relato por
Vania C. Tovilla

 

La muerte puede bailar, con pasos lentos como si fuera un vals.

Ella es la pequeña «bizarra»… una niña con ojos grandes de color aceituna y de cabellos dorados que vuela a través de las montañas, con risa estridente y sin palabras; habla pero solo el infinito le escucha, canta, pero solo las aves le entienden con aquella lengua que resulta ser su lengua materna; es la lengua de los magos, la voz ancestral de los maestros de las montañas, aquellos que se olvidaron y fueron transformados en mitos y leyendas para dormir enanos.

Su cuerpo no puede soportar la experiencia de sus vidas pasadas, de la sabiduría de su voz.

Ella es la pequeña «bizarra», porque ha nacido con un don que pocos comprenden, es una dulce damita con un vestido amarillo que da vueltas sobre las nubes, sonriendo a carcajadas.

Es feliz en su mundo interior, sobresale del tiempo y del firmamento, es una luz intensa que brilla por donde quiera.

Cuando nació sus ojos de negro intenso como aceitunas se abrieron diciéndome te quiero, y así le llamamos, y la amamos… todos menos ella, el vientre negro del que salió: la estrega que le dio vida y se fundió con la oscuridad de su alma pensando que Dios la castigaba, ella le llamó «bizarra».

Los entes blancos dijeron que sería una niña «sana» pese a lo que en su ADN faltara.

La estrega, lloraba en su torre de desolación, ser la madre de «bizarra», era una maldición; recuerdo que no la acunaba, recuerdo que casi no la alimentaba, recuerdo que siempre lloraba frente a la ventana, clamando al cielo por una niña que no fuera como «bizarra».

Pero ojos de aceituna negra («bizarra») creció, su cuerpo se hizo largo y sus cabellos emergieron lisos y de brillo dorado. Se vistió algunas veces con alas de hada y cantó melodías ancestrales que nunca podrá nadie descifrar.

Me gustaba mirarla, cantarina y feliz, bajo las sombras de los sauces y reposar en el pasto, dar vueltas de mi mano, perderse en los juegos de los gnomos y pasear con los etéreos.

Me gustaba enseñarle canciones que hablaban de amor, del amor en estos tiempos, aunque ella siempre me ha enseñado canciones más hermosas que se hablan con el corazón, con cada latido que bombea su pequeño corazón.

«Bizarra», continuó creciendo y la estrega por fin su semilla oscura en el vientre sembró, nació de ella una rosa, que al principio era blanca y con el tiempo y los cuidados de la estrega se fue convirtiendo de tonalidad blanca a violácea, hasta ser negra por completo.

La rosa negra le llamaba; era muy querida por «bizarra», quien cuando pequeña le arrullaba, pero el tiempo danza y danza y a veces te come la esperanza.

Mis ojitos de aceituna, con sus manos pequeñitas y rayadas por la senda de los tiempos, fue poco a poco silenciada, de su corazón nació una llama que lentamente se apagaba; la estrega le mataba, y yo tristemente solo podía mirarla derretirse ante los ojos de odio y de rencor que la estrega emanaba.

Mis ojitos de aceituna, mi pequeña hada cantarina, mi regalo de Dios, poco a poco se perdió; sus ojos se fueron vaciando y notando que rosa negra era la predilecta, pues ella no era «bizarra»; en lo personal yo quería creer que no entendía lo que pasaba, que ojitos de aceituna vivía en aquel mundo de magia, que no se daba cuenta de nada; pero en sus ojos apagados, vi las estrellas apartarse, las melodías cesaron y sus risas se callaron.

«Dejé de mirar…

Me prohibieron acercarme…».

Y las lágrimas manaron de mi corazón de sauce.

Entonces, mis manos se petrificaron cuales árboles que son y me quede con el viento, mirando de lejos y soñando que podría verle de nuevo, con su vestido amarillo, dando vueltas en las nubes de su imaginación y cantándole a los magos de las leyendas; hablando con sus amigos imaginarios de su mundo mejor.

La muerte puede bailar lento… de distintas formas, con los ojos bien abiertos mirando con rencor y siendo el desierto que simboliza: los ojos vacíos de una madre que vierte su odio en el ser que debería ser más amado en la tierra.

 

arabesco relato Bizarra


margencero-imgVania C. Tovilla Quesada (1983). Licenciada en Psicología, UNAM, Facultad de Estudios Superiores, Iztacala. Con experiencia en la investigación acerca de las distintas manifestaciones de la violencia a través de Internet, y sus ensayos han sido expuestos y publicados tanto en ponencias nacionales como internacionales, y en revistas especializadas. Apasionada por la investigación, la lectura y escritura, actualmente pública bajo el seudónimo de «Vashdaryan» sobre diversas temáticas en el blog: Ojo de Okazaki, (http://ojodeokazaki.blogspot.com.es/) con un grupo de autores jóvenes.

  Ilustración del relato: Composición digital por Asunción Aparicio ©
(Ver muestra de fotografías, en Almiar, de esta autora)

 

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Revista Almiarn.º 73 / marzo-abril de 2014MARGEN CERO™Aviso legal

 

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