Entrevista al autor
por
María Luz Arroyo Viz

 

N

os acercamos a la poesía joven contemporánea, lo más in de la puerta grande de la literatura ya que este género implica hilar muy fino, desterrar todo lo que no es esencial y otorgar un sentido íntimo —casi único y universal al texto—. Charlamos con Juan Ráez Padilla que acaba de escupirnos las flores hirientes de Touché (editorial Cuadernos del Laberinto. Madrid, 2021. I.S.B.N: ). Se trata de su obra iniciática en donde mezcla filosofía, literatura, mucha admiración por la lengua de Shakespeare, humor, dolor y temporalidad. Pero se trata de un adiós a la juventud, se trata de  llegar a una meta para adentrarnos en territorio desconocido: la cuarentena y todo lo que ello implica.

 

—Acaba de llegar a las librerías de toda España su poemario Touché. ¿Qué va a encontrar el lector tras este título tan sugerente?

Touché es mi primer poemario, mi opera prima, por lo que es una obra con un especial valor iniciático para mí. Como profesor universitario, me dedico a la investigación literaria y he publicado otros títulos de naturaleza académica, pero ninguno de ellos —por lo que de personal y literario que hay en él— posee para mí el aura de autorrealización y reencuentro personal de Touché.

Su título se mueve entre idiomas, connotaciones y juegos de palabras —que tan atractivos me resultan en poesía—, a la par que es sintético y directo: es la obra de un autor tocado por las crisis de los cuarenta y las cuarenpenas, para quien su mundo es el de los idiomas, incluido el francés, por razones sentimentales y familiares (de ahí, Touché y no Tocado). En este sentido, la colección constituye un doloroso interrogante sobre conceptos tales como la herencia familiar y sociohistórica, el sacrificio personal, el concepto del éxito, la desconexión medioambiental o la ceguera semiconsciente de una sociedad que adolece —en mi opinión— de insoportables dosis de competitividad, egocentrismo y mala conexión humanística. Touché es un testimonio poético de esa estocada.

—Es su primer poemario publicado,  pero no su primer libro, ¿cómo ha pasado de la crítica literaria a la creación?

—Creo que ha sido un proceso natural. Como crítico literario, la poesía siempre ha estado en mi ADN académico (y diría que personal), si bien, por las razones anteriormente aludidas, mi tiempo y mi esfuerzo inevitablemente tuvieron que centrarse en los últimos veinte años (desde que comenzara como becario de investigación en el año 2001) en afianzar una carrera universitaria que, conforme a los nuevos estándares de calidad y acreditación es —esto solo lo saben los jóvenes oriundos del lugar— larga, demandante y costosa en términos vitales. No es oro todo lo que reluce… Tras una beca de investigación en concurrencia competitiva, tres oposiciones a figuras universitarias con contrato laboral y una oposición a Profesor Titular de Universidad finalmente conseguí el estatus de funcionario de carrera en el año 2019, con lo que ello da de seguridad laboral y —sobre todo—anímica. Los interrogantes propios —según dicen, ¡y doy fe de ello! — de la crisis de los cuarenta y de la crisis sanitaria por el Covid-19 y las subsiguientes cuarentenas hicieron el resto: el verso fluyó desbocado y a borbotones.

—Touché puede definirse como un diario poético en donde se van conociendo las facetas de una vida, las colisiones que se producen en la formación del carácter, o incluso el sentido del humor que define a ciertos estamentos sociales ¿Cómo surgió la génesis de Touché?

—Como comentaba en la anterior respuesta, la génesis del poemario tuvo lugar en la etapa postestrés tras el funcionariado. Si bien contaba con algunos poemas que logré pergeñar en años anteriores, el grueso del poemario se reveló en los meses posteriores tras la titularidad, en un proceso que definiría casi como de libroterapia. Escribir el libro me ayudó a soltar lastre y a reencontrarme conmigo mismo. Lo escribí entre septiembre de 2019 y —recuerdo bien su final, por coincidir con el día internacional de la mujer— el día 8 de marzo de 2020. También recuerdo nítidamente su comienzo: la noche del día 6 de septiembre de 2019, día en el que superé la defensa oral de la titularidad, tiene lugar el episodio familiar que se describe en el poema epónimo “Touché”. El narrador poético contempla a mi hijo mayor, Quique, quien necesita de apoyo educativo especial, con un aciago y atávico lirismo —a la hora de brindar su vaso está vacío— que el niño se encarga de cortocircuitar con una salida espontánea y natural al rumiante desvelo del poeta: «Cogió la botella de agua / y dispuso a mansalva. / Bien lleno. / Que no falte. / Trago largo que ahogue / la sal de la chacina. / Touché. Confiar toca». Mientras todo ocurría el poema se hizo borrador en mi cabeza y en ese momento tuve la epifanía de que el libro que quería escribir para contar mi historia llevaría el título de Touché.

—¿Poesía y filosofía se tocan en su obra?

—Sin duda. Para mí la poesía es un vaso en el que se escancia la filosofía. En la poesía bebemos de la materia fluida y acuosa que es la filosofía. A través del verso damos forma, música, pasaje, anécdota a la filosofía en la que se imbrica y de la que nace, como el río que se gesta en las intangibles y recónditas grietas de la montaña. Quizás desde dentro no sabría yo a ciencia cierta describir la textura de esa montaña filosófica mía, si bien me atrevería a definirla como filosofía de la cotidianidad. Si bien no reniego —obviamente, como profesor universitario— de la intelectualidad y el conocimiento libresco, en mi opinión las lecciones más valiosas se nos presentan, a diario, desde la tarima de la vida cotidiana. Mi querida compañera y amiga —hermana de no sangre, diría— magistralmente me psicoanaliza en este sentido en el prólogo al poemario: «el ensanchamiento de la apropiación, de la posibilidad de que nuestro más íntimo yo se vea reflejado y hospitalariamente contenido en la sincera profundidad del poeta, en sus juegos de luces y de oscuridades y en las oscilaciones entre epifanías de eternidad y regreso a las cenizas que, en dialéctica convivencia, entretejen lo poco que al final somos […] Sentir el sonido del pálpito suave de una vida que transmuta en homenaje a lo efímero y a la rebeldía contra las multiformes tiranías que nos encogen las tripas […] De Touché emerge la maravillosa policromía de quien sabe parir verso en las humildes estancias de la cotidianidad, entre el pan y la cruz del día a día». Dejando a un lado la subjetividad del epíteto, el cual solo es merecido con el beneplácito del lector, la nominalización de Caballero Aceituno apunta a esta filosofía de la cotidianidad que, en mayor o menor grado, creo fluye por el poemario.

Usted mismo pone de manifiesto su admiración por el premio Nobel de literatura Seamus Heaney ¿qué le cautiva de este poeta irlandés?

—Efectivamente, el filósofo —sí, creo que es también filósofo— y poeta norirlandés Seamus Heaney ocupa un lugar central en mi sensibilidad poética y metafísica. Comencé a investigar sobre su obra en una fecha tan temprana como el curso 1998/1999 —mi último año de carrera—, en el marco de una beca de colaboración departamental, así como para mi Memoria de Iniciación a la Investigación (2002) y Tesis Doctoral (2005). Estudiar la obra de un literato siempre tiene una parte de incertidumbre personal, en el sentido de que uno, a priori, no sabe si su esfera literaria puede colindar con el plano ontológico del investigador. En mi caso, no son pocos los aspectos que me parecen de especial atractivo literario y personal. Seamus Heaney (1939-2013) fue el mayor de ocho hermanos de una humilde familia campesina en Irlanda del Norte, en un contexto creativo como adulto —el enfrentamiento sectario entre la comunidad católica y protestante, desde el estallido de The Toubles a finales de los años 60— especialmente complejo, que tensionaba entre la obligación ética de apoyo a la causa de la comunidad católico-republicana y su libertad e individualidad como poeta. Ya no solo para sobrevivir, sino para triunfar desde un punto de vista poético, Heaney despliega en su obra una tensión y permanente búsqueda de equilibrio entre contrarios —entre la tierra y el aire, entre la comunidad católica y protestante, entre Irlanda y Reino Unido, entre lo masculino y lo femenino, entre lo celta y anglosajón, entre la república de su tierra y la república de la poesía, en resumidas cuentas— de una ejemplaridad, coherencia y aplomo tales que llevaron al humilde campesino al Premio Nobel de Literatura en el año 1995. Esta ejemplaridad personal y poética, así como una filosofía arraigada en la experiencia de lo cotidiano, me resultan especialmente atrayentes y conmovedoras. Asimismo, Heaney es el gran poeta que fue por la exactitud y polisemia de lo literal y lo metafórico, logrando así «reinar», en palabras de la poetisa mexicana Pura López Colomé, y traductora de algunos de sus poemarios en lengua castellana, «en los terrenos todos del significado».

Tuve la enorme fortuna de encontrarme personalmente con Seamus Heaney unos minutos el día 18 de abril de 2008, con ocasión de un recital poético suyo en el festival Cosmopoética, en la ciudad de Córdoba. Debo decir que, si bien sentía a priori una cierta zozobra por confirmar mi admiración poética en su personaje, pronto descubrí que su talla como persona no le iba a la zaga de su obra. Siempre he pensado que la altura de las personas no se mide en consideración de su interacción con sus iguales o superiores, sino con la de sus inferiores, en el sentido metafórico del término. Tras su recital, todo un premio Nobel aguantó el tirón de una larga cola de admiradores/as que le solicitaban un autógrafo, y a todos y todas atendió con esa afable templanza que le caracterizaba, y que no era incompatible con su enérgica asertividad cuando el momento lo requería: no se me borrarán de la retina los aspavientos del diplómata norirlandés a los/las fotográfos/as cuando las personas que le presentaban comenzaron a hablar y sus palabras menguaban en la barahúnda de clics y flases.

También me atendió a mí, que iba pertrechado con su antología poética Opened Ground bajo el brazo, para que estampara su autógrafo. Dedicándome el tiempo justo que requería la situación y el contexto —la principal cuita del Premio Nobel era atender a todos/as, otra gran lección comunitaria—, tuve la ocasión de explicarle muy brevemente el estudio sobre los elementos naturales que había realizado de su obra, y le entregué un ejemplar de mi libro Los cuatro elementos y Seamus Heaney (Servicio de Publicaciones de la Universidad de Jaén, 2007). En la hoja de título de Opened Ground el norirlandés no estampó tan solo un autógrafo, sino una dedicatoria que atesoro con orgullo: For Juan Ráez Padilla, / with gratitude for / your elemental / appreciation.

—Aconséjenos un libro de un autor contemporáneo y otro de un clásico.

—A riesgo de no ser muy original, uno de los clásicos cuyo recuerdo de lectura me ha dejado una huella indeleble es El Quijote. Si bien había leído previamente fragmentos, lo leí al completo el verano anterior a mi entrada en la universidad (1995). Recuerdo nítidamente dos cosas. La primera, el ingenioso sentido del humor de Cervantes, a través de la narración, los personajes y —sobre todo— el propio uso del lenguaje. Recuerdo reír, literalmente, a carcajadas. La segunda, ese engranaje complementario de la dualidad Don Quijote y Sancho Panza: en ellos no veía solo dos personajes, sino la dialéctica de las dos pulsiones que nos habitan. Como personas. Pero también como españoles: sin duda veo en El Quijote una obra fundacional del carácter e idiosincrasia españolas, tal y como yo las entiendo —de un lado, desfacer entuertos y molinos que son castillos inexpugnables, tareas de idealistas; de otro, el sustento y la ínsula Barataria, el gracejo y la espontaneidad… Escribiendo las respuestas a esta entrevista caigo en la cuenta de que en mi recámara de aforismos (muchos de los cuales publico en mi perfil de Instagram, @juanraezpadilla) el dúo está presente, enraizado asimismo en el atractivo que siempre tuvieron para mí los cuatros elementos naturales: «Don Quijote es un extraterrestre cabezota empeñado en alunizar en tierra. Sancho Panza es sirena regordeta empeñada en amerizar en aire».

Entre los poemarios que he leído en el último año me causó especial atracción Los días hábiles, de Carlos Catena Cózar (Hiperión, 2019). Es un poemario ácido y directo de un autor, perteneciente a una generación más joven que la mía, que reivindica a través del verso soluciones a una población juvenil especialmente castigada desde la crisis del 2008, en un mundo que parece estancado en el culto al trabajo y que —esa es mi lectura— de alguna manera es responsable de esta precariedad generacional: «la mayor hazaña del hombre moderno / es cotizar hasta jubilarse / cuarenta años de dolores y fatigas infinitos / como un castigo de los dioses griegos / cuarenta años de logros y éxitos / que nadie recordará / en su lecho de muerte» (2009: 13). La migración forzosa, el refugio en el campo, el recuerdo de familiares (su abuela) conectados a la tierra —fuertes, silentemente sabios—, el soterrado sentimiento de fracaso en éxitos ambiguamente cosmopolitas, los avatares de la sexualidad o la angustia y el sentimiento de culpa por los estragos que sufren familias desestructuradas son otros de los aspectos que me parecen especialmente atrayentes en este volumen. Me interesa mucho lo que escriben los poetas con menos canas que yo: en ellos encuentro un ímpetu que me fascina y un referente para ese justo medio al que quizás tienda mi poética, entre la de estos jóvenes y mis referentes consagrados, tales como el propio Seamus Heaney, en la literatura en lengua inglesa; y Benedetti, González, Gil de Biedma, Machado, Galeano, Caballero Bonald, Borges, Hierro o García Montero, en la poesía en lengua castellana.

—¿Qué le ofrece la poesía frente a la narrativa?

—La poesía es el reino de la perífrasis. Del decir circundando. Del aludir connotando. Del avanzar girando: la propia palabra verso alude al cambio de surco que realiza el labriego sobre la tierra arada. En la poesía me encuentro a gusto para reflejar mis pulsiones creativas en estas direcciones multimodales. Por otro lado, y quizás en aquel sentido filosófico inherente a mi idea de la poesía, esta es cuna de lo paradigmático. Es decir, es el lugar donde se expresan, con la galanura del verso, los ejemplos cotidianos que explican la teoría filosófica. Seamus Heaney lo define, en mi opinión, magistralmente: «Es difícil hablar de esto sin citar ejemplos, probablemente porque los ejemplos nos enseñan que las verdaderas respuestas a los problemas generales son poemas específicos en situaciones específicas». Personalmente encuentro en la buena poesía respuestas concretas a mis propios dilemas ontológicos o metafísicos. Es como encontrar la prenda adecuada para el estado anímico en el que te encuentras a la hora de salir fuera a dar un paseo, trabajar o ir a una fiesta —nuestra vida tiene diferentes situaciones específicas—. La musicalidad, el eco fónico, la polisemia, el jugar con la palabra, en último término, son antojos que no pueden servirse en mejor plato que el de la poesía. Dicho lo cual, me gusta en cualquier caso la buena literatura: nunca haré desprecios a la buena prosa, amén de que la prosa poética es un estilo consagrado del que también disfruto. La narrativa depende más de la linealidad expresiva y de los entramados de personajes y argumentos, para lo cual creo que mi intelecto y mi manera de ver el mundo son quizás torpes.

 

 

Tres poemas de JUAN RÁEZ PADILLA

 

THE OOPS FACTOR

 

Entra por la ventana
una claridad centelleante,
una promesa henchida de luz
que penetra por oscuras oquedades.

Te dices que te pararás a saborearla
después de este último apartado,
de esta última entrada,
de este último mensaje…

Para cuando vuelves
solo queda ya
un efluvio de partículas insípidas,
una común instantánea que languidece.

 

i.
Respiro, luego existo.
Así que no insistas
en existir a costa de mi asfixia.

ii.
No mataría por nada
ni por nadie,
pero me dejaría fini-
quitar por mis principios.

iii.
Estos fueron mis principios,
y si quiere
(y si no, también),
los cambio por otros
si fui necio.

iv.
Dime sobre qué principio salvaguardas
de polvo y barro
la puerta principal
cuando entras a tu casa
por el portón del garaje.

 

MATALASCAÑAS, 1991

 

El autobús subía
cuesta arriba,
ahora que íbamos despacio,
verdeando mentiras de olivo,
el azul marino en cielo abierto
por vez primera en la pupila,
negativo en negro sobre blanco
aguardando en el cuarto oscuro
a revelarse en color verdadero.

Y de pronto,
en la vertiginosa cresta,
que subía y bajaba por las tripas,
la inmensidad del ponto…

Todos los mares del mundo
caratarearon en su corazón.

¡Me ahogo!
Que alguien
levante ese titánico tapón atlántico.
Que el finis terrae
se arremoline para drenarse
por sus cañerías de sílice.
Que alguien me devuelva ya
el aire tórrido y polvoriento
de terruño.

 


 

Juan Ráez Padilla

Juan Ráez Padilla (Úbeda – Jaén, 1977). Doctor en Filología Inglesa por la Universidad de Jaén (2005, Mención Doctorado Europeo y Premio Extraordinario de Doctorado) y Profesor Titular de Universidad con destino en el Departamento de Filología Inglesa de la Universidad de Jaén (2019-), donde realiza labores de docencia e investigación, con especialización en el ámbito de las literaturas en lengua inglesa. En dicha universidad forma parte del Equipo Amplio de Gobierno en calidad de Director del Secretariado de Movilidad Internacional (2015-). La poesía es refugio y atalaya en su ecosistema universitario.

En cuanto a su labor como crítico literario, ha publicado a nivel nacional e internacional más de medio centenar de trabajos de investigación, entre otros, sobre simbología literaria, mitología y el poeta irlandés Seamus Heaney. Entre los libros publicados en esta línea crítico-literaria destacan Los cuatro elementos y Seamus Heaney (Servicio de Publicaciones de la Universidad de Jaén, 2007) y Tierra, agua, aire y fuego: Manual de simbología (Septem Ediciones, 2015).

En el ámbito creativo ha publicado algunos poemas en algunas revistas especializadas, si bien en los últimos años ha acrecentado su interés, autorrealización y vocación en la creación literaria. Touché es su ópera prima. Un segundo poemario, Verrojo, verá la luz en breve.

En su cuenta de Instagram: @juanraezpadilla publica con regularidad aforismos, trabajo poético en progreso y fotografía artística que complementan y amplían, desde una perspectiva más visual, sus poemarios en papel.

 

Touché (tapa del poemario)

📖 Touché
Colección Anaquel de Poesía, n.º 108 (Cuadernos del Laberinto, 2021) • I.S.B.N.: 978-84-122808-0-7 • 138 págs. • Prólogo por Yolanda Caballero Aceituno • Ilustraciones artículo: Portada del libro y fotografía, con autorización para su uso y publicación en esta reseña; © de sus autores.

🌐 Más información:
cuadernosdelaberinto.com/Poesia/juan_raez_padilla_touche.html

 

Índice reseñas Touché de Juan Ráez

Reseñas en Margen Cero

Revista Almiar · n.º 115 / marzo-abril de 2021 · 🛠 PmmC · MARGEN CERO™

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