artículo por

Karen Edith Salazar Martínez

 

 

«Todas las felicidades se parecen, no obstante
los infortunios tienen cada uno su fisonomía particular».
TOLSTOY, LEÓN; Ana Karenina,pág. 13

 

Es bien conocido que la combinación de la fantasía y la ociosidad en una mujer es fatal. A lo largo de la Historia hemos de encontrarnos con innumerables ejemplos, mas la literatura nos permite confrontarnos de manera rigurosa con estos hechos hasta hacerlos palpables. Inmiscuirnos en este tipo de literatura no es adentrarnos a un mundo no lejano, sino ver el reflejo del pasado en el cuerpo del futuro.

Es en este tipo de narrativa donde la esencia propia del ser humano destaca —al menos ese es el trabajo del naturalismo—, mostrando de esta manera la fealdad y la cotidianidad en su máximo esplendor; la «burguesía hogareña» [1] se mostraba complacida de ser el centro de atención, de la misma manera que la burguesía «pura» era la protagonista de la comedia alta; sin embargo no toda la población se mostraba de acuerdo en este tipo de novelas.

«A muchos imponía miedo el tal naturalismo, creyéndolo portador de todas las fealdades sociales y humanas… Creían que el naturalismo sustituía el Diccionario usual por otro formado con la recopilación prolija de cuanto dicen en sus momentos de furor los carreteros y verduleras, los chulos y golfos más desvergonzados» [2].

Dentro de esta corriente artística sobresalen tres libros cuyas protagonistas femeninas —Ana Ozores, Emma Rouault y Ana Arcadievitch— destacan por una existencia que se consume en vicios y tragedias. Recorreremos, en un rápido vistazo, cada uno de estos dramáticos textos de tres genios del lenguaje: León Tolstoy, Gustave Flaubert y Leopoldo Alas «Clarín».

articulo Leon Tolstoy

Hablaré en primer lugar de Madame Bovary, costumbres de provincia —obra de Gustave Flaubert— que apareció el 19 de septiembre de 1851 y narra la historia de «Emma Rouault, hija de un campesino normando, [que] es una alma novelera perpetuamente insatisfecha» [3]; a lo largo del guión se desarrolla la historia de una mujer que vive su juventud en un convento donde, a través de leyendas y cuentos caballerescos fomenta una imaginación mordaz que la llevará a los actos más ruines.

Cuando sale del claustro —influida por aquellas vigilias— ve en Charles Bovary al hombre idóneo que la sacaría de la miseria y la monotonía que la sofocaba en su hogar, después de que Bovary hubiese perdido a su primera mujer (vieja y fatigada), ve en Emma a la mujer perfecta que lo acompañaría en su vida.

Charles es médico, si no el mejor sí el más perspicaz, que sacrificará su prometedor futuro por el bienestar de su esposa. Al irse a Yonville-lÁbbaye —población que debía su nombre a una abadía de capuchinos— Emma tiene a su primogénita pero no se siente totalmente complacida por no poder dar a su hija aquellas cosas caras y finas que tanto deseaba para ella.

En ese mismo lugar conoce a su primer amante: León Dupuis, un rubio joven estudiante de leyes, poeta y músico que satisfará en Emma aquel anhelo de romanticismo y adrenalina que tanta falta le hace, pero pronto se ve cansada de esta relación.

Posteriormente conoce a Rodolfo, con quien también se ve comprometida, y se entrega a una pasión desenfrenada; tiene un final un tanto neurasténico, pero pronto encuentra en León un consuelo, comienza a cumplir un sinfín de caprichos a su amante y poco a poco va quedando en la ruina; siendo acosada por su acreedor, y, viéndose sin salida, decide  tomar  amoniaco. En  una  situación  paradójica, León  —su amante «fiel»—  se  casa,  y  Charles  —el esposo que jamás la tomó en cuenta— se suicida.

Madame Bovary corre con la suerte de ser la primera obra con una trama que tiene como protagonista a una mujer adúltera y que, además, termina con su vida de forma fatalista —siendo este final no un castigo divino ni castigo autoimpuesto, si no uno netamente humano: como lo haría cualquier mujer desesperada— sirviendo como base a muchos otros novelistas.

¿Qué necesitaba Emma Bovary si tenía a un marido que la amaba y cuidaba de ella? Demandaba con ansia un cambio tras otro, el miedo a la monotonía que muchos sufrimos, a quedarse igual, sin sobresalir y tener lo que se desea, León y Rodolfo sólo fueron acontecimientos que la arrancaron un momento de su cotidianidad.

En 1877, veintiséis años después de la publicación de Madame Bovary, sale a la luz Ana Karenina —obra de León Tolstoy—, «…Obra de gran perfección estética Ana Karenina es otro gran espejo de los altos estamentos de la Rusia de entonces. […] Esta sociedad fue radiografiada por Tolstoy en ésta y otras de sus novelas» [4].

Ana Arcadievitch no tiene pasado; digámoslo así, la narración no nos da una descripción de su niñez ni de su adolescencia, el inicio ya está fijo, no se crea una Ana psicológica hasta cuando nos adentramos al relato, cuando conoce a Wronsky, y se recrea un debate entre lo que dicta la moral y lo que imponen sus sentidos ansiosos de algo nuevo.

Ana tiene una familia por la que se desvive —su hijo Sergio y su esposo Alejo Karenin—, se mantiene interesada por las relaciones políticas de él, satisface todas las necesidades de su hijo, colabora en mantener la armonía en la casa de su hermano. Todo funciona en perfecto equilibrio.

Cierto día, con el deber de rehacer amistades entre Esteban Arcadievich, su hermano, y Dolly, su cuñada, conoce a un apuesto joven de nombre Alejo Wronsky quien la envuelve en un sentimiento nuevo, la imbuye en una apasionante relación y debido a ésta se ve obligada a alejarse de su familia y la sociedad. Se entrega por completo, se consagra únicamente a los deseos del conde pidiendo a cambio fidelidad y amor.

Después, al verse falta de su hijo y sus amistades, comienza a extrañar su vida de antaño, cuando solía andar por las tertulias y el teatro sintiéndose admirada por todos. Su vida junto a Wronsky va decayendo a tal punto que Ana se siente insegura consigo misma y empieza a celar a Wronsky; ya no con Kitty a quien la vida llevó por un mejor camino, si no de la princesa Sarokin; afirma…

«[…] Mientras que mi amor se vuelve cada día más egoístamente apasionado, el suyo se va extinguiendo poco a poco. […] Él me acusa de ser absurdamente celosa, yo también me acuso de ello; pero la verdad es que mi amor ya no está satisfecho. […] Donde acaba el amor comienza la repugnancia, y este es el infierno que sufro» [5].

Esta desesperación, aumentada por la pesadumbre que le causa saberse causante del sufrimiento de los que quiere, desemboca en una muerta letal: se convierte en la victima que estaba sobre los rieles del tren de San Petersburgo el día en que llegó, cerrando así el ciclo.

Paradójicamente se visualiza el matrimonio de Kitty y Levin; la fusión del carácter, denso y melancólico de él con el dulce y enérgico de ella, hace una combinación que estabiliza su convivencia. Un matrimonio feliz sin vicisitudes por las cuales sufrir.

¿Cuál es el factor que empuja a Ana a cometer adulterio? La falta de emociones en su vida; sus acciones que se repiten una y otra vez; la falta de cariño de su esposo; la vida que se le escapa de las manos, sin haber experimentado antes alguna sensación que la sacara del vaivén de la regularidad. Todo esto, aunado con la galantería del buen mozo, enaltece sus amoríos con el joven que satisface su necesidad de cambio.

Ana Arcadievitch, del mismo modo que Ana Ozores, se ve comprometida después de tener en casa una cordial relación con su pareja, no sin antes sentir los remordimientos propios de una mujer «virtuosa».

Ana Ozores es la protagonista de la novela que tiene por título La Regenta; obra publicada en 1885 y escrita por Leopoldo Alas «Clarín» que, un poco modesto el señor, anunció: «Tengo la satisfacción de haber escrito a los 33 años una obra de arte». Se narra; en primer término, de una manera meticulosa; la personalidad del Magistral, Don Fermín, quien tendrá una gran influencia en su «hija espiritual»; después se da una explicación de cómo era la vida en Vetusta, un Oviedo disfrazado, y cada una de las características de los habitantes de ese lugar, incluidos Álvaro Mesía, Víctor Quintanar y Ana Ozores.

Ana Ozores, hija de una costurera italiana y un vetustense liberal, queda, tras la muerte de su madre, bajo la custodia de una nana inglesa que la lleva a vivir a un pueblo de pesca, Loreto, por consejo del médico; crece sola, acompañándose por vívidas fantasías que terminan en llanto desenfrenado. Al quedar el liberal en bancarrota —a consecuencia de las muchas causas liberales patrocinadas— se vuelven a reunir padre e hija y éste le enseña filosofía, literatura y apreciación artística; se topa con textos paganos en la biblioteca, que le llevan a divagar con animales ilusorios, descubre autores cristianos que provocan un éxtasis pseudo-divino en ella, lo que la lleva a la cama (es este mismo éxtasis lo que la ha de enfermarla en más de una ocasión), cuando fallece su padre —y ella aún convaleciente— sus tías se hacen cargo de cuidarle y buscarle un buen marido que la proteja cuando ellas falten.

Alrededor de Ana se crea todo un mito en el que ella es la mujer más bella y virtuosa de toda Vetusta, se convierte en el nuevo capricho del «don Juan de Vetusta»: termina por conseguir, no sin mucho esfuerzo, su cometido.

El Magistral también la ama, mostrando así el lado humano de todo clérigo; aunque con un amor más platónico, tanto Fermín como Álvaro tratan de atraer la simpatía de Ana con el fin de sentirse superior al otro y rembolsar su orgullo, por lo que la lucha constante que se produce entre ambos contrincantes es fundamental, ¿la lucha entre el amor carnal contra el espiritual?, tal vez, lo que sí es bastante obvio es que Leopoldo quería hablar de personajes reales —no ensalzar a la Iglesia o al amor cortés— tal como el naturalismo lo requiere.

En la última etapa del libro, cuando Mesía vence a de Pas, Quintanar es enterado de la doble traición —de su amigo y de su esposa— reta a duelo a su reciente adversario y muere, Álvaro es obligado a irse de Vetusta y Ana queda sola custodiada por los remordimientos y la estigma social de adúltera.

Existen una serie de analogías en estas tres novelas. Madame Bovary como paradigma de sus sucesoras «tiene la suerte de ser la obra maestra de la novela contemporánea» [6] que marca un ritmo ululante de deseo-desgracia. Podemos inferir que, a diferencia de La Regenta, […] es una de las novelas más perfectas que se han escrito jamás —si se entiende por imperfección todo aquello que un lector considere susceptible de compostura—: no le falta ni le sobra una frase y todas contribuyen a adelantar el movimiento del personaje hacia la consumación de su destino» [7].

Dentro de su imperfección, tanto en La Regenta como en Ana Karenina, se encuentra una belleza sublime, capaz de hacerte perder la noción del tiempo y el espacio. Y tal vez los escenarios menos complejos de estas novelas sean auxiliares para sentirte más cómodo con la lectura, embonando las ideas faltantes para hacerla más completa, más emotiva y cercana.

Ana Arcadievitch y Emma Rouault son dos mujeres totalmente distintas, una se siente complacida de admirar a la familia que tiene, la otra tiene ansia de más —por lo que esa conmoción de vacío jamás le abandona—, pero ambas tienen un hijo, Sergio y Bertha; «el amor maternal era todo lo que les quedaba; fuera de él se sentían débiles y pecadoras» [8]; Ana Ozores se encuentra en desventaja, ella jamás logró llenar el abismo que la ausencia  de  ese  hijo  le  dejaba, quizá —sólo quizá— si hubiera tenido alguien con quien compartir todo el tiempo perdido que tenía para sí, aquellos extremismos no hubieran saltado de polo a polo cada vez que se presentaba la oportunidad, y su final hubiese sido otro, uno más mesurado y menos febril.

Las constantes visiones que se presentan en Emma Rouault y Ana Ozores ponen cierto énfasis en la conducta de las susodichas, una siempre está soñando con aquel caballero que habrá de salvarle del convento —o de su hogar, según sea el caso— la otra con tener a su lado a alguien —Mesía, de Pas o el mismo Jesucristo— a quien entregarse, en Ana Arcadievitch no están presentes esas alucinaciones, más la celotipia se hace más tangible y peligrosa.

Cierto crítico de apellido Bonafoux demandó a «Clarín» por plagiar la obra de Flaubert. Es necesario admitir que ambas obras se parecen, pero llamarlo plagio es como acusar a Shakespeare, por escribir Romeo y Julieta, cuando existe la leyenda de Tristán e Isolda. Obviamente en todos los libros la intertextualidad es patente, más cada autor tiene su esencia propia, por ejemplo, Ana Ozores manipula la religión, en Emma Rouault es casi inexistente.

Se tenga o no renombre, es importante mantenerte en pie y con dignidad, a nadie ofende que lo comparen con Flaubert [9]. A muchos compararon con Homero o quisieron igualar a Virgilio; pero, hoy, es sólo el orgullo del buen contemporáneo de querer ser original y único.

A pesar de todo, copia o no, las tres obras te muestran el problema vehemente de la naturaleza femenina, como signo de la dualidad entre lujuria y pureza, el sendero erótico dentro de su sutileza, que arranca a la dama —y con ella a nosotros— a la locura y todo esto con la mano maestra que es capaz de cerrar el período suavemente: tal y como una pluma cayendo desde el cielo.

 La pluma se desprende del ave —la cortesana se desprende del matrimonio—, se topa con una ráfaga de viento —León o Rodolfo, Wronsky, Álvaro— que le cambia el rumbo, sube un poco con ayuda de esa ventisca —efecto deseo satisfecho—, comienza a caer —aburrición, celos, monotonía y traición—, la pluma al fin cae: muerte o destrucción.

«Fuera del matrimonio, el amor es amenazado por los castigos aterrorizadores que fustigan a la desdicha culpable de haber protestado a su manera contra la obligación impuesta a las mujeres so, pretexto de virtud, de mutilar para sí mismas su feminidad» [10].

En cualquier mujer enamorada; aun fuera del matrimonio, como nuestras protagonistas, el amor la quemaría por dentro —si lo calla— y por fuera —si la sociedad la relega—. Se sentiría culpable no sólo por haber cometido un pecado, de la misma manera lo haría porque vería en el acontecimiento —no un acto de amor— un suceso egoísta que debe ser castigado.


NOTAS

[1] Concepto, que se le da a aquella clase social que imita en todo a la burguesía, de Pedraza y Rodríguez, Manual de literatura española VII.
[2] Cita de Benito Pérez Galdós.
[3] Ficha académica, citada por José Arenas.
[4] Cita de Fedro Guillén.
[5] León Tolstoy, Ana Karenina, pp. 420-421.
[6] Juicio académico, citado por José Arenas.
[7] Cita de Jorge Ibargüengoitia.
[8] Cita de José Arenas.
[9] A mí no me importaría.
[10] Cita de José Arenas.


@ Contactar con la autora: karen.samar05 [at] gmail.com

Ilustración artículo: L.N.Tolstoy Prokudin-Gorsky, Sergey Prokudin-Gorsky [Public domain], via Wikimedia Commons.

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Revista Almiar – n.º 61 / noviembre-diciembre de 2011MARGEN CERO™Aviso legal

 

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