Una novela de Carlos Suárez

 

E

l periodista y escritor Carlos Suárez regresa a la novela negra con Viático, una trama noir que utiliza los códigos del género (el asesino, la víctima, el móvil, la oportunidad, el crimen) para ensayar una suerte de reflexión —hasta cierto punto filosófica— sobre la vida, el azar, la culpa, la enfermedad, la muerte y Dios.

El argumento —construido al modo de matrioshkas o cajas sucesivas— arranca cuando Héctor Brey, un pintor que se asoma ya a la vejez, cree reconocer en la calle a una mujer que ha muerto treinta años atrás. A partir de ahí la historia alterna pasado y presente para narrar la obsesiva pasión que siente por Brey una adolescente que —con la apariencia a la vez ingenua y pérfida de una nínfula— trata de seducir a Brey y, azuzada por los celos, comienza a perseguir y acosar a las mujeres que lo rodean. Es entonces cuando empiezan a producirse una sucesión de crímenes en los que mujeres relacionadas con Brey aparecen mutiladas o evisceradas y con una ficha de cartón de un juego infantil en la boca. Un inspector de policía —Lázaro Dorticós— será quien desenmascare, aunque solo al final del último capítulo, al más insospechado de los asesinos.

 

Avance de la novela

 

Parte 1

Yo

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1
Irène

 

El sol muere tiñendo el aire de un rojo parecido a la sangre. La línea del horizonte recorta a contraluz el perfil oscuro de la ciudad bajo un cielo del color del cobre, el cinabrio o el lacre. Solo la espadaña de la Nunciatura brilla aún a la luz agonizante de la tarde, cruzada por un tráfago errático de pájaros, mientras debajo las calles comienzan a empañarse de sombra, una penumbra inconcreta y gris, rota por el resplandor intermitente de un luminoso de neón que parpadea con la insistencia insolente y terca con la que la memoria desafía al olvido.

Contemplo la fachada del edificio que queda frente a mí: el muro desconchado, la piedra que se resquebraja con una geometría azarosa de raíces o grietas que labraran arrugas en un rostro, la madera abierta y cuarteada de las vigas secas, la humedad que dibuja manchas oscuras sobre el yeso, como magulladuras o eritemas en la carne. En las ventanas, el hierro del enrejado tiñe las paredes de orín, del color de la decadencia, de metal que rechina, se pudre o se parte, ya viejo, con el olor del hierro carcomido, del óxido, de nuevo similar a la sangre.

Trato de retener en la retina ese tono concreto, aunque sé que no hay ninguna posibilidad de copiarlo; que, en el estudio, los pigmentos —rojo Marte, bermellón, cadmio, carmín, amarillo Nápoles— no me permitirán recuperar el color exacto; que no seré capaz de reproducir sobre el lienzo la progresión del óxido que carcome el metal o tinta la piedra, el tono azulado del moho en la cal, como venas bajo la piel traslúcida: el modo en el que el paso del tiempo acarrea la destrucción.

Estoy sentado en el interior de un café, frente al ventanal, apoyado en una mesa de mármol sobre la que reposan una botella de vino y un vaso. Abro mi cuaderno. Intento esbozar unos trazos, bosquejar un encuadre, una proporción, el ángulo en el que el callejón dobla, gira hacia la derecha rompiendo la perspectiva cónica, ese trazado de líneas convergentes hacia un punto de fuga. El lápiz apenas escribe. Mojo la punta de la mina en la lengua, pruebo otra vez y consigo, finalmente, que el grafito trace una débil raya sobre el papel.

Vuelvo a levantar los ojos y es entonces cuando la veo. Está allí, al otro lado de la calle, de espaldas, frente al escaparate de una librería: el pelo oscuro, liso, cayendo sobre la espalda; el cuerpo delgado, enfundado en un vestido blanco. No puedo ver su rostro, solo la cabeza ligeramente inclinada, contemplando, quizá, los libros que se exponen tras el cristal. De pronto, sin embargo, alza los brazos y se lleva las manos a la nuca…

Es solo un gesto: se recoge el pelo y se hace un nudo a modo de coleta; un movimiento nimio —rutinario, mecánico incluso—, en teoría idéntico al que harían millones de mujeres y sin embargo único, como si una firma lo identificara entre miles de gestos indistinguibles: el movimiento de las manos, la colocación precisa de los dedos, el modo de subir al tiempo inconscientemente los hombros, como en un ademán de indiferencia.

Rebusco en el bolsillo de mi americana, saco un paquete de tabaco y enciendo un cigarrillo. Fumo, apuro con dedos temblorosos una calada tras otra mientras contemplo su figura, difuminada ahora por el humo, con la inconsistencia o la irrealidad de una ilusión o un espejismo. Confío en que, en algún momento, esa imagen desaparezca, se disuelva en la nada, o quizá espero solo que se gire para ver su cara, comprobar que no es ella, confirmar que, de nuevo, todo es una maquinación de mi cerebro, un desvarío, el producto de mi obsesión.

Cierro los ojos, como si solo así pudiera desmentir ese parecido irreal, improbable; convencerme de que es imposible que sea ella, que reaparezca ahora, reencarnada en una Irène Sagnier que hubiera permanecido inmutable en el tiempo, que volviera a la vida, que treinta años después regresara de entre los muertos.

* * *

—Héctor, ella es Irène Sagnier. Irène, le presento a Héctor Brey.

Isabelle Saint-Saëns sostiene apenas con las yemas de los dedos el codo de Irène Sagnier en un ademán pulido a lo largo de dos décadas de recepciones diplomáticas y mueve imperceptiblemente la cabeza hacia los lados al oficiar la presentación.

—Encantada de conocerlo, monsieur Brey.

La voz de Irène Sagnier tiene un tono grave, oscuro, que, treinta años después, resonará aún en la memoria de Héctor Brey, y una entonación aguda y gutural que mancha un castellano por lo demás perfecto.

—El placer es mío.

Brey besa la mano de Irène Sagnier, recortada en la muñeca por un reloj de plata y amatistas. Luego alza los ojos siguiendo el recorrido del collar a juego que cuelga en el escote en pico del vestido de satén color malva hasta alcanzar la cara de la mujer: la piel pálida, barnizada por la pátina uniforme y mate del maquillaje sobre la que destaca una boca subrayada por el carmín y fruncida en un pliegue travieso que quisiera compensar o desmentir la elegancia hierática y fría de su rostro.

—La señora Sagnier es nuestra nueva agregada cultural. Acaba de llegar a Madrid. Estudió conmigo en la Sorbona, Lengua y Literatura Españolas —Isabelle Saint-Saëns arquea las cejas con un innecesario gesto de interrogación al que Irène Sagnier asiente y se vuelve hacia Brey—. Héctor es el autor de ese cuadro de ahí. No sé, Irène, si lo ha visto ya.

Isabelle Saint-Saëns gira la cabeza y señala uno de los lienzos que se exponen en las paredes.

—No. Aún no, pero confío en que monsieur Brey me lo muestre.

—Claro. Será un placer hacerlo.

—Si excusan mi presencia… —Isabelle Saint-Saëns cree ver en ese inicio de conversación la oportunidad de seguir con sus tareas de anfitriona y señala con la barbilla al fondo—. Ser la mujer del embajador comporta ciertas obligaciones y seguro que ustedes tendrán muchas cosas de que hablar.

—Sí. No se preocupe, Isabelle. Está disculpada.

Irène Sagnier bebe de la copa que tiene en su mano como si hiciera tiempo hasta que Isabelle Saint-Saëns se ha alejado de ellos. Luego, se vuelve hacia el cuadro que la mujer del embajador ha señalado un momento antes.

—Isabelle se ha deshecho en elogios hacia usted. Dice que es un pintor extraordinariamente prometedor pese a su juventud.

Ella hace coincidir la frase con una mirada turbia que examina a Brey: la figura alta y delgada, el cuerpo fibroso, el rostro de tez morena y los ojos negros, ligeramente almendrados.

—Probablemente la señora Saint-Saëns exagera.

Brey amaga una mueca de indiferencia que buscara restarle importancia al comentario.

—Una obra interesante, aunque tengo la sensación de haber visto una simbología similar, la rueda y el cuervo, en un grabado de Daumier —Irène Sagnier contempla el lienzo mientras hace rotar la copa que sostiene en su mano izquierda—. Quizá en una edición ilustrada de Salambó… Prácticamente idéntico.

—Lo siento —Brey tartamudea como un colegial pillado en falta que necesitara excusarse—. No conozco ese grabado de Daumier.

Irène Sagnier mira distraídamente al fondo, donde Isabelle Saint-Saëns charla con un grupo de invitados en el que resalta la anatomía oronda del embajador.

—No es un libro fácil de encontrar, aunque eso… —rectifica de pronto, se muerde imperceptiblemente el labio inferior en un gesto que quisiera corregir lo dicho—. Eso no debería representar un problema, dadas las circunstancias.

—No sé a qué se refiere, señora Sagnier.

—Tengo el libro en casa… —ella inclina el mentón como si señalara el suelo que pisan, pretendiera subrayar la proximidad que comparten en el espacio—. Y estamos aquí.

El tintineo del reloj de pulsera que lleva en su muñeca derecha parece delatar una traza de ansiedad.

—Ya comprendo. Quiere decir que podría enseñármelo o, incluso, prestármelo. Siempre, claro está, que eso no le supusiera un inconveniente. Si, por ejemplo, yo me acercara a recogerlo.

—Así es, monsieur Brey. Si, digamos, me acompañara a casa… y siempre que usted no esconda otras intenciones.

El rostro de Irène Sagnier conserva su apariencia rígida y neutra, pero su boca apunta un guiño burlón.

—No. En absoluto, señora Sagnier. Mi interés es puramente artístico —Brey posa su copa en la mesa que queda a su derecha—. En ningún caso me permitiría abusar de su hospitalidad o benevolencia.

Parecen practicar un juego de estrategia en el que los contendientes ejecutaran maniobras alternas de aproximación y alejamiento, fingieran aleatoriamente indiferencia o interés; disputaran una partida que ambos supieran cómo ha de acabar, pero aparentasen desconocer el resultado.

—En ese caso, no creo que exista problema alguno.

Brey coge ahora la copa de Irène Sagnier, la posa y luego gira la cabeza hacia la puerta con un movimiento que buscara la aquiescencia de la mujer.

—Quizá, entonces, deberíamos irnos ya. Sería imperdonable desaprovechar la oportunidad de contemplar ese grabado de Daumier —coincidiendo con el final de la frase, Brey desliza una mirada sobre el collar de plata y amatistas que cuelga entre los pechos de Irène Sagnier—. Admirarlo detalladamente.

—Estoy segura de que no se arrepentirá.

Los ojos grises, metálicos, de la mujer destellan un brillo de lujuria.

—Es extraño —Brey hace una reverencia que indica la salida—. Me ha provocado usted un inaplazable interés por ver de cerca esa edición de Salambó.

* * *

He sabido o temido siempre que podría ocurrir, que en algún momento ella regresaría, si llegó a irse, o que, si siguió aquí, tarde o temprano, necesariamente, el azar haría que volviéramos a coincidir, que la probabilidad de un encuentro iría acrecentándose con el paso del tiempo, que esa progresión —imposibilidad, contingencia, necesidad— acabaría por convertir lo aleatorio en inevitable, que finalmente habría de suceder, cualquier día en cualquier calle o plaza, que ese sería —el lugar y el instante— el único resquicio que quedaría a merced del azar.

Tacho el boceto que he dibujado un momento antes en mi cuaderno, ese trazado de líneas convergentes hacia un punto de fuga. Alimento la posibilidad de que no sea ella, de que se trate de un error, un equívoco. No ha dejado de sucederme a lo largo de estos treinta años: de pronto creo reconocerla en una mujer a la que no alcanzo a ver la cara, en un rostro parcialmente oculto o entrevisto en la sombra, en una figura que cruza fugazmente ante mí, advertida de esa forma fragmentada, borrosa o huidiza en la que se presenta la realidad. Como ahora, siempre es un detalle nimio, un gesto mínimo, en teoría imperceptible, insignificante, lo que llama mi atención: la forma de sostener un cigarrillo entre los dedos, el balanceo de un pie descalzo que juega con el zapato bajo la mesa, el modo de subir las escaleras o recolocarse las medias doblando la rodilla y permaneciendo en equilibrio, sin apoyarse. A veces he creído entrever su rostro tras una ventana, he tenido la sensación de volver a oír a mi espalda el tono agudo, casi infantil, de su voz o de percibir su olor en el aire. Espero, entonces, impaciente, nervioso, a que esa forma lejana, imprecisa, móvil o incompleta se acerque, se concrete, se detenga o, como ahora, se gire y poder ver su rostro. De nuevo, como me ha ocurrido decenas de veces, necesito comprobar que no es ella, convencerme de que es mi mirada la que busca esas similitudes; mi cerebro el que proyecta su imagen, sus gestos, su voz, sobre esos rostros borrosos, parcialmente vislumbrados, el que inventa o fuerza esa semejanza inexistente.

* * *

Héctor Brey abre los ojos y espera a que sus pupilas se acostumbren a la oscuridad. Irène Sagnier reposa a su lado en la cama, vuelta hacia la pared, con el pelo cayendo sobre los hombros, convertida en una espalda anónima, como si no fuera alguien concreto, sino una forma más de ese cuerpo cambiante de mujer con el que Brey se ha despertado día tras día durante años. Mira la habitación: el amplio espacio de paredes blancas agrisadas por la oscuridad, las ventanas cegadas por las cortinas que dejan colarse hilos diminutos de luz que rayan el suelo sobre el que está esparcida la ropa de Irène y su ropa, como cadáveres que se pudrieran sobre el campo de batalla. Aparta despacio la colcha y se levanta.

—¿Dónde vas?

La voz de Irène suena apagada, difuminada por la sombra y el umbral impreciso que separa el sueño de la vigilia.

—A ducharme.

Irène oye la respuesta de Brey y el ruido de la puerta al cerrarse golpeando en el interior de su cerebro. Sigue tendida. Nota la boca pastosa, el aliento espeso, luego la luz restallando en sus ojos cuando extiende la mano y enciende el aplique que cuelga de la pared. Frente a ella, el vestido de satén malva se arruga en el suelo como un testigo mudo de esas últimas horas de la noche que se negase a confesar. Siente que necesitara recordar, rescatar lo sucedido de la nube de alcohol que niebla su mente, ordenar trazas deshilachadas de memoria. Estira el brazo y acaricia la sábana en la que se marca aún la huella del cuerpo ausente de Brey como si precisase recuperar los restos de un naufragio.

Está allí, desnuda, sentada en la cama, cuando Brey entra de nuevo en la habitación, se acerca a ella, se agacha y la besa levemente en la boca.

—Buenos días, Irène.

Dice ese nombre; incluso parece subrayarlo, como si acabase de recordarlo y tratara de compensar así el olvido.

—¿De verdad tienes que irte ya? ¿No quieres quedarte a desayunar?

Él se ha incorporado. Se abrocha la camisa, pero guarda la corbata en el bolsillo de la americana, como quien se deshace o esconde parte de un disfraz, se libera de la rigidez de una etiqueta ya innecesaria.

—No puedo. Tengo una cita a las once. Creí habértelo comentado.

Ella trata de hacer memoria, pero solo recuerda las manos de Brey rebuscando entre su ropa, el tacto de los dedos en su cuerpo, el aliento en su cuello, la voz grave, el tono susurrante, de arrullo, de un hipnotizador, que vaciara las palabras de todo sentido.

—Lo pasé bien anoche.

La frase brota automáticamente de su boca, asociada a esa imagen que acaba de irrumpir en su cerebro.

—Yo también.

Mira a Brey y ve entonces su propio cuerpo reflejado detrás, en el espejo que hay al fondo. De pronto, parece cobrar conciencia de ese desequilibrio —él, vestido ya y ella, aún desnuda— que parece simbolizar la asimetría del deseo.

—Podríamos quedar otro día. Apenas conozco a nadie aquí. Me vendría bien alguien que pudiera enseñarme Madrid.

Su mirada está fija ahora en esa imagen que devuelve el espejo: su cuerpo desnudo, encorvado, con los pechos pequeños desplomándose grávidos sobre el vientre combo, recorrido de pliegues. Instintivamente, se yergue. No puede apartar, sin embargo, los ojos del reflejo. Tiene la sensación de que a la luz del día la desnudez cobrara un tono macilento, frío; el cuerpo adquiriese una apariencia excesivamente realista, incluso cruel, la claridad delatara sin piedad las arrugas que bordean la comisura de sus labios, la piel floja del cuello, las manchas de las manos; no hubiera posibilidad alguna de que una luz más cálida corrigiera la textura áspera de la carne. Se siente repentinamente expuesta, insegura, inerme ante la franqueza con la que la claridad revela las huellas de la edad en su cuerpo. Cruza hasta el fondo de la habitación, coge el albornoz que cuelga de una de las perchas de la pared y se lo pone.

—Claro. Cuando quieras. Llámame.

Él rebusca en los bolsillos de su chaqueta, pero es Irène quien le tiende un pequeño cuaderno y un bolígrafo. Brey le apunta su número de teléfono y posa un beso liviano, instantáneo, en sus labios. Comienza a andar hacia la puerta y sale del cuarto. Ella lo sigue a lo largo del interminable pasillo. Sin embargo, se detiene de pronto y empuja la puerta que queda a su derecha.

—Espera.

Brey oye la voz a su espalda. Desanda unos pasos y se asoma al interior. Es un salón amplio, con los muros pintados de estuco en los que se abren tres ventanales que dejan entrar el sol de la mañana. Irène está en una esquina, inclinada sobre las cajas que se apilan contra una de las paredes. A la derecha hay una chimenea de piedra, condenada por un muro de ladrillo. En medio puede adivinarse un sofá, dos sillones y un enorme escritorio, o quizá una mesa de billar, cubiertos con sábanas. La luz hace brillar el polvo que flota en el vacío subrayando ese aire de abandono, casi fantasmal.

En cuclillas, Irène revuelve entre los libros de una de las cajas.

—¿Qué buscas?

—Esto —ella se incorpora y le tiende el volumen que tiene en la mano—. Una edición de Les Contes Drolatiques de Balzac, imprimée, imprimida… —vacila hasta encontrar la palabra exacta—. Impresa en 1855 e ilustrada por Doré. Es para ti.

—No sé si debo aceptarlo.

—Claro que debes.

Brey sostiene con cuidado el ejemplar y ojea, durante unos instantes, las ilustraciones en blanco y negro que salpican las páginas del texto.

—Gracias, pero creí que había venido a ver esa edición de Salambó.

Ella examina el rostro de Brey como si esperara encontrar una mirada irónica. Luego es su boca la que dibuja la mueca de decepción de quien descubre que ha dado por supuesta una complicidad que se revela ahora inexistente.

—Creí que lo sabías, que tú también sabías que Daumier nunca ilustró Salambó.

* * *

Sigue allí, de espaldas, frente a la librería, en la zona de sombra que la línea del horizonte recorta bajo ese cielo del color del cinabrio, el corindón o el cobre. Su figura se apunta en una penumbra corregida solo por el resplandor tenue del escaparate, desleída en una oscuridad de formas planas, apagadas y ciegas que lima los límites, pule las aristas hasta conferir a los volúmenes una borrosa indefinición similar al olvido.

Nunca he dejado de preguntarme si años después sería capaz de reconocerla, qué en ella habría sobrevivido al paso del tiempo, permanecería aún. He confiado siempre en que podría distinguirla de cualquier otra mujer, como si existiera un espíritu oculto en las personas, una especie de alma que permanece inmutable a los cambios. He abrigado la esperanza de que un detalle mínimo —una huella, un rastro, una traza de entonces— me permitiría identificarla; quizá la mirada, los ojos, esa única parte del cuerpo que desafía a la edad; tal vez la voz, que el tono conservara ese timbre agudo, casi infantil, o acaso los gestos: la forma de andar o de encoger los hombros al recogerse el pelo.

De pronto se vuelve. Veo su cuerpo leve: la figura delgada, las curvas apenas esbozadas de los pechos y las nalgas bajo el vestido, el rostro con la frente despejada, la nariz recta y breve, el mentón en el que la distancia no me permite distinguir el pequeño lunar que manchaba la piel bajo la comisura izquierda de sus labios.

Sé ya que no tiene sentido engañarme, que no existe ninguna posibilidad de error, que esta vez no se trata de otra trampa de los sentidos. Al contrario que en anteriores ocasiones, cada uno de sus rasgos, lejos de negar la similitud, confirma el parecido: el arco preciso de las cejas, la línea exacta de la nariz, el trazo idéntico de la boca, redibujada de carmín, como si tratara otra vez de encubrir la apariencia adolescente bajo ese disfraz de mujer adulta, desplegara —con la verosimilitud de una actriz maravillosamente versátil— un nuevo ejercicio de simulación e impostura, volviera a suplantarla y, en ese juego camaleónico, vampirizara la imagen de Irène Sagnier haciéndola regresar a la vida.

[…]

 


 

Carlos Suárez

Carlos Suárez (León, 1961). Es periodista y ha desarrollado la mayor parte de su carrera profesional en Televisión Española, donde a lo largo de más de treinta años ha sido redactor, editor adjunto y editor del Canal 24 Horas y jefe adjunto del Área de Sociedad de los Servicios Informativos. Actualmente es editor adjunto de fin de semana del Canal 24 Horas.

Viático es su cuarta novela, tras La muerte zurda (Atodaplana, 2004), Una mujer en Pigalle (Roja & Negra, Penguin Random House, 2016) y Vermeil (Eolas Ediciones, 2022).

🖥️ https://viaticonovela.wordpress.com/

📓 Viático. Novela. Mira Editores, Zaragoza (1.ª edición en abril de 2023). ISBN: 978-84-8465-592-3. Para adquirir esta obra: miraeditores.com/Vi%C3%A1tico.libro

🖼️ Ilustraciones artículo: Portada del libro y textos remitidos por el autor de la novela, fotografía de Carlos Suárez recogida en su web para la presente publicación. © Derechos reservados por sus autores.

 

Índice reseñas Viático

Reseñas en Margen Cero

Revista Almiar · n.º 128 / mayo-junio de 2023 · 👨‍💻 PmmC · MARGEN CERO

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