relato por
Íñigo García Yoldi

 

 

—¡Eh!, el del folleto eres tú, ¿verdad? —te pregunta un individuo cuya postura corporal delata nerviosismo y falta de aplomo y cuya vestimenta revela un escaso poder adquisitivo.

—¡Sí!, así es —respondes cortante. Llevas tres horas repitiéndote mantras: «El éxito llega a quienes están dispuestos a trabajar un poco más duro que el resto»[1], «Los pequeños actos que se ejecutan son mejores que todos aquellos grandes actos que se planean»[2] o «Los ganadores nunca abandonan y los que abandonan nunca ganan»[3]. Sin embargo, no te han ayudado demasiado en tu labor de repartir folletos a la salida del metro y lo último que deseas es conversar con un mequetrefe al que ayer no le habrías dado ni la hora.

—Pero,  ¿qué   haces   tú   dándolos   a  la  salida del metro? —pregunta,  no  sabiendo  interpretar  tu  reticencia  a  la  conversación—, ¿no tienes a nadie más que lo haga?

—¡No! —intentas proyectar la suficiente energía negativa en la respuesta para que desista de su empeño en charlar. «Hay una fuerza motriz mas poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica. Esa fuerza es la voluntad»[4] te dices a ti mismo.

—¿En serio? Simplemente es que parece que estuvieras repartiendo publicidad de una cadena de hamburgueserías, además con esas pintas…

—¡Escucha! Yo reparto los folletos porque tengo que hacerlo y punto —explotas, una parte de ti se sorprende al ver que pierdes el control, no recuerdas la última vez que ocurrió, en tiempos de la Universidad quizá—. Si te interesa lo que pone, bien, si no, ¡no molestes!

—¡Vale!, ¡vale! Simplemente es que me sorprende —te hace recordar cuando tu entrenador personal remarcaba la importancia de evitar muletillas y comodines en aquellos primeros cursos sobre hablar en público—. Es que no se ve todo los días a un yuppie repartiendo folletos, me ha sorprendido, simplemente…

—De acuerdo, señor «simplemente» —detonas—, simplemente te digo que no molestes. Si, simplemente, quieres hacerme alguna pregunta sobre la política de empresa, ¡adelante!, si, simplemente, quieres información  para  convertirte  en  socio  capitalista, estaré   encantado   de   proporcionártela,  pero   si  lo que   quieres   es   hacerte   amigo   mío,  simplemente,  no  molestes  —lamentas perder el control, pero disfrutas hablando a este pelele como se merece.

—¡Vale! ¡Vale! No tienes porque ponerte borde, simplemen… sólo intentaba ser simpático.

—Muy simpático, gracias —puedes ver cómo, mientras  se  va,  tira  el  folleto  a  la  basura. «Hombre sin sonrisa no abre tienda»[5] —piensas.

 

* * * *

 

Seis horas después vuelves a casa cansado y desanimado, pese a repetirte la máxima de «El fracaso derrota a los perdedores, el fracaso inspira a los ganadores»[6], no puedes evitar sentir que has tirado nueve valiosas horas a la basura donde han acabado la mayoría de folletos que has repartido. Estás en un taxi, ya vestido con tu habitual traje a medida tras cambiarte en un infecto baño público. Miras por la ventanilla cómo el caótico paisaje urbano se va convirtiendo en apacibles barrios periféricos donde las casas van aumentando de precio según se alejan del núcleo urbano. Recapitulas el modo en que has acabado repartiendo folletos a la salida del metro.

Parece increíble que todo ocurriese en la Junta General Ordinaria de Accionistas del día de ayer, una reunión rutinaria que se convirtió en una encerrona. Al constar la Junta de doce miembros además de ti como presidente, no pudiste evitar sentirte como Jesucristo cuando Judas, encarnado en el hijo de puta de Peláez, presentó la moción que, tras ser aprobada por doce votos a favor y uno en contra, te vendió al Departamento de Marketing. Con tu sonrisa más dialogante e hipócrita, aceptaste la decisión, «Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera»[7] declamaste en ese momento en tono dramático.

Esta innovadora moción venía motivada por el último análisis DAFO que mostraba la imagen elitista de la Empresa como su principal debilidad. Para corregirlo se proponía la puesta en marcha de una nueva estrategia de Marketing en la que se adoptaba un acercamiento open-source, multistakeholderista, real-life, first-hand y de guerrilla para mejorar la imagen corporativa de cara a pequeños y medianos inversores. En las conclusiones del informe encontraste una bonita cita que decía «Al final, o eres diferente… o eres barato»[8].

Sin embargo, no puedes evitar pensar que el único objetivo de este acercamiento, impecable desde un punto de vista formal, es burlarse de ti: has pasado el día repartiendo folletos de la Empresa a la salida de una estación de metro de un barrio céntrico, pero pobre. En esos folletos apareces sonriente en varias fotos con los doce traidores de la Junta. Son folletos donde se vende la capacidad de innovación, desarrollo, sacrificio, sostenibilidad, eficacia y eficiencia de la Empresa; folletos que deberían leer directivos de Pequeñas y Medianas Empresas y no los fracasados a los que se los repartes. Y éste sólo ha sido el primer día, todavía te quedan otros nueve días de trabajo de campo, ¡dos semanas de ignominia!

Por si no fuera suficiente, te han vestido como «una persona normal que despierte la simpatía de los pequeños inversores»: te han ataviado con unos vaqueros viejos, rotos y baratos para «dar una imagen de normalidad y neutralidad»; una camiseta negra estampada con populares personajes de animación que te permite «una imagen desenfadada que conecte con las familias»; una chaqueta de chándal que parece robada a un yonki de los años ochenta y que busca «un acercamiento a los colectivos desfavorecidos»; unas deportivas J’hayber de las que creías que ya no se fabricaban y que intentan «hacer un guiño cómplice a la generación del baby-boom» y, finalmente, ¡hasta querían que te pusieras un tanga de leopardo!, para «introducir el toque secreto y pícaro que tanto gusta a los potenciales inversores».

Llegas a casa, besas a tu mujer a la que no has dicho nada de todo esto, subes a tu oficina y ves el póster motivacional que colgaste el mes pasado. El lema «Las grandes empresas no nacen de buenas ideas, sino de grandes equipos»[9] parece burlarse de ti, lo arrancas y lo tiras a la basura. Lees el correo electrónico y respondes a algunos mensajes, aunque aparentemente ninguno de ellos revista de gran importancia, consultas tus inversiones, no ha habido novedades, y revisas la agenda de mañana que ha preparado tu secretaria: lo único que llena el día es trabajo de campo de diez de la mañana a siete de la tarde, con media hora para comer a las dos y media y dos descansos de quince minutos a las doce y media y a las cinco. A continuación bajas y cenas con tu mujer un menú encargado en un restaurante de cinco tenedores. Respondes a sus preguntas con evasivas, cosa que ella parece agradecer. Tras acabar de cenar intentas leer la prensa del día. Sin poder concentrarte, acabas saliendo a dar una vuelta por la desierta urbanización. Allí sientes un anhelo que creías olvidado; según andas el anhelo se convierte en ansia y te descubres a ti mismo delante de la estación de servicio situada a la entrada de la urbanización. Entras y compras un paquete de tabaco. Hace más de diez años que no fumas, el cigarrillo te marea, te sienta mal y no puedes acabarlo. Te dices a ti mismo que ya es suficiente, que ya no fumarás más y que es sólo una recaída momentánea. Recuerdas la frase que te ayudó a dejarlo, «Es absolutamente cierto que al menos que puedas inculcarte disciplina a ti mismo, nunca serás capaz de dirigir a otros»[10], y te la repites mientras vuelves a casa. Te acuestas con tu esposa, la cuál ya está profundamente dormida, debe de haber tomado un par de pastillas de lo que sea que esté tomando ahora. Das muchas vueltas en la cama, pero al final te duermes.

 

* * * *

 

Al día siguiente, llegas a la misma estación de metro después de fumar un cigarrillo que te ha sentado un poco menos mal que el de anoche. Te cambias en el mismo baño público infecto que ayer, intentando no apoyarte en ningún sitio, y comienzas a repartir folletos con las pintas de payaso daltónico que te ha proporcionado el Departamento de Marketing. Anoche, mientras intentabas conciliar el sueño repasando frases de Stephen R. Covey, comenzaste a pensar en vengarte de la Junta. Mientras te cambias recuerdas que, en medio de esa irracionalidad pre-sueño en la que todo parece lógico y viable, llegaste a pensar en contratar a sicarios para que ejecutaran a los miembros de la Junta, de hecho lo último que recuerdas antes de dormirte son los sesos de Peláez desperdigándose por el suelo. Te sientes un poco horrorizado de ti mismo, este trabajo está sacando una parte negativa que creías enterrada. Sin embargo, mientras piensas todo esto recuerdas la cita «El futuro pertenece a aquellos que creen en la belleza de sus sueños»[11] y sueltas una carcajada espontánea cuyo sonido ya no recordabas.

Pasas las horas pensando planes de venganza y fumando. Ves un robo de cartera y un par de conatos de pelea, no se te pasa por la cabeza intervenir. Un chaval hace una garza con uno de tus folletos y te parece lo más bonito que se puede hacer con ellos. Una vieja agarra su bolso barato como si tuvieras la intención de robárselo. Nadie se acerca a hablar contigo, lo prefieres.

Cuando acaba tu turno sigues sin tener un plan de venganza definido. Has barajado muchas cosas. Lo más sensato ha sido un plan basado en la búsqueda y explotación de trapos sucios de los otros miembros de la Junta: en un primer lugar, has sopesado el contratar a detectives privados, pero a continuación, has elaborado una estrategia bastante más maquiavélica consistente en contratar la cena de Navidad en un famoso bar de alterne de los alrededores. Previa denuncia, la policía y la prensa podrían encontrar a tus queridos compañeros en el momento álgido de la celebración. Lo descartas pensando en que es poco caballeroso hundir así la carrera de tus compañeros y en lo afectada que quedaría la reputación de la Empresa en la que has puesto tanto de ti.

Vuelves a casa, cenas con tu mujer una cena casi tan cara como la de ayer y dialogáis con casi el mismo entusiasmo. Ya ha llegado el nuevo póster motivacional que encargaste para sustituir al que arrancaste ayer: «Ningún Mar en calma hizo experto a un marinero»[12], pero no te sientes de humor para colgarlo. Después de cenar enciendes el televisor, cosa poco habitual en ti, y te descubres disfrutando de una película sobre vengadores urbanos protagonizada por Charles Bronson. Hacía años que no consumías ficción televisiva salvo para utilizarla como tema de conversación en comidas de negocios. No apagas el televisor hasta que la película acaba y casi saltas del sofá de alborozo cuando el bueno de Bronson mata al malo de turno con un bazuca. Sales a fumar otro cigarrillo antes de acostarte. Mientras intentas conciliar el sueño vuelves a barajar ideas de venganza: lo último que recuerdas antes de dormirte es a ti entrando en la sala de reuniones con un bazuca y disparando a Peláez con él mientras gritas «Es como matar cucarachas, hay que matarlas a todas o si no se reproducen»[13].

 

* * * *

 

Al día siguiente te llega la iluminación mientras repartes folletos. Te gusta la idea, es una venganza elegante, te gusta tanto que llamas al Departamento de Marketing para que estudie la viabilidad de tu propuesta. En media hora te devuelven la llamada para darla por aprobada. Ante la pregunta de «¿Cómo conseguirás que la Junta apruebe esto?», les respondes que «Las dificultades preparan a personas comunes para destinos extraordinarios»[14], que lo resolverás antes de que termine tu periodo de trabajo de campo y que convoquen una Junta Extraordinaria para el lunes de tu reincorporación.

Llegas a casa tras una jornada anodina que te ha permitido acabar de trazar tu plan. Comienzas a contactar con los miembros de la Junta. Sólo necesitas el apoyo de seis de ellos para que la moción se apruebe. Tu plan es convencer a la mitad de la Junta para que aprueben una moción referida a la otra mitad. Inmediatamente después presentarás otra moción referida a ellos que estás seguro que los otros seis aprobarán como venganza. Al primero que llamas es a Peláez, le encanta tu idea, os reís mucho hablando de la cara que pondrán los otros componentes de la Junta, te despides diciendo que es necesario «ver lo que todo el mundo ha visto y pensar lo que nadie ha pensado»[15].

Antes del final de tu primera semana de trabajo de campo, has logrado tus seis apoyos. También has vuelto a fumar un paquete de tabaco al día y te has comprado todos los Blu Rays de Charles Bronson que has encontrado.

Pasas la semana siguiente pensando en las caras que pondrán los miembros de la Junta cuando acabe la futura Junta Extraordinaria mientras repartes folletos a gente que no te dirige la palabra. En algunos momentos llegas a echar de menos al mequetrefe del primer día, pero no lo has vuelto a ver. Comienzas a ver películas de Schwarzenegger, Stallone, Seagal y van Damme, no las recordabas tan divertidas y encuentras muchas frases que pueden ser muy útiles en una carrera como la tuya.

La Junta Extraordinaria del lunes se desarrolla tal y como habías previsto: siete votos a favor y seis en contra de la primera moción y siete votos a favor y seis en contra de la segunda moción. Sales de la reunión disfrutando de las caras de desconcierto de la caterva de traidores y te despides de Peláez diciendo «Para sobrevivir en la guerra, debes convertirte en guerra»[16].

 

* * * *

 

Te levantas el fin de semana siguiente con una sonrisa de felicidad en tu cara, tomas una larga ducha en tu jacuzzi y te vistes con tu traje favorito. Bajas a desayunar un café solo y un par de cigarrillos, tu mujer permanece impasible ante el hecho de que fumes, sientes la tentación de gritarle «Considérate divorciada»[17], pero finalmente sales a admirar tu obra sin siquiera decirle adiós.

En primer lugar, vas a un céntrico bulevar donde debería estar el primer componente de la Junta. No tardas en encontrarle, pintado de mimo con los colores corporativos. Intenta hacer el truco del espejo humano de manera bastante patética. Te regocijas viéndole hacer el ridículo pero, pese a todo, parece estar bastante concentrado en su tarea, no parece estar sufriendo tanto como pensabas.

A continuación, localizas a otro miembro vestido de hombre anuncio con el logotipo y eslóganes de la Empresa. Se congela la sonrisa de tu boca al ver la de la suya. Está saludando a los viandantes y parece disfrutar cuando ellos le dicen algo.

Comienzas a temer que tu plan no está saliendo como habías pensado. Sigues andando y ves a un tercer asociado haciendo perritos (o más bien abortos de perro) con globos de colores. Disfruta como un niño. Encuentras a un cuarto intentando hacer trucos de magia con escasa fortuna, a un quinto pintado de azul como un pitufo o un personaje de Avatar (el Departamento de Marketing no se puso de acuerdo), a un sexto disfrazado de Supermán barrigón…, ¡todos ellos parecían disfrutar de la situación! A continuación, encuentras al bastardo de Peláez vestido con turbante y taparrabos como si fuera un faquir. Habías pensado este disfraz expresamente para él, imaginando la humillación de lucir esa voluminosa barriga y esos enclenques miembros suyos, pero ¡incluso te saluda sonriente cuando te ve! Lo encuentras rodeado de su familia, todos riendo en torno a él y hasta puedes escuchar a su hija pequeña diciendo «A papá le gusta jugar a ser pobre»[18].

 

 

NOTAS:

[1]  Og Mandino

[2]  George E. Marshall.

[3] Vince Lombardi

[4]  Albert Einstein

[5] Proverbio chino

[6] Robert T. Kiyosaki

[7] Albert Schweitzer

[8] Guy Kawasaki

[9] Anónimo

[10] Zig Ziglar

[11]  Eleanor Roosevelt

[12]  Anónimo

[13]  Paul Kersey

[14]  C.S. Lewis

[15]  Albert Szent Gyorgi

[16]  John Rambo

[17] Douglas Quaid

[18] Carolina Peláez

Separador relato Íñigo García Yoldi

Íñigo García Yoldi (Pamplona, 1980). Escritor en la sombra e investigador científico en la luz. Recientemente ha ganado algún premio de relato y ha abierto un blog con sus textos. Otros ejemplos de su obra pueden ser encontrados en The Journal of Computational Chemistry, The Journal of Physical Chemistry A o Macromolecular Theory and Simulations, entre otros.

Blog del autor: https://g2yoldi.wordpress.com/

Ilustración relato: Fotografía por geralt / Pixabay [dominio público]

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 Revista Almiarn.º 92 / mayo-junio de 2017MARGEN CERO™Aviso legal

 

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