artículo por Jesús Greus

 

A

los solitarios nos seduce invernar en ciudades, por el aquél de que estas procuran solaz y compañía, incluso sin necesidad de codearse con nadie. En país extraño conviene, sin embargo, permanecer tiempo suficiente como para perderlo, por ejemplo, sentado en un café o en una terraza. No hay mayor gozo, para el ermitaño, que dedicarse a observar a los viandantes. Es este un lujo que no puede permitirse el turista ocasional y apresurado. Esa observación desapasionada permite tomar el pulso al lugar, especular sobre las andanzas de los transeúntes, imaginar vidas, deducir dramas, aprender costumbres. La señora gorda que no puede con su alma y asciende penosamente la calle desde el mercado, cargada con pesadas bolsas; el chuleta repeinado que pasea una mirada provocadora sobre la concurrencia femenina, en busca de una posible conquista; el loquito del barrio que hace payasadas sin que nadie le preste atención; el mendigo flaco y harapiento que rebusca por los suelos colillas de cigarrillos; el oficinista atareado o la camarera con minifalda y medias de encaje negro sobre unos muslos rellenos; y, cómo no, la pareja de adolescentes enamorados que se besa con desfachatez ante el público sin importarle nada más allá de su efímero amor.

Una de las cosas que más me estimula en país ajeno es hacer la compra. Los mercados son fiel representación de la cultura gastronómica local. ¡Cómo describir, por citar un caso, la exuberancia de los mercados callejeros en Italia! Es un regodeo contemplar las variedades de quesos, embutidos, funghi porcini, verduras, insalate, hierbas, rúcula, radicchio o achicoria roja para asar al horno cubierta de queso. Nada que ver, claro está, con los mercados de México o de la India, tan plenos de especias y de condimentos picantes. En Hong-Kong, los peces se venden vivos en baldes de plástico, y las verduras del día son rociadas con agua a cada rato para mantenerlas frescas. La costumbre, en busca del producto más reciente, manda hacer la compra por separado para el almuerzo y para la cena.

A veces, no puede uno sustraerse, sentado en cualquier café, a la tentación de escuchar la tertulia de los vecinos de mesa, que departen de asuntos cotidianos. En esto, los cafés árabes son una institución. Me hipnotiza sentarme junto a esos provectos y enjutos señores, de barbas teñidas de rojiza alheña, ataviados con elegantes chilabas o ligeras gandoras, según la estación, a juego con las babuchas. Coquetos aun en su vejez. Me llegan a los oídos sus comentarios acerca de política, la carestía de la vida o la desvergüenza de la juventud actual. «En mis tiempos eso no se hacía…», comenta un distinguido matusalén de manos nudosas como sarmientos, en seguida coreado por los contertulios.

Hay escenas que quedan grabadas en la memoria, como esos callejones apartados de ciudades latinas, con chavales jugando al fútbol bajo un sol ácido tras un aguacero tropical. En Salvador de Bahía, vagabundos prietos duermen a pierna suelta, en pleno día, acurrucados en los sucios suelos. Negros esqueléticos rebuscan las basuras para rescatar latas vacías arrojadas tras la hecatombe del carnaval, que revenden al peso. Ascienden las empinadas ladeiras, bajo un sol de justicia, cargados con abultados sacos. ¡Un tesoro!

Bombay, la Puerta de la India. Sería esto allá por el año 1976 o 77. Salgo a dar un paseo noctámbulo en torno al bello monumento colonial. Se me acerca un niño andrajoso de apenas seis o siete años. Vive en la calle, perdido en esa ciudad inmensa y demencial. Me acompaña un rato, y me cuenta sobre su vida, el tugurio donde comparte un rincón con otros críos. Le pregunto qué quiere ser de mayor. Sonriente, se pierde en sueños imposibles. Es listo, vivo, dispuesto. Si la vida le otorgara una oportunidad, podría llegar a algo. Pero, en un país como este, eso es una entelequia. Le entrego unas monedas y me alejo de él pensativo y triste. Cuántas veces me he preguntado qué habrá sido de él. Condenado a la indigencia.

En Estambul, un café turco a las puertas de un bazar, junto al cementerio y la mezquita de Beyazit. En una pequeña habitación acristalada, de forma octogonal, un corro de hombres bigotudos ocupa un asiento corrido a lo largo de los muros. Sentados codo con codo, muy circunspectos, fuman en esbeltos narguilés el aromático tabaco afrutado mientras charlan en susurros. Pasa el tiempo, sin prisas. Otros parroquianos beben infusión de manzana en silencio, con mirada abstraída, mientras chupan las boquillas de sus pipas, sumidos en ensueños. El alma turca es siempre soñadora. En torno a ellos, en las paredes amarillas y desgastadas, grabados románticos exhiben antiguos rincones de la ciudad, hoy arrasados por una abyecta especulación inmobiliaria. Las evocadoras escenas descritas por Loti, a finales del XIX, apenas pueden rescatarse hoy en algún apartado recodo entre rascacielos, o en maltrechas callejas olvidadas.

Los camareros, con viejas y raídas chaquetas color mostaza, entran y salen sin cesar en el recinto. Uno de ellos porta un pequeño cubo con brasas encendidas, y se ocupa de cambiar las ascuas que se enfrían en la cazoleta de las pipas. En un rincón, sobre una repisa, un televisor emite con voz gangosa un telediario turco. Cae la tarde. El ambiente del café se vuelve irrespirable por la humareda de los narguilés. Los sirvientes accionan un rudimentario aire acondicionado para ventilar la exigua sala durante unos minutos. Afuera, en las calles batidas por un álgido céfiro invernal, ruge el bullicio incesante de la milenaria y abigarrada Constantinopla. Llaman los almuecines a la oración del sol poniente.

Me provocan rincones anónimos de cualquier ciudad, calles a veces sórdidas, inmuebles desconchados con un anciano desdentado asomado a un balcón decrépito. Otro día, en La Habana, en invierno, un aguacero estrepitoso y calentorro se precipita sobre las avenidas. Visto pantalones cortos y calzo alpargatas. Cae la tarde, y me veo obligado a refugiarme, empapado, en el angosto pasillo de entrada a un edificio apuntalado con vigas carcomidas. Voy camino de una cita de trabajo, en la calle Espada, a la que faltaré sin remedio. Mi amigo Ramón me aguarda con ansiedad para discutir detalles acerca del papel que debe ensayar, como actor principal, en mi obra teatral. Siento rabia y decepción. ¡Llueve a mares como si fuera a acabarse el mundo! Y yo ahí atrapado.

Resultan llamativas esas desangeladas plazuelas de Lavapiés, donde grupos de africanos ociosos charlan en lenguas guturales, juegan chavales asiáticos y pelan la pava parejas mixtas. En torno, tiendas de paquistaníes exponen papayas y yucas entre frutos orientales, dátiles tunecinos, tahine y salsas exóticas. Hay comercios de coloristas telas y hopalandas africanas, dulcerías marroquíes cuyas vitrinas ofrecen cuernos de gacela rellenos de almendra, agencias de viajes que prometen vuelos a lugares imposibles —uno se pregunta si de verdad existen—. Barrio castizo por antonomasia, ¡quién lo viera y quién lo ve!

Con pies adoloridos pateo por enésima vez las vertiginosas callejas en descenso, inmersas en el maloliente dédalo de la vetusta medina de Tánger. Ciudad portuaria y canalla. En exiguos cafetines mal alumbrados, hombres escuálidos y demacrados comparten chistes, comentarios y pipas de kif. Más allá huele a pis de gato. Un minúsculo colmado ofrece, bajo la escasa luz de una bombilla sucia y huérfana, panes redondos, yogures, galletas, cromos, chuches. Al cabo de un recodo me veo obligado a apartarme aprisa para dejar paso a un grupo de chavales que desciende en tropel tras un balón desinflado. Semeja un bando de pajarillos alegres y vocingleros.

Otra escena, otra ciudad, hace muchos años. Lisboa. Cae la noche sobre el barrio de Lapa. Salgo a dar un paseo cerca de la casa donde me hospedo, y asciendo la pronunciada cuesta hacia el barrio de Estrela. Repican las campanas de la basílica. Algunas beatas se dirigen hacia ella. Me asomo al templo: bajo una luz cenital y triste, impregnada de olor a mirra, un puñado de beatas sigue al cura en un monótono rosario cantado. Voces agudas se alzan temblorosas a las altas bóvedas de mármoles inalcanzables y polvorientos. Regreso a mi ocioso peregrinar noctámbulo. Por las calles empinadas deambula algún vecino que da el consabido paseo al perro viejuco, ventrudo y achacoso, de expresión miope. Una pareja joven extrae del coche recién aparcado el serón del niño, que llega dormido de la excursión dominical en brazos de la madre. Un negrito se dirige canturreando hacia la depresión del terreno conocida como Poço dos Negros, calle donde se hacinaban antaño esclavos en tránsito hacia las Indias.

Escenas cotidianas, en fin, de un anochecer dominical, silencioso, frío, otoñal. La gente se recoge en sus casas. Hay luces prendidas en las ventanas de edificios con fachadas revestidas de ajados azulejos. Tras un visillo corrido relumbra el fulgor azulado de un televisor. Un tranvía asciende chirriando calle arriba, sólo ocupado por unas pocas personas adormiladas en los asientos, bajo amarillentas bombillas. El cartel luminoso en su frontal anuncia su destino: Prazeres. El barrio de Placeres insinúa una sugerente ventura, acaso ilusoria, en este aburrido anochecer dominical.

Momentos fugaces, escenas anónimas, vidas insignificantes, ratos perdidos, impresiones de un paseante huidizo.

 


 

Jesús Greus

Jesús Greus. Nacido en Madrid, es escritor, licenciado en lengua inglesa por el Institute of Linguists de Londres. Ha sido colaborador de los diarios ABC, El Día del Mundo, Diario 16 de Baleares, Libération du Maroc, de la revista digital española Narrativas y, actualmente, de la inglesa LSD Magazine. Ha trabajado como traductor para diversas editoriales españolas. Como conferenciante, ha sido invitado por el Institut du Monde Arabe en París; la Universidad de la Sorbona; la fundación Le Monde autour du Livre, en Burdeos; el Centro de Estudios Luso-Árabes de Silves, Portugal; la Fundación Arte y Cultura de Madrid; la Universidad de Marrakech, etc.
Ha sido gestor cultural del Instituto Cervantes de Marrakech, ciudad donde reside actualmente. Es, asimismo, autor de los guiones cinematográficos Snapshots from Marrakech y The City of Flowers, ambos en proceso de preproducción. Es autor de:
Ziryab (Editorial Swan 1988). Novela ambientada en Córdoba en el s. IX. Éditions Phébus, Francia 1993. Editorial Entrelibros, 2006.
Junto al mar amargo, Hakeldama Editor, 1992. Novela.
Así vivían en Al-Andalus, Ediciones Anaya, 1988. 13 reimpresiones. Nueva edición revisada bajo el título Así vivieron en Al-Andalus, Anaya 2009.
Claro de luna. Obra poética.
De soledades y desiertos, Ediciones La Avispa, 2001. Teatro.
Laberinto de aljarafes. Editorial Sirpus, 2008. Relatos.
Rebuscar entre las nubes. Anécdotas, tormentos y manías de los grandes escritores. Ensayo. Huerga & Fierro, mayo 2015.
Aquella noche en el mar de las Indias. Novela. Editorial Stella Maris. Mayo 2015.


🖥️ Web del autor: Espejismos (https://librocircular.wordpress.com/)

👁‍🗨 Leer otros textos de este autor (en Almiar):
Los jimaguas (cuento cubano)Ad Camorritensis EpistolaÍntimos refugios (artículo) Amor de otoño 

Ilustración artículo: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

Índice de artículos

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 128 · mayo-junio de 2023

Lecturas de esta página: 112

Siguiente publicación
El periodista y escritor Carlos Suárez regresa a la novela…