relato por
Jaqueline Pérez-Guevara

 

S

iempre soñé con casarme. Tener el matrimonio perfecto que fuera la envidia de otras mujeres. Siempre me gustaron los abogados. Estuve estudiando derecho y más allá de lo que pudiera aprender, me gustaba rodearme de ellos. Ver quién de mis compañeros de clase se podía convertir en el futuro esposo perfecto y padre de mis hijos. Salí con un par de chicos durante la universidad. Tuve novios, abogados siempre, con los que estuve años, pero con quienes no sucedió nada de lo que había pensado. Eran mandones y controladores y no se parecían en nada al matrimonio que yo quería. Pero si bien no aprendí mucho de leyes, si aprendí a ser mandona y controladora como ellos. Pensé que luego ese sería un problema para construir y tener esa boda de sueño que siempre quise y que todavía quería y seguía buscando.

Mis amigas tenían novios, se casaban, otras eran solteras, pero ninguno de sus amantes, novios, esposos o pretendientes se comparaba al que yo encontré un poco después. Era el más envidiable de todos. Si bien ellas tenían chicos de envidia, eran demasiado femeninos, demasiado gordos, demasiado inútiles, demasiado feos, demasiado ricos o demasiado «algo» siempre. Esa cantidad pasada de la media, que destruía a sus chicos y que abría paso a que mi hombre se coronara como el mejor. Era guapo, pero no demasiado para verse bofo, soso o femenino. Era un elogio a la masculinidad. Había salido con un buen promedio de su carrera, pero no demasiado como para ser un matado que nunca sale de su casa y que sólo devora libros. Tenía dinero, lo suficiente como para viajar por todo el mundo de ida y regreso, lo suficiente como para invertir en la bolsa, vivir en la mejor zona de cualquier lugar o comprar cualquier boleto. A decir verdad, tenía mucho dinero, pero no era el típico hijo mimado que no sabe hacer nada y que sólo habla día y noche de coches o relojes. Era muy trabajador. Tenía un buen puesto, era ingeniero y hace un par de meses que había empezado con su constructora. Recuerdo que salimos en las páginas de sociales de todas las revistas. Mis amigas se morirían de envidia, pero todas sonreían con falsedad aquel día. Y él estaba ahí en medio de todos. Ni muy gordo, ni muy flaco, ni muy pequeño ni muy alto, ni muy moreno ni rubio. Era justo lo que quería. Y era con quien iba a cumplir el sueño de casarme. Era el mejor novio de todos. Me daba detalles, me consentía y respetaba que aún no quisiera acostarme con él.

A veces salía con sus amigos, pero jamás dejó de portarse bien, de llamarme después de la fiesta en las noches, de dejar que yo llevara el control de la relación. Dejaba que le hiciera berrinches, que le pidiera que me comprara cosas, que lo hiciera cancelar los planes con los amigos. Dejaba que le gritara o dejara de hablar cuando se le acercaba otra chica. Jamás me fue infiel. Supongo que eso me tenía que parecer sospechoso. El día que me propuso matrimonio, todo era perfecto. Era el día que tanto había soñado y ahora por fin se hacía realidad. Decidí que luego de eso, me quedaría en su casa a dormir con él. Conocía su departamento, pero jamás dormimos juntos, porque si lo hacía, mis planes de matrimonio podían arruinarse. Yo era una buena mujer.

Ese día todo estaba asegurado. No había nada que perder y me fui con él. Acordamos que no pasaría nada y que sólo dormiríamos. Él lo respetó. Supongo que eso también me tenía que parecer sospechoso. En la mitad de la noche me desperté. Dormir es una de mis cosas favoritas y esa noche no podía hacerlo. Pensé que era la emoción o el arrepentimiento de casi acostarme con él, pero no era eso. Tenía mucho miedo. No había sentido ese sentimiento tan fuerte desde que era niña. Supongo que el cuerpo, o lo que sea que fuera, me trataba de avisar y no quise hacer caso a ello. Desperté y noté que él no estaba acostado a mi lado. Le llamé fuerte, pero no contestó. Todo estaba totalmente oscuro. Tomé mi celular del buró para aluzarme un poco. Supuse que estaría en el baño o en la cocina tomando agua. Yo tenía sueño y miedo y mejor lo esperé acostada en la cama. Entonces vi que brillaba en el buró la cadena que tanto quería. Jamás se la quitaba porque decía que era de buena suerte y que la había comprado mientras estaba de viaje en Japón. Decía que nadie podía verla ni tocarla porque le traería mala suerte. Yo no era supersticiosa, pero sí morbosa y quería ver esa cadena por fin. Alucé un poco y recorrí mi cuerpo en la cama para alcanzarla. La cadena era de plata, brillaba y supuse que era bastante cara. Era una especie de guardapelo, pero estaba cubierta por un pequeño costalito de tela. Eso era lo único que odiaba de mi novio. Deseaba que se le perdiera esa cadena. Esa cadena era su amuleto y la llevaba puesta a cualquier lado, pero al ser una medalla cubierta de tela, siempre tenía un bulto extraño en su pecho. Odiaba lo ridículo que se veía. Cuando la tenía entre manos la quería desaparecer. La abrí y me di cuenta de que ni era japonesa ni era de la buena suerte. Esa medalla tenía pelos. Pelos y dientes con sangre de quién sabe quién. Sentí mucho asco y miedo y la tiré sobre la cama. Los dientes brincaron sobre la suave colcha. Y el cabello se esparcía sobre el suelo. Quise vomitar. Tenía la luz de mi celular y me dio miedo. Marqué a mi madre pidiéndole ayuda, pero no respondió. No quería prender la luz porque me temía que él se diera cuenta, llegara y viera lo que había hecho. Juré que en este momento seguro ninguna de mis amigas me tendría envidia. Quería gritar, pero no podía. Necesitaba saber cómo salir de la casa. Comencé a sudar. Me temblaban las piernas. Un aro imaginario oprimía mi cabeza y me provocaba mucho dolor. Pensé en irme a oscuras hasta el salón y desde el patio o la calle llamar nuevamente a mi madre o pedir un taxi. No sucedió. Él regresó, me vio vestida y vio que había tocado su medalla de la buena suerte. Comencé a gritarle y a lanzar mil preguntas sobre aquellos dientitos con sangre que estaban entre nosotros. Lo demás ustedes lo saben. Casi muero. Si no hubiera sido porque mi madre llegó con la policía ni siquiera estaría contando esto. Supongo que es verdad que las madres tienen un sexto sentido, ella siempre me dijo que no existe el hombre perfecto.

A él jamás lo encontraron. Tampoco mis colmillos, ni mis dientes delanteros.

 

separación párrafo relato El amuleto

Jaqueline Pérez-Guevara

JAQUELINE PÉREZ-GUEVARA (México, 1993). Estudió literatura latinoamericana en la Universidad Iberoamericana en la Ciudad de México. Obtuvo el Premio a la Juventud 2016 en la categoría expresión artística. Embajadora en México de Casa Cultural de las Américas, con sede en Houston, Texas y en Madrid, España. Ha colaborado en medios como Esquire Latinoamerica, Esquire España, Harpers Bazaar, El Universal, Punto en línea UNAM, El Heraldo de Chihuahua, VozEd y Cuadrivio, entre otros.

Contactar con la autora: Jaquelinee_pg [ at ] hotmail.com

Ilustración relato: Fotografía por Engin_Akyurt / Pixabay [dominio público]

 

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Revista Almiarn.º 95 / noviembre-diciembre de 2017MARGEN CERO™Aviso legal

 

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