relato por

Víctor Hernández Ponce

 

 

La noche me confunde. Llevo caminando desde que el sol se puso, y ya he visto cómo la luna tomaba su turno. Salí de mi pueblo sin destino. Sin saber a dónde iba, pero sabiendo adonde quería llegar. Tomé una mochila vieja, con la bolsa exterior rota, y pedazos de tela gastados. Metí 3 botellas de agua, el dinero que llevaba ahorrando, y la bendición de mi abuela cuando salí de mi casa. Iba pasando puerta por puerta, mirando el rostro envejecido de todas las señoras que, como un pilar en medio del techo se esforzaban por mantener la casa arriba, en orden. Vi cada grieta del camino, como si las conociera todas. Cada piedra en el camino, donde me había tropezado infinidad de veces, parecía ser ahora, un elemento seguro de donde anclarme. 

Todos se despedían con un gesto de mano, y una mujer,  de la última casa, me dio un abrazo tibio, de esos que te cierran los ojos, y te llenan de calma, de templanza.

Empecé caminando despacio, pensando en todo. Un poeta, camina lento y piensa rápido. Y observa aún más rápido. Cuando tomé la carretera, los coches pasaban a un lado, ni siquiera quise pedir un aventón y tampoco creo que me lo hubieran dado. El día siguió pasando, y el sol bajaba cada vez más. Seguía viendo siempre el mismo paisaje. Era una carretera gris, con sus líneas blancas, y a los lados, un inmenso campo verde, verde. Las hojas se movían, graciosas, ágiles. Era un espectáculo que solo se veía caminando por la carretera. De vez en vez, me parecía escuchar el ruido de algún animal,  y como siempre, o como casi siempre sucede en los campos, me pareció escuchar la advertencia de una serpiente de cascabel, pero nada. Estaba solo.

Ahora, ya era de noche. Y no veía nada, mis ojos se fueron acostumbrando, y cada vez pude ver considerablemente mejor. Pero ni siquiera eso era suficiente, seguía tropezándome, cada 3 pasos, o cada 5, con algún objeto, o me enredaba con las plantas que salían como subiéndose a la carretera. Y durante todo el trayecto, seguí escuchando ruidos. De animales, de coches, de mi abuela, de la anciana del parque que me dijo: «Muchacho, quisiera haber sido tan valiente como tú. Mucha suerte…», y enseguida me persignó con su mano temblorosa y cansada.

Espero que la locura que he desarrollado en este pueblo, me sirva de algo. Todos sabemos lo difícil que es triunfar en las artes. O solo que alguien aprecie tus obras, es complicado. El arte es un campo muy difícil. Por eso he decidido, en un impulso, escaparme a la ciudad. Buscar un empleo de medio tiempo, que me dé lo suficiente para no morir de hambre y tener dónde dormir. Lo importante es que tenga tiempo de escribir. Después me presentaría en algunas editoriales, periódicos, revistas. Enviaría mis escritos al New York Times. Y bueno, sería cuestión de suerte.

 

Mientras tanto, sigo caminando. La noche está en su punto más oscuro. Empiezo a tropezarme cada vez más seguido, y más doloroso. Vacilé con caerme un par de veces, y luego lo hice. 

Me quedé tirado, boca abajo. Con un dolor en la pierna,  y sentía escurrir mi sangre. Recorriendo mi piel. Respiré hondo un par de veces. Después de un par de veces más, me giré y cuando iba a levantarme, miré el cielo.

Cuántas estrellas. Cuánto brillo, cuánto arte. Me quedé pasmado, asustado. Jamás nada de lo que yo había escrito, o de lo que pudiera escribir, sería suficiente para describir ese cielo.

Ese cielo no es el mismo que se ve en la ciudad, estoy seguro. No es el cielo con el que nadie me ha besado, y no he besado a nadie con esas estrellas. Este, es otro cielo.

Quizás solo se ve este cielo, estando tirado en medio de la nada, con el cuerpo divido entre el campo y la carretera. Herido. Es que esto es diferente a cualquier cosa que haya visto antes. 

Las estrellas se movían, estoy seguro, de un lado a otro. Y luego parecían brillar desde adentro, un haz de luz las rodeaba y de repente esa estrella ya no estaba ahí. Había muerto.

¿Cuántas veces en la vida hemos visto una estrella morirse? Claro, ninguna. Pero se mueren a cada instante, y dejan una obra de arte como herencia. Una obra de arte que nadie vemos, porque estamos muy ocupados, debatiendo en medio del tráfico, peleando, hablando, discutiendo, haciendo ruido. Siendo ruido.

Me quedé dormido.

 

Un brazo frío, helado, que me lastimaba de verdad, se había puesto sobre mi frente. Después escuché:

—Despierta. Ya me he cansado.

Me levanté de golpe, y de fondo, el cielo estrellado, no el de la ciudad, éste era otro. 

Ésta chica que me había despertado, estiró su mano y me dijo:

—Me llamo Julieta.

Le di mi mano, pero tuve que quitarla enseguida. Su mano era como el hielo, un frío que lastimaba. Entonces sentí un frío muy fuerte, que venía de ella.

—Estás helando. 

—Vale, lo has notado ya. Te explicaré en mi casa, si accedes a ir —dijo.

—¿Tu casa está por aquí? Es decir, ¿aquí en medio de la nada? 

—Sí, por aquí. Sígueme.

Entonces empezamos a caminar, hacia dentro del campo. 

No me he tomado el tiempo para describirla, pero ya lo haré después.

Después de unos 10 minutos de caminata, con las plantas enredándose entre mis piernas, y entre las de ella, se asomó un foco de una casa. 

—Pasa —dijo mientras abría la puerta.

—Esto es peligroso. Como sea, puedes matarme si quieres. Es más fácil que brillar como un poeta.

—¿Así que eres poeta? Qué ridículo. Del arte no se vive.

—Pero si vivir ya es un arte. ¿Qué dices de eso?

—La vida es demasiado corta para perder el tiempo en sentimientos. 

—¿Quién eres tú? ¿La Muerte?

—Ella misma.

—¿Vestida en jeans?

—También tengo vestidos, faldas, pantalones, túnicas negras por si debo formalizar.

—De acuerdo, Muerte.

—Julieta, es mejor.

 

La casa estaba sin un solo cuadro, y sin ventanas. Pero no parecía verse mal, yo me sentía bien en ese ambiente. Tenía un librero que cubría casi toda una pared, y ni qué decir de los libros.

La Muerte se sentó en un sofá, y puso música.

—¿Entonces ya me voy a morir?

—Claro que no. Te voy a ayudar por lo mismo, aún no te vas a morir.

—¿Y la historia del frío?

—Te la cuento después, en un rato. Voy a ir por pomada para tu herida.

—¿No puedes aparecerla de la nada?

—Soy la Muerte, muchacho, no soy una maga.

—¿No tienes poderes?

—No, solo me llevo a la gente cuando es el momento.

—¿Y a dónde los llevas?

—Al cementerio, desde luego.

—Pero eso ya lo hacemos nosotros —le dije y me senté en un sofá.

—Sí, la parte física la llevan ustedes. Yo llevo los recuerdos a cada entierro. ¿Cómo te llamas?

—Mario.

—Vale, Mario. Espérame aquí.

La Muerte se levantó de su asiento y entró en una puerta de madera, con un vidrio redondo en el medio. No tardó casi nada, cuando volvió a abrirse la puerta.

—Aquí tienes —y me lanzó un bote pequeño, de metal, y color café. Apliqué la pomada.

—¿Por qué tu piel es tan fría?

—Para que no me enamore.

Me quedé mudo un instante.

—…      

—¿Tú puedes enamorarte?

—Ya no —y me dirigió una sonrisa efectiva, que me dejó indefenso.

—Perdona que interrumpa tu historia. ¿Lo de matar gentes, es decir, lo de ser la Muerte, es un empleo?

—Sí, tengo todo. Tengo casas, carros, todo. Pero yo no elegí trabajar. El trabajo te toca, de repente.

—¿Cómo sabes cuándo pues… eres la Muerte?

—Muy fácil. Las circunstancias te llevan a plantarte con gente en estado agónico, las primeras veces. Ya, casi muertos. Y los ves fallecer. A un lado, de donde estén, cuando mueren, aparece una caja con una hoja y una pluma negra dentro. En esa hoja escribes los recuerdos, que serán lo único que lo acompañe en lo que sea que haya después de la vida. Si escribes muy poco, se sentirá frustrado por no haber utilizado su vida plenamente.

—¿Cómo fue tu primera muerte?

—Fue con mi madre. Cuando yo tenía 12 años. Ella tuvo cáncer, pero nosotros éramos muy pobres. El cabello no se la cayó nunca. Cuando ella se empezaba a sentir muy mal, me contaba cosas de su infancia, de sus primeros amores. Y todo eso yo lo escuché muy bien. Cuando mi madre murió, salí corriendo a avisarle a mi padre. Y cuando regresé había una caja a un lado. Mi padre no podía verla, pero yo sí. Y entonces escribí en la hoja todo lo que me había contado, y todo lo que yo recordaba de ella. El día del entierro metí la hoja en el ataúd. Después empezaron a llegarme cosas. Ya sabes, dinero, trabajos.

—¿Vives normal? ¿Cómo cualquiera de nosotros?

—Idéntico. Pero yo veo morir gente muchísimo más seguido.

—¿Por qué no puedes enamorarte ya? ¿Por qué tu piel es tan fría?

—¿Tienes tiempo? Es una historia muy larga.

—Dime tú si tengo tiempo —le respondí.

—Mi historia es muy complicada. Pero no soy la única persona a la que le ha pasado esto. Otros «compañeros», por llamarlos así, que trabajaron en lo mismo que yo, se han enamorado y terminaron con la piel helada. Te contaré una historia y ya entenderás de lo que hablo.

—¿Puedo acostarme en el sofá?

—Claro —me dirigió una sonrisa complaciente. Inició su historia:

«La Muerte caminaba hacia la casa en la que la señorita Alicia Liddell* pasaba el invierno. La joven estaba enferma de melancolía desde hacía tiempo, no había superado aquellos desengaños de la juventud y añoraba con fuerza los felices días de su infancia. Una tristeza crónica se había instalado en el cuerpo de Alicia y la Muerte no tardó demasiado en enterarse de ello. Con puntualidad británica y vestida de un negro absoluto, entró la Muerte en la habitación de la chica a las 5 de la tarde. Se acercó a ella despacio y antes de presentarse enmudeció. Se quedó sin respiración, sin palabras, la señorita Alicia Liddell era sin duda la chica más bella que había visto desde la primera muerte en el mundo. Miles de años trabajando en quitar vidas a toda clase de personas, entre ellas, bellísimas modelos de renombre, pero nunca ante nadie sintió semejante sensación de duda. Aquellos ojos oscuros y eléctricos le recordaron a las noches de verano cuando solo era una aprendiz. La muchacha tenía un cierto parecido a su madre, a quien también tuvo que arrebatar la vida cumpliendo su trabajo.

 —“Es usted la belleza que cualquier artista persigue, la sencillez exacta, la utopía de la perfección” —le dijo la Muerte.

Ante aquella mezcla de dudas y recuerdos la Muerte quedó enamorado de ese rostro. Los días pasaban y la Muerte no cumplía con su trabajo. La piel se le estaba empezando a helar, de una manera lenta pero que avanzaba constantemente. Día tras día. Alicia Liddell ya había trabado una amistad con la Muerte. Y un romance se veía entre ellos dos. Pero después de algunos meses, la piel de la Muerte se congeló completamente. Y cada vez que la abrazaba, ella tenía que despegarse. Poco tiempo después a la Muerte se le congeló también el corazón. Dejo de sentirse enamorado y entonces, después de 76 días de conocer a Alicia, escribió en la hoja los recuerdos que ella le había contado. Durante esos 76 días nadie murió en el mundo».

 

_______________
* N. de E.: Alice Liddell (Alice Pleasance Liddell, después de su matrimonio): Durante una excursión, cerca de Oxford, pidió a Charles Lutwidge Dodgson —más conocido por su seudónimo literario de Lewis Carroll— que inventara un cuento. Este cuento fue, posteriormente, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas. Dodgson, fotógrafo además de escritor, retrató en numerosas ocasiones a Alice y a sus hermanas Lorina y Edith.

 

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Víctor Hernández Ponce. Es un joven autor de 18 años, natural de Campeche (México).

Contactar con el autor: vhpvhp29 [at] gmail.com

Ilustración relato: Dibujo [autor desconocido], publicado como ilustración en el poema In memoriam, por Carmen López León.

 

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Revista Almiarnº 76 / septiembre-octubre de 2014
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