relato por
Pablo Sandino Chevez

 

La impotencia que produce saber la verdad de lo ocurrido, me lleva a deprimirme a tal extremo de querer suicidarme. He proclamado por todas las celdas, en cada pasillo de este lugar no ser culpable sobre el crimen de mi esposa. ¡Maldita sea! ¡Yo no lo hice! ¿No existe algún método capaz de leer los recuerdos y así darse cuenta que yo no la maté? Es inútil, nadie creerá mis compulsivos reproches. Me toca sobrevivir detrás de estos barrotes y escribir lo sucedido aquella madrugada. Sin embargo sé que, al igual que todos, no creerán mi defensa y mucho menos al saber que por unos momentos no poseía dominio de mi propio cuerpo, y solo presenciaba sin posibilidad de hacer nada, aquella indescriptible escena.

Hace dos años me casé con la que fuera mi esposa. Todo era relativamente normal en nosotros como cualquier otra pareja. Nos mudamos a un apartamento lujoso en un condominio exclusivo. Mi trabajo como doctor me generaba muy buenos ingresos que unidos a los de ella nos permitía vivir muy cómodamente.

Compartíamos gustos muy similares. Podría decirse que éramos una pareja normal, exceptuando por secretos que yo guardaba en mí mismo. «¿Qué pareja no tiene secretos?», pensaba yo. El hecho de vivir juntos no obliga a nadie a tenerlo todo al descubierto. Y por esa razón teníamos roces de vez en cuando, pero nunca de llegar a un extremo de agredirnos o maltratarnos verbalmente uno al otro.

El problema no era la desconfianza que ella me insinuaba, radicaba más que todo en el secreto tan… absurdo, si se podría llamar así, que yo poseía.

Debí decírselo antes de que todo sucediera, pero temía que me abandonara o pensara que lo inventaba para alejarme de ella. La amaba. La amo todavía. ¿Pero cómo decirle que desde joven sufro, de manera esporádica, lo que algunas personas llaman como «viaje astral» o más conocido como la separación que sufre el alma del cuerpo? Reconozco que parece sacada de alguna película de terror, pero el terror se haría realidad al llegar a aquel lujoso apartamento.

Nuestro nuevo hogar era lo que esperábamos. Con detalles y acabados muy finos. Era perfecto. Se ubicaba en el tercer piso de aquel edificio. Hasta ahí todo iba de acuerdo a lo planeado.

Localizamos una empleada para el aseo de nuestro apartamento. Era una mujer joven muy educada. Uno de los apartamentos de al lado se encontraba ocupado por el Señor Hardy. Era un abogado de una trayectoria muy reconocida en la ciudad. Lo había visto por televisión en algunas ocasiones en las que tuvo que defender a diferentes personas reconocidas por los medios de comunicación. Parecía ser una persona un poco retraída detrás de aquellas canas que le cubrían gran parte de la cabeza. Su semblante daba el aspecto de ser un hombre muy serio y poco sociable. Pero mis insinuaciones serían contrariadas al ver una gran disposición de parte de él en cualquier asunto que ocupáramos. Preferiblemente en casos legales, decía en son de broma.

Pasaron algunas semanas antes de que tuviera mi primer viaje astral en mi nuevo aposento. Sé que tendrán curiosidad por explicarles qué se siente en esos instantes. Sin embargo los desilusionaré al decirles que ya es algo tan normal en mí que no le veo lo maravilloso. ¿Por qué sufro este tipo de situaciones? No lo sé. Algunas personas nacemos con ciertos dones o habilidades que no les encontramos el propósito. Ese era mi caso.

Esa primera vez desperté en medio de la noche sin ningún contratiempo. Me senté al borde la cama. Sabía que si observaba hacia atrás encontraría un cuerpo sin aliento, vacío, totalmente desprovisto de toda capacidad cognitiva. El motor capaz de moverlo ya estaba a unos pasos lejos de él. Miré a mi esposa, dormía profundamente con la boca entreabierta, gesticulando algunas palabras en silencio. Me detuve a observar mi cuerpo detenidamente. Aquello era increíble, era capaz de verme a mí mismo acostado. Era una especie de títere sin alguien que manejara sus cuerdas. En esos momentos me siento liberado, como si un gran peso de encima se quitara de mis hombros, sentía que podía volar en medio de la noche e ir a cualquier parte donde quisiera. No obstante nunca me alejaba de mi cuerpo en medio de la habitación. Me aterraba la idea de alejarme demasiado de él y después no encontrar la forma de regresar. Solamente disfrutaba ese momento en donde sentía una relativa calma. Me acosté sobre mi cuerpo nuevamente y desperté hasta que los rayos del sol se asomaban por las ventanas.

Desde ese día, la empleada comenzó a sufrir cambios en su manera actuar. Ya no la observábamos sonriente y se comportaba torpe en las labores cotidianas. Nunca me animé a preguntarle qué sucedía. Temía que la razón se debiera a mi extraña habilidad, ¿pero cómo podría ella saberlo? En ocasiones me miraba con cierto recelo. Se detenía en la labor que estuviese haciendo y hasta que no volteara mi cabeza en su dirección no proseguía con su trabajo.

Se lo conté a mi esposa. Ella al parecer no le gustó mucho ese comportamiento de parte de la empleada. Seguramente pensaba que ella debía estar sintiendo algo por mí. Le expliqué que su mirada era todo lo contrario a una mujer enamorada, era más bien el de una persona atemorizada.

Los días pasaron y la eficiencia que antes poseía la pobre mujer iba decayendo lentamente. Llegaba tarde al apartamento sin dar ninguna explicación. A veces tenía que soportar los quejidos de mi esposa por la ropa mal lavada o algún objeto roto que encontraba después de regresar del trabajo. Hablamos muy seriamente con ella del tema, pero esperar alguna respuesta de aquellos labios quebradizos parecía tarea imposible. Así que le explicamos que debíamos prescindir de sus servicios. Eso pareció traerla de regreso a la tierra. Arrodillada delante de nosotros, con delgadas líneas de lágrimas en sus mejillas nos pedía una última oportunidad. Mi esposa le pidió que se levantara y con una sonrisa le respondió que se lo concedería pero si no mejoraba debía abandonar el trabajo.

Esa misma noche de nuevo experimenté uno de mis viajes. Me levanté y fui directamente a la ventana del apartamento. Afuera todo se mantenía muy tranquilo. Algunos automóviles corrían a gran velocidad por las solitarias calles. De repente me sentí extraño. Era la primera vez que me sentía así. Una angustia que no encontraba explicación. Di media vuelta. Mi esposa acostada en la cama a medio cobijar, un libro encima de la mesa de noche, un cuadro con el retrato de un velero antiguo colgando en la cabecera de la cama. Todo parecía estar en su debido lugar, sin embargo aquel cuerpo inerte desprovisto de toda vida no se encontraba al lado de mi esposa.

«Es imposible», pensé. Debía estar ahí en el mismo lugar de siempre. Traté de recordar. Tal vez debí quedar dormido en la sala o en algún otro lugar. Pero no, sabía que le di el beso de buenas noches a mi esposa y me arropé a causa del frío que sentía horas atrás. Miles de pensamientos comenzaron a dar vueltas a mi alrededor. No me movía, ni pensaba hacerlo. Uno de ellos alivió un poco mi temor. En cualquier momento volvería a mi cuerpo, mis viajes no duraban muchos minutos. Solo quedaba esperar. «Pero cuando regrese a mi cuerpo, no despertare hasta la mañana, y ya para ese momento mi esposa se levantará y quién sabe dónde me encontraría o en qué estado». Poco a poco sentí que dormía de nuevo, ese era el momento en que regresaba a mi cuerpo atraído como un poderoso imán.

Unas sacudidas me hicieron despertar. Era mi esposa que me llamaba con aspecto temeroso. Me encontraba en el sillón de la sala. Muy angustiada me preguntó por qué me había trasladado hasta ahí. No sabía qué decir. Le dije que no podía dormir y me levanté a leer un libro y debí quedarme dormido en el sillón. «¿Y dónde está ese libro?», me preguntó con una clara duda en su rostro. Por suerte el timbre sonó en ese momento, era la joven empleada.

Me sentía muy pesado e incómodo. Como cuando pruebas unos zapatos nuevos y no estás acostumbrado a ellos. Sentía dolor en algunas partes del cuerpo y no sabía el porqué. A como pude me alisté para ir al trabajo. Mi esposa se despidió de manera natural. Era un alivio, había olvidado lo sucedido. Estaba desayunando en la mesa, lo de la noche anterior aún turbaba mi mente. La joven llegó y me sirvió un poco más de té. No me di cuenta de su presencia hasta el momento en que abrió su boca para hablar.

—Sé lo que sufre…ya he visto esa frustración en otra persona —dijo en voz baja.

—¿A qué se refiere? —dije temeroso.

—Sé que se enojará, pero en días anteriores, mientras limpiaba los libros que tiene, no pude evitar ver que gran parte de ellos habla sobre temas sobrenaturales. Del alma y esas cosas.

—No veo nada de extraño en ello. Ese tipo de investigaciones me han fascinado desde niño —dije tratando de excusarme.

—Es lo que quiere hacerle creer a su esposa. Subraya con detenido cuidado algunos párrafos de esos libros y los apuntes que hace a los pies de las páginas, me hacen creer lo contrario —dijo un poco temerosa—. Además… ya había visto ese tipo de investigaciones en otro lugar.

—¿En dónde? —dije después de un breve silencio y con gran curiosidad.

—En… solo debo decirle que tenga mucho cuidado —se acercó lentamente a mi oído—, lo están observando —dijo, sintiendo su aliento caliente sobre mi oreja.

Me levanté tan rápido como un relámpago. Estaba a punto de contestarle de forma grotesca. Me contuve. Terminé de alistarme y salí inmediatamente. Ella sabía mi secreto. Ahí comencé a preguntarme quién era ella realmente.

Afuera me topé con el señor Hardy. Descendíamos por el ascensor. Me saludó amablemente y no dudó en preguntarme si me sucedía algo. Le respondí que estaba bien, solo un poco preocupado por una operación muy delicada que debía realizar pronto. No me creyó. Se le notaba en su mirada.

—Quiero mencionar algo señor Bale. No quise decírselo anteriormente, pero sería descortés de mi parte no prevenirlo de su empleada —dijo preocupado.

—¿Qué sucede con ella? —pregunté muy interesado.

—Trabajó para mí unos meses atrás. Era algo extraña, siempre estaba nerviosa. A veces la encontraba husmeando en mis cosas personales. Hasta llegar a un punto en el que desaparecían objetos de valor de mi apartamento. ¿Comprende? —dijo mientras nos dirigíamos al parqueo.

—¿Es una ladrona? —dije un poco molesto.

—¡Oh!, no quiero que se haga alusiones sin tener pruebas, señor. Solamente trato de advertirlo. Yo no soporté aquella situación y tuve que buscar alguien que la sustituyera —dijo sonriente.

Quedé más preocupado de lo que estaba. Debía tomar una decisión. Hablé con mi esposa y le expuse las palabras del señor Hardy, no así lo sucedido en el desayuno. Inmediatamente tomamos la decisión de despedirla.

Mi sorpresa llego horas después. Era mi esposa llamándome temerosa por que la empleada no se encontraba en la casa. Lo primero que sobrevino a mi mente fue preguntar si no faltaba algo de valor en la casa. Todo estaba en su debido sitio, solo una nota escrita de ella expresando que ya no trabajaría para nosotros, sin dar ninguna explicación. Aquello me dejo con más dudas. «Déjalo así, estaba loca», pensé.

Todas las noches siguientes era una tortura ir a dormir. Me aterraba pensar que despertaría nuevamente y no vería mi cuerpo. Pasaron dos noches y no experimenté mis viajes. En la tercera desperté como a las dos de la mañana. Me dirigí a la ventana sin comprobar aún que mi cuerpo estuviese en la cama. No quería hacerlo, sabía que no estaba ahí. La angustia que sobrevino aquella noche la sentía en ese preciso instante. ¿Qué sucedía? Solo quedaba esperar el momento en que regresara a mi cuerpo sin saber de nuevo dónde amanecería esta vez.

Aquella noche estaba serena. El cielo despejado. La luna mostraba una sonrisa en el oscuro cielo. De repente unos movimientos extraños, abajo, en la parte frontal del edificio, me llamaron poderosamente la atención. Debía ser algún borracho que salía. Trataba de mantener el equilibrio pero se balanceaba estrepitosamente. En ese instante el terror se apodero de mí. Reconocía la vestimenta que llevaba puesta aquella persona. Era idéntica a la que yo llevaba puesto antes de dormir. Aquella figura volteó lentamente su cabeza hacia a ventana. ¡Era yo mismo caminando en las afueras del edificio! Sonrió tan naturalmente con gesto burlón. Dio media vuelta y se introdujo al edificio.

Creía saber hacia dónde se dirigía dentro del edificio. «¿Dios mío, qué es esto», pensaba atemorizado sin moverme de la ventana. Tenía que hacer algo, ¿pero qué? Escuché cerrar la puerta de nuestro apartamento. Alguien se aproximaba a la recámara botando algunas cosas en el camino. «Mi esposa, tengo que advertirle», era demasiado tarde, atravesaba su cuerpo sin poder tocarla. El llavín de la puerta se movía lentamente. Me quedé al lado de mi esposa. Lentamente la puerta se abría. Mi cuerpo se introducía aún tambaleante en la habitación. Llevaba una sonrisa maligna en sus ojos. Sus cejas arqueadas y sus ojos abiertos me decían que iba a cometer algo atroz.

Se hincó sobre la cama, arrastrándose hasta donde estaba mi esposa. Ella se medio despertó con sonrisa inocente y lo besó. Le decía que no era hora para tener intimidad. Pero él no quería eso, en sus ojos buscaba algo más. Siguió besándola. Levantó las manos como si le pesaran. Con sus dedos cubrió el frágil cuello de mi esposa. ¡Maldito, la estaba matando! No tuvo tiempo de pedir ayuda. La asfixiaba con todas las fuerzas. Mi esposa daba bocanadas de aire intentando respirar. Aquello era una pesadilla, sí, era una pesadilla. Yo la estaba matando, no, era mi cuerpo quien lo hacía. Mi esposa empezó a cerrar lentamente los ojos, las fuerzas se le acababan. Sus brazos cayeron pesadamente al borde de la cama. Un estúpido aire de triunfalismo se mostraba en mi rostro. Empecé a sentir sueño, era el momento de regresar.

Desperté muy mareado y tembloroso. Estaba de medio lado en mi cama. Sentía un arratonamiento en mis manos. Llevé mi mano hacia atrás. Ahí estaba mi esposa. Toqué su rostro, pero ella no hizo ningún movimiento. Posicioné mi dedo índice debajo de su nariz. No sentía ningún aire saliendo de sus agujeros. ¡Estaba muerta! ¡Yo la maté! Alguien tocaba estrepitosamente la puerta de mi apartamento. Era la policía. Minutos después, salía arrestado de aquel edificio.

El señor Hardy llegó un par de horas después. Me brindó amablemente ayudarme en mi defensa. No obstante me advirtió que el asunto se tornaba más complicado de lo que esperaba. Todo hacía indicar que el autor de ese crimen era yo. Las huellas en el cuello de mi esposa, el no encontrar ninguna puerta forzada o algo parecido que evidenciaría la presencia de alguien más aparte de nosotros dos en nuestro apartamento eran las acusaciones más claras en mi contra. Me explicó que llegaría el día siguiente con el fin de buscar más señales de mi inocencia, pero sin darme mucha esperanza. Quise explicarle que no se molestara más en probarlo, sin embargo callé con la esperanza viva de encontrar alguna pesquisa mas allá de lo que presencié esa noche.

Solo en un rincón de la celda trataba de contener mi llanto de frustración. Era inocente del crimen, pero cómo explicarlo. Todos en la corte se burlarían de mí al decirles que yo presencié cómo mi cuerpo sin control estrangulaba a mi esposa. Desesperación, esa era la palabra que sentía en aquella húmeda esquina. «Si tan solo la hubiera advertido», pensaba. Ya me hacía a la idea de pasar más de veinte años detrás de esos barrotes. Al fin y al cabo yo la maté, no con mis manos, la maté ocultándole mis experiencias de madrugada, mis secretos acabaron con la mujer que amaba.

El señor Hardy llegó puntualmente. Caminaba en dirección hacia él, esposado y vigilado por dos oficiales. Otros reos estaban en el salón de visitas. ¿Cuántos eran inocentes al igual que yo?

—Señor Bale he intentado hacer todo lo que está a mi alcance —comenzó diciendo con cara de angustiado—, pero las pruebas por parte de la fiscalía son irrefutables, siento decirlo de esta forma, pero no hay nada que demuestre su inocencia —se detuvo al ver que llevaba mi rostro sobre la mesa, realizando sollozos muy débiles—. Seguiré intentando pero no hay mucho por hacer. Sin embargo me gustaría escuchar su declaración de lo sucedido. ¿Qué sucedió? Dígame, tal vez encuentre algo que nos ayude.

Levanté mi rostro y sequé mis lágrimas con los brazos. Observé fijamente la mesa luchando contra mí mismo por contarle lo que realmente sucedió. Comencé lentamente explicándole mis vivencias de niño. Cuando le mencioné lo de los viajes astrales, me observaba con mucha curiosidad y atención, parecía muy interesado. Terminé mencionando lo de aquella madrugada. No le oculté absolutamente nada, detalle por detalle daba mi declaración.

—Bueno señor Bale, tengo que admitir que su declaración se sale un poco de…

—¿De lo normal? —dije interrumpiéndole.

—Sí, por supuesto —después me miró fijamente tratando de decir algo más—, pero creo y usted debe de pensar así, que esta historia es realmente absurda como para presentarla en el jurado. Lo mejor que podemos hacer en este caso es que admita su culpa y de ese modo se reduzca un poco la pena que se le…

—¡Demonios! ¡Yo no la maté! —dije eufórico.

Todos en el salón quedaron atónitos unos instantes. Cubrí mi rostro con las manos llorando por mi desgracia. El murmullo de las personas a mi alrededor era lo único que percibía en ese momento. El abogado no decía nada.

—Algunos secretos propios traen consecuencias sobre las personas que más apreciamos. ¿No cree Señor Bale?

Esa frase me pareció una bofetada a mi cruda realidad.

—¿Es usted mi abogado o mi psicólogo? —dije furioso.

—Creo que la palabra más conveniente sería su verdugo —respondió sonriendo.

Sus facciones cambiaron inmediatamente. En su rostro se dibujaba una expresión de maldad que ya lo había visto anteriormente. Sí, era esa misma sonrisa, esas cejas arqueadas, esa sensación de maldad que producía, la misma que observé en mi propio rostro aquella noche. ¿Cómo era posible?

—Veo en su mirada un profundo temor señor Bale, así que le aclararé sus dudas —entrelazó los dedos de ambas manos—. No es el único que sufre esas experiencias al dormir. La empleada que trabajaba para ustedes, también lo hizo para mí. Ella husmeaba en mis investigaciones y no necesariamente sobre leyes. Se dio cuenta que mis investigaciones iban muy relacionadas con temas espirituales y cosas que a cualquier persona atemorizarían. Un día, cuando me dirigía al trabajo, ella me saludó amablemente, yo actué de igual forma, pero antes de entrar de regreso al apartamento vi que llevaba en su brazo un libro. Lo reconocí inmediatamente. Yo poseo uno igual. Ahí fue donde me di cuenta que no era el único en el edificio con singular habilidad. Sé que seguirá preguntándose a qué viene todo esto y trataré de hacer menos lento su sufrimiento de curiosidad.

Introdujo la silla aún más a la mesa de modo que nadie lo escuchara.

—Siempre he querido saber por qué sufro esas experiencias, de ahí todas las investigaciones que he hecho en mi vida, sin embargo el ser humano posee ese sentimiento de poder, un sentimiento de poseer el control y conocimiento de todo lo que sucede a nuestro alrededor, y yo no estoy exento de ello. Así que siempre he querido llevar mi «don» a un nivel más elevado que el de los demás. Con el tiempo me di cuenta que podía explorar cualquier lugar que quisiera en esos viajes. ¡Pero quería aún más! Y de esa necesidad en querer ampliar mi capacidad sobrevino una pregunta.

Estiró su cuello tratando de acercarse aún más a mí.

—¿Por qué no poseer un cuerpo a mi voluntad? —mostrando una larga sonrisa.

El color de mi rostro desapareció en un instante.

—Tranquilo señor Bale no querrá irse sin explicarle el meollo del asunto —dijo burlándose al ver que me levantaba de mi asiento dispuesto a encimarme sobre él, mientras los guardias me miraban detenidamente.

—Sin embargo me di cuenta que tenía un gran obstáculo en mi sed de querer experimentar. Para poseer un cuerpo, este tiene que estar vacío. En otras palabras, otra persona debe poseer el mismo privilegio que nos regaló la naturaleza. Mi profesión me daba una ventaja, con cada cliente que tenía en mis manos le formulaba preguntas con el fin de encontrar ese perfil. Al ser abogado evidentemente no les parecería extraño todo tipo de preguntas. No obstante nunca encontré lo que buscaba —clavó su mirada como un demonio sobre mí—. ¡Oh!, pero vea qué extraña son las coincidencias o el destino estaba de mi lado al llegar usted.

—¡Usted la asesinó! —dije cerrando con fuerza los puños.

—Tengo que reconocer que al principio se me dificultó controlar su cuerpo. Era normal, debía acostumbrarme a mi nueva vestimenta. Pero sé que usted también investigaba y no podía darme el lujo de esperar a tener el control total sobre usted. Entonces llegó esa noche, sí, la noche en que usted asesinó a su esposa —soltó una risa entre dientes—. Mentiría si digo que no lo disfruté, siempre había querido sentir con mis propias manos asesinar a alguien. Bueno, en este caso eran las suyas.

Me levanté de mi asiento rojo de furia. Rápidamente dos oficiales me apuntaban con su arma. Me tomaron de mis brazos para regresar a mi infierno.

—Siento lo que sucedió con su esposa —dijo con voz seria—. Por siglos, en el proceso de las investigaciones y los experimentos, el ser humano ha tenido que hacer sacrificios en el camino, pero no han sido en vano —antes de darse media vuelta expresó: Prepárese a cumplir su condena, será muy larga, tal vez si se declara enfermo mental pueda librarse, eso ya no me compete en lo absoluto. No sé si podré realizar la hazaña nuevamente, quizás pasen años o nunca vuelva a suceder, pero me voy satisfecho de haber llevado mi poder más allá de lo imaginado —y salió a paso lento del salón silbando de alegría.

Así sucedió todo y sé que estaré por muchos años aquí. Todas las noches lloro de angustia, recordando a mi esposa. Ojalá me perdone, donde quiera que esté, el no revelar mis secretos por estúpidos que fuesen. Al menos tengo mi conciencia tranquila de no haberla matado, sí, yo sé que mis manos están libres de toda culpa, porque yo no la maté… ¿o sí?

 

 

separador línea roja Viaje astral

Pablo Sandino Chevez.  Nació en Granada, Nicaragua, un 28 de noviembre de 1988. Actualmente reside en Costa Rica. Es asistente de abogacía y pronto
comenzará la carrera de derecho. Es un amante de la lectura,
específicamente el género de terror, y gran parte de sus relatos
se basan en dicha temática.
Su meta es publicar su primera novela muy pronto.

 

Contactar con el autor: pablos28 [at] hotmail.es

 

 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar · n.º 68 · marzo-abril de 2013 · MARGEN CERO™ · Aviso legal

 

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