relato por
Amalia Álvarez San Pedro

 

N

o le gustaba nada aquella ciudad que parecía un parque de atracciones para adultos; pero allí estaba, paseando por sus calles atestadas de una fauna variopinta y mirando embobado los grandes carteles anunciadores de casinos y hoteles, igual que lo haría un paleto, apabullado por la decoración hortera y las luces de neón. En realidad, le era indiferente estar en Las Vegas o en cualquier otro lugar. Quizás, habría sido un poco más selectivo años atrás, cuando era importante; pero ahora, después de todo lo sucedido, después de haber tocado fondo, tanto le daba un lugar u otro. No obstante, el recuerdo de los buenos tiempos no se le iba de la cabeza y ni siquiera los había olvidado a pesar de la larga temporada que pasó recluido en aquel hospital.

Había sido director de uno de los más importantes concesionarios del automóvil; tenía un buen sueldo, mejores comisiones y estaba integrado por completo en una empresa sólida, con cientos de sucursales repartidas por todo el país. Un trabajo magnífico; aunque luego, con la crisis, todo se fuera al garete. Entonces poseía también una mansión en un barrio elegante, tenía una saneada cuenta en el banco y la posibilidad de cambiar de coche continuamente; pero ante todo y, sobre todo, tenía a Mary… Bueno, a Mary y a Jason, claro, aunque lo de Jason era otra historia. Aquel jovencito no era hijo suyo sino una aportación de Mary al matrimonio y producto de una pareja anterior. Jason y él se odiaron con disimulo nada más verse, pero él encontró el medio de tener al chico controlado, le daba buenas propinas y todos los caprichos y de esa manera frenaba la animadversión que el joven sentía por él. Estaba bien aquel acuerdo sin palabras al que habían llegado, a pesar de que las exigencias del muchacho iban en aumento sin parar.

 

Se detuvo en la acera y contempló pensativo el enorme letrero luminoso del Hotel Flamingo. Las luces de la ciudad que nunca dormía se encendían poco a poco y el neón bañaba el entorno con un resplandor tan espectacular como sucio, robando la noche al desierto. Definitivamente, era un lugar feo y él solo otro infeliz más perdido en una ciudad enfermiza, producto de la mente de un sádico. Un pobre hombre en busca de la oportunidad que le permitiera llenar la maleta de nuevo y que ahora apenas contenía sus escasas posesiones. Necesitaba encontrar un hotel barato donde dejar la valija y, luego, probar suerte en la ciudad del juego. A eso había venido.

 

Sin duda, lo mejor de aquella vida suya, ya tan lejana, fue Mary. Una real mujer la tal Mary; aunque quizás, resultaba demasiado llamativa con su cabello rubio siempre peinado en un moño alto que tenía una estructura casi arquitectónica. El peinado le había llamado poderosamente la atención cuando la conoció, y siguió sorprendiéndolo después cada noche, pues a pesar de que Mary se iba a la cama con el moño tal cual, apenas si se le soltaba una guedeja ni siquiera en el furor de la pasión. No recordaba haber visto jamás a su mujer con el pelo suelto, aunque no importaba porque aquel moño le daba personalidad; bueno, el moño y todo lo demás. Mary tenía unas piernas fantásticas dignas de figurar entre los diseños del mejor arquitecto, y qué decir de su trasero o de sus buenas tetas. Sí, Mary valía mucho. Sin duda ella había sido su mayor pérdida.

Recordaba, especialmente, el día que decidió darle una sorpresa y se llevó prestado del concesionario un Ford descapotable color fresa. Era tan ostentoso aquel coche que casi le dio vergüenza salir con él a la calle, pero estaba seguro de que Mary se volvería loca en cuanto lo viera. Como así fue.

 

Se detuvo de nuevo frente a la cristalera de uno de los casinos y vio dentro una fila interminable de tragaperras. El juego nunca le había gustado, de hecho, nunca jugaba; pero, a fin de cuentas, tampoco había bebido nunca y en cambio llegó un momento que era capaz de beberse el agua del océano. Además, nadie en su sano juicio iba a Las Vegas si no quería jugar. Así que entró y echó algunas monedas en la ranura de una de las máquinas.

El tintineo de las monedas, al deslizarse en la ranura, le recordó la risa de Mary cuando vio el descapotable, sus grititos parecían los chillidos de una rata, gritaba y palmoteaba entusiasmada igual que una niña. Ella entró en la casa y, enseguida, salió con un pañuelo en la cabeza protegiendo el moño, casi del mismo color que el coche. Recordaba el gesto voluptuoso de Mary al deslizarse en el asiento y también, sin saber por qué, el brazo desnudo y blanco de la mujer desplegándose voluptuoso sobre el respaldo de cuero, mientras su mano rematada en puntiagudas uñas color escarlata, acariciaba la tapicería del coche casi con amor. Después, mientras rodaban felices y despreocupados por la carretera, había notado aquellas uñas afiladas rozándole el cuello y enredándose en los rizos del pelo y le pareció como si delgados hilos de araña tiraran de su piel encogiéndole la espalda. Mary tenía un humor excelente ese día y él se sintió feliz. Fue bonito. Algunos recuerdos son alegres y ligeros como nubes de verano y otros son como sirocos calenturientos, se quedan enganchados en la memoria y vuelven una y otra vez, sin dejarte nunca en paz.

 

Dejó de pensar cuando escuchó el ruido que hacía la calderilla al caer en el cajón metálico; las frutas estaban correctamente alineadas en los visores y en el cajoncito había un buen montón de monedas. Acababa de ganar. ¡Increíble! Debía ser lo que llaman la suerte del novato. ¡Cuánto le habría gustado a Mary poder verlo! Porque, a ella, el dinero le apasionaba todavía más que los coches deportivos. Fue precisamente el gran amor de Mary por el dinero y por la posición social lo que motivó el drama. Su mujer nunca se conformó con cualquier cosa.

Recogió las monedas de la máquina y decidió probar fortuna en algún otro juego. ¡Había tanto donde elegir! A lo mejor estaba en racha y su suerte había empezado a cambiar. La vida siempre le había parecido igual que un péndulo; unas veces subía y subía hasta lo más alto y después, cuanto más alto y más rápido había subido, con mayor fuerza descendía, incluso hasta llegar al abismo, y era entonces cuando había que tener mucho cuidado y procurar que no lo arrasara todo. Ese movimiento pendular demostraba muy claramente que la suerte era alternativa y, por tanto, no tenía más remedio que seguir jugando.

 

Mientras depositaba más monedas en la nueva máquina, recordó aquel otro día cuando el gran jefe le dijo que el negocio no iba bien, las ventas habían bajado mucho y las pérdidas eran grandes, así que no había más remedio que cerrar la empresa. De esa manera tan sencilla perdió su trabajo, de la noche a la mañana. Aunque lo peor de todo fue decírselo a Mary, todavía le parecía escuchar sus gritos y ver aquella especie de locura que pareció poseerla.

Su esposa cortaba zanahorias en la cocina cuando se lo dijo y siguió cortándolas frenéticamente mientras blandía amenazadora el cuchillo ante él, al mismo tiempo que por su boca salía tal torrente de reproches y barbaridades como jamás hubiera podido imaginar; aunque todavía fue peor el mutismo que vino después. Estaba acojonado. Eso sin contar el desprecio, las humillaciones y las pequeñas torturas a las que lo sometió el maldito Jason, al que ahora no podía comprar, y a las que se sumó con ahínco la propia Mary. Y así un día y otro, hasta que no tardando mucho tuvo que firmar los papeles del divorcio y dejar la casa, y lo peor de todo, a Mary.

Aún veía al maldito Jason apoyado en el quicio de la puerta, con su sonrisa cínica y la tranquilidad pasmosa con la que desgranó ante él todas sus invectivas y mala baba. Mary estaba allí, pero no hizo absolutamente nada para detener el sádico bombardeo.

Acabó en un cuchitril de apenas veinte metros, con los cuatro trastos salvados del naufragio y completamente solo. Fue entonces cuando empezó su peregrinaje de bar en bar. Se lo bebió todo, lo que tenía y lo que no tenía, y acabó tirado en los callejones al borde del delirium tremens hasta que un día los Servicios Sociales lo encerraron en un centro de desintoxicación.

 

Las monedas caían ahora con ímpetu desbordando la bandeja y saltaban al suelo con alegría. La gente se había arremolinado a su alrededor y lo ayudaban a recoger las ganancias mientras le animaban a seguir jugando. Decidió probar suerte en la ruleta. Lo haría una vez, a lo sumo dos, y volvería al hotel fuera el resultado el que fuera; le había costado muchos sufrimientos dejar la bebida y no quería ni imaginar que se pudiera enganchar ahora al juego por perseguir las veleidades de la fortuna.

Puso las fichas en el cuatro negro. La bola saltaba traviesa mientras la ruleta giraba y giraba; de repente, paró y el crupier dijo: «Quatre noir». ¡Había vuelto a ganar! Esta vez una pequeña fortuna. Quería dejarlo, pero la gente insistía en que apostara de nuevo así que lo apostó todo en el quince negro y de nuevo volvió a ganar. Ganó hasta cuatro veces consecutivas. ¡Casi medio millón de dólares! No lo podía creer. La gente palmeaba su espalda e insistían para que continuara, pero había llegado el momento de dejarlo y los encargados del local así se lo hicieron saber amablemente.

 

Cuando salió del casino estaba amaneciendo y el sol ponía resplandores rojizos en el desierto cercano, tiñendo las dunas de colores que él percibía ya como crepusculares. Contempló un rato la imagen intentado abstraerse de los horrendos edificios de alrededor, y, después, deambuló un largo rato por las calles vacías. Entró en el primer banco que encontró abierto e ingresó el dinero ganado y, por último, fue al aeropuerto y cogió el primer avión que salía para San Francisco.

Una vez en la ciudad, buscó enseguida un buen hotel, salió a comprar ropa, todo lo necesario para el aseo personal y regresó de nuevo a la habitación. Sacó el talonario de cheques que le habían entregado en el banco y extendió uno por la cantidad exacta que había ingresado, lo puso dentro de uno de los sobres del hotel, junto con una breve nota y en el dorso escribió: Mary Singer y la dirección de su antigua casa. Bajó a la recepción y entregó el sobre para el correo. A continuación, salió del hotel y caminó calle abajo en dirección al mar.

El cielo estaba nublado y un viento húmedo subía desde la bahía arremolinando las hojas de otoño en torno a sus pies. Hacía frío. Casi sin darse cuenta llegó al parque y vio la silueta del Golden Gate irguiéndose poderosa ante él mientras escuchaba como en sordina el graznido de las gaviotas. Subió al puente y caminó un trecho observando las luces de la ciudad que empezaban a encenderse.

Sonrió casi alegre por la decisión que acaba de tomar. Durante una larga temporada había descendido a los infiernos hasta llegar a ser poco más que una piltrafa, pero ahora estaba en racha de nuevo, recuperándose. El péndulo había vuelto a subir y en esta ocasión lo había hecho muy alto y todavía podía hacerlo más, estaba seguro, porque esa era la propiedad de un péndulo ir y venir, subir y bajar, con un ritmo inexorable y hasta la extenuación. Por eso era el momento idóneo, antes de que el péndulo descendiera de nuevo y lo arrasara todo otra vez, antes de que lo arrastrara al infierno de nuevo. No sería capaz de soportarlo.

Solo lamentaba no poder ver la cara de Mary cuando recibiera el cheque, ni poder escuchar aquellos chillidos de rata que ella lanzaba cuando era feliz, ni tampoco ver ondear el tul negro de viuda en torno a su moño arquitectónico; pero eso sí, estaba seguro de lo bien que a ella le sentaría el negro.

En cambio, sería un alivio no ver nunca más la sonrisa cínica de Jason. Estaba algo molesto por no haber podido excluir al muchacho del premio, pero no tenía mayor importancia; Mary adoraba a su hijo y a él eso le bastaba. El péndulo se encargaría de darle su merecido a aquel bastardo tarde o temprano. No había de qué preocuparse.

Y, por otro lado, estaba seguro de que Mary sería generosa organizando su sepelio y hasta posiblemente derramara algunas lagrimitas. Sí, ella le haría una gran despedida, como sin duda él se merecía. No había que olvidar que se iba a lo grande, en pleno triunfo, justo a tiempo.

Se encaramó a las traviesas del puente hasta alcanzar la plataforma exterior y, una vez en ella, abrió los brazos. Oyó voces y carreras a su espalda, pero ya solo vio como el agua subía rápidamente a su encuentro.

 


 

Amalia Hoya

Amalia HoyaNatural de Béjar (Salamanca) y residente en Madrid desde 1975. Es fotógrafa y también escritora. Usa el seudónimo Amalia Álvarez San Pedro para sus escritos.

Estudios realizados: Filología Española en la UNED.  Fotografía analógica profesional en el CEI de Madrid (1978)

Como escritora:

  • En 2015 publicó su primer libro de relatos titulado: La Sombra y otros relatos.
  • El mismo año, fue seleccionado uno de sus micro relatos en el concurso convocado por Diversidad Literaria. Incluido en la antología: Inspiraciones nocturnas II.
  • 2016 – 2017 La revista Almiar (Grupo Margen Cero) ha publicado dos relatos contenidos en el libro La sombra y otros relatos. Titulados: La risa y El verdadero significado de la palabra fin.
  • 2016 – 2017 La revista Moon Magazine de San Sebastián ha publicado tres de sus artículos de crítica fotográfica sobre exposiciones en Madrid de los fotógrafos: Bruce Davidson, Terry O’Neill y Philippe Halsman
  • Finalista en enero 2017 del concurso convocado por la editorial Luna Moon y la revista Moon Magazine con el relato titulado: Vacaciones en el paraíso. La antología de estos relatos ha sido publicada a finales del 2017.
  • Publicado por la Editorial Amarante de Salamanca su segundo libro titulado: Seis personajes y un cantante.

Como fotógrafa:

  • Comenzó su trayectoria en fotografía de reportajes y eventos sociales
  • Hasta 2007, trabajó para una multinacional alemana realizando, además de otros trabajos, fotografía industrial y vídeos.
  • Ganadora del primer premio en dos concursos fotográficos:
  • 2002 Valle de Oscos (Asturias) y en 2012 Barrio de Santiago (Madrid)
  • Desde 2011 ha expuesto sus fotografías en diversas salas de Madrid. Ha realizado doce exposiciones hasta la fecha.
  • En 2012 formó parte del jurado de un concurso nacional de fotografía. Fue ganador de este certamen el fotógrafo Eric Crana.
  • Desde 2008 realiza un voluntariado como guía de la Biblioteca Nacional de España.

Obra escrita:

  • Libro de relatos: La Sombra y otros relatos (Publicado en junio 2015)
  • Segundo libro de relatos: Seis personajes y un cantante (publicado por la Editorial Amarante (Salamanca), en Sept. 2017)
  • Tercer volumen de relatos: Inquietudes (Pendiente de publicación)
  • Libro de fotografías de reportaje titulado: Ver y ser mirado (presentado al concurso de Foto libros convocado por La Fábrica en 2016)

 Contactar: amaliahoya [at] yahoo.es · Facebookanalia.gade7 (Amalia Hoya)

Ilustración relato: Fotografía por Amalia Hoya ©

 

biblioteca relato Amalia Álvarez

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero n.º 98  mayo-junio de 2018

 

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