relato por
Laura Iglesias Liste

 

Se habían encontrado de casualidad en la calle.

Años atrás, ella llevaba su mastín napolitano y él había sacado las bolsas de basura. No hubo frases seductoras, ninguna rutina de la conquista. La meada copiosa del perro sobre la basura recién amontonada le había despertado una irrefrenable carcajada. No iba a pedir disculpas: orinar sobre desperdicios, dijo él —como canción o frase tullida de abuelas— era «llovido sobre mojado». Entonces lo miró por primera vez, con su busito azul de capucha que le ajustaba un poco bajo la axila y en el abdomen.

«Es un atrevido», le respondió con la risa en mute, y se puso a retar a Escorpio en tono infantil.

—¿Sos de Escorpio?

—Él, del 29 de octubre.

Tampoco fue ahí cuando pensó que Escorpio era una de sus constelaciones favoritas, que había leído en una ajada revista Muy interesante en la sala de espera del dentista, que más de 20 estrellas formaban la figura del alacrán. Ninguna era tan opulenta.

Vinieron los días que él sacaba la basura con predisposición enérgica. Incluso se paraba frente al espejo, a revisarse los dientes, los dos perfiles, un rápido manejo sobre el pelo. Después de un rato, en simulacro teatral, se fumaba un cigarrillo para esperarla.

La noche que dejó de ilusionarse y que se había tornado un hábito extraño fumar hasta despedirse de las bolsas de consorcio (eran sus barcos de velas negras), la vio pasar con la mirada errática, la boca entreabierta, a punto de exhalarle un comentario trágico.

—Se escapó.

Entonces, encontró el puntapié del héroe, la fórmula perfecta de convertirse en su Teseo de jogging y zapatillas.

Recorrieron las calles haciendo chasquidos y toda clase de sonidos con las palmas.

—¡Escorpio!

Parecían dos astrólogos psicóticos pregonando el nombre que se resistía al diminutivo, a cualquier apócope solidario.

—¡Escorpio!

Esa noche, que después llamaron con burla y algo de añoranza «la noche metafísica del encuentro», los esperaba el perro en la puerta, con un sollozo aflautado que contradecía el tamaño de su porte. Había vuelto a su casa a través del refinado sistema del olfato cánido. También lo había leído: «Poseen la asombrosa cifra de más de 200 millones de receptores olfativos alcanzando un área de 150 cm. cuadrados».

Todo lo que siguió (las comidas improvisadas entre largas sesiones de sexo, las películas de extraterrestres que veían después de fumar marihuana y las delicias madrugadoras del cuerpo dormido sobre la tibieza del otro), habían sobrevivido más de 7 años.

Luego él había dejado de fumar y ella empezó a ver cine iraní. Intentaban ser vegetarianos durante la semana y pronto el contacto se había tornado esporádico y a la vez maquinal. Estaban asistiendo a la lógica de la restricción.

Él nunca se acordaba de los sueños. Tenía el convencimiento de haber soñado una o dos veces en toda su vida.

Ella, en cambio, siempre los recordaba, a veces durante el día aparecían como accesos que se iban desbloqueando (ver una aceituna sobre la mesa le había esclarecido una noche entera o una frase inofensiva le erizaba la piel al recordar haberla pronunciado en su lengua onírica). A veces se despertaba y anotaba las incoherencias como ante un médium, del estilo: «Estoy con mi papá que es ahora Bruce Willis. Vamos de la mano. Tengo 9 años».

De su facilidad para recordar los sueños se desprendía la contracara de no poder olvidarlos fácilmente. Así convivía con estados de ánimo que se maceraban en el líquido impalpable de su inconsciente.

Últimamente soñaba con él. En el sueño ella era invisible y él feliz (lo había soñado silbando un villancico y besando a una mujer rubia).

Quiso extirparse la reminiscencia del espanto que le producía separar su sueño con la vida real que se tornaba cada vez más vaporosa. Como un nervio suelto, autónomo, lanzó la pregunta mientras picaba la cebolla de verdeo en rodajas perfectas.

—¿Podrías vivir sin mí?

Tenía los ojos húmedos y entrecerrados, como cuando recién se levantaba y le contaba sus sueños.

Los gases que libera la cebolla al tomar contacto con la humedad del ojo produce ácido sulfúrico lo que provoca ardor y en consecuencia lágrimas.

Él, erradicado de los dobleces, de ese cine simbolista y tedioso, pensó la respuesta. Se tocaba la barbilla, había aprendido esa mueca absurda del psicoanálisis. Esperó a que repreguntara. Sabía que el tono se iba a elevar a un Apasionato molto vivace.

Entonces se detuvo para mirarlo, para comprobar que no era invisible. Con la mano del cuchillo se había corrido el pelo como si fuera una tenista antes del saque.

—Sí, podría.

Los ojos vidriosos lo acorralaron. Había dejado el cuchillo en la tabla y se había parado justo frente a él.

Pensó cómo era posible que un monosílabo de pronto le hubiese generado tanta repugnancia. Ahí estaba, el hombre con el que había proyectado su vejez dándole la respuesta más tremenda.

Él había intervenido después para ampliar la afirmación, para quitarle ese halo de catástrofe y defender el saludable valor de la autonomía y del deseo emancipado. Dijo:

—Es lo más sano.

Y a ella le pareció un pediatra de impecable delantal blanco en un aviso, exhibiendo ante la cámara un talco o avena, algo que fuese volátil y depurado.

Tomó el manojo de bulbos que había abandonado como un racimo de margaritas para deshojar. Mucho. Poquito. Nada. Deslizaba el cuchillo, que se veía empañado de lágrimas, con un ritmo gourmet.

Mucho.

Iba y venía martilleando la tabla, aturdiendo su pensamiento, como los niños que se tapan las orejas y giran la cara para negar.

Poquito.

Sintió atravesar el filo en el pulgar esperando el brote de la sangre que se demoraba en salir.

Nada.

Y ahora, que habían pasado muchos años, se volvían a encontrar en la calle. Ella ya no tenía a Escorpio, y él en vez de bolsas de basura, empujaba un carrito en el que dormía un bebé. Caminaron hasta la plaza y se sentaron en un banco verde. Había excremento de paloma disecado y alguien había dibujado entre los listones de madera un pene exagerado.

—Casi es de Escorpio, 22 de octubre.

En el banco de enfrente, una pareja joven se besaba y hablaba al oído. Habían atado a un caniche con uno de esos collares retráctiles. El perro iba venía como un yo-yo.

—Tiene tu nariz.

El chico le hurgueteaba el pelo y ella se reía fuerte. Se había apoyado en las piernas de él y había cerrado los ojos. Con un pasto le hacía cosquillas en los muslos y en las orejas. La chica lo censuraba con un tono infantil.

—Es precioso. ¿Cómo se llama?

Había tirado el pasto y ahora usaba su dedo como un pincel. Le dibujaba corazones en las rodillas o le escribía palabras cursis en la panza. Sin importarle la mirada ajena, el chico le levantaba el escote para espiarle los senos erguidos, la tirita del corpiño gris.

—Uriel, con «u».

La chica había notado la erección bajo la nuca, volvían a hablarse al oído, a besarse con la boca abierta con toda clase de variaciones orales. Pero el caniche se había zafado de un tirón y comenzó a correr enérgico, inalcanzable.

Como un resorte se levantaron del banco. Ella, con la boca húmeda todavía de los besos, le reprochaba irresponsabilidad, cómo se había olvidado ponerle el collar con la chapa identificatoria. Se lo había dicho mil veces, decía, y él nunca la escuchaba. Él, acomodándose la bragueta hinchada, llamaba a la pequeña perra Cleo y le aseguraba que iba a aparecer. Habían pasado del «siempre» al «nunca». Entre el amor y el odio, una delgada línea de misterios.

Los vieron irse, separados.

Una señora se había parado frente al cochecito con un rictus de abuela, feliz y arrugada; ahora la miraba a ella.

—¿Cuánto tiene?

—42 para 43

La mujer, confundida, hizo una mueca con los ojos y siguió caminando.

Él le devolvió una sonrisa que ella supo recibir. Le dijo:

—De verdad es precioso. Pero el nombre es terrible.

Y se fueron, despacio, arrastrando el pasado y el presente, como lo hacían con el cochecito de sonajeros y móviles de animales.


 

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Laura Iglesias Liste (Buenos Aires, 1977). Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires, se graduó de Licenciada y Profesora en Letras Modernas. Trabaja como docente de Lengua y Literatura. Es escritora de relatos breves y poemarios.

  Contactar con la autora: todavia [at] hotmail.com

 

Ilustración de relato: fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 70 | septiembre-octubre de 2013MARGEN CERO™Aviso legal

 

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