relato por
José L. Fernández Pérez

 

Como mariposas de aceite nadan las luces de las farolas; casi ni se ven, sumidas en la negra y pringosa noche de Badajoz. Son plegarias diminutas, que no alumbran sino a sí mismas, miguitas de pan encendido dejadas caer con determinismo, como si en todo momento alguien con muy buena voluntad pretendiese marcarnos la humilde vereda del retorno. No han aparecido todavía los primeros pájaros de fuego que se las coman, que nos ayuden, involuntariamente, a perdernos, a no llegar a ese sitio de donde creímos salir para siempre un día y adonde el mismo día acabaríamos regresando. Por lo general, en las tertulias del Gran Café Victoria, me encuentro con antiguos escritores trasnochados, que hoy regentan negocios o cargos en los que la relación social es indispensable y la literatura una excelente excusa.

Comienzo tomando una cervecita fría, si es verano, hasta que todo el mundo llega y saludo a los tres o cuatro que me dirigen la palabra. Después cambio la espuma amargosa de la rubia por un vino tinto o blanco, según me dé, aunque los persistentes regüeldos de la cerveza siguen espantando a las también rubias y amargosas a las que desearía acercarme. Apoyo los codos sobre los rosetones del día, sellados por mis copas y por las copas de otros donnadies que no conozco, porque puede que no hayamos coincidido en el espacio ni quizá en el tiempo.

Casi siempre, hablamos en favor de estrellados que buscan reverdecer laureles, aunque sabemos perfectamente que no habrá lugar. Por eso todo se queda en recuerdos, en funestas semblanzas, como si cincuenta fuera la edad de jubilación de los escritores y sesenta la de su irremisible defunción. Como si el propio cuerpo enfundase el ataúd del escritor y, sus allegados de cera, no fuesen sino unas tristes velas para absorber las jaculatorias.

Disecamos letras muertas, noticias muertas, hablamos de sucesos muertos inventados a medida que los reconstruimos o los embalsamamos. Con rígida amargura, nos reímos antes (casi) de que venga alguna historia que se pretenda graciosa, y nos hacemos los compungidos cuando los oradores cuentan lamentables tragedias que, en realidad, nos dan risa. No hacemos más que aportar una textura, un brillo, al azul de los cadáveres, que reciben los mortuorios líquidos conservantes con contracciones impropias de la vida en sus gestos.

El Gran Café Victoria, es el gran café victoria, donde todas las chapuzas artísticas se adornan con pátina mayestática de plexi-glass, donde las madres ponen de largo a sus hijas feas y te cuentan, sin amenaza, los estudios de sus hijos, seguro que también feos, a los que siempre les va muy bien en el extranjero, en el extranjero, capital. Donde la oratoria emasculada engorda la letra de los libros; donde todos se dan de tortas, como en número de payasos, por conversar con el influyente, que suele ser un alto funcionario, divorciado y de renta antigua. Donde la tendencia es la novela histórica, como si sólo existiesen enigmas en la arquitectura de la España visigoda o inquietudes en las desconfiadas consideraciones de Felipe II. Castrados, pero bien gordos. Y se vende bien, y a la literatura ya le harán sitio en las contraportadas. Y qué tal sus pacientes. Me he comprado un nuevo coche. Oh, su hijo estudiaba en… Y yo nunca pensé que fuese tan difícil ejecutar un birdie con semejante aire. Aunque, bueno, ahora le han financiado con una beca de investigación… ¿Aire? ¿se refiere al viento? En Bruselas. No, me refiero al aire… Se puede hablar y hasta, si se quiere, escribir. No está permitido leer por libre. Ni escuchar.

El gran café victoria, cenáculo donde los condenados a muerte engullen su último plato de arroz. Es, al tiempo, antesala del fracaso y patíbulo social. Muerte que no pone fin a la vida y vida autómata para el cadáver. Los versos, inocuos y templados, medio duros, medio blandos, malolientes, residuos de la sustancia vital. Gargantas e intestinos gruesos que hablan de cosas nuevas, de auténticas bombas editoriales. Bombas que no quedarán página sobre página de nada. Búnker contra la radiación de la vida. Epicentro de la senectud y quietud siniestra en los jardines de infancia. GCV, siglas grabadas en el botón plateado y reluciente que pulsaremos con tenacidad hasta observar que un torbellino de agua arrastra hacia nadie sabe dónde un número selecto de vidas y letras encuadernadas.

Gran Café Victoria. Tacita mínima de infusión de achicoria con regusto a derrota, a continuidad del fin y a fin de todo principio. Nota clásica, producto del maridaje de tales caldos con el matiz tostado de los cacahuetes (no más de tres) que vienen meneándose en el platillo dorado del barman.

—¿Qué te ha parecido?

—Me ha encantado —respondo a todos, mientras eclosionan los tres extraños huevos en su reluciente nido de alpaca. Y quedan las cáscaras allí muy puestas en el mismo platillo, testigos del nacimiento de esmirriados pájaros de cartón que nunca se atreverán a dar el salto primero.

A falta de batir de alas, vienen, por fin, los aplausos.

Muchos aplausos en el gran café victoria.

 

espaciador relato Gran Café Victoria

«Solo sé que me gusta escribir y leer cuentos, cuentos para meditar, para reírse, o llorar, excitarse, cabrearse… Comencé estudiando ingeniería industrial y decidí que quería ser escritor el día en que un profesor presidió un examen totalmente cocido. Nos confesó que venía de la presentación de un libro, en el Gran Café Victoria. Aunque su pelo era blanco y escaso, como si fuese calvo y hubiese atravesado un desván plagado de telarañas, ese día decidió teñirse el pelo de un negro azabache. Yo no sé qué andaría en su cabeza cuando, sin ton ni son, comenzó a entonar Mami, cómprame un negro. Mi creatividad se vio sobrepasada, tenía que escribir algo, si no, terminaría haciéndole los coros, en primera fila. En apenas dos folios del examen escribí el cuento que les adjunto. Un tipo horriblemente teñido, tratando de imitar la voz de Marujita Díaz, recién llegado del Gran Café Victoria… No podía resistirme…» (José Luis Fernández Pérez).

Contactar con el autor: acpepe2000 [at] yahoo.es

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 72 / enero-febrero de 2014 MARGEN CERO™Aviso legal

 

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