A 191 años de la partida del Libertador

artículo por
Axel Blanco Castillo

 

S

ería excesivo juzgar a Bolívar por la acritud manifiesta en momentos de tensión de la República, y cuando los fieles de la Unión comenzaban a cambiarse del lado de la disolución. Es deplorable señalarle por cometer el error de adelantarse a los tiempos, y de no ser comprendido por sus contemporáneos, o ser demasiado afanoso en la administración del poder, para así asegurar la autonomía de los países liberados. Fue oprobiosa la actitud de las autoridades al preterirlo cuando ya se eclipsaba su salud. Sobre todo, cuando presenta la renuncia ante el Congreso, días después de llegar a Bogotá, el 15 de enero de 1830, y que en esa ocasión sí le haya sido aceptada. Porque el Libertador la había presentado muchas veces, en momentos cuando su autoridad no era bien acogida en vista de los requerimientos de la libertad, en otros derroteros suramericanos. Porque a veces, la distancia se convertía en un oportuno incentivo para la disolución.

El aspecto del Libertador para enero de 1830, era de evidente decaimiento. La concurrencia en Bogotá, desde sus ventanales, balcones y calles, mostraba señales de innegable sorpresa, al distinguir la lánguida figura de su excelencia sobre el caballo.

El protagonista lo admite en carta a Manuelita, días antes de llegar a su encuentro, temiendo causarle irremediable decepción, porque La Caballeresa del Sol también estaba en Bogotá.

Si usted me viera en este momento.
¡Parezco un viejo de sesenta años!

Efectivamente, por su deterioro y debilidad, es posible que sus afectos con Manuela no fueran tan vigorosos como en otros tiempos, y sus conversaciones tocaran más la política por la incógnita que implicaba la decisión que en breve tendría que tomar.

El día señalado, luego de una solemne misa en la Arquidiócesis, salieron todos al exterior. Las tropas formaron para darle honores al excelentísimo presidente, y los diputados, entre otras autoridades religiosas, militares y civiles, se acomodaron, silentes y atentos, mientras el Libertador tomaba la palabra. Expresó brevemente la gravedad de la situación en que se encontraba la Unión y, por ende, la seguridad de la libertad futura, les pidió que en adelante echaran mano a la sabiduría para que fueran prudentes y no dejaran morir a la Patria. Hizo también que todos levantaran sus manos en juramento sagrado por cumplir cada uno con su deber.

¡Conciudadanos!: hoy he dejado de mandaros (…) Escuchad mi última voz: al terminar mi carrera política, a nombre de Colombia os pido, os ruego, que permanezcáis unidos para que no seáis los asesinos de la Patria y vuestros propios verdugos.

Al terminar, el secretario del Congreso anunció a todos la renuncia de su excelencia. Los otros diputados prefirieron posponer decisiones sobre la nueva autoridad que lo sustituiría, en vista de que el presidente no había expresado su propuesta, aunque ya sospechaban que hubiera sido el Mariscal Sucre, idea que de ninguna manera avalarían en la marcha de los días. Aun así, consintieron aceptar un último encargo del Libertador, y enviar una comisión para convencer a Páez de la pertinencia de estrechar lazos y salvar a Colombia, pero perdieron en el intento ya que los venezolanos no aceptaban otra fórmula que no fuera la independencia absoluta de su país. Fue así que cuando la noticia llegó a Bogotá, para Bolívar ya todo estaba perdido. Y más aun al enterarse por correspondencia de que Juan José Flores había declarado también a Quito independiente de la República de Colombia, y fue nombrado presidente del Estado del Ecuador, una acción que ya había sospechado por las impresiones que venía recogiendo de la estrecha relación que mantenía el general venezolano con las élites del sur. Entonces, ya en ese punto, empezó su peregrinaje en medio de la agudeza de sus debilidades y su tos, y las recomendaciones de los médicos de que era necesario, por su bienestar, que tomara otro rumbo que no fuera el de la fría Europa, porque Bolívar había querido poner cielo y tierra de distancia con su amada América al no querer recordar lo que pudo haber sido.

Quizás en la duermevela de aquellos días de tortuosa agonía de su alma y su cuerpo y su espíritu, Bolívar podría haber querido volver a su tierra natal, donde aún vivía parte de su familia y algunas personas muy preciadas, pero es seguro que alguien del reducido séquito de generales y fieles amigos, le habrían alcanzado la infausta publicación en el periódico El Venezolano, dirigida por Antonio Leocadio Guzmán, donde salía textualmente:

Que siendo el general Bolívar un traidor a la Patria, un ambicioso que ha tratado de destruir la libertad, el Congreso lo declara proscrito de Venezuela.

En otra publicación del 10 de mayo del año 30, dice:

Que el pacto con la Nueva Granada no podía tener efecto, mientras exista en el territorio de Colombia el general Bolívar.

Palabras publicadas a petición del congreso venezolano.

Y entonces, qué podía hacer el general, sino destinarse a otros derroteros. Lo primero que hizo fue despedirse muy sentidamente de Manuelita, con más resistencia de ella que de él, ya que en su corazón la coronela pedía encargarse de su enfermedad, tanto como se había encargado de los papeles de la república, pero él no soportaba la idea de que su amada atestiguara más deterioro en el retrato de su memoria. Y fue así que partió de Bogotá, transformado en otro hombre, señalado en las calles de la capital por las chocantes siluetas de la ingratitud e incomprensión.

En efecto, la historiografía registra que parte con un reducidísimo grupo de civiles y generales, en medio de los baldones de un pueblo sin memoria. ¡Longanizo!, llegaron a decirle algunos, empleando un término que por esa época se les asignaba a los locos de atar, disfrazados con prendas militares.

Las circunstancias a veces pueden causar, de un segundo a otro, que los hombres pasen de héroes a villanos, y de villanos a héroes. Los hombres pasan a ser títeres de sus propias ambiciones, o de la voracidad de algunos más encumbrados, al punto, que la paranoia puede hacerlos quemar otra Roma cual Nerón. El Libertador lo sabía, y durante su carrera por la independencia y la Unión, había sorteado, no sin dificultad, las aguas turbulentas de la intolerancia. Como se sabe, siempre fustigado por la sombra de lo trágico. El óbito persiguiéndolo como una noche eterna desde sus primeros años, y sobre todo cuando esclarece el propósito de su destino.

Atentados conocidos y registrados

Es posible que muchas veces repasara los rostros de aquellos que trataron de asesinarlo: Antonio Nicolás Briceño, en septiembre de 1807, por un asunto de los linderos de sus propiedades: sacó sus pistolas y comenzó a dispararle, sin lograr atinar. Caso que hizo abrírsele un expediente penal al primero, pero que queda inconcluso por los sucesos de abril de 1810. Luego, al ser tomado Puerto Cabello, por los realistas, en julio de 1812, el capitán de milicias Domingo Taborda, irritado contra Simón Bolívar por perder la plaza bajo su responsabilidad, desenvaina el sable, secundado por dos milicianos más, para terminar con la vida del joven comandante, acto que no es permitido por los otros republicanos presentes. También cuando en abril de 1813, el sacerdote navarro Pedro Corella, intenta asesinarlo en Las Palmas de Nueva Granada, pero es detenido y condenado a prisión; allí dura más de un año, y al salir, vuelve a planificar atentados contra Bolívar, hasta que en las riberas del río Magdalena, el cura es pasado por las armas a finales de enero de 1815. Al perder Bolívar la segunda República en 1814, se crea una conspiración entre los oficiales más cercanos que lo culpan de incompetente y de pretender liderazgo inmerecido. Son Antonio Mariño, Juan Bautista Arismendi, José Francisco Bermúdez, Manuel Carlos Piar y José Félix Ribas, quienes lo persiguen para matarlo, hasta que escapa de Carúpano en una embarcación. En Jamaica varios españoles tratan de asesinarlo y escapa a Haití. Al regresar a Kingston, Jamaica, en la madrugada del 9 de diciembre de 1815, Beto, su esclavo, fue sobornado por un tal Salvador Moxó para asesinarlo en su hamaca, pero esa noche no estaba sino Félix Amestoy el cual recibió las dos puñaladas. Al confesar el esclavo, fue ajusticiado a la horca. Bolívar parte a Haití de nuevo en 1816, pero esta vez no le va también, ya que es provocado por Mariano Montilla para cruzar sables, pero no cae en sus provocaciones porque son poco menos que insultos sin asidero, y el conflicto concluye. Más tarde, un corsario llamado Luis Aury, planifica asesinarlo, duró varias noches en el asunto hasta que se decidió a asestar el golpe, pero fue descubierto a tiempo por hombres de confianza de Bolívar. Unos meses más tarde, en el puerto de Güiria, en un conflicto instigado por Santiago Mariño, entre Mariano Montilla y su persona, donde el primero decía que el segundo había defraudado su honor, y acto seguido, desenfunda el sable para herirlo, pero logra escapar milagrosamente en el barco del corsario José Bianchi. En marzo de 1827, en la ruta del Sur de Barcelona, Venezuela, el pardo José Alemán usa a sus subordinados para agredirlo. Se supo que había sido visto con Santiago Mariño, y que éste incitaba su ánimo días antes, pero Francisco Parejo (edecán de Bolívar), con otros oficiales, contrarrestan la arremetida. Muchas otras transgresiones se nos escapan, siempre en su gran mayoría de la manera más cobarde, mientras Bolívar dormía y casi nunca frontalmente.

Existen fuentes que dan constancia de que Francisco de Paula Santander reconocía que la última dictadura asumida por Bolívar, el 27 de agosto de 1828, había sido un acicate raudo para el odio y la conspiración. Sostenía que los lugareños y la gente de Bogotá, comenzaron a ver al Libertador como el primer enemigo de la alternabilidad republicana. Y que para los neogranadinos, no era cómoda la impresión que dejaba ver un venezolano gobernando su propio terruño de forma continua y discrecional. Es por eso que las intentonas germinaban como hongos en el pantano de la intemperancia, y si en su apoteosis Bolívar había sido el blanco de muchos, más en su declive. Lo que sí es seguro, es que de todas las tentativas, el Libertador nunca olvidaría la más peligrosa de todas…

La noche septembrina

El 25 de septiembre de 1828, a altas horas de la noche, un aproximado de 37 personas, entre civiles y soldados comandados por Pedro Carujo, asaltaron el Palacio presidencial de San Carlos, eliminando a la guardia palaciega. El propósito era llegar al aposento del presidente para ultimarlo. Por fortuna, Manuela Sáenz, como en varias ocasiones, lo salva, rogándole que salte por un ventanal que daba hacia la calle. El general duda, porque se siente dispuesto a batirse con su sable y mosquete, pero entiende por las muchas voces, que no sería realista enfrentarse a tres docenas de hombres, así que sigue la recomendación. Bolívar corre por la calle y se refugia debajo de un puente, y da tiempo para que sus leales tomen el control como efectivamente sucedió.

Placa Bolívar Noche Septembrina

Después de que el batallón Vargas domina la situación, detienen a Francisco de Paula Santander. Lo procesan sin pruebas constatables, solo pesaba su relación de amistad con Pedro Carujo, uno de los principales del atentado y que había sido visto por muchos testigos. Se devela también que los insurrectos habían ofrecido al almirante Padilla liberarlo, pero él se había negado rotundamente prefiriendo el encierro. Otros incidentes lamentables fueron: el deceso del coronel William Ferguson, la lesión de Andrés Ibarra y, como si no faltara más, el hematoma en la frente de Manuelita por encarar a los sediciosos. El mayordomo José Palacios había jugado un papel primordial, llevando información entre el Libertador (escondido bajo el puente), a los soldados leales de la unión. Como está registrado, muchos escaparon, pero otros fueron detenidos y debidamente procesados.

Recuerdos y desventuras

Mantener en el recuerdo esta larga lista de atentados, es una carga muy dura que se une al peso de su enfermedad. Pero Bolívar sigue a Cartagena, y es posible que también evocara cuando por las calles de muchas ciudades, entre ellas Quito, la propia Bogotá, y Caracas, la gente lo aclamara y le bañara en flores, y adornaran sus grandes salones para celebrar las jornadas de su liberación. Pero el descalabro de Colombia, y su afectación, al punto de tener que renunciar al gobierno, lo devolvía a su realidad. Cuando pasa por Cartagena, un médico le recomienda seguir hasta Santa Marta, la zona más cálida por esos días decembrinos. Es cuando se entera por carta que su oficial más valioso, el Mariscal Antonio José de Sucre, ha sido cobardemente asesinado a 80 kilómetros al norte de Pasto, en Berruecos. Entonces, muy conmovido exclama:

Dios excelso: se ha derramado la sangre del inocente Abel.

Le llega otra carta, esta es de la propia mano de su amigo, llena de un eterno aprecio. Sus intenciones eran partir al sur en busca de su compañera, la Marquesa de Solanda, para así despedirse de la vida pública para siempre, aunque esto último nunca fue comprendido por sus enemigos, que pensaban que su destino era el gobierno.

Una carta de Montilla le informa de que su amigo, don Joaquín de Mier, estaba al tanto de su afectación, y le ofrecía su casa de esparcimiento. Era la quinta San Pedro Alejandrino, ubicada a legua y media de Santa Marta Colombia. Deja entonces Cartagena y pasa por Barranquilla, pero pernocta en Soledad, su dificultad para respirar y su fiebre empeoran, del mismo modo sus arcadas y vómitos. Entonces escribe en respuesta al general Montilla:

Aunque he querido irme a Santa Marta, para gozar de todas sus conveniencias y de las bondades de Mier, me es imposible ejecutarlo, porque mis males van agravándose y realmente no creo que pueda hacer el viaje. Desde antes de salir de Cartagena había empezado a sentir dolores en el bazo y en el hígado, y yo creía que era efecto de la bilis, pero me he desengañado, porque es un ataque formal por efecto del clima a estas partes delicadas. (…) También el reumatismo me aflige no poco, de manera que estoy irreconocible. Necesito con mucha urgencia de un médico y de ponerme en curación para no salir tan pronto de este mundo…

Después de unos días parte a Barranquilla, pero el malestar lo atosiga y comienza a desesperarse. Con la poca autoridad que le quedaba como ex presidente, empieza a enviar comunicados al ejecutivo interino de Colombia, Joaquín Mosquera:

Ruego a usted que me envíe un pasaporte, aunque puede suceder que llegue tarde; ya estoy casi todo el día en la cama por debilidad; el apetito se disminuye y la tos o irritación del pecho va de peor en peor. Si sigo así, dentro de poco no sé qué será de mí, y de consiguiente no puedo aguantar.

Necesitaba atenderse rápido con médicos capaces de tratarlo. También logra que su amigo Joaquín de Mier movilice su bergantín Manuel, para llevarlo a Santa Marta cuanto antes.

Desembarcó el 1 de diciembre de 1830, alzado en una silla de mano, porque ya no tenía fuerzas para mantenerse en pie. Le esperaban las autoridades de la ciudad y, por supuesto, Joaquín de Mier, con otros amigos, todos con expresiones de congoja, por el grado de deterioro de Bolívar y cómo lo había cambiado la enfermedad. Tiritaba de la fiebre mientras lo llevaban a la antigua casa del consulado español. En ese lugar comenzó a asistirlo el médico francés don Próspero Réverend, que tenía 35 años de edad.

Como resultado a los nuevos cuidados, el 6 de diciembre sintió alivio y sus fuerzas volvieron ligeramente, permitiéndole levantarse y caminar. Pero ese vigor lo resuelve a marcharse al hogar de su amigo don Joaquín, contraviniendo las advertencias de don Próspero.

En San Pedro Alejandrino se quedó en medio del abrigo de los castellanos. Lo ubicaron en el mejor de los aposentos y con las comodidades necesarias para su recuperación. Por varias horas experimentó mejoría pero ya el día 7, su cuerpo presentó una recaída con fiebre, tos constante y debilidad. El ocho, el doctor Réverend publicó en la puerta un reporte de la salud del paciente.

Anoche principió a variar la enfermedad de S.E., además del pequeño desvarío que ya se le había notado, estaba bastante amodorrado, tenía la cabeza caliente y los extremos fríos a ratos. La calentura le dio con más fuerza, le entró también el hipo con más frecuencia y con más tesón (…) Sin embargo, el enfermo disimula sus padecimientos, pues estando solo daba algunos quejidos.

El libertador mirando el torbellino en que se encontraba, y ahora, anclado a una cama, sentía que sus esperanzas de restablecerse desaparecían. Se le notaba preocupado por lo que podía ocurrirle en las próximas horas. Entonces, llamó a su amanuense y se reclinó lo que más pudo, con la ayuda de un almohadón que alguien puso detrás de su cabeza. Era 9 de diciembre, y su tristeza no podía ocultarse en un rostro tan demacrado y consumido, su voz vibrátil no indicaba la inexperiencia de un neófito, porque escribir y disertar, era para él una labor casi rutinaria durante décadas. Sus pupilas chispeaban mientras sus labios resecos se movían pesadamente:

Colombianos: habéis presenciado mis esfuerzos para plantar libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonado mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiabais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono.

Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la Unión; los pueblos, obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario, dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares, empleando su espada en defender las garantías sociales.

¡Colombianos!

Mis últimos votos son por la felicidad de la Patria; si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro.

En el boletín del 14 de diciembre, Réverend informa en resumidas, que su excelencia ha decaído mucho más. En el informe del día 16, básicamente, dice que cuando vuelve su vigor, es para luego decaer otra vez, y con una agonía más prolongada, como una lucha frente a frente con la muerte. Le venían entonces delirios que vaticinaban una agonía más profunda:

«¡Vámonos, vámonos!, esta gente no nos quiere en esta tierra…», decía, mientras buscaba incorporarse o salirse de la cama, como si quisiera ponerse en pie.

Pero ya el día 17, a partir del mediodía, el Libertador presentaba un decaimiento largo y pronunciado. Réverend describe sus últimos instantes de esta forma:

Todos los síntomas han señalado más y más la proximidad de la muerte. Respiración anhelosa, pulso apenas sensible (…) A las doce empezó el ronquido y a la una en punto expiró el Libertador.

Fue el momento en que su respiración dejó de tocar el aire de los vivos. Había recibido los sacramentos del sacerdote Hermenegildo Barranco. Y minutos antes de dejar este mundo, Réverend había invitado a pasar a los amigos que acompañaban a su excelencia: Mariano Montilla, Fernando Bolívar, José Laurencio Silva, Portocarrero, Joaquín de Mier, José María Carreño, José de la Cruz Paredes, Diego Ibarra, el edecán Belford Wilson, el mayordomo José Palacios, y parte de la familia de Mier.

Después del correspondiente estudio de los restos, el cuerpo del Libertador fue transportado a la residencia que había en la aduana de Santa Marta, casualmente una de las últimas moradas de su excelencia. Justo allí fue embalsamado por don Próspero Reverend. El general Mariano Montilla dirigió los preparativos para el sepelio en día 20 del mismo mes, disponiéndose de tres días para el velorio. La asistencia siguió siendo exigua, si consideramos que se trataba nada menos que de la cabeza de la gesta emancipadora, y el fundador de Colombia. Estaban su edecán, su comitiva de veteranos generales y algunos amigos cercanos, y la gente de Santa Marta. Manuelita lamentó no haber podido llegar a despedirse de su gran amor.

El Sol de Colombia fue enterrado en una simple bóveda sin ornamentos en la catedral de Santa Marta. En ese lugar continuó por espacio de doce años. Fue en 1842 cuando el gobierno venezolano, liderado por José Antonio Páez, aspiró remendar las ofensas al Libertador, transportando sus restos de Santa Marta a Caracas, con gran manifestación popular. Ese año, se realizó el reconocimiento al Padre de la Patria que debía haberse hecho en su momento, y fue alzado desde la capilla la Trinidad, hasta el templo de San Francisco, y luego a la Catedral de Caracas, donde permaneció expuesto al público hasta el 23 de diciembre de 1842. En 1876 Antonio Guzmán Blanco mandó a trasladar los restos al Panteón Nacional, seguido de un sentido desfile militar. Una crónica registra, que el acto fue tan conmovedor para todos los venezolanos, y sobre todo para aquellos que habían conocido al padre de la Patria, que el general Rafael Urdaneta que había presidido el desfile, al finalizar la celebración, colgó el uniforme para no ponérselo más.

Las dos autopsias

El doctor Próspero Réverend había escrito treinta y tres boletines desde el día en que recibió al Libertador, desde el 1 al 17 de diciembre de 1830. En todos mostraba un estudio detallado del avance de la enfermedad. Pero a las 4 de la tarde, se reunió en un cuarto aparte, con los generales Mariano Montilla y José Laurencio Silva, para hacer los estudios de rigor con restos del excelentísimo Libertador. Fue hasta a las ocho de la noche cuando informó a todos que el padecimiento de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Sojo, había iniciado con una simple gripe que llegó a descuidarse convirtiéndose en condición crónica, desencadenando así una tisis tuberculosa y maligna, que comprometió el sistema nervioso central, así como toda su salud corporal, hasta encontrarse en el cuadro agudo que le costó la vida.

La segunda autopsia realizada el 17 de julio de 2010, por un equipo de patólogos y especialistas de varias áreas, designado por el presidente Hugo Chávez Frías, confirmó la data del doctor Próspero Réverend, y arrojó nuevos datos que permitieron hacer un cuadro más completo de la enfermedad. En efecto, el Libertador tenía tisis pulmonar y presentó una insuficiencia respiratoria, pero había empeorado con un proceso infeccioso y dolor toráxico que generó una fuerte secreción mucopurulenta y estado febril, creando el edema cerebral que oprimió centros importantes cardiorrespiratorios, a nivel de sistema nervioso central. Aunque los especialistas aseveraron que todavía no era concluyente el deceso por tisis tuberculosa, porque también contrajo una intoxicación por cantárea, debido a una medicación, que fue avanzando gradualmente, del mismo modo la presencia de arsénico como complemento del tratamiento, ya que en aquella época se estimaba de terapéutico. La especialista designada por el patólogo José Antonio Lorente concluyó:

Queda el compás abierto para investigaciones futuras y el avance de las ciencias para poder confirmar nosotros los datos de arsénico con certeza, para poder decir que sabemos, por estudios clínicos, que no había una intoxicación aguda pero sí una intoxicación por cantárea.

Estaría demás explicar la denominación del intitulo El Sol de Colombia, ya que la reputación precede al hombre señalado para guerrear y fundar la unidad suramericana. Podría argumentarse entonces y, con razón, a casi dos centurias de su partida, que el Libertador ha sido el personaje que mayor polémica ha levantado en su época y aun después de su muerte. Siempre fue el blanco de emociones que oscilaban desde el odio más beligerante a las pasiones más arrobadas. Por eso nunca pensaron sus contemporáneos al verlo luchar durante años, y luego elevarse en su apoteosis, venciendo al más numeroso y experimentado ejército español con sable y mosquete en mano, que muriera de una enfermedad y no de una estocada o una descarga. Aunque eso solo advierte cuán formado estaba para el combate.

Simón Bolívar con su sable

 

Referencias consultadas:

· LIÉVANO AGUIRRE, Indalecio. Bolívar. GRIJALBO. Caracas, 2007
· BLANCO FOMBONA, Rufino. Mocedades de Bolívar. Monte Ávila Editores. Caracas, 1987.
· BLANCO FOMBONA, Rufino. El Pensamiento vivo de Simón Bolívar. Centauro, ediciones. Caracas, 2007.
· MIJARES, Augusto. El Libertador. Fundación Eugenio Mendoza. Caracas, 1967.
· CATALÁ, José Agustín, (editor). Ideario Político de Simón Bolívar. El Centauro, ediciones. Caracas, 2005.
· ARRAIZ LUCCA, Rafael. Venezuela: 1830 a nuestros días. Editorial Alfa. Caracas, 2013.
· PINO ITURRIETA, Elías. Simón Bolívar. Biblioteca Biográfica Venezolana. Caracas, 2010.
· ROMERO MARTINEZ, Vinicio. Qué Celebramos Hoy. ACTUALIDAD. Caracas 2007.
· HERRERA LUQUE, Francisco. Bolívar de Carne y Hueso y otros ensayos. ALFAGUARA. Caracas, 2005.

Referencias electrónicas:

· Academia Nacional de la Historia:
https://www.anhvenezuela.org.ve/http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1315-94962016000200006
· Carta que envía Simón Bolívar a su maestro Don Simón Rodríguez:
https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/carta-que-envia-simon-bolivar-a-su-maestro-don-simon-rodriguez–0/html/ff6c3814-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html
· El Libertador y su médico el doctor Próspero Réverend; la historia clínica y la autopsia de Simón Bolívar:
http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0120-00112005000200009
· La muerte del Libertador de Colombia por Carlos Alarico Gómez:
http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1315-94962012000200003
· La muerte del Libertador Simón Bolívar: reflexión y análisis desde los avances de la ciencia contemporánea:
https://www.produccioncientificaluz.org/index.php/redieluz/article/view/35528
· El problema de la causa de la muerte de Bolívar:
https://www.redalyc.org/pdf/1700/170018434004.pdf

 


 

Axel Blanco Castillo

Axel Blanco Castillo. Escritor venezolano (Caracas, 1973). Profesor egresado del Instituto Pedagógico de Caracas en las especialidades Geografía e Historia. Desarrolla maestría en Historia en la UCV. Ha trabajado en educación media en el área de Ciencias Sociales por más de diecisiete años. Algunos de sus cuentos y artículos han sido publicados en revistas virtuales y en la revista impresa Yelmo y Espada (salida de circulación). Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor de los libros: Más de 48 Horas Secuestrada, Héroes y Degenerados (CreateSpace Independent Publishing Platform) y Al borde del caos (El Perro y la Rana). 

🌎 Web del autor: https://axelblanco1973.wordpress.com/

🔖 Enlaces relacionados: Bolívar: su tiempo y la trascendencia del héroe y Don Simón Rodríguez

🖼️ Ilustraciones artículo: (Inicio) El Libertador (Bolívar diplomático); detalle; Aita seudónimo de Rita Matilde de la Peñuela (1840-?), Public domain, via Wikimedia Commons ▪ (En el texto, desde arriba) Palacio de San Carlos (Bogotá), Racso (Oscar Fernando Gómez), CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons ▪ Simón Bolívar, Ricardo Acevedo Bernal (1867 – 1930), Public domain, via Wikimedia Commons

 

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