solecito porque es diferente.

—¿Porque es pequeño? —pregunté yo.

—No —replicó mi tía—, es porque él tiene una sombra.

Quedé un poco incrédulo, dado que mis conocimientos previos no abarcaban tal sentencia, pero aún interesado, dado que confiaba en la dirección de la narrativa. Ella, entretenida con mis muecas, prendió un nuevo Camel.

—Ya sé que te suena mal —continuó ella—, pero cuando dos luces están juntas, la más brillante, que en este caso es la luz de las otras estrellas, termina dándole una sombra a la luz menos brillante.

—Que es el sol —terminé yo.

—Exacto. Pasaron centenares de años y el sol sentía pesar de sí mismo, hasta el día en que logró ver a otra estrella con sombra, pero esa se sentía feliz, en lugar de estar amargada. El sol le preguntó cómo era posible tal cosa, y esa estrella le dijo que su sombra la hacía diferente, y por eso se sentía feliz. El sol entendió que él nunca podría cambiar ese aspecto de sí mismo, y decidió tomar la perspectiva de la otra estrella. Así fue como el sol se enamoró de su propia sombra, y así es como tú deberías enamorarte de todo aquello que te haga diferente.

No tuve que decir más, y no habría podido aun si lo hubiese deseado, pues quedé abrumado con el reconocimiento de mis pesares y la esperanzante inferencia de que otros se sentían como yo. Mi último recuerdo de ese día fue comerme una clémentine de Corse; fruta paisana de mi tía, que también pasó siendo coincidente simbolismo ignorado por mi hambre de joven.

Ese día le sonreí, entre los actos de escuchar el cuento y engullir el cítrico, sin entender completamente a qué se refería, pero sintiendo un resurgimiento de tibieza que empezó a disipar mi turbia realidad de adolescente. Es increíble pensar, y aún más tener el privilegio de recordar, que la bondad de las palabras, inclusive las enmascaradas, tenga tan gran influencia en la felicidad y la relación que tenemos con nosotros mismos. Hoy le agradezco a mi tía por esa historia que entre el humo creó de la nada para calmarme, y me doy cuenta de que la diferencia no la hizo el sol, elle a fait la différence.

 

separador relato Stefano Llinas

 

Stefano Llinas. Autor colombiano (Barranquilla, 1992). Es graduado de Savannah College of Art and Design (SCAD), en Savannah, Georgia (EUA), en 2014, y estudiante de Máster en Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona (UB), España.

Contactar con el autor: stefano_llinas92 [at] hotmail.com

 Ilustración relato: Fotografía por vampy24 / Pixabay [CCO dominio público]

 

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Revista Almiarn.º 87 / julio-agosto de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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