relato por

Helena García Mariño

 

L

a luz de la tarde se filtraba entre las hojas rojas y amarillas de los árboles, y el vapor humeante de su taza de té se enredaba con el olor dulzón del ambiente. Se sentía feliz viendo cómo la claridad iba haciéndose más tenue, sentada en la mecedora que había instalado en su porche hacía tres o cuatro semanas. Los pájaros cantaban, nerviosos porque se acercaba la época de tormentas, y casi le parecía que podía tocar la tranquilidad de la envolvía como un velo transparente, como si el mundo estuviese formado por un millón de gasas superpuestas.

Si la señora Julia se enorgullecía de algo era de que todo el mundo en Encinar de Montesa la quería. Sabía que sus tartas de manzana eran las mejores de la región, y era consciente también del mérito que suponía haber enseñado a su pajarito a posarse en su hombro y a piar cuando ella se lo pedía, pero estaba firmemente convencida de que esos logros no eran más que nimiedades, pequeñas satisfacciones en su vida tranquila, en comparación con el afecto que todo el pueblo la profesaba. El corazón se le hinchaba y detrás de sus ojos titilaban dos candiles cuando los niños tocaban en su puerta esperando recibir un helado o una limonada bien fría, cuando las mujeres acudían por las tardes a su casa en busca de consejos para evitar una separación inminente o cuando los ancianos interrumpían sus paseos matutinos para preguntarle qué planta era mejor para curar cierto achaque de la edad.

La señora Julia había llegado al pueblo hacía más de cinco años, con el vestido marrón por el polvo del camino y acompañada por su marido, Antonio, que antes de jubilarse había sido albañil en la gran ciudad. Durante los primeros meses, tras la mudanza, su relación con los vecinos se había limitado al saludo de cortesía si se cruzaban cuando iba a hacer algún recado. Cuando la señora Julia escuchaba el sonido de una voz desconocida que la llamaba por su nombre desde el otro lado de la acera, apretaba aún más fuerte contra su pecho la bolsa de papel llena de verduras, sonreía, devolvía el saludo con amabilidad y proseguía su camino, con la mirada y los zapatos apuntalando las líneas del pavimento. Y es que para su marido el mundo era un páramo aterrador y no acababa de ver con buenos ojos que Julia se pasease entre desconocidos. «El salón de esta casa es el único lugar seguro para ti», solía decir, «así que no quiero que salgas más de lo necesario, para ir a la tienda de comestibles o a ver al doctor si tienes un resfriado. ¿Qué más puedes necesitar además del calor de la chimenea y un buen guisado a la hora de comer?». Durante ese tiempo, que ahora se le tornaba remoto, ningún habitante del pueblo había reparado en su presencia frágil y menuda y, aunque nadie se atreviese a decirlo, en el fondo todos se alegraban de que una noche, cuatro años atrás, Antonio, el albañil, hubiese recibido una llamada urgente desde la capital, se hubiese marchado a toda prisa en mitad de la noche y nunca más hubiese vuelto a dar señales de vida. Durante muchas semanas, la partida de Antonio había sido el tema de conversación preferido de los habitantes de Encinar de Montesa, un lugar que sólo se había sacudido de emoción una vez, cuarenta años atrás, cuando al hijo de Felipe, el hortelano, le había caído un rayo mientras recogía coliflores y había olvidado la mayoría de las palabras. La ausencia de Antonio había llenado de susurros las calles y los dos bares que expulsaban un olor acre de cerveza y especulaciones a la plaza: algunos vecinos le daban por muerto y otros creían que había abandonado a la señora Julia por una mujer más joven y que, probablemente, ahora viviría con ella y dos hijos ilegítimos en otro lugar en el que la vida fuera más ajetreada y los días pareciesen diferentes entre sí. Pero la señora Julia evitaba hablar del tema, así que la marcha de su marido ahora permanecía adormecida en la memoria colectiva del pueblo. Nadie le echaba de menos y, sin embargo, todos se sentían felices porque habían ganado la presencia en la comunidad de una mujer amable, buena con los niños y siempre dispuesta a poner una tirita en los corazones apuñalados que buscaban su consejo.

Esa mañana, como casi todas, había ido a dar un paseo por el bosque que se levantaba junto al pueblo, y había recogido flores otoñales con la intención de que se secasen dentro de las páginas gastadas de un libro. A veces hacía cuadros con las flores y las ramitas y se los regalaba a alguna vecina que estuviese sufriendo por un padre enfermo o un marido desconsiderado, y en otras ocasiones sencillamente las dejaba descansar dentro del libro, sumiéndose en el olvido, sólo por el placer de volver a encontrarse con ellas y con el recuerdo feliz de su recogida cuando de nuevo tomase, meses más tarde, el volumen entre sus manos. Sobre las dos de la tarde, como todos los días desde hacía cuatro años, había preparado un potaje en su puchero de metal oxidado, siempre con un par de puñados de garbanzos extra por si alguien se presentaba en su casa sin avisar a la hora de comer. Cuando el sol había empezado a amenazar con abandonar los campos de trigo en busca de nuevos hemisferios, había puesto agua en la tetera y había salido al porche sin chaqueta, porque el otoño en esas tierras era cálido y ver desmayarse a las hojas de los árboles era un espectáculo maravilloso.

El pajarito se posó en la mesa del porche, junto a la taza de té, y la miró fijamente con sus ojos de betún, muy quieto. Ella no pudo evitar sonreír de pura dicha, y las arrugas de las comisuras de sus labios se acentuaron y su rostro pareció el lecho de un río seco. Escuchó gritos de chiquillos a lo lejos, pero no pudo reconocer palabras entre aquellos sonidos agudos porque se entremezclaban con el ruido de los animales que le cantan a la muerte del día. Las voces se fueron haciendo más audibles poco a poco, hasta que vio a un grupo de niños pecosos que se acercaba a valla de su jardín. Los conocía a todos desde que aún confundían los verbos, y más de una vez había ido a cuidarlos las noches de sábado en las que sus padres iban a bailar. Les saludó con la mano y les preguntó, como todas las semanas, por sus calificaciones en la escuela. Los niños contestaron interrumpiéndose entre sí y asegurando que sólo sacaban sobresalientes y nada más que sobresalientes —una mentira que a la señora Julia le parecía enternecedora y que fingía tomar por verdad indiscutible—, pero luego se quedaron mirándola en silencio, con los ojos brillando como luciérnagas, esperando el ofrecimiento de algún dulce que en su casa tenían restringido entre semana y que ella siempre les daba, pidiéndoles que mantuvieran el secreto. La señora Julia les invitó a subir al porche y los niños, como todas las tardes alternas desde hacía cuatro años, se sentaron en el suelo de madera, con las rodillas llenas de arañazos y cuchicheando en voz baja. Ella tomó entre sus dedos de marfil una hoja seca que se había quedado enganchada en el pelo del más pequeño, les dijo que esperasen un momento y se metió en la casa, cerrando con cuidado la puerta a su espalda.

Bajó las escaleras que llevaban al sótano y encendió la bombilla sin pantalla que iluminaba levemente la estancia. Despacio, porque la edad le había arrebatado la ligereza con la que se movía en su juventud, se acercó al enorme arcón congelador que tenía al otro lado de la habitación, en una esquina. Lo abrió con suavidad y, al retirar una bolsa de guisantes, vio los ojos abiertos de par en par de Antonio, el albañil, mirándola sin ver desde el fondo del arcón, rodeados del millón de arrugas que surcaban su piel azulada y llena de escarcha. Cogió cuatro polos de limón y otro de fresa, que rozaba la frente de su marido. Lo frotó contra su falda para retirar dos cabellos blancos que se habían quedado adheridos al plástico, cerró el arcón y subió de nuevo al porche a consentir a los niños y a sentirse abrazada por sus sonrisas de agradecimiento.

 

Línea de separación relato Julia

 

Helena García Mariño (Madrid, 1990). Licenciada en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Autónoma de Madrid y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente, estudia en el MFA en Spanish Creative Writing, en la Universidad de Iowa, y está trabajando en un libro de poemas para su tesis.

📩 Contactar con la autora: helena-garciamarino [at] uiowa.edu

  Ilustración relato: 1910 Rohlfs Paar anagoria, Christian Rohlfs
[Public domain], via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiar – n.º 89 / noviembre-diciembre de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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