relato por
Virginia Bozzolo

M

irábamos el atardecer en el puerto viejo y recuerdo que había olor a sal, a sueños olvidados y a pérdida. Odiaba la arena que se me pegaba en la ropa. El barro no era más que el recordatorio de que mis zapatos no iban a sobrevivir y que mis padres se iban a dar cuenta de lo que había estado haciendo… yo no había ido a la biblioteca.

Pero tus ojos brillaban como espejos del mismo cielo y por un momento me pregunté si al final era tan malo el que se enteraran. Pensé en que, si nos quedábamos hasta la noche, podría tal vez ver las estrellas en tus pupilas.

Viendo los barcos en el horizonte me dijiste:

—En un futuro voy a ganarme uno de esos —sonreíste y un hormigueo me recorrió el cuerpo—. Conoceré el mundo como conozco las palmas de mis manos.

Recuerdo que te quedaste pensando en algo. Porque tus ojos se quedaron mirando un punto fijo perdido en el medio de la maraña de suciedad del lugar. Era algo extraño verte al lado del desastre, porque no combinaban, pero, sin embargo, no quedabas mal allí. Para nada. Estabas hermosa.

Tus parpados cayeron un poco tristes y tuve mucho deseo de que me dijeras en lo que estabas pensando. A pesar de que yo ya lo suponía.

No te creías nada de lo que acababas de decir. Aunque querías que fuera real.

—¿Tú no lo deseas? —me preguntaste.

Y cuando me miraste con aquella diversión que por imposible que se te haga la vida, nunca se iba, tuve las ganas indescriptibles de prometerte que tus padres iban a dejarte hacerlo. Que el dinero de tu hogar iba a alcanzar. Que tu hermana iba a curarse de su enfermedad y que serías libre… de esta ciudad, de su gente y de sus prejuicios.

Por sobre todo tuve ganas de besarte, pero eso nunca ibas a saberlo. Nunca iba a dejar que lo sepas.

En ese momento pensé: «¿Para qué quiero el mundo si te tengo justo aquí?».

Pero recordé que éramos mujeres. Las dos. No una. Y que yo no podía ser un hombre para ti. Porque no podía tener un trabajo fijo sin tener el permiso de mi padre, porque no podía tener el permiso sin casarme y no podía casarme sin ser lo que se esperaba de mí.

Sin embargo, yo sabía que hubiera sido un espléndido caballero. Que te hubiera tratado como lo merecías y te hubiera dado la vida que deseabas. Y hasta hoy, reconozco la amargura de la vida que no nos hubiera dejado estar juntas.

Te dije:

—Claro. ¿Quién no lo desearía? —actuando un desinterés poco creíble.

En el cielo pasaba el punto en donde el sol se escondía y, como una obra de arte, las nubes se pintaban con la luz naranja, rosa y hasta casi rojo. Cualquiera, en ese momento, quisiera detener el movimiento de la tierra y negociar con el tiempo unos cinco minutos más por cualquier cosa que tenga a mano. Pero aquello no se podía.

No es difícil creer después de todo que uno es demasiado pequeño y que la libertad es demasiado cara. Al final, yo no podía cambiar a la sociedad. No podía tomarte de la mano sin pensar que, si lo hacía, te perjudicaba. Y no podía saber lo que sentías por mí.

Sin embargo, no podía dejar de agradecer el hecho de que ese mismo día te habías quedado un rato más. Por alguna razón, habías decidido quedarte hasta que la puesta de sol termine. Y me doy cuenta ahora que mi felicidad era igual a la cantidad de tiempo que te tenía allí.

—Entonces ¿Vendrías conmigo? —me preguntaste, sin dejar de mirarme—. Si tuviera un barco como esos… ¿Dejarías todo por mi?

—Sin lugar a duda —te contesté.

Tal vez demasiado pronto, demasiado brusca, demasiado evidente. Pero nunca era suficiente, como para que te dieras cuenta. No fue ni un poco el cuarto de expresión que quería que escucharas.

—Te acompañaría adonde quisieras.

Dije al final. Como si nos hubiéramos hecho una promesa.

Sabiendo que cuando te fueras a tu casa te ibas a olvidar de aquellas palabras. Sabiendo que nunca te preguntarías si lo decía en serio, porque no te interesaba de esa manera. Que antes de dormir ibas a pensar en tu familia y no en mí. Algo egoísta de mi parte que eso me moleste.

Pero lo que más me dolía era cuando te despedía y tenía la sensación de que esa iba a ser la última vez que te iba a ver. Porque el tiempo había pasado. Y teníamos caminos diferentes.

Tomabas tu bicicleta como si fuera un hábito y no un peso. No con obligación o responsabilidad. Simplemente para ti había llegado la hora de irse. Mientras que, para mí, había llegado el final del día. O, tal vez, simplemente el final.

Lo peor era saber que ibas a mirar a alguien más, de la misma forma en que me mirabas a mí. Y mientras nos despedíamos, pensaba en que en realidad yo no le tenía miedo a que los demás se enteraran de lo mucho que te quería. Mi miedo era que te dieras cuenta y que ya no quisieras hablar conmigo.

Recuerdo todavía las calles principales de la ciudad, el olor a humo, a lluvia húmeda y a vejez. Todavía recuerdo tu perfume. Los días grises de feria y las miradas ajenas, de aquellos que no sabían qué hacer con sus vidas, por eso se la pasaban analizando la tuya.

Recuerdo todo aquello y me doy cuenta de que es justo que la historia descanse en ese momento en donde ambas sabíamos que no podíamos seguir avanzando. Que por más que no hayamos hablado sobre el tema, (porque ninguna tuvo las agallas) sé que no terminará en tristeza.

La última vez que te vi fue al día siguiente de aquel en donde nos prometimos irnos juntas. Llevabas un vestido de flores, que combinaba con tus ojos. Me saludaste con un movimiento de mano mientras me decías que te mudarías, que no me lo habías dicho porque no querías que te insistiera en que te quedes, porque seguramente si lo hacía hubiera funcionado. Y como si fuera poco, me dijiste que extrañarías tu vida conmigo en ella.

Me habían quedado muchas preguntas. Como, por ejemplo, por qué me preguntaste si hubiera ido contigo en barco, si sabías que te irías. Si el que no quisieras quedarte era por miedo o porque realmente lo deseabas. Que después de haberte escuchado clamar tanto tus sueños, me quedé con las ganas de saber si yo no pertenecía allí. O, por lo menos, si no tenía siquiera la oportunidad.

Te sentaste en el auto con la cabeza gacha, con tus padres mirándome con desprecio y la casa, que ya no era tuya, a oscuras detrás tuyo. Vacía.

Me quedé parada hasta que desaparecieron de la vista y como si no me quedaran más motivos para moverme, esperé… me quedé esperando porque se dieran la vuelta. Que se hubieran dado cuenta de que no podían irse, que se hubieran olvidado algo… lo que sea.

Dios… hubiera deseado tanto verte bajarte del auto y decirme que era toda una broma. Que volverías en unos días, que solo eran vacaciones.

—No me olvides —te dije.

Cuando en realidad lo que quería decir era te voy a esperar.

—Como si pudiera —me contestaste .

Pero, sin embargo, nadie volvió. Ni siquiera el cielo de ese color.

Con el tiempo uno se acostumbra a las promesas olvidadas, a las sonrisas falsas y a encajar sin disfrutarlo. Por aquel entonces se pasaban los días como pasan las horas sin consistencia hasta que las preguntas, las heridas e incluso el recuerdo se vuelven pasado.

Recuerdo que volví un par de veces al puerto, pensando que podía sentirte cerca. Pero nunca funcionaba. Dejé de intentarlo cuando dije que tenía que dejarte ir, para poder recuperarme.

Conocer personas se hace mecánico, hasta que conoces a algunas que son iguales a ti. Que vivieron lo mismo a escondidas, pero sin culpa. Y descubres que no hay nada malo en lo que deseas.

Conocí a alguien que me quiere de la misma forma en que yo la quiero. Me mira con las mismas intenciones y compartimos la misma idea. El mismo plan.

Y creo que el cierre de la historia de aquellas dos chicas que no tuvieron la oportunidad de escapar, que no pudieron irse juntas, no viene con el tiempo, sino con la decisión que se toma cada vez que al recordarlo no lo reprimes. No sientes pena, ni enojo, ni nostalgia.

Eso hice yo.

Hace unos días, tu madre me llamó diciéndome que agarraste la misma enfermedad que tu hermana y que hicieron lo que pudieron.

Solo en ese momento me di cuenta lo mucho que te había esperado y a pesar de eso, no pude llorarte. Porque cada vez que lo hacía pensaba en la promesa que te había hecho, en el barco al final del puerto y en tus sueños de conocer el mundo. Lloré más por lo que no se pudo que por lo que fue.

No fue fácil entender que no fue mi culpa el que no hayas vuelto. El que hayas decidido irte y el que no quisieras quedarte. Que no tuve que hacer nada por más que yo sentía que debí haberlo hecho.

Entonces, ordené mi nuevo hogar. Tomé aquellas carpetas en donde guardaba escritos viejos para leerlos otra vez y también para despedirme.

Te escribo… con el fin de decirte que al barco lo vendieron el mes pasado. El mismo día en que me dijeron que habías fallecido. (Coincidencia o señal. No lo sé). Que el cielo volvió a atardecer como antes y que voy muy seguido al puerto ahora. Ya no a buscarte.

Que he encontrado la carta que me habías escrito y guardado en la roca que estaba justo al lado del río, que decía:

«Te espero en el puerto mañana a las siete. Compré dos boletos en barco. Podemos irnos juntas».

Y si estuvieras aquí te preguntaría: —¡¿En qué carajo habías pensado cuando la dejaste en aquella roca?!

 

No voy a olvidarte, porque no podría hacerlo.

Que te quiero mucho más de lo que quise que fueras para mí. Y te despido con la esperanza de que lo sepas.

Sea donde estés, espero que me lo hayas escuchado y que lo sepas.

Que no tienes que esperarme… puedes tomar ese barco… navega. Viaja. Revela.

Solo te pido que nunca me abandones.

Nunca vuelvas a dejarme ir.

 


 

Virginia Bozzolo. Autora argentina. Estudia Sociología en la Universidad de Buenos Aires. Escribe y pinta.

✉️​​ Contactar con la autora: virgibozzolo00[at]gmail[dot]com

Ilustración: The kiss, pintura (detalle), Gustav Klimt, Public domain, via Wikimedia Commons

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 125 · noviembre-diciembre de 2022

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