relato por
Antonio Tejedor García

 

É

l esperaba sentado desde hacía algún tiempo. Una cita sin la fecha y la hora fijadas. Llegaría, eso sí, y a no tardar mucho. Poco importaba el momento exacto del encuentro, un misterio desprovisto ya de la capacidad de intriga. Porque hay esperas que no saben de tiempos, se niegan a ser medidas en horas, días o años. En ellas, lo más que caben son historias. 

Durante meses se le había visto en la misma posición sobre la piedra dura del poyo. Inclinaba el cuerpo hacia la cachava que sujetaba entre las manos y movía con torpeza los pies en la arena del suelo. El poyo de piedra, guardián y testigo de tantas cuitas y requiebros, de tantas risas, de tantos lamentos y esperanzas en las noches de verano. Media eternidad ante la puerta de entrada le había conferido carácter familiar, como de casa, un mueble austero y entrañable alimentado por las caricias del sol de la mañana, de los gritos de los niños que juegan en la plaza o de la charla amiga. Por eso había optado por esperarla allí. A ella, a la maldita. Una enemiga que ya no lo era tanto. La vida, tranquila, le había negado un lance de peligro, la inevitabilidad de mirarla de frente, de sudar miedo. Llegaba la hora del encuentro y ahí estaba él, sereno, sin ansias y sin urgencias. Esperándola, simplemente. Sería como su última novia.

—Esta sí que me llevará al huerto —bromeaba con su mujer.

Sentado en el poyo de piedra, ni un paso más allá. Tampoco hubiera podido: la artrosis y una degeneración que convertía los músculos en papel de fumar se lo habrían impedido. Incluso para llegar al poyo necesitaba ayuda. Él protestaba, rechazaba que sus hijos o su mujer tuvieran que estar pendientes de él más allá de lo imprescindible, se negaba a que cargaran con sus huesos maltrechos como fardo de pecados. Si las piernas hubieran dado de sí, claro que se habría acercado hasta el huerto a sembrar los tomates, unas lechugas, las acelgas que su mujer rehogaba con jamón y una patata. O hasta el bar de Toni. Una partida al dominó, un rato de charla con los amigos. Ahora no podía ser y lo asumía con la naturalidad de lo irremediable.

Ante el poyo de piedra se abría la plaza y el tráfico continuo de vecinos que iban o volvían del trabajo. Algunos se sentaban a su lado y charlaban. Por espantar la soledad, un veneno que, en altas dosis, mata. Si querían ver su cara iluminada le pedían alguna historia nueva (jamás repitió una historia ante el mismo oyente) y él revivía la aventura moviendo los misterios entre hilos de silencio. Como la de su tía Ángela, a quien unos celos desorientados la llevaron a inventarse la propia muerte. A simularla, más bien, en un velatorio que construyó ella misma y en el que ofició de muerta, de plañidera y de actriz, todo a la vez. ¿Me quieres?, parecía decir el macabro escenario. A Guillermo, su marido, no le dio tiempo una respuesta y en el desmayo pudo más el suelo que la cabeza, que quedó rota y con un hilo de sangre como huella de amor sobreentendido.

Otros días llegaba su mujer arrastrando el carrito de la compra con la verdura y la fruta, y entonces era ella la que hablaba, el tiempo, el parlanchín del Eusebio, los comadreos de la vecina. Cualquier palabra valía a la hora de ahuyentar al miedo, de sortear a la inevitable.

Él seguía el juego, no merecía la pena contrariarla. Pasaban las horas lentas. Desde el poyo divisaba el paisaje repetido y perdía la mirada, todo en el mismo instante. La vida, como la memoria, corría hacia atrás antes de que el futuro se quedase sin camino. Regresaban escenas que evocaban lo más entrañable, esas que acuden a la primera llamada y te iluminan la cara, caricias de mujer, risas de niños, la caza de aquella liebre. A estas alturas, uno ya no desanuda con facilidad los lazos del pasado y es preferible aceptar los recuerdos aunque sean en penumbra, memorias casi olvidadas como ratas que corretean por los rincones, roen una brizna y desaparecen. Sonríen ante un bocado apetitoso, se difuminan con un rencor, una batallita que ahora carece de importancia. Ahora todo carece de importancia. Incluso aquel día de caza, en su adolescencia. Hacer de perro perdiguero a unos señoritos de la capital que habían llegado de la mano del alcalde, aficionado desde siempre a ponerle cara a las apariencias aunque tuviera que madrugar con el sol como cualquier hijo de vecino fue, a partes iguales, imposición de la autoridad y huida de la escuela; y un tanto, también, de gracia inconsciente. No fue tal cuando volvió a casa con un conejo esmirriado como trofeo o jornal de la partida y su padre le cruzó la cara con una bofetada que le cambió el semblante y ya, desde ese mismo instante, la vida. Sirvió a modo de puesta de largo.

—Piensa un poco.

Evocaciones como fotos fijas, una especie de anestesia con la que dormir al tiempo cuando llega en compañía del dolor. La única medicina, sacarlas en voz alta del pozo ante un oído amigo. Excepto esta de la caza: aún le duele la humillación.

A días llegaba el médico. Entonces cambiaba las historias por la discusión. Ni uno ni otro parecían cansarse de la reiteración de razones, y sólo el sarcasmo podía desviar tanta obstinación por el carril del humor o el del enfado. Dependía de su fuerza.

—Estas escasas magras no sirven ni para pasto de gusanos y usted se empeña en que aguante…

—La ciencia tiene remedios…

—Se niegan al sufrimiento, doctor. Mis carnes son sabias.

El médico, un hombre metódico y con una fe grande en la farmacopea, sufría como un fracaso ese abandono. La lucha había de llegar hasta los estertores, costara lo que costara.

Él se había negado a ingresar en el hospital, a la quimioterapia, a la ensalada de pastillas, a los vómitos, al dolor. Su cuerpo le decía que no había solución posible y alargar la existencia en tales condiciones suponía un precio que no estaba dispuesto a pagar. Ni por él ni por la familia.

—Y no meta a Dios en nuestros pleitos, que ni es su abogado ni le ha nombrado representante. Este cuerpo es mío y sólo yo decido sobre él.

El médico lo intentaba, a su pesar. A veces la fe alcanza objetivos que la ciencia no se plantea y cualquier remedio es bueno, si funciona. Eso pensaba mientras describía los nuevos hallazgos clínicos, los tratamientos innovadores, las píldoras milagrosas capaces de llevar la vida unos días más allá. Él lo escuchaba, pero sabía que toda esa perorata se deshilachaba como las fibras de sus músculos.

—Gaste ese dinero en cuerpos que se puedan reparar, doctor, y deje al mío tranquilo.

La siguió esperando, sentado en su poyo de piedra. Hasta que llegó. Se lo dijo a su compadre Eusebio, que se había sentado a su lado con la provocación de alguna nueva peripecia.

—Se me acabaron las historias, amigo.

Eso sucedió hace escasos minutos. Ahora tiene la cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda, los ojos cerrados y la cachava todavía entre sus manos. Su rostro dibuja la serenidad de quien ha resistido al desespero. En los labios, una media sonrisa, sin sombra de dolor. Como si estuviera soñando despierto. Así lo ve su mujer tras la llamada de Eusebio. Se lleva la mano a la boca para ahogar el grito inevitable. No, no puede ser. Quiere creer que está dormido, que el sol tibio de la primavera le ha permitido una cabezada, como tantos días. La imagen hace ya mucho tiempo que se asienta en su mente, pero se niega a reconocerla como verdad, a ver en esa figura inerte el final de la sorpresa de cada mañana, el final de sus andanzas.

El huerto le acogerá mañana. Sin ceremonias, sin más acompañantes de los estrictamente necesarios, en el lugar que quería. Las cenizas esparcidas entre las hileras de tomates y el corro de las acelgas que cuidó con tanto mimo.

Así dejó escrita la historia de su futuro.

 

separador cuento Antonio Tejedor García

 

Antonio Tejedor García. Ha publicado dos novelas (Hijos de Descartes y Los lagartos de la quebrada), dos cuentos infantiles (El mercancías y Sentados en el borde de una nube) y un libro de relatos (No me cuentes mi vida. Primer premio de Heraldo.es de relatos 2015 y segundo premio de II certamen Sierra de Francia 2016.

 Web del autor: http://lagartosquebrada.blogspot.com.es/

 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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