relato por

José David Collazo

 

Y

la luz de la mañana de agosto se abre paso a través de la verja. La nueva encargada consigue elevarla en dos tiempos con gran energía y sonoro chirriar metálico.

El apresurado andar de los ciudadanos hacia su trabajo, el ruido de motor y los pitidos lejanos de algún ansioso conductor despiertan a la adormilada ciudad.

Se abre la puerta del majestuoso edificio de la acera de enfrente y asoma un gran hombre,  empresario de éxito alojado en el sexto piso junto a su mujer e hija, que agradece al portero su disponibilidad. Cruza la calle caminando con paso firme y orgulloso, observando con desdén los apresurados proletarios en sus avejentados coches, arruinados por los varios kilómetros realizados en un vano intento de ahorro para el pago de sus hipotecas.

Se detiene frente al establecimiento y me mira. En su rostro inflado asoman las arrugas de una vejez prematura en cuya cima se manifiestan islas de cano pelo sobre un mar de blanca calva.

Me sonríe orgulloso, inflando el pecho y mostrando con orgullo el espléndido traje comprado en la onerosa tienda dos calles más arriba.

Él me mira y yo le devuelvo la mirada.

En mi reflejo contempla un hombre atractivo con el pelo cuidado, persona de éxito que se ha labrado su presente a costa de un pasado de duros trabajos y tardíos pero bienvenidos afortunados negocios. Un hombre que se ha conseguido una posición para su linaje que no está dispuesto a perder.

Se da la vuelta y continúa camino hacia la excéntrica cafetería de la plaza mayor.

Una señora de andar cansino y rostro afligido pasa ante la tienda y atraviesa la calle sin detenerse en mi presencia. Llama al timbre donde, momentos atrás, se asomaba el exitoso empresario y desaparece en su interior.

Una pareja de jóvenes sobre la veintena se aproximan por mi derecha. Caminan despacio, sin prisas, el chico abraza con fuerza a la chica como si fuera el mayor trofeo de su vida y pudiera perderlo en cualquier momento, ella sonríe segura de si misma y protegida por su apuesto galán.

Los dos se vuelven hacia mí y me miran, yo les devuelvo la mirada.

Él es un joven alto, de buen parecer con peinado engominado, imitación de futbolista de moda con adulterada ropa de marca de feria, piel morena tostada en duras horas de estibador en el puerto y uñas raídas de tensión económica casera. Ella es una chica bien, con su cabello brillante y perfumado, indumentaria cuidada y de buen gusto adquirida en las tiendas más ostentosas de la ciudad, uñas perfectamente cortadas y pintadas, su piel muestra un cuidado bronceado que brilla al sol y en sus gestos la actitud serena carente de preocupaciones.

Ella ve en mí una triunfadora, orgullosa heredera de los negocios de su padre, un precioso y bello ángel, al que todo hombre rendirá pleitesía y toda mujer dedicará su envidia.

Él ve un campeón del deporte construido desde abajo con sudor, un triunfador entre las masas acompañado de la bella mujer que confió en él.

Me sonríen, se vuelven el uno hacia el otro, se cruzan las miradas y prosiguen su camino. Se dirigen al mismo portal de enfrente. La joven atraviesa la puerta despidiéndose con un beso del enamorado pretendiente.

El muchacho toma calle abajo, camino del parque, donde se reúne con los amigos del barrio.

Las horas pasan, todo el mundo pasa muy deprisa, nadie se detiene a mirarme.

Un mendigo se abre camino entre la marea de gente que sube y baja, él no tiene prisa, para él ya no hay donde ir ni una hora a la que llegar.

Pasa frente a mí sin percatarse de mi presencia. Pero al rato reaparece, en un principio con la mirada baja, fija en la enlosada y limpia calle, no se atreve a mirarme.

Su semblante muestra la suciedad, su vestimenta no es más que harapos, el cabello grasiento y lleno de costras, los pies descalzos y tanto las uñas de estos como las de las manos del color negro de la noche sin luna.

Se detiene frente a mí y alza lentamente la cabeza temiendo mi visión.

Entonces él me mira y yo le devuelvo la mirada.

Me observa con sus ojos oscuros, tan apagados como su vida, y en su rostro se refleja el temor, el dolor y la vergüenza.

Yo lo miro, él continúa mirándome pero ya no tiene miedo. Se contempla como hace años cuando tenía una familia, una mujer, un hijo y un negocio antes de perderlo todo. Su barba recién afeitada por la mañana, el corte de pelo perfecto, la corbata negra sobre la camisa blanca y la sonrisa del buen día.

Se da la vuelta con aquel gesto en los labios y continúa su errante camino suplicando limosna entre los sordos oídos de los impacientes transeúntes.

Se abre la puerta del edificio de enfrente y sale la mujer de aire triste que horas antes había entrado. Cruza la calle pesadamente, y al llegar a mi altura se detiene, pero ella tampoco parece percatarse de mi presencia.

Con la mirada cansada, levanta su muñeca izquierda para echar una ojeada al viejo reloj digital con el desgastado cristal y la pulsera de goma descolorida.

Ella es la que da brillo a la morada triunfal del empresario.

Al poco tiempo comienza a dar vueltas por la impaciencia, y es ahí, que me encuentra.

Ella me mira y yo le devuelvo la mirada.

Es una mujer madura con arrugas en los ojos, varias canas en el descuidado pelo y un cuerpo gastado tras larga vida de trabajo. Pero a pesar de ello aún queda algo en su perfil de aquella belleza perdida que parece irse marchitando con el paso de los días.

Ella ve a la joven soñadora, de rostro perfecto y mirada limpia. Aquella misma que se casó con un guapo joven con quien soñó tener el mundo,  ese mismo mundo que el mal devenir de su negocio había hecho caer en desgracia, y que más tarde haría que desapareciera de su vida, abandonándola ante la humillación de no haber satisfecho su propósito.

Aparece el joven amante de la hija del empresario y toma a la mujer por el hombro. Ella reconfortada sonríe y abraza a su hijo, los dos desaparecen poco a poco en la distancia caminando entre la cada vez menos poblada calle.

Nadie más vuelve a mirarme durante el día.

Cuando las sombras se comienzan a difuminar y la oscuridad comienza mi ceguera vuelve el mendigo y se acerca a mí.

Me mira y yo le devuelvo la mirada.

Me sonríe y yo le sonrío, y ya no puedo ver más, la sombra de la noche se lo lleva.

La luz de la mañana me muestra el nuevo día. Frente al establecimiento un automóvil con luces giratorias hace sonar su sirena, dos personas vestidas de uniforme portan una camilla y sobre ella distingo las negras uñas de las manos del mendigo que asoman bajo una blanca sábana. En la acera, junto al vehículo, una mujer de mediana edad observa la escena con la mano sobre el hombro de su hijo.

El niño se gira hacia la tienda y me observa.

Me mira y yo le devuelvo la mirada.

Hace muecas y me sonríe, la madre lo coge de la mano y se lo lleva mientras yo sigo ahí.

Muchos años hace que devuelvo la mirada, tantos que no consigo acordarme.

Momentos tuve de fama, grandes brujas y reinas me miraron y preguntaron.

Y ahora sólo soy un viejo espejo en una tienda de antigüedades, donde me miran y yo les devuelvo la mirada.

 

Line text José David Collazo

José David Collazo Dubra

José David Collazo Dubra (1979). Autor residente en A Coruña (Galicia, España). En 2014 publicó su primera novela, El legado primigeniocon la Editorial Amarante, Salamanca (leer reseña de la novela, en el diario El Faro de Vigo).

 

 Ilustración relato:
Fotografía por Screamenteagle / Pixabay [dominio público]

 

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Revista Almiarn.º 84 / enero-febrero de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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