relato por
Manuel Pozo Gómez

 

—¿A qué sabe un beso, capitán? —dijo la mujer con voz quebradiza tras un prolongado silencio, bajando ligeramente la mirada y manteniendo la taza de café a la altura de los labios, como si quisiera ocultarse tras ella.

Sofia Rotesbild no podía saber en aquel momento que su pregunta iba a condicionar el resto de sus días, sin embargo, nada más pronunciar la última sílaba sintió un escalofrío y el deseo de recuperar los últimos segundos para adueñarse de unas palabras que lamentaba haber dicho. Transcurrieron unos instantes en los que parecía que la pregunta no había salido de su imaginación, que no tendría respuesta porque todavía era una idea sin expresar. Dejó la taza sobre el plato de café con tanta delicadeza que apenas se oyó el tintineo de la porcelana al chocar entre sí, se puso en pie con elegancia, con una solemnidad que había aprendido desde pequeña y atravesó el salón haciendo crujir a su paso el desvencijado suelo de madera. Se detuvo junto al ventanal, descorrió levemente la pesada cortina y apoyó la frente en el cristal gélido permitiendo que un haz de luz amarillento que provenía de las lámparas de la iluminación exterior se enredase en los adornos de su vestido rojo de encaje. El capitán la siguió, fue detrás de ella en silencio, como una fiera que procura levitar sobre la maleza reseca para no dejar huellas de su paso. La rodeó con sus brazos, adivinando que ese momento era propicio para que la joven recibiese por primera vez el abrazo de un hombre, la miró fijamente a los ojos, y contestó.

En aquellos años era difícil encontrar en el ejército un oficial con la reputación del capitán Wolf, que había sido distinguido varias veces con las condecoraciones más prestigiosas por las victorias cosechadas en nombre del Emperador. Perseguía a sus enemigos de forma implacable organizando a sus hombres en grupos reducidos, muy ligeros, que actuaban con una sincronía perfecta. Acechaba a las tropas enemigas día y noche recorriendo grandes distancias, eludiendo siempre la lucha en campo abierto. Su forma de combatir le permitía separar a las unidades más pequeñas de la formación principal y después aislar a sus individuos para atacarlos y exterminarlos sin piedad. El capitán Wolf jamás torcía el gesto cuando desde su caballo descargaba su sable en el cuello de algún soldado enemigo como si fuera la dentellada de un lobo hambriento, jamás volvía la vista atrás, no conocía el significado de la palabra clemencia.

En la Corte se comportaba como un hombre distante que pasaba gran parte de sus días libres recluido en la residencia de los oficiales, sintiéndose cómodo únicamente en la vida del acuartelamiento, entre los demás soldados. Era respetado por su valor y temido por su fama de alimaña inclemente. Rara vez asistía a las frecuentes fiestas de sociedad o se dejaba ver en los clubes selectos en los que sin duda hubiera sido muy bien acogido por su reputación pero, sin embargo, no le disgustaba caminar al atardecer entre los árboles de la calle más importante de la ciudad, la Avenida Imperial, como si al pasear cuando se diluyen las luces del día entre las primeras sombras de la noche encontrase una paz que a su espíritu se le negaba en otros momentos. Cuando llegaba el buen tiempo era una costumbre arraigada entre los nobles y las clases acomodadas pasear bajo los tilos de la Avenida Imperial haciendo ostentación de sus carruajes, sus criados y sus vestidos. Fue allí, a finales de la primavera, donde un oficial de su mismo regimiento, el 8º Regimiento de Húsares del Danubio, con el que compartía el paseo de aquel día, le presentó a la Condesa de Rotesbild y a su nieta Sofía. El capitán Wolf se llevó la mano al chacó, se descubrió ligeramente, clavó sus ojos grisáceos en las dos mujeres e inclinó respetuosamente la cabeza. La joven, desde el coche, devolvió el saludo con una sonrisa abierta que no tardó en ocultar tras un finísimo abanico de seda.

Todas las personas que se relacionaban con el capitán Wolf comprobaron, no sin cierta sorpresa, que a finales de la primavera el oficial comenzó a mostrarse menos taciturno, aunque la mayor parte de ellas desconocía el verdadero motivo de ese cambio de actitud. El militar, a través del amigo común que los presentó, se había informado de las costumbres de la condesa y se había adaptado a ellas. Ya no era difícil verle en los bailes de la alta sociedad a los que los oficiales del Emperador eran invitados habitualmente, o a los que él se hacía invitar moviendo ciertas influencias para coincidir con la noble y su nieta. Convirtió la asistencia al teatro en una de sus actividades más comunes, e incluso ocupó una butaca de platea, como correspondía a su graduación, en los dos conciertos que tuvieron lugar a comienzos de verano en la ciudad, que se habían anunciado profusamente por la importancia de los compositores, y desde allí observó y se sintió observado desde los palcos. Por supuesto, no faltó ni un día, siempre que el servicio se lo permitía, a su paseo habitual por la Avenida Imperial.

El capitán Wolf no tardó mucho tiempo en recibir una invitación de la Condesa de Rotesbild para tomar el café en su mansión y, desde ese momento, las visitas se convirtieron casi en diarias. Solían tomar el café en el salón principal, en la segunda planta de la casa, por lo general acompañados por otros invitados, aunque a veces, cuando el calor lo permitía, lo hacían en el porche, a los pies de los amplios jardines. Normalmente la condesa imponía sus temas de conversación y, sobre todo, cuando se hablaba de pintura y música, se mostraba muy vehemente. Sofía siempre aparecía junto a ella, discreta, sin manifestar una opinión que pudiera contradecir las expresadas por su abuela. Los invitados eran miembros de la nobleza, viejos amigos de la familia, algún religioso, en definitiva gente de confianza que no osaba llevar la contraria a la condesa. El capitán Wolf dejó pronto de ser un extraño en aquel círculo y su opinión era requerida con frecuencia cuando las conversaciones se desviaban hacía el escabroso tema de la política y la actividad de los ejércitos. Pero el capitán, hábil con las armas, demostró ser hábil también en el manejo de las conversaciones comprometidas y aprendió a eludir las preguntas incómodas narrando alguna anécdota intrascendente.

Uno de los últimos días del verano el rostro del capitán Wolf reflejaba una expresión sombría que la joven Sofía no había advertido, pero que no pasó desapercibida para su abuela. La condesa decidió que entre el militar y ella ya existía la suficiente confianza como para preguntarle directamente por el motivo de su preocupación. Expresó su deseo de dar un paseo por los jardines —sus deseos eran órdenes en aquella casa— tomó al capitán del brazo y poco a poco fue retrasando el paso hasta separarse ligeramente del resto de invitados. En ese momento la mujer aprovechó para iniciar la conversación:

—Noto un ligero poso de tristeza en vuestros ojos, capitán.

—¿Por qué lo decís, condesa? En realidad no estoy ni más ni menos triste que otros días —contestó el militar, que ni siquiera intentó hacerse el sorprendido, pues de alguna manera se esperaba la pregunta de la condesa.

—Insisto capitán. Soy lo suficientemente vieja como para distinguir que hay alguna razón que os preocupa, algo grave que sin duda se refleja en vuestro rostro.

El capitán Wolf dejó pasar unos segundos antes de contestar. Se detuvo, se giró hacia la condesa, respiró hondo y pensó que era el momento de sincerarse y decir las cosas mirando directamente a los ojos.

—Pasado mañana parto con mi regimiento para el frente oriental, señora.

Esta vez fue la condesa quien no se mostró sorprendida con las palabras del capitán, puesto que por su posición social y sus influyentes amigos conocía los planes del Emperador de reanudar la guerra, aunque no sospechaba que el envío de nuevas tropas fuese tan inminente.

—¿Y cuándo pensabais decírnoslo, capitán? —inquirió en un tono neutro de voz.

—Llevo días pensando cómo hacerlo, condesa, por vos y por vuestra nieta Sofía, a la que ya habréis adivinado que considero una mujer fascinante. En cualquier caso —continuó el  capitán  cambiando  el  tono  de  voz  por  otro  menos intimista—, lo que os he dicho con relación a mi marcha es confidencial y confío en vuestra discreción.

En contra de su costumbre la Condesa de Rotesbild decidió permanecer aquella tarde en su mansión y no acudir al paseo de carruajes. Despidió a todos sus invitados menos al capitán Wolf, al que rogó que se quedase a cenar. Le pidió que se instalase en el salón y que les diese algún tiempo a ella y a su nieta para vestirse adecuadamente. Había transcurrido algo más de una hora cuando las dos mujeres regresaron al salón. La condesa apareció con un vestido clásico, de color blanco, con una falda de aro amplia, muy acorde con el estilo de la época; lucía elegantemente una gran cantidad de joyas que solo se ponía en ocasiones muy especiales. Sofía también llevaba un vestido con una falda de aro, pero el suyo era de color rojo, tenía menos volantes y un vuelo más amplio que el de su abuela. El corpiño se ceñía en la parte superior marcando su joven y femenina silueta y terminaba en un escote de hombros caídos que dejaba al descubierto sus hombros y su cuello. Apenas llevaba joyas, solo una fina pulsera en la mano derecha y unos pendientes alargados con piedrecitas angulares que combinaban con el vestido, y una gargantilla con un discreto colgante de rubí que se realzaba aún más sobre su piel blanca.

Al terminar la cena la condesa se excusó con su invitado y su nieta y abandonó el salón, dejando a los jóvenes solos en la estancia principal de la casa. Por primera vez Sofía se encontraba a solas con el capitán Wolf. La intimidad con el héroe cuyo nombre corría de boca en boca desató una tormenta de contradicciones entre los férreos valores morales de Sofía Rotesbild y los impulsos de su juventud. Se mostraba nerviosa, mirando una y otra vez hacia la puerta por la que se había ido su abuela, preguntándose el porqué de aquella ausencia súbita, e inició una conversación que fue estrechando poco a poco la distancia entre los dos.

—Sofía, pasado mañana parto con mi regimiento hacia el frente —dijo el capitán al poco tiempo, con la misma sequedad con la que impartía las órdenes a sus hombres.

Sofía Rotesbild permaneció en silencio. Recibió aquellas palabras igual que se recibe el impacto de una ola en el mar. Cuando reaccionó tardó en formular su pregunta un instante, el tiempo que necesita un deseo incontrolable en romper las ataduras que le sujetan, y tardó en arrepentirse otro instante, el tiempo que necesita un joven corazón enamorado en delatarse.

Sofía formuló su pregunta y en vez de esperar la respuesta mirando a los ojos del hombre dejó su taza sobre el plato de café, se puso en pie lentamente y atravesó el salón haciendo crujir sus maderas resecas para dejar escapar su mirada por el ventanal, dando la espalda a los labios que debían contestarle. Sofía preguntó, simplemente, con la inocencia de sus diecisiete años recién cumplidos, a qué sabe un beso.

—¿A qué sabe un beso, Sofía? —dijo el capitán, acercando sus labios al rostro de la mujer, que mantenía la frente apoyada en el gélido cristal—. Los más inocentes provocan la sensación de rozar un pétalo con los labios, otros son ácidos y quisieras no haberlos dado nunca. Los hay espesos como el sabor de la sangre…

—Capitáaan… —susurró ella.

—Hay besos que no se dan con los labios, sino con los sentidos, con la memoria. Cada beso es diferente, hay besos que te condenan para siempre, otros que te enamoran para siempre…

Durante las semanas siguientes nada había cambiado, aparentemente, en el condado de Rotesbild tras la marcha del capitán Wolf. Un fondo de tonos grises se apoderaba de la ciudad hasta que la noche dejaba desiertas sus calles. El otoño anunció su llegada con lentitud coloreando de amarillo las hojas de los árboles de la Avenida Imperial, que al caer crujían doloridas al paso de los carruajes. Las noticias sobre la marcha de la guerra se extendían por los arrabales igual que la bruma de la mañana, casi siempre confusas, la mayoría de las veces difundidas por soldados que regresaban heridos del frente. La Condesa de Rotesbild apenas recibía invitados y Sofía pasaba la mayor parte del día junto al ventanal del salón, con la mirada perdida hacia la linde del bosque cercano, o sentada bajo la pérgola del jardín, sintiéndose de ese modo más cerca del camino que venía de la ciudad y se abría paso entre los árboles para llegar dócilmente hasta la casa.

Una de aquellas tardes se destacó sobre el color ocre del camino la silueta de un jinete que se dirigía con paso lento hacia la mansión. Preguntó a los criados por la condesa y se hizo conducir hasta ella, que ya esperaba al hombre, de pie, en el porche que tantas tardes de verano la había acogido a ella y a sus invitados para conversar airadamente con una taza de café en las manos. Sofía Rotesbild había bajado corriendo las escaleras y se había situado en silencio detrás de su abuela, temerosa, como si ya hubiera adivinado que el trote cansino del jinete era el augurio de una mala noticia.

—Condesa, tengo el sentimiento de comunicaros una triste noticia. Se trata del capitán Wolf. Nos pidió que en caso de muerte un oficial del regimiento se lo comunicase a su excelencia, y a su familia, en persona —el oficial se mantuvo en silencio durante unos instantes, esperando una respuesta que no llegaba, por lo que continuó dubitativo—. Murió en campo abierto al cargar contra un enemigo cinco veces superior en número. Se sacrificó y sacrificó a sus hombres para permitir la retirada del resto de las tropas, que estaban sufriendo una severa derrota.

Sofía Rotesbild se mantenía en silencio, con un temple impropio de su juventud. Miraba a los ojos del oficial como si pretendiese ver en ellos la mirada cristalina del hombre al que esperaba, miraba los botones dorados de su uniforme, sus charreteras, sus divisas, miró su boca, sus manos, buscó en él cualquier recuerdo por mínimo que fuera del capitán Wolf. Después se giró, entró en la casa corriendo y se dirigió a su habitación mientras que la condesa hacía un gesto al oficial, en parte de agradecimiento, en parte excusándose cortésmente para ir en busca de su nieta.

Los días transcurrían con lentitud en la habitación de Sofía Rotesbild, que no se había levantado de su cama desde que el oficial de húsares comunicó la muerte del capitán Wolf. Las paredes se transformaron en los muros de una cárcel voluntaria, los dibujos que decoraban la estancia se convertían durante las noches en seres monstruosos de unas pesadillas que la atormentaban. Pidió que retirasen los cuadros, como si en la desnudez de las paredes pudiese encontrar un rescoldo de paz. Con frecuencia lo único que llamaba su atención era el agua de la lluvia que golpeaba las ventanas y formaba rostros caprichosos al dispersar sus gotas en los cristales. El agua, al golpear en el alfeizar, sonaba como una partitura que acercaba las palabras del capitán Wolf a sus oídos entre el sonido metálico de los sables, que acercaba la boca del capitán a sus labios explicándole a qué sabe un beso y que pronunciaba por última vez su nombre antes de morir, Sofía.

Un par de criados fieles se encargaban de su cuidado, y su abuela, que apenas se separaba de ella, la veía languidecer con desesperación. Lo había intentado todo para sacarla de su abulia, había hecho llamar a sus mejores amigas, a las que ella no quiso recibir, citó a los mejores médicos de la ciudad, que coincidieron en su imposibilidad de diagnosticar un mal físico que afectase a la joven, pasó noches enteras junto a ella, días completos en los que apenas soltaba su mano blanca…

Llovía. Una vez más llovía a finales de aquel invierno y el agua, y la bruma y el cielo gris plomizo envolvían la mansión de la Condesa de Rotesbild. La mujer había pasado la tarde junto al lecho de su nieta, con un libro sobre las piernas del que apenas leía unas cuantas páginas de vez en cuando. Sofía tenía los ojos abiertos, se mostraba serena, menos angustiada que otras tardes, llevaba su mirada desde la ventana al techo y del techo a la lámpara de la que conocía todas las formas, el revirado de sus brazos, la suspensión de sus colgantes de vidrio, el vuelo redondeado de sus apliques… La condesa abrió la ventana y entró un soplo de aire fresco, se puso de puntillas, se inclinó hacia afuera y extendió su mano dejando que la lluvia la empapase, recogiendo algunas gotas en el hueco de su palma. Se giró, se volvió hacia su nieta y le mojó la frente y las mejillas con el agua recién caída. Después la besó y le preguntó con voz baja, tiernamente.

—Hija mía, mi pequeña… me lo tienes que decir. Me tienes que decir qué te sucede, qué ocurrió aquel día, el día que viste por última vez al capitán Wolf.

Sofía, cogiendo la mano de su abuela, con una voz débil, cansada, contestó: —No lo sé, abuela, de verdad que no lo sé. Simplemente… el capitán me besó y se fue.

arabesco relato El primer beso de Sofía Rotesbild

margencero-imgManuel Pozo Gómez. Es miembro del Grupo de Creación Literaria de la Casa del Reloj, en el distrito de Arganzuela (Madrid). Escribe relatos cortos desde hace unos cinco años y desde entonces ha ganado algunos certámenes, entre ellos el XXXIV Certamen Puente Zuazo, el XI Concurso de Relatos Cortos Memorias y cuentos del Moncayo y el XIX Certamen Literario Villa de Grazalema. El relato aquí publicado obtuvo el segundo puesto en el XXIII Certamen Literario Villa de Iniesta. Junto a otros autores del Taller de Creación Literaria ha publicado recientemente el libro de relatos Madrid Sky, que se desarrolla en un hotel imaginario de la citada ciudad.
(Más información sobre este libro en:
http://primaduroverales.wordpress.com/).

Contactar con el autor: mpozo1961[at]yahoo.es

Ilustración relato: The captain of hussars, By kdkirina5@mail.ru
(http://unicorna-mira.livejournal.com/615882.html) [CC-BY-SA-3.0
(http://creativecommons.org/ licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons.

 
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