relato por
Roberto Cambronero Gómez

 

fidelidad s. Virtud característica de quienes van a ser traicionados.
Ambrose Bierce

 

F

ue Mono Loco el que tuvo la idea; él hace licor en la tina de la casa de su mamá y se lo vende a bares pequeños que a veces sí tienen licencia para vender y otras no, pero da igual, porque no se puede vender del que se hace en casa. La cosa es que fue a este bar en la Avenida 12, por la Sabana, donde lo recibió el dueño a las seis de la mañana para que todo fuera discreto. Es un bar estrecho de ladrillo donde los estudiantes de medicina van a emborracharse. Le pagaron y le indicó que pusiera el licor arriba, en el segundo piso que le dice es como una bodega o algo así. Primero se negó, porque dijo que no era ningún empleado para subir los tarros y después lo hizo porque Mono Loco es un huevón.

En ese segundo piso, que eran puras sillas apiladas y mesas con patas de menos, vio por la buhardilla (él lo dijo diferente, «ventana acostada» y Mono Sabio lo corrigió) la casa de a la par: estaba el muro delgado con alambre de púas y el balcón, no separados por más de un metro, hacia abajo un jardín con un limonero y un perro, dijo que de esos que son como una rata, que se pueden patear o majar, no son ningún peligro.

Que entonces le hizo conversación al dueño, averiguó un poco y parece que vive una señora, mayor, viuda, sola, que solo los martes llega una muchacha a hacerle la limpieza. De ahí en fuera: sola. Que solo con ver la casa no es rica. Mono Sabio lo interrumpió, sacándose la pipa de hachís y respondió con lo inteligente que es que igual tendrá al menos dos teles, computadora no pero sí buenos electrodomésticos porque una señora tan sola debe gastar el tiempo cocinando, y seguro tiene una de esas máquinas de café que hace hasta espuma, además de la plancha, lavadora y secadora, pero tampoco hay que esperar algo muy bueno. No habrá computadora, concluyó. Entonces Mono Loco le dijo que lo dejara terminar, porque lo importante es que si por algo conocían a la señora es porque es de esas viudas que se quedaron sin mucho pero que todavía se ponen un montón de joyas. Solo uno de esos anillos podría valer más que un tele de mierda, sentenció Mono Sabio y siguió fumando, pensativo.

La muchacha de la limpieza le trae las cosas del súper, esto Mono Loco no lo sacó del dueño del bar porque se fue como a las siete y, como era martes, la vio entrar con las bolsas. Y Mono Loco pensó como Mono Sabio, cosas que pasan entre amigos de tanto tiempo, uno se confunde con el otro, porque llegó a estrellarse a propósito y se cayeron unas papas. Mientras las recogía, como ella iba apurado y pidiendo disculpas, lo único que sacó es que era estricta con la puntualidad y no la dejaba subir al segundo piso. Ah, mirá, es una neoliberal, dijo Mono Sabio, lo que le dio el impulso personal para meterse en el proyecto porque a diferencia de nosotros, Mono Loco y Mono Sonso, que soy yo, vive con su familia y va a la universidad. No ocupa hacerlo para sobrevivir, como nosotros.

Nunca tuve familia, siempre viví de lado a lado desde que salí del orfanato. Pero eso se acabó cuando conocí a Mono Loco que me explicó que era muy libre para poder vivir con su mamá, así que lo ayudé con sus negocios, que sabe inventar muchos y pagamos entre los dos la renta de este lugar. Mono Sabio solo llega para fumar y decirnos todas esas cosas que se le ocurren.

Ahora, por ejemplo, dice que cuándo se va la señora de la casa, cuándo deja sola la casa. Y se ve en la cara de Mono Loco que tiene vergüenza porque no se le ocurrió preguntar, si tuviera cola como los monos de verdad, la tendría entre las patas, si es que la cola de los monos se comporta igual que la de los perros y eso solo podría peguntárselo a Mono Sabio, pero no es el momento ni el lugar. No quiero que se rían de mí, que digan algo como «por eso sos Mono Sonso».

Mono Loco se infló y dijo, eso no importa todavía, porque el tipo del bar me habló de un problema en las tuberías y le recomendé a Mono Sonso y fácil, duramos lo que tenemos que durar y vigilamos desde la buhardilla. En el orfanato doña Miriam nos decía que mentir era como hacer fuego en la casa propia o andar una serpiente como collar, por eso yo le decía cuando veía a los demás robarse la ración del almuerzo de otros o comer chicles después de haber salido a fumar. Se los expliqué, entonces Mono Loco empezó a decir que Doña Miriam solo era una puta, yo me tapé los oídos hasta que Mono Sabio me puso las dos manos en los hombros, me miró con sus ojos que están siempre rojos y dijo que no íbamos a mentir, que me enseñaría a reparar la tubería, que de verdad que lo iba a hacer.

No lo hizo por mucho tiempo, me pidió que abriera los grifos para sacar el agua restante de los tubos antes de reparar y cuando volví Mono Loco estaba aplaudiendo, nos miró con ojos achinados y dijo que suerte de la grandísima, la vieja acaba de salir. Estás seguro, dijo Mono Sabio, si entramos y resulta que solo estaba abajo nos jodemos. La vi salir con bolso. Bueno, vamos, abrí la buhardilla, le dijo.

Lo hizo. Mono Loco se arrojó primero, así, dio un salto como si de verdad fuera un mono y cayó en el balcón. Mono Sabio fue más lento pero como es tan alto solo abrió las piernas como tijera y colocó una en la baranda y la otra en la ventana, se quedó un rato sin atreverse a ver hacia abajo pero dio el salto y Mono Loco lo atajó. Vamos, es tu turno, me dijeron. Pero no terminamos con los tubos, y era cierto, Mono Loco me gritó pero Mono Sabio me dijo que después podríamos volver a terminar el trabajo, pero ahora tenía que saltar con fuerza. Me paré en la ventana, intenté estirar la pierna como Mono Sabio pero no me llegaba. Salte nosotros lo agarramos, me decían. Flexioné las rodillas y vi hacia abajo donde estaba el perrito dando brinquitos y ladrando y yo sabía que no tenía que hacerlo pero como volvía a ver hacia abajo mientras saltaba vi cómo me acercaba al suelo y me agarré de las barandas, mis costillas se golpearon con la esquina del balcón y como no pude respirar por un rato se me deslizaron las manos sin fuerzas.

Mono Loco me sostuvo, está muy pesado para alzarlo, dijo, entonces Mono Sabio se quitó los pantalones, lo colgó entre los barrotes en la entrepierna, me dio las tobilleras amarradas en un nudo. Mono Sonso, me dijo, agárrese duro y vaya bajando con cuidado, lento, para que te aguantemos, cuando llegue a la tobillera salte al jardín, nosotros nos encargamos de arriba y cuando bajemos le abrimos la puerta, ¿entendido? Dije que sí pero cuando me agarré del pantalón dije que estaba muy asustado para hacerlo. Gritaron que no me soltara, pero los brazos me fallaron, el perro estaba ladrando y cuando di con el suelo me quedé otra vez sin aire y sentí los huesitos del animal (que solo soltó un aullido), romperse.

Cuando me levanté me le quedé viendo mucho rato y comprobé que sí se le levantaba el vientre: estaba respirando pero no podía moverse, tenía las patitas rotas. Había que avisarle a la señora, pedirle perdón porque es lo que se hace cuando uno se equivoca, eso decía Doña Miriam. Yo no quería caerle encima al perro y una cosa son los teles y otra el perro. Intenté abrir la puerta, pero estaba con llave y no aparecía nadie, seguro arriba había muchas cosas.

Escuché a alguien respirando fuerte: el perro que apenas tragaba aire y vi atrás del árbol de donde caían esos limones y empecé a fijarme para dónde agarrar porque el jardín era pequeño y los muros como de chapa, no se podían escalar y nadie me abría la puerta.

Empecé a tocar la puerta, primero suave como me habían dicho y después con fuerza, hasta que apareció Mono Loco diciéndome que me callara. Como no aguantaba estar en ese jardín donde todo podía morirse por mi culpa, caí en el piso de la sala donde Mono Sabio estaba todavía en calzoncillos mostrando un puñado de collares de plata, en la mesa una pantalla.

Hay que avisarle, dije. ¿Avisarle qué Mono Sonso? Que maté al perro ¿Qué hiciste? Me tapé los ojos y busqué en la oscuridad la dirección del jardín, a la sombra del limonero. Sigue vivo, le voy a dar el tiro de gracia, avisó Mono Loco. Escuché que se alejó, un golpe muy duro, otro aullido. Me acosté en el suelo todavía con los ojos cerrados y me tapé los oídos diciendo que no quería seguir ahí, estuve así hasta que me jalaron el brazo y me tuve que levantar.

Yo les expliqué varias veces que tenía que regresar a confesar lo de la mascota, pero no me escuchaban y cuando ya estábamos en la casa contando lo que traíamos Mono Loco se enojó y me estuvo golpeando hasta que Mono Sabio me llevó al baño a limpiarme la sangre. Después me trajeron aquí, pero antes me hicieron prometer que nunca diría nada de ellos ni de lo que hacían. Yo les pedí solo una cosa a cambio y me dijeron que sí, Mono Sabio me dio un beso en la frente, me lo prometió y me dejaron aquí. Una señora me hizo unas preguntas, pero no pude responderle porque no podía hablarles de Mono Loco y Mono Sabio. Solo repetí no sé, no sé. Pero eso no importa porque la señora es buena como Doña Miriam. Aquí estoy más tranquilo, en la tarde nos dejan en la sala con la televisión prendida y algunos días me toca el control remoto, otros no. También hay un perro, me daba miedo tocarlo y cuando las muchachas me preguntaron por qué les dije no quería hacerle daño, menos matarlo. Pero aprendí a acariciarlo y me felicitaron por eso y como es un perro grande no le puedo caer encima. Yo cumplí mi promesa y ellos la suya porque ya no soy Mono Sonso, ahora me llamo Mono Fiel.

 


 

Roberto Cambronero Gómez. Nace en 1995 en San José, Costa Rica. Estudió Literatura y Lingüística en la Universidad Nacional de Costa Rica. Ha colaborado en revistas como Letralia, Almiar, Marabunta, Página Salmón, Antagónica, entre otras. Es autor de El insólito rapto de Doña Inés (EUNA, 2016), libro con el cual ganó el premio «UNA Palabra» en la rama de dramaturgia. Escribe una columna de opinión en la Revista Viceversa.

🔗 Web: robertocambronerogomez.wordpress.com/

 

Ilustración relato: Fotografía (detalle) por Wallace Chuck, en Pexels [Public domain].

 

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