relato por
Gerardo

 

¡Horror! Esa fiera viene hacía mí con sus enormes fauces a devorarme y no puedo moverme, algo me ha inmovilizado. Es una asquerosa araña que ha tendido su red y yo he caído en ella. Estoy en la cocina de una casa habitada por humanos, donde resido desde hace un tiempo, donde he disfrutado de grandes comilonas y chupado la mejor y más exquisita sangre que he degustado en mi corta vida de mosca «chupasangre». Pero también donde he sufrido las más crueles torturas y mutilaciones. Mientras espero resignada el momento de ser zampada por esta alimaña, en esta enmarañada trampa, os contaré, amables lectores, la historia de mi díptera vida.

Me llamo Melisa, pero todos me llaman Tragaldabas, debido a mi enorme apetito, que no se sacia nunca, o sea, que siempre tengo hambre, a todas horas y todos los días. Nací hace 20 días —las moscas vivimos unos 33 días— en un establo de vacas, con seis patas, dos preciosas alas, una boca con una trompa para picar o chupar, dos antenas por donde huelo y con dos ojos enormes, compuestos por un gran número (varios miles) de ojos individuales, semejantes a telescopios diminutos que apuntan en todas direcciones, lo que me permite ver por todas partes: por delante, por detrás, por la izquierda y por la derecha.

En mis primeros días picoteaba y chupaba la sangre de las vacas del establo donde nací, que por cierto, no se puede comparar a la humana, mucho más sabrosa y placentera. Por eso, decidí abandonar el establo e ir en busca de los humanos, que además cocinaban unos manjares exquisitos.

Volé durante mucho rato hasta que llegue a un barrio a las afueras de la ciudad. Primero estuve husmeando en un cubo de basura, donde habían arrojado desperdicios, que no estaban mal, pero no era a lo que yo aspiraba. Mientras rebuscaba en la basura, un intenso y delicioso olor se coló por mis antenas. Su rastro me llevó hasta las cocinas de un restaurante donde pude entrar, a través de una de las ventanas que estaba abierta. El espectáculo que mis múltiples ojos pudieron observar fue maravilloso, e imposible de olvidar. Montones de comida se acumulaban por doquier. Había comida en las perolas, en platos, en los fogones, en las mesas, en las estanterías, hasta en las ropas de los cocineros.

El olor era tan intenso y delicioso que a punto estuve de desmayarme. No sabía dónde acudir, ¡había tanto donde elegir! Por fin, me decidí por un plato de alubias con almejas que aún estaban humeando. Me posé en la orilla del plato, con cuidado de no quemarme, y comencé a degustar su rico caldo. Cuando estaba en lo mejor, veo que un gordo cocinero se abalanzaba sobre mí con un matamoscas, dispuesto a convertirme en un ingrediente más de aquél sabroso plato, pero gracias a mis extraordinarios reflejos, a mi peso pluma, y a mis múltiples ojos, que me permiten ver en todas direcciones, pude escabullirme. Pasado el susto, sobrevolé la amplia cocina y me posé en lo alto de una estantería, donde había unos tarros de miel. Intenté colarme dentro, pero fue inútil, estaban bien cerrados, no obstante, como había restos de miel por fuera del cristal pude chupar una poca. ¡Hum! Estaba riquísima. Desde allí arriba podía divisar toda la cocina y a los cocineros. Había que tomar precauciones ya que como pude comprobar, éstos no se andaban con bromas. Teniendo en cuenta esto, decidí vigilar los movimientos de los guisanderos. Cuando veía que un plato estaba alejado de ellos, volaba en picado en dirección al desguarnecido manjar, del que chupaba todo lo que podía rápidamente y cuando veía que alguien se acercaba levantaba el vuelo en dirección a mi observatorio, o sea, donde los tarros de miel. Entre plato y plato, daba rápidos lametazos, a los tarros de miel y cuando me cansaba, escondida detrás de ellos dormía como una marmota. Cuando despertaba volvía a la carga. Y así estuve una buena temporada hasta que me atiborré. Estaba tan gorda que casi no podía volar, de modo que me dije: «Iré a dar un garbeo por ahí fuera, para bajar la tripa».

Nada más salir, me posé en un árbol de hojas oscilantes con la esperanza de disfrutar del aire fresco, pero debido a mi gordura y mi excesivo peso, la hoja no me sujetó y caí al suelo, porque mis alas tampoco me sujetaron.

—¿Que ocurre —pensé—, es que se me ha olvidado volar? Seguramente he perdido agilidad, al engordar tanto. Habrá que hacer algo para remediarlo. Se me ocurre una idea, iré a un gimnasio de esos a donde van los humanos, a perder peso y a ponerse cachas.

Así que, decidida, me dirigí a uno que había por allí para ponerme en forma.

Pero fue imposible, no estaba adaptado para las moscas, de modo que para levantarme la moral, comencé a picar y chupar el sudor de los gimnastas como una loca. Al cabo de un rato de chupeteo y de cabrear a buena parte de los sudorosos deportistas, me encaramé encima de una ventana, con mucha dificultad, debido a mi enorme peso, y allí, debido al calorcito que entraba a través del cristal, me quedé dormida.

Cuando me desperté, la cabeza me dolía horriblemente.

—Saldré a la calle —pensé—, a despejarme y poder seguir mosqueando por ahí. Durante un buen rato estuve deambulando por la calle, volando como una loca, tratando de sudar y de bajar peso, hasta que, un exquisito y atrayente olor a comida procedente de una casa de planta baja, con jardincillo y patio, llamó poderosamente mi atención. Sin pensar en las consecuencias que para mi agilidad y mi salud podría acarrear este nuevo gusto, e incapaz de resistir la tentación, me introduje en la casa, siguiendo la estela que dejaba la olorosa pitanza.

—No lo puedo remediar, soy de voluntad débil; los placeres de la carne me pierden.

Entré por la ventana que daba a la cocina y me posé en lo alto de la chimenea para descansar, pues estaba cansada de tanto ejercicio.

En ese momento no había nadie en la cocina. Un exquisito guiso, a juzgar por el magnífico olor que despedía, burbujeaba dentro de una cazuela tapada. El vapor de la cocción empujaba la tapadera haciéndola vibrar y salía por los bordes de la cazuela a borbotones, llenando la cocina de vaho.

Mientras se terminaba de cocer el oloroso condumio decidí echar un vistazo al resto de la casa. La cocina tenía dos puertas, una daba a un patio en el que había ropa tendida y unos patitos blancos como la nieve picoteando, la otra salía al pasillo. Un pasillo largo que conectaba la cocina con la puerta de la calle y a ambos lados del mismo había tres puertas a la derecha y otras tres a la izquierda. Recorrí el pasillo hasta la puerta que estaba al final del mismo, cerca de la puerta de entrada y entré en la habitación. Aquí, tres bulliciosos niños jugaban alegremente. Me posé en una de las tres tulipas de la lámpara que iluminaban la sala para estar más calentita y observarlos mejor. Se trataba de dos niños y una niña que jugaban con unos aparatos, que emitían unas luces intermitentes, moviendo mucho los dedos. Permanecí un rato observándolos, y de repente me entraron unas ganas locas de chupar, de picar, de jorobar, así que me solté de la lámpara y aterricé en el cuello de uno de los infantes para intentar chupar un poco de su sangre.

Estuve chupando durante un buen rato, pues mi presa, no soltaba la maquinita, ni loco, para no perder la partida.

—¡Humm! Exquisita, exquisita —me dije.

Cuando me pareció, lo dejé y me posé en la pierna de la niña, la cual, como también manipulaba la dichosa máquina, no soltaba las manos y aunque meneaba la pierna de vez en cuando, no había cuidado.

—¡Uff! ¡Mmmm! Qué ricura, no sabría decir cuál estaba mejor, si ésta o la anterior.

Cuando me disponía atacar a mi tercera víctima, escuché ruido de cacharros en la cocina. Abandoné el banquete sanguíneo y volé en dirección a la cocina con la esperanza de que el guiso de la cazuela se hubiera terminado, o al menos, que la cocinera hubiera retirado la tapa. Asomé tímidamente mi cabeza por encima de la puerta de la cocina, y pude ver a una mujer, de mediana edad, gordinflona de pelo rojizo, y con un mandil de cuadros, que manipulaba el guiso. Me encaramé nuevamente en la repisa de la chimenea a esperar a que se retirara de la cazuela para hincarle el aguijón. Pero no se retiró hasta que no llenó tres platos que enseguida llevó a una mesa situada al otro lado de la encimera. Nada más posar los platos en la misma, me lancé en picado hacía uno de ellos y comencé a succionar el guiso más exquisito que había probado hasta entonces. Estando en pleno banquete, aparecieron los muchachos, cogieron sus cucharas y comenzaron a comer. La primera cucharada por poco me engancha, así que volé a otro plato, donde ya más atenta, vigilaba la cuchara y chupaba del plato intermitentemente. Como el crió comía con la derecha, las cucharadas iban más a ese lado, de modo que yo me coloqué en el izquierdo. De repente, la hábil mano de uno de los pequeños monstruitos se lanzó sobré mí con la intención de atraparme. Al verla venir traté de escapar, pero, aunque no fue muy rápido, no pude esquivarla, debido a la pérdida de agilidad que había ocasionado mi exceso de peso, y terminé dentro de su puño. Cuando ya estaba a punto de asfixiarme, noté que aflojaba la presión y que se abría un pequeño hueco por donde entraba la claridad. Rápidamente intenté salir por allí, pero dos dedos de su otra mano me lo impidieron asiéndome por la cabeza y ya no pude soltarme. Luego me sujetó por las patas, me arrancó las alas, y me soltó por encima de la mesa, donde, los tres pequeños monstruos, hicieron conmigo mil perrerías: me metieron en un recipiente con agua y me hundieron hasta el fondo, luego me sacaron y me aplicaron una llama de cerilla —¿sería para secarme?—, causándome unas terribles quemaduras, además de perder tres de mis seis patas. Por si esto no fuera bastante, me introdujeron en una especie de molinillo y lo hicieron girar a una tremenda velocidad. Fue terrible, peor aún que los suplicios anteriores. Me mareé, vomité, me oriné, defequé y por último me desmayé.

Cuando recobré el conocimiento, aún estaba en el molinillo, demacrada y deseando que vinieran a rematarme. Allí estuve hasta que pude reponerme un poco. Luego, salí gateando con mis menguadas y maltratadas patas hasta el borde del molinillo, desde donde me dejé caer hasta la encimera. No noté mucho daño, pues dado mi estado, ni siquiera sentía el dolor. Después fui caminando hasta el borde de la encimera y me dejé caer de nuevo hasta el suelo de la cocina para buscar un escondite, a resguardo de los pequeños monstruitos.

Desde entonces he estado deambulando por los rincones, escondiéndome detrás de los muebles, en fin, por los lugares mas recónditos y arrastrándome como una hormiga, chupando las migajas y desperdicios que encuentro por ahí, y haciéndoseme la boca agua cuando huelo los exquisitos guisos que esta rechoncha señora cocina.

Pero ya se ha terminado todo, la telaraña se vuelve a mover, se acerca, veo sus fauces cerca de mí, ¡socorro!, ¡socorro! ¡Que se me come!

 

ilustración cuento Mosca Tragaldabas

 

Gerardo. Detrás de este nombre se encuentra un abuelo, gran lector y aprendiz de escritor, que escribe cuentos para su nieta. Jubilado y ocioso, ha «obtenido un segundo premio en un concurso de personas mayores y un accésit en la Universidad de la experiencia…».

Ilustración relato: Caliphrodae head, By Richard Bartz, Munich aka
Makro Freak Image:MFB.jpg (Own work) [CC BY-SA 2.5 (http://creativecommons.org/ licenses/by-sa/2.5)], via Wikimedia Commons.

 
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