relato por
Ignacio López Castellanos

 

D

icen que en el principio solo había caos y oscuridad. Bueno, en realidad había una cosa más.También estaba el inconfundible e incesante ruidito lejano de un teclado al ser golpeado de manera frenética. Después, llegó el resto.

Hasta aquí, casi todos los protosacerdotes, obispos, agentes de lo arcano y demás buhoneros itinerantes de dudosa reputación (y fiabilidad, todo sea dicho de paso), estaban de acuerdo. En lo que no estaban tan de acuerdo era en cómo acabaría, y qué deidad cósmica sería la encargada de bajar el telón del teatro planetario. Por esta clase de cuestiones nacieron numerosas sectas y religiones con mayor o menor número de adeptos (el nivel de crecimiento muchas veces estaba ligado al nuevo poder económico dirigente), que horadaron como termitas y hormigas un montón de tierra apelmazada, eran, a fin de cuentas, el núcleo gástrico y bilioso de la civilización. Cayeron reinos, ciudades libres, imperios e incluso una o dos veces también hubo extinciones masivas, pero, por alguna razón, las sectas y religiones sobrevivían a todo holocausto mundial (a excepción de las cucarachas y formas sencillas de vida pluricelular en los vastos océanos), mas ninguno estaba preparado para el fin de todas las cosas. Y no os estoy hablando de un fin metafórico, o algo con lo que un filósofo se llenaría la boca mientras un patricio le tira las sobras del perro. Estoy hablando del Fin del Mundo.

El narrador no estaba en aquel Apocalipsis mundial localizado en unas coordenadas espacio temporales concretas del universo. Pero sí pudo observar y oír al último dios que llegó tarde a la francachela final.

—¿Hola?

El último dios —al cual llamaremos… Último— paseaba sobre los restos fosilizados de una torre. Más allá se sucedían las avenidas y plazas de una vieja ciudad amurallada.

—Vaya, así que esto es el fin. Oh cielos, toda una eternidad viviendo sobre una montaña, enviando consejos a mis oráculos, del estilo «reciclar es bueno» y «abajo los opresores», para que acabe perdiéndome el final de la historia.

Último, alisó su túnica. Se sentó sobre un montón de escombros y peinó la larga barba blanca reglamentaria mientras observaba un cielo negro sin estrellas. De pronto, quedó petrificado, como solo un dios acostumbrado a posar para estatuas de mármol es capaz de hacerlo, y su rostro se desencajó. En este punto debo aclarar que los dioses no son dados a expresiones faciales naturales y espontáneas como las de los humanos, porque generalmente no necesitan expresar nada, salvo quizá ira y egocentrismo en cantidades equivalentes, lo cual suele terminar en una desagradable lluvia de fuego o un montón de campesinos que nunca habían ido a la escuela, ni comido pan sin trozos de piedra, convertidos en pequeños y humeantes montoncitos de sal.

Último notó que todo a su alrededor perdía color. Como si la bombilla celestial estuviera a punto de quedarse sin energía. Y, en realidad, así era. Pero para un ser acostumbrado al concepto de «inmortalidad» o «para siempre», aquello era un trago difícil de digerir, como un caldo lleno de ajo mal cocido.

Cogió una piedra. La miró fijamente y vio que efectivamente era una piedra. Nada raro, hasta aquí todo maravillosamente anodino. Pero una vez más, su visión no era capaz de enfocar bien la imagen. Si hubiera sido un dios miope, se hubiera puesto a limpiar sus gafas de manera frenética. Pero de nada hubiera servido. Pues la luz desaparecía. Tampoco era ya capaz de oír el residual golpeteo de teclas de fondo.

Al final solo hubo oscuridad. Nadie golpeaba las teclas ni movía los engranajes tras el telón del universo. Último tuvo un arranque de pánico al no sentir su cuerpo. No tenía percepción alguna de arriba y abajo. Su pensamiento sin palabra, se convirtió en chispa. Un último, ilógico e improbable fogonazo en la oscuridad.

 


 

Ignacio López Castellanos

Ignacio López Castellanos: «Vivo en una remota mazmorra asturiana. Una de mis mayores pasiones es escribir historias sobre lugares que nunca existieron, y la construcción de estos mundos es la mayor de todas ellas. Soy colaborador habitual en el espacio web El Club de la Fábula, al igual que en su hermana impresa Rebelión Galáctica. Ambas publicaciones dedicadas al género de la fantasía y la ciencia ficción».

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Ilustración: Fotografía por Mysticsartdesign on Pixabay  [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) • n.º 111 • julio-agosto de 2020

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