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El amante vagabundo
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Agustín Cadena
Para Sachie y Katsumi Kawabe
Desde niño había sido
Hyosuke diferente a los demás. No soñaba con ser un gran espadachín
ni un monje venerable ni un comerciante rico. No le atraían las espadas
ni los delicados instrumentos de la caligrafía. No le atraía tampoco
la vida que llevarían los marineros en las naves que veía pasar desde
la playa de Sumiyoshi.
Hyosuke recibió su
vocación una tarde, cuando veía pelear en la calle a dos guerreros
profesionales. Eran los últimos años de aquel imperio, aunque la gente
no lo sabía, y muchas cosas de la vida antigua iban desapareciendo.
Una de ellas era el gran arte de la guerra. Las escuelas de arte marcial
cerraban una por una y cada vez se veían menos espadachines. Por eso,
cuando dos de ellos se enfrentaban en un combate espontáneo, la exhibición
de poder que hacían era un espectáculo digno de verse. Hombres, mujeres,
niños y ancianos formaban una multitud alrededor de ellos. Y hasta
los hombres de la guardia imperial, que debían evitar las peleas,
guardaban silencio y descansaban las armas disponiéndose a presenciar
la lucha.
Aquella tarde, se
habían encontrado en ese barrio de la ciudad donde Hyosuke vivía dos
viejos enemigos jurados. Se sabía que cuando se encontraran cada uno
haría lo posible por destruir al otro. Y la gente —sobre todo los
niños— llevaba mucho tiempo fantaseando con ese día: que si éste dominaba
mejor el estilo tal, que si el otro aventajaba a aquél en fuerza física.
El encuentro fue como se esperaba: cada guerrero llevaba espada larga
y espada corta, a la manera prescrita en El libro de los cinco
anillos. Hyosuke tenía todavía trece años de edad y le faltaba
estatura. Así que a cada rato sucedía que alguien parado delante de
él le impedía ver las acciones. Acabó por desesperarse: de todos modos
las artes marciales no eran cosa que le importara mucho. Levantó la
vista hacia las ventanas altas de las casas, que también estaban llenas
de mirones. Observó a la gente que miraba desde arriba y luego a la
que estaba abajo abriéndose paso a empujones para ver mejor. Y lo
que vio fue el principio del descubrimiento de su do, de su
camino. Algunas mujeres se habían ruborizado con el calor de la lucha,
y no era por ninguno de esos motivos que hacen ruborizarse a las vírgenes:
estaban excitadas. Uno de los dos espadachines parecía excitarlas
más que el otro, a uno seguían los ojos femeninos más que al otro.
Hyosuke comprendió que éste saldría vivo. De una manera irracional,
que tardaría largos años en explicarse, comprendió lo que sucedía
en ese instante. A esos dos hombres los separaba algo mucho más débil
de lo que los unía. Los unía la fuerza con que se lanzaban uno contra
el otro, los unían sus gritos, sus jadeos, el instinto que dirigía
los movimientos de su cuerpo. Pero en uno de los dos esto estaba más
vivo y eso era lo que hacía subir el color al rostro de las mujeres.
El olor que despedía el cuerpo de ese hombre llenaba solo la calle.
Y en algún momento, él, efectivamente, abrió el cuerpo del otro desde
la nariz hasta la cintura. La guardia imperial no intentó detenerlo.
El aroma de su cuerpo se quedó un rato más en la calle, hasta que
la gente volvió a sus ocupaciones y el olor del arroz y los pescados
fritos recuperó su sitio en la noche que empezaba.
Hyosuke no pudo dormir.
La excitación que percibió en las mujeres del barrio lo había excitado
a su vez. Aunque era muy joven, ya había estado una vez con una mujer,
ya sabía lo que era esa fuerza y le tenía más miedo que a una espada.
Esa fuerza decidió la victoria en el combate de la tarde; esa fuerza,
por faltarle al otro, lo venció. Y a él mismo lo había vencido cuando
la sintió en las mujeres, especialmente en una muy bella, perfecta
en la inmovilidad de su excitación.
Cuando se rindió al
sueño, Hyosuke estaba decidido: llegaría a dominar esa fuerza, se
haría estudiante del arte del amor y, ya que para eso no había escuelas
ni estilos de fama, él solo buscaría a las maestras necesarias y se
impondría su propia disciplina según su instinto. Sería un amante
vagabundo, un rônin del amor.
Hyosuke conoció a
Kyouko en el año cuarenta de su do. Tenía cincuenta y tres
años y había recorrido el Japón de acuerdo con su designio: estudiando,
perfeccionándose, dando forma a un estilo de arte amatorio que llevaba
su nombre: el estilo Hyosuke. Muy temprano había comprendido que para
no ser derrotado por la fuerza del aroma —como desde el inicio de
su estudio la llamaba— debía dominar a su amante. Y para llegar a
dominarla debía dominarse primero a sí mismo. Tal como los artistas
marciales, con quienes tenía tanto en común, empezó por conocer sus
sensaciones y el camino que estas sensaciones seguían en su cuerpo.
Aprendió a disociarlas de los elementos que normalmente las determinaban,
a convertirlas en fuerza, no en distracción, y a alimentarlas con
esa misma fuerza imprimiéndoles un poderoso movimiento interno. Su
deseo de aprender lo llevó a todas las camas que estuvieron a su alcance,
primero indiscriminadamente. Consoló innumerables viudas, hizo sangrar
a tantas vírgenes como flores de cerezo traía la primavera a su provincia.
Pero donde más aprendió fue en las casas de té, en los lechos indignamente
perfumados de las zonas autorizadas. En una de éstas, hacía casi veinte
años, conoció a Kumiko, la única mujer de todas las que tuvo cuyo
nombre le interesaba recordar. Kumiko era la mujer más cara de la
más cara de las casas de geishas. Y era una artista que entregaba
su cuerpo con el preciosismo de un calígrafo: todo en su arte amoroso
era armonía, levedad, fuerza, dominio interno. Hyosuke había sido
derrotado por ella tres noches seguidas; durante tres noches el calor
de esa hermosa mujer lo agotó sin que él lograra apagarlo; dentro
de sí lo envolvió sin que él pudiera evitarlo. Al llegar al orgasmo,
la vagina de Kumikose se contraía en apretones que habrían cascado
una nuez o convertido en jugo una manzana, y Hyosuke no podía hacer
más que seguirla, precipitarse de la mano de ella en el hondo estanque
del placer y ahogarse en él. Nunca una derrota le pareció tan dulce
como esas tres.
Pero Kumiko era una
geisha cara y, después de la tercera derrota, Hyosuke vio que sólo
podría pagarle una noche más. Así que durante todo el día estuvo pensando:
no hallaba la manera de vencerla. Ella lo dominaba inevitablemente
y lo peor era que él encontraba placer en esta superioridad suya.
Como en la tarde que marcó el inicio de su camino, Hyosuke recibió
en la calle la iluminación que necesitaba. Dos hombres se hallaban
peleando sin armas. No eran artistas marciales pero se notaba que
habían recibido cierta instrucción. Los dos cuerpos, jóvenes y ágiles,
se alejaban y se acercaban y cada vez que se acercaban parecían más
débiles. Uno y otro perdían fuerza. «Al final ninguno de los dos habrá
ganado, aunque uno se declare vencido», pensó Hyosuke. «Es porque
no logran fundirse uno con el otro, como los buenos espadachines.»
Siguió observándolos, con los ojos entrecerrados. Eran dos siluetas
separadas, aisladas. «Se odian demasiado», concluyó el vagabundo.
«Cada uno ve al otro como un otro al que hay que poseer a fin
de destruirlo. Han convertido su lucha en un asunto personal y por
eso ninguno de los dos puede vencerse a sí mismo y así vencer al otro.»
Y entonces comprendió lo que pasaba entre él y Kumiko. «Me estoy enamorando
de ella.» La veía como un otro a quien deseaba poseer y que
además era irremplazable; había convertido el combate amoroso en un
asunto personal. «No está bien que un amante experto se enamore»,
decidió. «Debo disciplinarme más».
Hyosuke
se retiró a las montañas y permaneció en ellas muchos días, viviendo
de manera elemental a fin de templar en la aspereza esa espada que
era su cuerpo entero. Dejó que el fuego encendido por la mujer recorriera
sus venas con toda la turbulencia que llevaba, y cada vez salió a
su encuentro y se dejó arder hasta que ya no fue necesario luchar
más. Él y su ardor por Kumiko eran uno. Ninguno se encontraba por
encima del otro ni vivía a expensas de él. Hyosuke era su deseo y
su deseo era él. Ni el más fino cabello de mujer habría podido pasar
entre ellos.
Cuando finalmente
descendió y volvió a la casa de geishas, Kumiko vio su falo convertido
en un hermoso talismán de placer. El deseo se había sublimado en fuerza
y la fuerza permanecía en su centro. La luz que ahora irradiaban los
ojos de Hyosuke ya no era ese fulgor agonizante del hombre enamorado:
Hyosuke era dueño de sí.
El encuentro entre
esos dos grandes amantes fue como el combate de dos samuráis: una
danza sagrada, un canto a dúo de los cuerpos. Por un largo rato, parecieron
arrastrados a un estado de semiinconsciencia. Cuando volvieron a la
realidad estaban juntos e igualmente victoriosos, tirados en un lecho
húmedo y lleno de luz y de fragancia, acompañados por dos muchachas
que tocaban el chamisén sin dejar de sonreír mientras los miraban.
Hyosuke pensó que
había llegado a la perfección en el arte de la cópula, que durante
tantos años había estudiado. Cerró los ojos y durmió y soñó con una
pagoda en cuyo interior habitaban muchachas de nieve que al ser penetradas
por él se volvían de cristal.
Cuando despertó, Kumiko
aún se hallaba desnuda pero ya tenía en la mano una taza de té.
—¿Has estado con una
concubina imperial? —le preguntó sonriendo, maliciosamente.
Hyosuke comprendió:
no sabía nada, no había probado nada estando con Kumiko. No había
demasiado honor en lo que acababa de hacer. ¿Pero dónde encontraría
una concubina imperial? ¿Cómo llegaría hasta ella en caso de encontrarla?
Ciertamente, Hyosuke
conoció a Kyouko en el año cuarenta de su do. En ese entonces
el viejo mundo estaba agonizando. Había pasado el tiempo de los
daimyos y los poetas de la espada. Las calles de las ciudades
japonesas ofrecían un lamentable aire moderno y ya no se veía transitar
por ellas a ningún hombre con sus dos espadas cruzadas a la espalda.
Los barrios autorizados bullían de extranjeros y, a fin de satisfacer
la demanda, se permitía que cualquier muchacha hiciese los oficios
de una geisha. Pero no conocían el arte ni poseían un alma suficientemente
delicada para comprender la belleza de su oficio. Y a los hombres
de ahora lo mismo les daba. Todo cuanto había formado el mundo de
la infancia de Hyosuke estaba deshecho. Las últimas tradiciones imperiales
degeneraban en meras formas institucionales. El incendio del mundo
antiguo abarcaba todo. Una cascada de lava negra humeaba al fondo
del camino por donde Hyosuke iba, dando nacimiento a un río muerto,
a una corriente deletérea cuyo rumor se arrastraba como un convulso
lamento de cenizas.
En este triste tiempo
conoció Hyosuke a Kyouko, la última de las concubinas imperiales,
unas horas antes de que ella se suicidara. Al principio, la mujer
no quiso recibirlo: creyó que se trataba de un sacerdote mendicante.
Pero se sentía demasiado desolada como para insistir en el rechazo.
Y además el visitante supo convencerla.
—Soy un viejo hombre
de placer —le dijo—. Y tal vez el último con quien podrías bailar
la danza sagrada.
Ella lo miró de arriba
abajo y sintió en su cuerpo que era verdad lo que decía. Su rostro
seguía inmóvil cuando comenzó a deshacer su kimono. En su cuerpo de
nieve, vio Hyosuke que ella también había envejecido. Su piel guardaba
una enorme sabiduría, y Hyosuke se sintió conmovido por el honor de
que esta mujer lo hacía objeto. Quiso decírselo, pero comprendió que
no podía haber palabras entre ellos. La única manera de honrarla y
de honrar todo eso que ella representaba era ofrecerle un encuentro
impecable. De pronto, Hyosuke sintió que no importaba si al final
se sentía vencido o vencedor. La dignidad de Kyouko se levantaba por
encima de eso. Su vida había sido dedicada a la construcción de una
torre que hoy estaba a punto de derrumbarse. Y de alguna manera él
deseaba este derrumbe: sería su liberación. El crepitar de la seda
al abandonar el cuerpo de Kyouko se lo había hecho claro. Su destino
llegaba a la completa realización.
Las llamas que convertirían
en espíritu inmortal el mundo antiguo alcanzaban ya a reflejarse,
doradas, en el lecho de la concubina. Fuera del pabellón, pequeños
islotes donde no habrían cabido más de una docena de hombres hacinados
flotaban a la deriva en el lago de lumbre.
Kyouko rompió su cuerpo
de cristal, dichosa, después de copular por última vez. Hyosuke nunca
supo esto. Tampoco a él le interesaba sobrevivir.
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AGUSTÍN
CADENA,
es autor de varios libros de narrativa,
poesía y ensayo, entre los que destacan Orgía de palomas
(Universidad Nacional Autónoma de México, 1993), La lepra de San
Job (Planeta, 1994), y Primera sangre (Universidad Autónoma
Metropolitana, 1995)
fragata_umbrosa(at)yahoo.com
ILUSTRACIÓN RELATO:
Mieko Miyazaki accordant son Koto, By Jean-Pierre Dalbéra from
Paris, France (Mieko Miyazaki accordant son Koto (musée Guimet)) [CC-BY-2.0
(http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons.

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