relato por
David Bombai

 

No serían más de las seis. Quizás las siete de la tarde. Es muy difícil determinar la hora exacta en este maldito reloj posmoderno, regalo de Peter Sellers. Soy psicoterapeuta. Y muy reputado. Curo a las celebridades de sus adicciones, de sus meteduras de pata y de sus amores imposibles. También les acurruco si no pueden dormir y les consuelo cuando no comprenden por qué sus carreras se han arrojado por un precipicio. Como decía, no serían más de las seis, o las siete, cuando llamaron a la puerta. «¡Qué fastidio! —pensé—. Hoy que ceno en el Astoria con Neil Simon. Llegaré tarde como siempre y volverá a ridiculizarme poniéndole mi nombre a otro secundario atontado». Mientras me dirigía hacia la puerta, imaginé las risas del público y de la parentela al abrir mi tocayo la boca y soltar farfullas de pueblerino. Al otro lado, plantado como una triste zanahoria, estaba el último ganador del Oscar al mejor guión original. Yo no lo sabía aún, por supuesto, pero cuatro meses después encontrarían su cuerpo flotando boca abajo en la enorme piscina de un conocido productor de Hollywood…

 

SESIÓN N.º 1 – 07/03/1961, Ma – 19 pm – COMPLEJO DE HASSERBAUM

 

Charly Papadopoulos estaba al borde del suicidio. Del creativo, se entiende. Lo último que se sabía de él era su estatuilla por El futuro en juego, una comedia de Syd Peppemberger, deslumbrante y muy loca, en la que un vidente vaticina el final de la Superbowl, pero es incapaz de recordar quién gana. Charly alcanzó la gloria con esa película, pero poco después se sintió atrapado en la Meca del Cine, «esa ciénaga», incapaz de escribir ni una sola línea ocurrente. Hacía ya dos años que había perdido su toque para los diálogos chispeantes, me dijo. Ya no disfrutaba con su trabajo. «El premio de la Academia fueron los clavos sobre mi ataúd», renegó y maldijo a Bob Hope. Charly se frotaba continuamente las sudorosas manos en un acto reflejo que el Dr. Arthur Hasserbaum definió en 1954 como Complejo de crisis creativa. Siete años después, el guionista más reputado desde Paddy Chayefsky le daba todo el sentido a ese diagnóstico.

—Estoy acabado. Soy un deshecho cinematográfico. Mi Underwood se ha quedado sin tinta. ¡Que dejen de talar árboles! Ya no es necesario: nunca volveré a llenar una página con inteligentes retruécanos ni mordaces réplicas.

—No se castigue. Todos atravesamos baches profesionales —intenté reconfortarle, pero no lo conseguí.

—¡No diga eso! ¡Soy basura! Mi reputación se hará añicos. Profesionalmente, ¡soy un cadáver! —y ciertamente lo parecía: pálido, avejentado y escuálido—. Tuve suerte unos años: logré convencerles de que era un buen guionista, divertido y eficaz. Pero no era más que un engaño.

—Eso no tiene por qué cambiar. Necesita confiar de nuevo en sus posibilidades —saqué matrícula de honor en negociación con secuestradores.

Se calmó, aparentemente, y se secó las lágrimas con la manga de una americana de Balenciaga, con toda seguridad prestada.

—Mi agente dice que usted puede ayudarme. ¿Es eso cierto?

—Puedo ayudarle a comprender qué le está pasando. Pero  el  único  que  puede  ayudarle  a  curarse  es  usted mismo —esta premisa siempre nos exime de cualquier responsabilidad penal en caso de suicidio del paciente.

—Haré todo lo que me diga. ¡Le pagaré el doble de sus honorarios!

Como había dicho las palabras mágicas, me acomodé en mi silla Herman Miller y adopté la posición de solucionador de problemas que tan buena reputación me había dado durante los últimos diez años.

—Tendremos que vernos cada semana, a razón de trescientos dólares por sesión. Es un precio baratísimo por recuperar toda su vida.

 

SESIÓN N.º 2 – 15/03/1961, Mie – 12 am – SÍNDROME DE GRUBBERMÄCHER

 

Papadopoulos se presentó aún más deprimido si cabe. «¡Mi mujer me ha abandonado!», y se estiró sollozando sobre mi sofá de cuero George Smith, que me apresuré a limpiar de lágrimas y baba. Yo le grité que eso no era excusa para presentarse desolado y borracho como un ballenero polaco, y menos para ponerme perdido un mueble de tres mil quinientos dólares.

—¡Oiga, aquí se sientan seres humanos! —expuse con vehemencia, molesto por las niñerías de un paciente acostumbrado a dormir en habitaciones de hoteles baratos y a aniquilar botellas de licores caros.

—¡Se ha llevado al niño, su ropa y la cubertería y me ha dejado quince facturas impagadas y un traje sucio en el armario!

—¡Pues no se queje! Dormir sin niños es una alegría.

—¡Soy escoria, soy un desastre! —se llevó las manos a la cara, arañándose los párpados como Jane Wyman en una película de Douglas Sirk.

—¡No sea tan melodramático, diantre! Lo que tiene que hacer es reponerse y verá cómo las palabras fluyen y su mujer vuelve —pero luego recapacité—. Aunque, si le digo la verdad, su caso no es para nada extraño: no conozco a ningún guionista que no se haya divorciado una o incluso siete veces.

—¡Ella lo era todo en mi vida! ¿Qué voy a hacer yo ahora? ¡Estoy flotando en el más hediondo barro! —«Bonita metáfora», pensé, y luego recordé el apartado XIV del tomo XXVIII del Tratado de Psicología Básica del profesor Hans W. Grubbermächer: un clarísimo caso de Síndrome del Eterno Perdedor, y de cómo exteriorizaban su desdicha para darle pena a su hastiado interlocutor.

—Está bien: ha tocado fondo. Pero debe reponerse. ¿Qué avances ha realizado en referencia al caso que le trajo a mi consulta?

El guionista contrajo los músculos, intentado visualizar vaya usted a saber qué.

—No sé. Supongo que ninguno. Sigo igual. Mi cabeza está vacía de ideas.

—¡Maldita sea! ¡Cuando le miro no veo a un hombre que sufre, veo a un vago! ¡Es usted más vago que el alcalde Brockbury! —salté y le grité unas cuantas verdades, porque así lo pensaba y porque, al fin y al cabo, no era más que un guionista y a un guionista se le puede decir de todo.

—¡Pero estoy muy mal! ¡Sólo con el divorcio, mi mujer se llevará la mitad de mis ahorros! ¡No podré pagar nada!

—¡Pardiez! ¡Que yo no cobre, eso sí que es un contratiempo! —que los problemas de un guionista fueran también mis problemas ya era lo último—. Tiene usted que reponerse. ¡No sea necio!

—¡Soy incapaz! ¡No puedo! ¡De mi cabeza no sale nada, sólo aspavientos! ¡Me quiero morir!

Charly se echó a llorar, otra vez, durante más tiempo en esta ocasión. O eso me pareció: se me hizo eterno el ver a un hombre adulto revolverse como un chiquillo, padeciendo enorme desgracia.

—La sesión ha terminado —anuncié impertérrito—. Y no vuelva hasta que no sea capaz de dominarse. Le acabo de poner deberes: eso son cuatrocientos dólares más de suplemento.

 

SESIÓN N.º 3 – 25/05/1961, Ju – 15 pm – PARADOJA DE NEIMANN-SCHLOCK

 

Tardó algo más de dos meses en volver, pero cuando lo hizo era un hombre visiblemente mejorado. Creí por su sonrisa que había recuperado la confianza y que pronto estaría comandando un ejército de guionistas, que próximamente se alzarían con algún premio o nominación.

—Estoy muy contento, doctor. Tengo noticias, buenas o malas según se mire —en ese momento desconfié y creí que su jolgorio por fuerza se debía al whisky de Malta—. Deje que le explique: mi agente, ya le conoce, Eric Deltono, me llamó hace dos días para ofrecerme lo que él denominó «una oportunidad única». En mi estado, cualquier encargo, aunque fuera mal pagado, iba a ser bien recibido. Así que acepté, incluso antes de saber más. Pero él quiso explicarme: «Hay un director que necesita de tus servicios. Te pagará quinientos mil dólares. A cambio, sólo te pide que estés callado». Yo le dije que por ese dinero podía coserme la boca con un alfiler oxidado, y me emplazó a la mañana siguiente en unas oficinas de Beverly Hills para tener una reunión con él. ¿Quiere que le diga el nombre del director?

Su boca dibujó una sonrisa maliciosa, propia de alguien que conoce un chisme, totalmente verídico, y se muere de ganas por contarlo.

—Adelante, dígame su nombre —le invité, con cierta curiosidad, no voy a mentir.

—Pues abrí la puerta del despacho y ahí estaba él, Billy Wilder, gritándole al auricular del teléfono con la cara encendida. Yo pensé que iba a comérselo, con cable y todo. Alexander van Leyk, el actor de teatro, una prima donna, se negaba a hacer un papel en su próxima película. «Yo no me arrodillaré jamás ante una cámara», le dijo, muy orgulloso, muy inglés. Y Billy comenzó a echar chispas, como un televisor averiado. Llevaría así diez o veinte minutos, una barbaridad para lo que es Hollywood: debía de tener muchas ganas de contar con él porque en este mundo cuando dices NO te cuelgan el teléfono sin dejar que expliques tus motivos, y ya no vuelven a llamarte. Así que ya me tiene usted sentado con las rodillas muy juntas delante de mi ídolo, mientras él insulta de mil doscientas maneras diferentes a uno de los mejores actores del mundo, todas ellas maravillosamente horrendas.

—Ajá… —Dios mío, si hubiese llegado a imaginar que se iba a enrollar tanto, le habría dicho que no quería saber de quién me estaba hablando—. Muy interesante, muy interesante…

—Cuando al fin colgó, con enorme estruendo, casi desmontando el aparato, me miró muy serio y me dijo: «Chico, tengo un problema. Un problema serio. Y no es el hecho de que este pedante no quiera salir en mi película, es que, sinceramente, lo que no tengo es película. Diamond ha desaparecido otra vez. Lo hace cuando se aburre. Una vez lo hizo durante cuarenta años. Ha cogido sus bártulos y ha puesto los pies en polvorosa. Volverá cuando le apetezca, siempre vuelve. Pero el muy cabrito se ha largado cuando sólo hemos escrito un breve tratamiento de la historia. Otra adaptación de un vodevil francés. Pura bazofia. Los actores están contratados, tengo sólo siete meses para rodar, estrenamos en diciembre en el Arkana, y ya voy con retraso. Y yo no puedo escribir con nadie más que con el hijo de puta de Diamond. Si escribo con otro me pongo nervioso, y puedo llegar a morder, y a matar, y a destrozarle el cráneo a machetazos. ¿Y tú no querrás eso, verdad?», y yo respondí, muy rápido y muy infantil, que «Nonononononono» moviendo la cabeza, pero en el fondo habría dejado que Wilder me violara tantas veces como hubiera querido, de poder ver mi nombre junto al suyo en unos títulos de crédito. Pero eso no iba a pasar. Aunque poco imaginaba yo las auténticas intenciones de mi director favorito. «Vas a escribirme un guión. Y lo vas a hacer porque me partí de risa con esa basura de El futuro en juego. No recuerdo si me reí de la película o de los actores, pero el caso es que salí del cine con los pantalones mojados. Soy un hombre de mediana edad y quizás se debiera a un principio de incontinencia, pero el caso es que llevas dos años sin trabajar y no se me ocurre que ningún otro guionista esté dispuesto a aceptar lo que voy a proponerte. Lo dicho: vas a escribir el guión de mi próxima película, pero tu nombre no aparecerá en pantalla, y si lo hace que se abra el Cielo y se hiele el Infierno. ¡No! En pantalla se leerá «Un guión de Billy Wilder & I.A.L. Diamond», como siempre. Tú serás mi negro. Vas a escribir tus chascarrillos para Billy Wilder y con eso tendrás que conformarte. Aunque si dices una sola palabra, te juro por mis hijos que el león de la Metro te arrancará la cabeza de cuajo. ¿Queda claro?» —y mirándome Charly con ojos de niño o de enfermo, no sabría decir, remató—. ¿No es maravilloso? ¡Billy Wilder quiere que escriba el guión de su próximo éxito!

Negué con la cabeza, desanimado, recordando la Paradoja de Neimann-Schock, también llamada Paradoja de la Falsa Esperanza, repitiéndome a mí mismo «Este chico no tiene remedio».

—A ver si lo entiendo: ¿me está diciendo que ha recobrado su toque?

—Para nada. Sigo tan seco como antes. Pero quinientos mil dólares menos pobre. ¿No es eso un adelanto?

—Lo sería si no tuviera que escribirle usted a cambio un guión a Billy Wilder.

—¡Maldición! ¡No sea tan negativo, hombre!

—Soy realista. Forma parte de mi trabajo. Tengo que hacerle ver a usted las cosas como son. Y ahora mismo, sinceramente, no sé si están mejor o están peor —y pensando en un precioso yate que había visto en la revista Navíos y Pistolas, añadí—. Pero le espero la semana que viene de nuevo en mi consulta.

 

SESIÓN N.º 4 – 02/06/1961, Vi – 19 pm – DESVIACIÓN DE FRANZISKLAUSSER

 

Llegó con un retraso considerable: habíamos quedado a las cinco y se presentó dos horas más tarde —o cuatro, según se mirase el reloj—, indispuesto y destartalado como un Buick de tercera mano.

—Doctor, ¡ésta ha sido la peor semana de toda mi vida! —si me hubieran dado una bomba nuclear cada vez que había escuchado esa exageración, Kennedy habría dirigido sus acorazados hacia mi salita de estar—. ¡Estoy siendo víctima de un acoso sexual sin precedentes en el mundo del cine!

—¿La perrita Lassie pretende sus favores amorosos? Si es así, déjeme que le ponga en contacto con el Profesor Franzisklausser, experto en ese tipo de desviaciones.

—¡Peor aún! Ursula Rosencrantz, la estrella, ¡me persigue día y noche para que le escriba un personaje que le dé todos los Oscars del mundo! ¡Y está dispuesta a hacer lo que yo le pida para conseguirlo!

—¡Menudo atropello! ¿Y le ha dado su teléfono? Apúntelo aquí, si es tan amable. Aquí, aquí.

—¿Qué voy a hacer? Por más que se lo repito, que estoy vacío  de  creatividad,  ella  más  insiste.  ¡No  me  cree!  ¡Está  convencida  de  que  son  excusas  para  no  complacerla! —Papadopoulos sudaba a chorros, como un gondolero veneciano el quince de agosto.

—Tiene que decirle la verdad. Y de paso, también al señor Wilder.

Charly se puso rígido como un asta de bandera y corrió hacia mi escritorio. Empuñando el abrecartas, amenazó con perjudicarse seriamente.

—¡Antes me mato!

—Pero Papadopoulos —intenté que recapacitara—, lo mejor que puede hacer es confesar. El señor Wilder no esperará eternamente a que a usted le vuelva la inspiración. ¿Cuándo tiene que entregar el guión?

—Aún me quedan siete semanas.

—¡Perfecto! —grité jubiloso.

—¿En serio?

—¡Por supuesto! —me subí sobre la mesa, con los brazos en alto, muy feliz, y clamando al cielo—. ¡Dos mil cien dólares más en mi beneficio!

 

SESIÓN N.º 5 – 08/06/1961, Ju – 11 am – MANÍA PERSECUTORIA DE BAUSCHZ

 

Esta vez llegó a las petersellers en punto, como ya me había acostumbrado a decir, fastidiándome la cuatro horizontal, ocho letras, «Animal salvaje de compañía». Su aspecto era el mismo que el de un niño apedreado por sus compañeros al salir de clase. Un rasguño en el brazo izquierdo, un moratón en el ojo derecho, signos evidentes de refriega en su ropa, en su pelo y en sus mocasines Alden. Su mirada desencajada y el tembleque irritante sólo podían indicar una cosa: no era auto-infligido.

—Veo que la señorita Rosencrantz insiste más que nunca en sus proposiciones. Ande, apunte aquí su número de teléfono. Aquí, aquí.

—Ojalá. ¿Quiere saber quién es el responsable de todo este estropicio? —asentí, pero juré terminar yo mismo lo que otro había iniciado si se extendía más de lo necesario—. Pues nada más y nada menos que Mordecai Finster.

—¿Groover   Philbrook   en   Amar   es   cuestión   de  diez? —asintió Charly—. ¿Cletus Morrissey en El verano de la serpiente? —volvió a asentir—. ¿Xanadú Williams en Los dolores de barriga de la Sra. Julius? —y una vez más, asintió—. ¿Ese Mordecai Finster?

—El mismo. Es un grandísimo maltratador. Quiere lo mismo que la señorita Rosencrantz, pero él no está dispuesto a pedírmelo educadamente.

—Pues es una pena. Es un actor estupendo. Estaba soberbio en Dinero color de rosa y en El marido de la mujerzuela.

—Es un sádico —afirmó Papadopoulos—. Un sociópata fan de la Segunda Guerra Mundial y de las zapatillas con forma de animales.

—¿De ocho letras, salvajes y de compañía?

—Exacto: un auténtico cerdo.

Era evidente que desvariaba: «cerdo» sólo tiene cinco letras. No cabía duda: Charly sufría la típica Manía Persecutoria de Bauschz, capítulo 45 del Manual del Futuro Psicoterapeuta, aderezada con espasmos dolorosos y reniegos maldicientes. Un caso típico. Tan típico, que aburría.

—Charly, ¿qué quiere que le diga? Todo eso no son más que excusas para desviar la atención sobre lo importante, afrontar la realidad, que es la siguiente: ha perdido su toque. Es usted un guionista de mentirijillas.

—¡No diga eso! ¡Yo soy un autor!

—¿Ah sí? ¿Y por qué está tan seguro?

—¡Pues porque me han invitado a la fiesta de cumpleaños del productor! ¿Cómo sino?

 

SESIÓN N.º 6 – 14/07/1961, Vi – 17 pm – CONFLICTO DE MECKERMASS

 

«Un guionista con el agua al cuello». El diario La Lucha hizo una crónica bastante cruel y sesgada. Les encantaba salpimentar las heridas abiertas, y la hipocresía que trajinaba el mundo artístico era su blanco preferido. Un mes y medio después de nuestra última sesión, se encontraron a Papadopoulos flotando en la piscina, boca abajo sobre una colchoneta hinchable, borracho de ginebra importada, durmiendo a pierna suelta sobre el agua, mientras que en Escocia armaban alambiques de repuesto para destilar licor urgentemente.

No pensé que el paciente se presentaría y mucho menos en punto. Y así fue: teníamos cita a las diez de la mañana, pero Charly apareció siete horas tarde y con una monumental resaca. Dejé que se estirara en mi George Smith, previa protección del mismo con toallas debidamente desinfectadas.

—¡Pero, hombre! ¡El alcohol no es la solución! Ha hecho usted el ridículo más absoluto —le recriminé sin guardarme nada dentro, porque con un guionista lo puedes sacar todo hacia fuera.

Papadopoulos se incorporó y aguantándose la cabeza con una mano, dibujó con la otra en el aire un gigantesco NO, en cursiva y serifa. Luego echó mano al interior de su chaqueta y sacó de ella un guión completamente acabado.

—Hágame un favor, ¿quiere? —dijo con una voz quejumbrosa—. Entrégueselo a Deltono por mí. Yo me voy. Adiós, Hollywood.

—¿Cómo dice? —estaba clarísimo que Papadopoulos se encontraba inmerso en el clásico Altibajo del Artista, también conocido como Conflicto de Meckermass—. ¿Ahora que ha acabado el trabajo, demostrando su valía, quiere abandonar?

—No. Yo no abandono. Simplemente me largo. Eso es todo. Seré más feliz lejos de aquí. Antes no era capaz de verlo, pero afortunadamente al destino  le  chifla  cambiar  el  final  de  todas  las  películas  —respiró profundamente  y  sonrió—.  Me quito un peso de encima.

Al cerrarse la puerta sentí el cosquilleo de la primicia: inicié la lectura con tibieza, casi con miedo, pero emocionado como un amante primerizo. Era la historia de una princesa extranjera que se hace pasar por camarera en el hotel de cinco estrellas en el que se hospeda. En un revés del azar, un joven botones algo asilvestrado se enamora de ella, debiendo luchar por su amor contra un multimillonario acostumbrado a saltarse todos los semáforos. Al final, el botones huye con su amada a Portugal, donde iniciarán una fructífera carrera como vendedores ambulantes de toallas estampadas. El guión era tan desternillante como parece. Un fluir de chistes trenzados sobre una trama que en ningún momento perdía interés. Un clásico instantáneo de la alta comedia.

Y entonces, mis neuronas elucubraron una solución sencilla aunque retorcida para devolverle a Neil Simon veinte años de soberbia creativa: «Si Papadopoulos había abandonado, ¿por qué no habría yo de llevarme la gloria, y los honorarios, de un trabajo realizado encubiertamente?». Hasta imaginé la conversación: «Mira, Neil, no se lo digas a nadie, pero memoriza estos diálogos. La próxima vez que los oigas será en la nueva película del Maestro Wilder. Que te quede bien claro, ¡dramaturgo del Infierno!: te aseguro que ese Oscar al que le estabas haciendo un sitio en tu repisa de caoba africana, algún día será mío».

Y así lo hice. No me pude contener. Ver a Simon recolocándose en su silla, incómodo como si se hubiera sentado sobre un cojincito de clavos, fue tan divertido que bendije a mi cerebro privilegiado por su memoria fotográfica.

Sin embargo, ¡qué tremendo fastidio que al destino le chifle cambiar el final de todas las películas!

 

ANEXO – 17/07/1961, Lu – 10 am – TRAMPA DE VAN ÖJSTELRICK

 

Como buen profesional, me veo en la obligación de exponer lo que aconteció con posterioridad a mi grata reunión con el perpetrador de La extraña pareja, por mucho que me avergüence el reconocerlo.

El despacho del señor Wilder estaba presidido por la cabeza de un rinoceronte mozambiqueño. Su cara era tan triste como la que se me iba a quedar a mí en unos instantes. Me presenté, con honores y relumbrón, como el hombre que estaba a punto de salvarle la vida.

—Donde otros se han acobardado, yo he cubierto con ingenio y pericia el vacío existente.

—¿De qué demonios está hablando? —preguntó confuso el Maestro.

—Disculpe —alcé el guión de mi obra maestra—: he aquí el guión que estaba esperando. Papadopoulos huyó como un atemorizado conejo y yo me hice con el encargo. Confío en que será totalmente de su agrado. Es brillante, mordaz, hilarante e ingenioso, aunque esté mal que yo lo diga. Yo, su autor. Nadie más. Yo y sólo yo. Yo, al cuadrado.

Billy Wilder hizo un ruido raro con la boca, como el que haría un verdadero estoico al darse cuenta de que ha cortado el cable equivocado de una bomba de relojería.

—Pues, ¿qué quiere que le diga? Papadopoulos ha hecho lo correcto, porque Diamond ha vuelto —se me apareció la boca del sucio Simon pidiendo unos linguini a los cuatro quesos para arrojármelos a la cara—. Y yo no me fío de nadie más que él para hacer que Walter Matthau engañe sin miramientos a Jack Lemmon.

—Pero léase mi guión. ¿Quién sabe? ¿Y si le gusta? ¿Y si le parece el mejor que ha leído nunca?

—Se nota que usted no es guionista profesional. Si lo fuera, sabría que los mejores guiones sólo los escribo yo.

—¡Léase  la  primera  página  solamente!  Verá  que  es  desternillante… —imploré patéticamente en un último intento para no tener que llevar a la tintorería mi traje nuevo de mil dólares.

—Lo siento, amigo. Legalmente será mejor que no lo haga —se levantó de su sillón y se dirigió a la puerta, para abrirla y echarme elegantemente de su despacho—. ¿Y si, Dios no lo quisiera, leyera su guión y después, como por arte de magia, le robara algunos de esos diálogos brillantes, mordaces, hilarantes e ingeniosos? No, gracias. He sufrido dos horribles meses de incertidumbre artística, con eso tengo suficiente. Ahora sólo quiero sentarme al lado del maldito I.A.L. y decidir de una puñetera vez a qué demonios se dedica Shirley MacLaine en París.

De repente me sentí estafado. Humillado, más bien. Comprendí a qué se refería Van Öjstelrick cuando determinó su famosa Trampa para definir el Espejismo del Oportunista. Y me acordé de Charly Papadopoulos: lo imaginé feliz cortando el aire en un Chevrolet descapotable del 59, a toda velocidad por la Ruta 66, huyendo como alma que lleva el diablo de la ciudad más despreciable sobre la superficie del planeta.

imagen separador relato Billy Wilder

 

 David Bombai

David Bombai [Mataró (Barcelona), 1978]. Ha publicado cuentos en varias revistas como Quimera, Fábula, Narrativas, Molino de Letras, Ariadna, Minotauro Digital, El Muñeco Whisky o Acapulco66. En cuanto a guiones, es autor o coautor de diferentes cortometrajes de ficción como El hombre sin futuro (2008), BioCam (2009) o Réquiem al amanecer (2010) y del guión del largometraje El cura y el veneno (2013) en fase de postproducción. Como director debutó con el largometraje documental Wert: Presencias efímeras (2010), al que le siguió el corto Amor en rama (2011). Actualmente, tiene en fase de post-producción una webserie documental titulada Los fragmentos (2013).

bombai.david [at] gmail.com

 Web en IMBD: http://www.imdb.com/name/nm4139735

@davidbombai

Ilustración relato: Montaje fotográfico por Pedro M. Martínez  ©

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