relato por
Antonio Otero Fernández

 

A

quel día, la quietud era apabullante. Ninguno de los presentes en la escena osaba profanarla. Casi parecía que, de atreverse a hacerlo, una divinidad sin nombre fuese a alargar uno de sus colosales brazos para castigar al insolente que la había despertado de su letargo. El silencio en plena naturaleza era un pacto tácito e indiscutible que todos juraban respetar, ya fueran residentes establecidos o esporádicos merodeadores. Como él. Agazapado entre los matorrales, concentraba todos sus esfuerzos en cumplir la norma no escrita. Levantó la cabeza. Observó que el único que la desobedecía con absoluta impunidad era el viento, que ululaba entre las ramas de los árboles, haciéndolas crujir a su paso con sus gélidos soplos.

Era cierto, comenzaba a hacer frío. Pero se había desplazado hasta allí con un propósito fijo y no iba a marcharse con las manos vacías. Sin embargo, aún era temprano. Oteó el frente. La Luna y el Sol intercambiaban posiciones en el firmamento: aquella se desperezaba tímidamente entre las estrellas, mientras este se retiraba a acostarse por detrás de los delgados contornos que dibujaban el horizonte.

A las horas que eran, la mayoría de los habitantes del lugar se habría tumbado ya. Supuso que dormirían plácidamente sabiendo que, para ellos, la cacería del día se había saldado con éxito. Lo cierto es que casi todos los vecinos seguían a rajatabla esa misma rutina: se levantaban con los intempestivos rayos del alba y pasaban horas y horas en primera línea de batalla, en busca de alguna pieza con la que alimentarse a sí mismos y a su prole. Él lo sabía. Se imaginaba que aquella debía ser una tarea extremadamente satisfactoria. Pero también infinitamente más complicada. Al fin y al cabo, a la luz del día se esparcía toda la competencia. Centenares de cazadores luchaban por ver quién sería el primero en afinar la puntería. En una situación así, la incertidumbre terminaba por imponerse y minar la confianza y el buen humor de quienes se creían ganadores antes de tiempo. La caza diurna no garantizaba la comida.

Sin embargo, las cosas cambiaban al oscurecer. Y aquellos que frecuentaban las actividades cinegéticas en las horas solares eran conocedores de las circunstancias. Pero no las aprobaban. Él siempre se preguntó por qué no lo harían. Cuando el cielo se cuajaba de estrellas, la labor del buen cazador era mucho más sencilla. Era verdad que, entonces, buena parte de las presas potenciales descansaban. Pero también por la noche los cazadores salían de la escena sin dejar rastro. Ahí era cuando él tomaba las riendas. Y, en un contexto como aquel, tomar las riendas solo se traducía en una cosa: esperar. Reunir la paciencia suficiente hasta que llegase el momento de la acción.

Volvió a alzar la cabeza. La luna ascendía pesadamente. El agua del estanque comenzaba a reflejar sus destellos de plata. Sonrió para sus adentros. Era el sitio perfecto. Allí solían acudir a colmar su sed todos aquellos que veían interrumpido su sueño. Adormecidos y parsimoniosos. Pero aquel no era el mejor escenario. También podía darse el caso de que un animal, aquejado por una herida que había sufrido en las contiendas de esa misma mañana, se detuviese al pie del agua e introdujese en ella el miembro ensangrentado, en un pobre intento por paliar su dolor. Adormecido, parsimonioso y debilitado. Ese sí era el mejor escenario. En tales circunstancias, era imposible que la pieza escapase al rango de su arma. Era imposible que se saliese siquiera del punto de mira.

Desde que decidió emprender el exasperante oficio de cazador, fueron muchos los que criticaron su comportamiento y su forma de proceder. Argumentaban que no era honesto y que faltaba al código ético. ¿El código ético? ¡Venga ya! Aquello iba de subsistir, eso hasta un crío lo sabía. Partiendo de esa base, cualquier estrategia era válida, poco importaban los criterios morales. Pero los que más detestaba, los que realmente lo sacaban de sus casillas, eran los que le llamaban cobarde. Envidiosos, eso era lo que eran. ¿Cobarde? ¿Él? La mayoría de los que proferían aquel insulto eran colegas frustrados, compañeros que habían regresado a sus moradas sin nada de comida que ofrecer a los suyos. Qué curioso, ¿verdad? Lo acusaban de moverse siempre al amparo de la noche en lugar de dar la cara en plena luz del día, cuando no existe un manto de sombras con el que ocultarse. ¿Y qué? Al fin y al cabo, las horas del día estaban para emplearlas, daba igual la claridad del cielo.

También lo tachaban de despreciable, por aprovecharse de una presa agonizante. ¿Y qué más daba eso? En la vida, siempre hay alguien que hace el trabajo sucio. Él podría perfectamente salir a cazar cuando el sol se hallaba en el cenit de su recorrido. Contaba con los medios adecuados para ello. Pero tenía experiencia en la profesión y sabía que, muchas veces, resultaba mucho más fácil dejar que otros se manchasen las manos primero. Así, si eras ágil y rápido, podías deleitarte con el placer de acabar el trabajo tú mismo. Quizá no te sentías igual de realizado. Pero daba sus frutos. Y en un mundo tan hostil como el de la caza, eso ya era decir mucho.

Bueno, ya reflexionaría sobre su condición en otro momento. Había llegado la hora. Por fin, la luna se había erigido sobre la copa del árbol más alto. La señal inequívoca de que debía pasar a la ofensiva. Se estiró para relajar los músculos, entumecidos tras la larga espera. Asomó la cabeza por encima de la vegetación. Unos instantes después, un ruido sordo y retumbante le confirmó sus sospechas. La res se había precipitado al suelo con todo su peso. Un profundo corte en una de las patas había consumido los últimos estertores de su patética existencia, que ahora también se apagaba sin remedio en sus ojos vacíos.

Con un movimiento de la cabeza, sus fieles compañeros aparecieron entre la espesura y alcanzaron el cuerpo de la presa, listos para rematar la faena. Una vez se aseguraron de que ya no entrañaba ningún peligro, él mismo salió del escondite en el que llevaba apostado toda la noche y fue a reunirse con el resto.

No obstante, cuando llegó a su altura, no pudo evitar recaer en el mismo error de siempre. Contempló fijamente el cadáver, se relamió y, solo después de lanzar una última mirada al cielo, prorrumpió en carcajadas. En esa risa tan estentórea y estridente que tantas veces había repetido a lo largo de su vida pero que siempre se había sorprendido de oír. Era consciente de que era un error, pues no encajaba con su método silencioso y certero. Pero, por más que lo intentara, no conseguía explicarse cómo su propia garganta era capaz de emitir un sonido tan demoníaco como aquel. Llevaba escuchándoselo a su familia durante años. Suponía que era la forma que tenían de desahogarse. De liberar la creciente tensión acumulada después de horas y horas agachados tras la maleza. Unos se desinhibían durmiendo a pierna suelta, otros se daban baños deliberadamente prolongados. Y otros, como ellos, se reían sin control.

Nunca lo entendió. Pero era en esos momentos, justo después de culminar la cacería, cuando se daba cuenta de que jamás lo comprendería. Porque esa era su naturaleza. Cobarde y despreciable, sí. Pero su naturaleza, le gustase o no. Él solo se había limitado a poner en práctica lo que siempre le habían enseñado. Y eran esas enseñanzas, éticas o no, las que definían su personalidad. Las que le hacían ser lo que era: una hiena.

 


 

Antonio Otero Fernández. Nacido el 10 de octubre del año 2000, en Madrid (España). Estudia Historia y Periodismo en la Universidad Rey Juan Carlos de Fuenlabrada (Madrid). Actualmente se encuentra en su tercer año de carrera. Colabora desde septiembre de 2020 con el blog literario Trabalibros, liderado por Bruno Montano.

📧 Contactar con el autor: tonio.aof2000 [at] gmail [.] com

🖼️ Ilustración relato: Imagen por Prawny / Pixabay [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 118 · septiembre-octubre de 2021

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