relato por
Ander Medina Alfonso

 

D

e la niña desde aquella tarde nadie volvió a saber nada; nadie en Avella, nadie en los pueblos de la comarca. Rastrearon las gentes del pueblo y la Guardia Civil los caminos de polvo, los roquedales de la sierra, las heredades de los Hernández, pero nada se halló. Nadie volvió a ver a la criatura hasta que una mañana de domingo, antes de la Misa, los hijos pequeños de Anastasio, el enterrador, en jugando cerca de la boca del pozo de una casa caída, retirada del pueblo, hallaron su cuerpecito menudo allí bajo las tablillas húmedas y mohosas, hinchado, podrido, marmóreo, flotando boca abajo, los cabellos blancos como hilos deshilachados, abiertos cubriéndolo todo. En la diestra, la niña aun encerraba con extraña fuerza a Tita.

A don Zacarías lo vieron dos días después por la calle principal, acompañado por una pareja de guardias civiles, sus ojos eran grandes, henchidos de locura, una locura que moraba en ellos. Aun algunos vecinos advirtieron la espumilla blancuzca que resbalaba torcida de las comisuras de los labios. En la amarga despedida no estuvieron su señora, Rosario, ni el zagal Julito; Dios sabe qué palabras hubieran con ellos cruzado las voces exaltadas de los hombres rudos del campo. Al poco de desaparecer por la vieja carretera, una mujer arrugada con un pañuelo en la cabeza se santiguó y espetó, este hombre ha perdido el juicio.

Dijeron de Zacarías Hernández que hubo sido juzgado en Salamanca, y así había de ser porque en veinte años nada se volvió a conocer de él en el pueblo. La carnicera solía de vez en vez afirmar con pleno convencimiento que el frío garrote hubo conocido las carnes, temblorosas habría de suponer, de don Zacarías. Don Pascual, el maestro, cuando eso oía de la boca siempre abierta de la mujer, golpeaba la mesa coja de la taberna con el vaso de vino, eso es falso, decía, yo he visto a don Zacarías al través de los ventanales de Villa Leonor ayer mismo. Siempre ayer mismo, como si el anciano maestro se hubiera sentado a la orilla de los caminos del tiempo y ya no se levantaría hasta el fin de sus días.

Al año, nació de Crescencio y su augusta señora una criatura en quien su padre hubo empeñado su vivienda por que ocupara el lugar de la niña muerta. Fue una noche, entrado marzo, al resplandor de las lámparas de aceite y palmatorias, cuando asomara la cabeza manchada Anita, que por su defecto natural, se avinieron las gentes en llamarla la Cojanita. Crescencio la tuvo en las palmas abiertas de sus manos callosas, la luz de las velas proferían un tono rojizo a su cara informe, delgada y fea, pero no curó la criatura sus dolores, como látigos en los ojos cada vez que a ellos venía el recuerdo del cuerpecito flotando en el agua. Una mañana, estando el Julito jugueteando con un palo soterrándolo bajo una encina, allá en las heredades colindantes a Villa Leonor, Crescencio tomó en sus manos grandes un facha afilado, mango largo y quemado, la cuchilla acerada y rebrillante bajo el sol, y marchó hacia allí. Ese día no regresó Crescencio al pueblo, y hasta el día que lo siguió nada se supo de él, cuando un leñador lo halló en mitad del camino en un charco escuro y el filo del facha incrustado entre ceja y ceja.

La Cojanita no conoció a la niña que, como un trapo viejo, echó de este mundo don Zacarías, pero sí su rostro, redondo y pueril, estampado en el blanco y negro del fotograma que compró con las monedas de su bolsillo su infortunado padre en las fiestas del Santo Patrón. Escuchaba hablar a su madre de la niña, cómo era, qué hacía, cómo nació Tita de un palo y un retazo de tela sucia, y todas esas palabras que bullían por las esquinas de esa casucha, como si fueran las mismas palabras las que levantaran los maderos de la techumbre, regadas todas ellas con el sempiterno pose pueril, perenne y feliz; el mismo pose de Tita aun estando dentro de una mano mojada y muerta. Era bonita, se decía, era muy bonita. Puede que todo lo bonita que nunca sería una niña coja.

Veinte años mediaron entre el fatídico suceso y el día en que, apeándose del coche de línea, corriendo el año de 1953, Zacarías Hernández, más viejo, más cansado, descolgado el mentón y mil arruguillas contorneando los ojos, levantó la mirada en lontananza y sonrió. Lo hizo de aquel modo tan singular, como la mañana en que fue arrestado. Debajo de la palidez de un sol de invierno, pisando la escarcha, vio los tejados arracimados de Avella. El viento lo empujaba y desbarataba su mata canosa. Los ojos le rebrillaron, fulgurosos, nutridos de esa demencia suya. Entró la mano, más lenta, padeciendo un ligero temblor, en el bolsillo del gabán, y extrajo un cigarrillo sazonado, lo prendió con la lumbre y lo chupó luengamente, envolviendo el humo la ciega demencia de sus ojos, y luego rió, sabe Dios de qué. Se ciñó el gabán y se echó al caminillo.

Cuando la criada vio su rostro viejo de barba cana en el umbral, quedó quieta y las corrientes heladas desperezaron sus memorias, don Zacarías, dijo, y se apartó desconcertada y con el ceño fruncido. Pasaron sus ojos locuelos sobre la escalinata, los decorados de madera, los mosaicos del suelo y la puerta de doble hoja del comedor. Las ventanas cerradas y las cortinas rameadas corridas, el hogar crepitando los rachos de los pinos de los encinares de los Hernández. Y en medio, en la mesa, Rosario; su Rosario, vieja ahora y más gruesa, de carnes mórbidas que parecían colgar, despegadas, de los brazos, del cuello, dobleces, enredadas las canas en su pelo sin recoger, suelto, descuidado. A su vera, Julito, un muchacho robusto, una tira negra fina encima del labio y unos ojos duros, herméticos que lo miraron. Padre, lo saludó. Qué voz, se dijo Zacarías, y se sentó sin desprenderse del gabán húmedo frente a su hijo. Lo miraban, todavía con los cubiertos entre los dedos. Me quedan pocos días, estoy enfermo, aseveró en voz rota, estrangulada, y volvió a sus labios esa sonrisa delirante. Afuera, el día era gris y la sierra empujaba corrientes y ventiscas al pueblo.

Los picachos de la sierra parecían, impelidos por el viento y los años, haberse vencido hacia el pueblo, y tarde o temprano acabarían por devorarlo. Una gasa roja, como si el sol desangrado se hubiera derramado por la imperfecta y lejana línea del horizonte, engullía de a poco la luz del día. Zacarías Hernández miraba el murete que limitaba la extensión de las tierras de la casona; allí, a lo lejos, sólo llegaban sus ojos a ver parte de él, porque la ladera de la montaña crecía y escondía el final. Encima del murete se sentaba la niña, del lado externo, de espaldas a la casona. Él la veía; todas las tardes la veía. Con ese palo, pensaba, siempre con ese palo entre las manos, Tita lo llamaba. Él sabía de Tita porque una tarde se acercó, lárgate de aquí, niña, vamos, vete, y los ojos de la niña lo miraron con extrañeza, procurando entender. Fue entonces cuando él tiró del palo de su mano sucia de tierra, y el palo se quebró. Tita, Tita, cómo gritaba la niña. Ahora, Zacarías rió; una risotada larga de sus dientes picados. De algún lugar, puede que de la tierra misma, se oyeron risas de niños y el dorondón de los cencerros. Sus ojos no se movieron del murete, como abstraídos. La niña, dijo en un susurro. Una y mil veces la advertí que no se acercara, se decía, que no merodeara por aquí. Le hubiese gustado agarrarla del brazo y abofetearla, abofetearla bien, como lo hacía su difunto padre; sí, hubiera disfrutado haciéndolo. Pero nunca la hubiese matado. En voz baja susurró, nunca. Pero lo hizo; lo hizo una tarde del año treinta y tres, finales de octubre pudiera ser, cuando el sol tamizado por el follaje de los pinos apenas tocaba el suelo, la hojarasca. Oyó las pisadas, las de un animal, tras de sí, rápidas y agitadas. Se descolgó la escopeta y apuntó el cañón a la mata de hierbas. Ahora, despertando del ensimismamiento, Zacarías rió y echó a andar hacia la casona, cuando la oscuridad de la noche se hubo fundido con los picachos de la sierra. Se convulsionaba, pensaba, se convulsionaba con los ojos al sol, como los lagartos, quemándose, y hasta Tita se llenó de sangre.

Zacarías murió en la cama una semana más tarde entre tremendos dolores; murió, según contó la Clotilde en el riachuelo, solo y loco. Se le dio sepultura en el cerco de la familia Hernández, donde una madera torcida y rajada en la verja de hierro aún recordaba sus propietarios, sempiternos, atemporales. De si el titular del marquesado purgó en vida su pena o de si desde entonces lo hace en alguna parte, sólo Dios lo sabe.

Y Julito se vio doblegado por el peso del dolor. Decían de él en el pueblo que no hubo salido en una semana de la casona, ahogándose en vino. Esto lo barruntó por vez primera la Colasa, que de nadie lo había oído, y lo habló con la Cojanita en el comercio mientras asestaba machetazos a las costillas de la carne, eso bien lo sabe servidora, muchacha, espetara, que el Julito no levanta cabeza desde que el su padre murió; allí, en la casona, entre botellas de vino dicen que duerme. Don Pascual, más anciano, no golpeó esta vez el vaso en la mesa de la taberna, sino que asintió, así es en verdad, lo vi al través de la ventana, sin fuerza, sin espíritu, ayer mismo. A Julito nadie lo vio; siquiera el viejo Pascual; enclaustrado en su cuarto, en mitad del sonido sordo de la estancia tan sólo roto por el reguero del vino al asentarse en lo hondo de la copa, rosado, espumoso. Qué dulce resultaba embriagarse de ese amargor picante que le tiraba del paladar hacia el abismo del estómago. De vez en vez oía palabras que bullían, que fermentaban aquí y allí, las postreras palabras que escaparon de la boca de su padre, riéndose y llorando, una mezcla delirante de agonía y éxtasis. La maté, la maté, y hasta Tita se llenó de sangre. Julito vaciaba las botellas una tras otra, embriagado, cómo tiraba el amargor dulce del paladar; lo arrastraba con ansia. Por todo el habitáculo se escuchaban esas voces, voces de muerte, voces que fermentaban; una vez y otra, la maté, la maté. Se miraba en el espejo del ropero. Ese no era Padre, ese no podía ser Padre, decía, o creía decir, y recordaba la mañana en que los dos guardias civiles se presentaron en la casona, Zacarías Hernández, lo llamaron, o sentenciaron, tanto daba. El vino parecía alumbrar con fuerza cuando la luz eléctrica incidía en la copa, tan manso, tan presto a escuchar, sí, escuchar. Y un día, cayendo tormenta, echado sobre la colcha roja de la cama de hierro, vestido, despeinado, ojeroso y oliendo a vino, lo entendió; lo entendió todo. La niña, sentenció. Tantos años segregando odio; odio al pasado, al día en que lo llevaron, grilletes en las manos, al cuartelillo de la Guardia Civil; un verdadero odio a su padre. Pero ahora había comprehendido. Ese no era Padre, volvió a repetir, ese no puede ser Padre. No; era la niña, la familia de la niña que la dejó de sí aquella tarde; era la niña quien de uno u otro modo había matado a su padre. En la mesilla, quieta y bien amaestrada, la copita de vino lo escuchaba más allá del ruido de las gotas pegándose al cristal.

Por aquellos días Avella se tiñó todo de blanco. Fueron nevadas intensas; días de frío y desazón; desazón compartida en la taberna del Tío José, la estufa de leña caldeando la estancia, el padre Gabriel y don Pascual, riñendo con los naipes entre las manos y sendos vasos a su lado. Mire, mire padre, don Pascual levantó el dedo arrugado y huesudo y apuntó al otro lado de la ventana, mire usted. Al través de las lentes que le resbalaban por la nariz, el párroco reparó en el hombre que cruzaba la calle de la iglesia, enjuto, encogido, abrazándose a sí mismo, el paso lento, zarandeándose, dando tumbos. Caía la nieve en motas esponjosas oblicuas fundiéndose al negro de su pelo. Ya lo veo, don Pascual, ya lo veo, repuso en voz baja, y quedó mirando los naipes cruzados entre los dedos, sin verlos, quieto y con el ceño arrugado.

Sería uno de esos días tormentosos, blancos y fríos, cuando Cipriano, antes de ocupar la Jefatura Local del Movimiento, cruzó la plaza y bajó la calle del Calvario, que cruzaba perpendicular a la Vera Cruz. Dentro del abrigo parecía una pelota negra, en pisando el manto espeso, que al hundir las botas hacía un ruidillo espumoso, se agarraba a las ventanas y a las piedras de las abultadas fachadas, vencidas muchas de ellas. Lo vio venir del otro lado de la callejuela, transparentada su negra figura por la cortinilla, la Cojanita, que hacía calceta en una silla coja, como ella, cubiertas las piernas con una manta de lana negra y oyendo el crepitar de los leños. Es el Cipriano, madre, el alguacil, habló en voz alta, y dejó la tela con la aguja cruzada en la silla. En el umbral de la puertecilla arremetiendo las corrientes heladas en dentro, espantando el fuego que cachazudamente lamía los maderos, el Cipriano la miró. Había descubierto del abrigo un sobre cerrado que había sido doblado y ahora quedaban impresas las marcas; sobre blanco entre sus manos gordas, impreso en él el matasellos del Ministerio de Justicia. Se lo extendió y la muchacha lo tuvo entre sus manos, endurecidas y avejentadas de las épocas de siega y siembra. El alguacil torció el labio y entrando las manos en los bolsillos de la zamarra negra, como una pelota, dio media vuelta y marchó. Se quedó la Cojanita, sobre en mano, mirándolo con extrañeza y pasó sus ojos por el sobre cerrando la puertecilla de madera, que temblaba, de frío se ha de suponer. Y cuando la leía, una vez se sentó, como doña Carmen la enseñara hacía quince años, en la escuela, separando las palabras en sílabas, troceándolas, tronchándolas si se quiere lo mismo que las patatas, no pudo por menos que arrugar la cuartilla entre las manos, surcándose los ojos de venas, apretando los párpados con fuerza para no llorar, temblando su cabeza por la contención, algo que se hinchaba en la garganta y la ahogaba. Pero hasta que no hubo caído la noche no supo la Cojanita cómo decírselo a su madre, postrada en cama desde hacía un año, llorando incontenida y empapando la cuartilla de letras mecanografiadas que nada podían sugerirle a ella que nadie la hubo instruido en la lectura; llorando la justa impotencia de no poder hacer frente a la demanda de Julito. Se acercó cojeando la muchacha, se arrodilló y hundió la cabeza, llorando, entre los brazos de su madre.

Lo vio tras el deshielo en el río, en frotando ella las prendas arrodillada en las tablillas húmedas de la tajuela. Venía por el camino que lleva al pueblo, con expresión liviana. Lo vio; venía hacia el riachuelo. Sus manos hundidas ahora en el agua, fría y manchada, parecían haberse adormecido. Oía los pasos hollando la tierra, despaciosos, arrastrados. Quedó el Julito quieto, el hombro izquierdo contra la corteza rasgada de una encina, los ojos pequeños, duros, inyectados en sangre. Emergió la Cojanita la última prenda de las aguas y la retorció con ambas manos, blancas y arrugadas del frío, y la dejó en el cestillo de mimbres. Se levantó, tomó el cestillo y miró hacia la tierra, impermeable, como la mirada del Julito. El agua caía desde lo alto del terreno, de las regueras, formando espuma. Qué silencio, se dijo la Cojanita. Dio la vuelta y echó a caminar, cojeando, balanceando el cestillo, cubierta la cabeza del pañuelo. Esas tierras llevan el apellido de mi familia, niña, espetó el Julito con voz vaga, como si aún la misma no hubiera encontrado su identidad; palabras mojadas por el vino. Y la Cojanita, dejando de mirar la tierra, con injusta humildad, no tenemos nada sin esas tierras; no tenemos nada. De fondo, el agua en cayendo, espumosa, incontenida. El Julito separó su hombro de la encina y se acercó a la muchacha. No tenemos dinero, no tenemos nada. La miró. El chorro de agua, rabiosa, caía a su espalda. La agarró del brazo con su mano. Puede que algo sí tengas, niña, la insinuó, y rió; una sonrisa demente, la misma de Zacarías Hernández aquella mañana veinte años atrás. Se zafó la muchacha respirando más aprisa y se echó al camino, cojeando, indignada. A pocos metros de alcanzar la primera casa, se cobijó en el regazo de una encina, gimoteando. La humedad de sus manos se pegó a sus ojos, ahora mojados. Desde arriba, los rayos de luz querían filtrarse por la telaraña del follaje.

Los días fueron muriendo uno después del otro en el almanaque de Dios Nuestro Señor y de aquello, de lo que aconteció a la orilla del riachuelo la mañana de invierno, nadie llegó a saber nada, como tampoco supo nadie jamás la noche en que la Cojanita, bajo un pañuelo de lana y vestida de negro, saliera de la casa de la calle de la Vera Cruz, escondiendo el manto de nubes el fulgor de la luna, beneficiándose de la oscuridad, con el rostro desencajado, roto por el dolor, habiendo madurado la monstruosa decisión, no advirtiendo a lo lejos otro camino que tomar. Nadie la vio subir la calle, desierta a esas horas; nadie, llegar a la casona por el camino de la encina; y nadie, salir de ella dos o quizás tres horas después. Si al amanecer el mismo leñador que hallara a Crescencio en medio de un charco de sangre y el facha entre las cejas hubiese hecho ese mismo recorrido, se habría encontrado a una moza de diecisiete primaveras tirada al pie de una encina, las piernas abiertas, separadas, manchadas con terrones de tierra seca, el sayón arremangado, la cabeza apoyada en la dureza del tronco y la cara hinchada, desgarrada, la mirada muerta siguiendo un punto en medio de la nada.

La Cojanita no volvió a reír. Dejó de rezar el Santo Rosario y de oír Misa los días de la semana. Decían de ella en el pueblo que no era la misma; que había dejado de ser la muchacha que había sido siempre. Apenas se dejaba ver en la calle. Algunos días, rebosando el corazón de necesidad, asomaba la cabeza cubierta al interior de la iglesia y se arrodillaba en el reclinatorio del último banco, donde la Filomena y la Alfonsa no podían verla desde los primeros asientos, enfrascadas en las oraciones del Misal. Allí, en un acto de odiosa valentía, elevaba los ojos, tan fríos, tan muertos, al regazo del Santo Cristo. Quería llorar, y a veces lo hacía, allí, agazapada tras la hilera de bancos de madera apolillados, húmedos, sobre tumbas de piedra de la familia Hernández, tan sempiternas y atemporales como el letrero de madera del camposanto; allí, donde la oscuridad y pesadez de la atmósfera, mareada por el olor de los cirios pisoteaba ilustres nombres y fechas pretéritos, entreabiertos, resquebrajados. Y en el hogar no era diferente la Cojanita; fiel a la labor, taciturna, rumiando en lo más hondo la grieta de la pena. Si su anciana madre pudiera levantarse de la cama de hierro una noche después de la cena y pegara un ojo a las junturas de las tablillas de la puerta de su cuarto, habría sabido cómo, compungida, atravesada de dolor, se arrodillaba todas las noches la muchacha coja sobre la colcha y descolgando el sacratísimo crucifijo de la pared besaba fervorosamente los Pies del Redentor. En ocasiones, su madre la llamaba desde su postración, Cojanita, Cojanita, una voz como hilo fino deshilachado, y la moza, sin mediar palabra dejaba de echar harina en las trojes o dejaba de trocear las verduras y entraba en el habitáculo. La madre la miraba, ha perdido los ojos, se decía, y su mano arrugada de venas salientes se movía para que se acercara. Niña, la decía, niña que tú callas algo, que tú andas avenida en silencio, ea, que a mí no me engañas, y la muchacha coja, sin ojos, sin mirar, qué cosa tié usted, madre.

Así fue la pena, gota a gota, cayendo al fondo de su alma, agujereándola, desgarrándola, hasta que una mañana, cuando ni el gallo siquiera hubo cantado, entró en la habitación de su madre, temblando toda ella por la vehemencia del llanto, y lo confesó; lo confesó todo. La madre quedó quieta con los ojos fijos en su hija, que lloraba arrodillada a los pies de su cama, al lado de la sagrada imagen de la Madre de Dios, la palidez de un sol evanescente se pegaba ahora a un lado del rostro extenuado de la postrada, y todavía se pegaba, con la fuerza de un sol ya crecido, cuando una hora más tarde, todavía mirando con los ojillos mojados a un lado de la cama, don Pascual los cerró lentamente para siempre. Don Gabriel contemplaba la escena quieto con las gafas resbalando por el tabique de la nariz, los ojos abiertos y el ceño arrugado hasta que se acercó luego a la difunta y abriendo un librillo negro y ajado empezó a recitar una oración en latín. Atrás, apoyada la columna en la pared grumosa, los ojos ahora secos, sin una gota de agua por derramar, fijos en la claridad de la ventana, la Cojanita. Aún rezaba el Padre por el alma de la desdichada cuando don Pascual, el médico, hincó sus rodillas viejas y deshuesadas en la tierra y llevó su mano temblorosa a su hombro, en señal de conmiseración. Y quedó prendado de la vacuidad de los ojos secos, miserables, de la muchacha, hasta que al salir a la intemperie invernal se dirigió al joven párroco. Siendo el llanto el regazo de los pobres, de los que nada tienen, de los que en nada esperan, espetó, qué puede ser del que ya ni llanto tiene.

Fue Nieves, la oronda criada de los Hernández, la que hizo llegar a oídos de Rosario la funesta noticia. Murió la madre de la Cojanita, señora, la mujer del difunto Crescencio, la dijo, y Rosario, torciendo los labios en una mueca repugnante, viniendo a su cabeza el recuerdo de la niña flotando en el pozo, de la pareja de guardias civiles preguntando en el umbral por su marido aquella mañana, dio media vuelta y desapareció de la cocina. Ese mismo día, caída la noche en el poblado, en la mesa del comedor, habló de esto con el Julito, que cenaba con la cabeza caída hacia el plato, máculas rojas en los pómulos y heridas apostilladas en las sienes. Levantó la mirada hacia su madre; una mirada vagabunda, naufragada en sí misma, a la deriva. Y rió; rió arrastrado por una locura vagamente familiar en él, iluminándose sus ojos, antaño duros y herméticos, ora borrachos y locos. Retirado más tarde a su habitación, echado sobre la colcha roja de la cama, mirando los maderos uniformes y barnizados de la techumbre sin llegar siquiera a verlos, volvía a reír, pensando ahora en la noche en que desató un odio desconocido en otro tiempo contra esa muchacha coja, subyugándola. Reía, y volvía a reír, empapado todo él en vino. Cómo temblaba, pensaba, cómo temblaba la puerca, y sus palabras bullían por las esquinas como lo hicieran las de su padre en el lecho de muerte, la maté, la maté, y hasta Tita se llenó de sangre.

A mediados de noviembre, azotado el pueblo por los fríos y las tormentas blancas, don Gabriel, el joven párroco, entró en la taberna del Tío José, una tarde oscura y de ventisca. El Tío José en defecto de luz eléctrica había prendido la lamparilla de aceite que todavía colgaba de los maderos vencidos, y había echado leños al hogar de la esquina. Don Pascual lo llamó desde la mesa del fondo. Mire, doctor, lo instó, que tengo que hablar con usted en un lugar retirado de cosas mayores. Así fue cómo el viejo doctor de Avella supo la noticia que traía don Gabriel, y no se avino a coger cualquier vaso y estrellarlo vehemente contra la mesa, porque don Pascual pensaba ahora lo mismo que el padre. Pobre desdichada, susurró, pobre desdichada. Y se acercaron en mitad del temporal a la casucha de la calle de la Vera Cruz, las tablas raquíticas de la puerta temblaban y las corrientes se filtraban por las junturas de la mampostería. Ambos hombres, con los cuerpos doloridos por el frío, entraron en la casa y vieron a la muchacha coja, sosteniendo en las manos un palo delgado y torcido con un trozo de tela, que en sus mejores tiempos se llamó Tita, el pelo graso cubierto por un pañuelo de lana y el vestido negro desgarrándose de a poco por un vientre creciente. Se acercó el anciano médico y lo palpó, suave, aterrorizado, y la miró a la cara, que quedó grabada en su memoria días después cuando se repetía incansable, qué será del que ya ni llanto tiene.

Asomado a la ventana de la primera planta de la casona, el Julito era testigo del desvanecimiento del día, agónico, sobre las montañas blancas y agudas, a las que el sol confería una luz anaranjada y azul. Por el camino de la encina, allende la verja de la entrada, venía corriendo Nieves, agitando sus carnes blanquecinas, jadeando. Alcanzó la verja y aprovechó a recobrar el aliento. Los ojos ahogados del Julito se movieron, asustados, intuitivos. Al rato, la oyó entrar en la casona y hablar con su madre. De ese modo supo el muchacho que la Cojanita estaba encinta. Esa puerca, había dicho su madre, esa indecente.

Esa noche, en su cuarto, el Julito bebía. El rosado espumoso caía de la botella en un reguero largo, cual hilo que acababa por romperse, hasta que del vidrio ya no cayó más. Estrelló la botella contra la desnuda pared de piedra teñida de rojo por el reflejo del hogar. La maté, la maté. El Julito se echó sobre la cama y susurró, basta, basta por favor. Esa voz, otra vez, recorriéndolo todo, su cabeza, su alma. Cómo temblaba, cómo temblaba la puerca. Escuchó risas, escuchó odio. Miró hacia la mesilla, movido por una intuición familiar, y vio el palo, delgado y torcido, cubierto con un retazo de tela manchada de sangre; sangre fresca, que todavía caía, gota a gota, en la mesilla de pino. La maté, la maté, y hasta Tita se llenó de sangre. No, gritó, ése no era Padre; era la voz de la niña, la voz de Crescencio, de la muchacha coja. Sí, eso era. Reptó a lo largo de la colcha, deshaciéndola, y alargó el brazo para hacerse con Tita. Estaba mojada, empapada en sangre y agua; agua retenida. Como el agua de un pozo que no se abre, alguien dijo. Sus ojillos locos buscaron con presura una botella de vino en alguna parte. Aun permanecía Tita en su mano, mirándolo, si es que un palo pudiera hacer tal cosa. No, volvió alguien a decir dentro de sí, no es un palo, no sólo es un palo. Julio Hernández se levantó llevando consigo parte de la colcha y las sábanas de franela, y se dirigió al espejo del ropero entreabierto, cayendo por la apertura una chaqueta y varias camisas de domingo, las camisas de tomar la Comunión. Lo abrió y del fondo, haciendo caer una pila de camisas que días antes planchara Nieves, se hizo con un palo largo y grueso de avellano. Perfecto, se dijo, y se palpó los bolsillos del pantalón. Extrajo un cigarrillo y lo prendió con un fósforo, antes de ceñirse el gabán, raído, sucio, y salir del habitáculo y bajar la escalinata. No podía ya continuar ahogándose en vino; lo estaba consumiendo vivo. Pero tenía que cortar el problema de raíz.

Aquella noche, una noche sin luna, Julito cruzó las heredades circundantes de Villa Leonor, hundiéndose sus zapatos en el espesor de la nieve, agrietándose las heridas de su cara, azotadas por el viento, oyendo el murmullo intimidatorio de algún ave nocturna, desvelada. Llegó al riachuelo, sin ver más que un agujero de oscuridad en la tierra, y lo bordeó enlazando el camino de la encina, hasta alcanzar las primeras casas del pueblo. Deambuló ayudándose del palo al pasar por la carnicería de la Colasa, la taberna desierta y oscura del Tío José, la iglesia, la plaza y la cuesta abajo, cruzando perpendicular la calle de la Vera Cruz. Sus holladas retumbaban en las esquinas mohosas de las casas, en sus fachadas y tejados alicaídos. La casucha que algún día construyera Crescencio dormía, impertérrita, cobijada por el haz ventoso que envolvía de modo extraño la noche. Trató de girar y cayó de bruces amortiguado por el manto blanco. Arriba, en una esquina de la casa, la tenue luz de un farol bamboleante y chirriante. Rió, la cara mojada y blanca con mancillas rojas, borrachos los ojos de locura. El viento golpeaba su cuerpo huesudo, su bigote mal recortado y su pelo revoloteaba, deshaciéndose. Desde el umbral de la puerta, estrelló su hombro izquierdo contra las tablillas tiesas, una vez y otra, hasta que la desvencijada puerta se quebró por la mitad y cayó el Julito a la tierra del piso. La Cojanita, de pie, sosteniendo una palmatoria con una vela de llama corta que apenas marcaba su rostro contrito, apretado, henchido de miedo e incertidumbre, lo miraba. Ayudado por el palo que todavía sostenía entre las manos, el Julito se puso en pie y la miró, sonriendo, mojada la cara, los ojos abiertos y alienados. De las comisuras de sus labios caían hilos salivosos que se fundían con el agua del rostro. A los pocos minutos, salió de la casucha por la puerta quebrada, riendo estrepitosamente, salpicada la cara de sangre hasta los dientes, la maté, la maté, y hasta Tita se llenó de sangre, gritaba tirando el palo manchado a la nieve, eufórico, henchido de extraña alegría, llorando en éxtasis.

Esa noche, Julio Hernández, a la altura del riachuelo, cantando borracho y zarandeándose, cayó al agua, dio su cabeza con una piedra y se ahogó. Lo encontraron dos pastores que bajaban de las cumbres a la mañana siguiente, asomando el sol al otro lado de las montañas; los dos pastores ya hombres que hacía veinte años, cuando niños, hubieron de encontrar el cuerpecito descompuesto de una niña perdida, ironías macabras del destino. Bajo la gasa de oro, plata y escarcha que bañaba los cerros de la sierra, se infería un extraño blancor en el rostro helado de Julito, los ojos graciosos, como si debajo de la capa helada que los envolvía siguiesen bailando, locos, borrachos, la cabeza estrellada contra una guija, recorriendo un reguero de sangre y desembocando en el riachuelo. El agua del regato corría hacia abajo haciendo mover su mano inerte, como si algo de aquella demencia enérgica hubiese quedado in aeternum. Uno de los dos pastores, que más tarde cuando declarase a la Guardia Civil se haría conocer como Hermenegildo Lozano, dijo, el Julito, y señaló a la diestra del difunto. El otro, panzudo y moreno, se arrodilló en las guijas y abrió su mano, que encerraba algo, agarrotada. Un palo, repuso éste, es un palo con un pedazo de tela vieja. Lo tuvo sobre su palma surcada de durezas y lo miró durante un rato, no pudiendo comprender dónde hubo visto antes ese palo y esa tela, manchados ahora de sangre negra, coagulada; ese palo vestido que alguna vez, en algún tiempo del que ya nadie se acordaba, se había llamado Tita. Hermenegildo Lozano, el pastor, volvió su mirada al pueblo, el campanario coronándolo todo sobre los arracimados tejados, un grajo surcando los cielos alboreados, el mismo fotograma que tuviera Zacarías Hernández la mañana en que se apeara del coche de línea. Por la vereda, despaciosa, tirando de una mula vieja cargada de un baúl barrigudo y decolorado de esquinas reforzadas, una muchacha coja se acercaba. La vieron pasar alrededor del riachuelo, sin volver los ojos al cadáver, el pelo empapado en sangre cubierto en parte por el pañuelo, los ojos cuasi cerrados, hinchados, amoratados, el labio desgarrado, rajado, cayendo su sangre por las venitas del cuello. El frío mordiente de la mañana incidía en las heridas, quemándolas. El vestido negro, rasgado, desnudas las piernas, blancas, con máculas grises, negras algunas, cardenales, venas rotas, regadas las dos de sangre, fresca aún, de la criatura muerta enterrada en su vientre, golpeado, producto de una decisión, de una noche sin luna, de la promesa de retirar una demanda, violentado, las alpargatas rotas, lamiendo sus pies el calor quemado de la nieve, inmisericorde. Sus ojos estaban vacíos, llenos tan solo de agua; agua que quería echar a correr. Ante los ojos de Hermenegildo Lorenzo, horrorizado, y ante el pastor panzudo, que la seguía con la mirada encerrando en su mano, aún, a Tita, pasó la Cojanita, cojeando y tirando del animal, y se alejó en silencio, perdiéndose al final de la vereda.

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Ander Medina AlfonsoAnder Medina Alfonso. Autor de veinte años de edad, nacido y residente en el pueblo de Basauri, provincia de Vizcaya. Cursa estudios jurídicos en la Universidad del País Vasco desde 2009. Comenzó a escribir a los trece años relatos cortos que a la fecha no han sido publicados. A partir de ahí su afición a la escritura fue in crescendo y comenzó a dar forma a su inquietud en obras como El llanto de Idu (2006), Sino (2007) o Niebla fúnebre (2007), todos ellos publicados posteriormente, en una edición personal, en una recopilación que lleva por título Amor, miedo y soledad (2008). De su reciente producción destacan títulos como Noche Muerta (2010).

@ Contactar con el autor: ander.medina [at] yahoo.es

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiar – n.º 64 / mayo-junio de 2012MARGEN CERO™Aviso legal

 

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