relato por

William Tamayo Agudelo

 

S

i estuvieras aquí, tal vez recordarías que en la mesa burbujeaba la crema de apio. Suponíamos que el calor se iba sentado en las volutas de humo. El frío, entonces, encontraba un espacio para colarse en la sopa. Se instalaba; era más fuerte, más resistente, lo veíamos quedarse; primero en el caldo, luego en el arroz, en la carne, en la mesa, en el piso, los muebles, la habitación, las manos, los ojos. No en los tuyos, prima hermana, cálidos porque te acercabas a los platos cuando nadie nos veía: abrías la boca y decías que te alimentabas del aire caliente para resguardarte de las noches gélidas. Después, todo fue más frío y poco: un poco de arroz en el que no cabía mucho calor; un poco de sopa en la que las burbujas no se veían; nada de carne, nada que guardar como humo entre la boca.

—Era escritora, doctor.

—¡Qué bueno! Y a la vez triste.

—Nunca ejerció la arquitectura… ¿Será progresivo?

—Sí. Ahora se encuentra en una fase intermedia.

—¿Escuchas, tía Carmen? Estarás bien por un tiempo. Aún puedes escribir, volver a empezar. ¿Sí me entiendes?

—No… me… eso… ¡ah!… de… no… entiendo… cosa… eso.

—¿Publicó algún libro?

—No, doctor. Escribía mucho, pero quemó casi todos sus cuadernos. Recuperé uno en el que hay una novela, o algo así. Es acerca de unas niñas. Parece autobiográfico; pero narra penurias y, en realidad, el abuelo era adinerado. Ella viajó a Europa en su juventud. El escrito está fragmentado; por ahora, intento darle un orden.

—Eso… ah…

—¿Cuándo lo escribió?

—Hace un año y medio, cuando comenzaron los problemas con las palabras según la empleada. Solo hay una parte; el resto se perdió.

—Es muy interesante. Los textos escritos por personas en fases iniciales de esta enfermedad escasean. Después podría prestármelo, si no le molesta. Quizá guarde algunas claves.

—Lo estoy leyendo despacio. Hablaré con mis tíos para ver qué opinan y le cuento, doctor.

—Muy bien. La examinaremos en un mes con un grupo de colegas. Seguiremos en contacto. Tiene mi número, en caso de alguna novedad.

En la sala estaban los cuadros más costosos para que se vieran desde la ventana. Paradas en la acera, bajo la sombra del laurel, mirábamos cómo la luz de la mañana acariciaba los rostros de los dos niños en la pintura; siempre tristes, sentados en una estación, sin maletas, despidiendo con las manos un tren sombrío que se ocultaba en la noche. El humo les dejaba el frío, creíamos. Alguna vez te propuse pintar sobre el cuadro y alargar el cabello de los niños; agregar el laurel con todas sus ramas dobladas por el viento; hacer más oscura la pared sobre la que se recostaban. Podríamos tomar las pinturas de la escuela, pero el coraje, de ninguna parte. Mamá hubiera guardado silencio sin mirarnos; papá nos hubiera matado más.

—¿Qué dijo el doctor?

—Van a realizar una junta de médicos en un mes. En la resonancia encontraron una anormalidad en alguna parte. Por eso empezó a quedarse sin palabras, según entendí. El doctor dijo que es progresivo. Hay poco por hacer, al final terminará demente.

—¡No digás, niña! ¿O sea que va a volverse peligrosa? ¿Es como un Alzheimer?

—Algo así, tía Odilia. Es otra enfermedad, pero termina pareciéndose a un Alzheimer.

—¿Y no preguntaste cómo se llama? ¡Para eso te pedimos que fueras!

—No me acuerdo, tío Jairo. Vaya a la cita en un mes y escucha usted.

—¡Habrá que ir! De otra manera no se entera uno de nada.

—Pero, ¿te dijo el doctor si eso es genético? ¿Alguna de nosotras también tendrá la posibilidad de enfermarse? ¿O de pronto vos, Jairo?

—Cositas… eso… decir… de… de… doler. ¡Cositas!

—¿Cómo dices, tía Carmen? No le pegues a la silla, que te puedes lastimar la mano.

—¿Quiere hablar?

—¡Hij…! ¡Hiju…!

—El médico dijo que todavía entiende retazos de frases. Le conté de su afición por la escritura y del cuaderno.

—¿Cuál cuaderno?

—¡No!… ¡No!… Eso… aquí.

—Un cuaderno con algo parecido a una novela incompleta.

—¡Ent… tender… ah!

—Yo nunca me enteré. ¿La leíste, niña?

—Tengo mucho trabajo de la universidad. Lo leo en las noches. Luego, si quieres, tía, te llevas el cuaderno. Voy a quedarme unos días con él. El médico quiere leerlo también, para estudiar si la enfermedad afectó la escritura desde el comienzo.

—¡No…! ¡No!

—Yo sí sabía que ella escribía, pero nunca leí nada. ¿Y vos, Jairo?

—¡Yo siempre soy el último en enterarme de todo!­­­

Cuando cantabas, las palabras eran diferentes. En las canciones tenían dulzura las palabras amargas. En la sala de la casa pasaba igual: allí las palabras de nuestros padres eran pronunciadas como en una canción dedicada a vecinos, familiares y amigos; pero lo ordinario comenzaba cuando nos trasladábamos del corredor al patio central, y de allí a las habitaciones o al último patio. En esos lugares la conversación se construía con palabras bañadas en aceite de ricino. Eran los lenguajes del día y de la noche, los registros de la vida tomados con cuidado por nosotras, en silencio. Chocolate caliente en la sala, en los paladares. Olor de canela saliendo por la puerta, y el frío acomodándose en la casa a medida que se enfriaba el chocolate. Al final del concierto de papá y mamá, los espectadores partían, despedíamos el humo con las manos. Los bufidos nos empujaban de nuevo hacia el patio, la habitación. Después, nuestras bocas se transformaban en agujeros sirvientes de gemidos sin susurros. ¡Cántame otra vez, prima hermana! Devuélveme las palabras del día. Escucharé en silencio para aprender la voz de tu canción. Mis labios traerán tu nombre de nuevo.

—Saque la lengua. Haga como si fuera a dar un beso. Péinese con la mano derecha. Haga como si se estuviera cepillando los dientes. Desabotónese la camisa. ¿Cómo se llama esto, doña Carmen?

—… Cosa…

—¿Sí?

—… Cosita… entiendo… cosita…

—Le está intentando hablar a usted.

—Es una buena señal, ¿cierto, doctor?

—¡Claro! Comprende un poco y reconoce algunas personas.

—¿Y qué es lo que tiene, doctor?

—Demencia semántica. Es un trastorno poco frecuente que afecta la memoria acerca de los objetos del mundo. Eso quiere decir que las palabras se van olvidando. Se comienza por los sustantivos y luego se acaban los pronombres, los verbos, los conectores. Al final, quedan muy pocas palabras para nombrarlo todo. Cosa es común que perdure. Es difícil ver a un ser querido así. En la unidad tenemos un grupo de apoyo; si quiere asistir, hable con la secretaria.

Por el corredor central, en la tarde, con un viento rastrero mordiéndonos los tobillos, escuchábamos la tormenta. Los pasos de chanclas calzadas en unos pies anchos, blancos, de uñas gruesas con esquinas ennegrecidas, empeine rollizo y colorado con pelos desordenados; esos pasos que producían el clap, clap, clap de un trueno que reventaba de miedo nuestros tímpanos. Nos abrazábamos. Esas chanclas que después eran un pantalón gris y la pelvis tirada hacia adelante; y luego un rostro sonriente en la entrada de nuestra habitación, con los truenos acallados pero la noche encima, en la cabeza; y el temor a mi tío padre. Por eso mejor yo en lugar tuyo, esta noche, prima hermana. ¡Sí! Yo soporto la rabia y el asco. Para eso practico en el patio, escondida en las hojas, sintiendo las lombrices arrastrarse por mi cara. Ocupo tu lugar. Es solo una labor más por la que recibo un salario de comidas frías. En silencio. Como los niños del cuadro despidiendo el tren. Como un rostro ciego colgando en el fondo de un espejo.

—Decidamos qué hacer con ella. Propongo internarla.

—Esperate, Jairo. La niña nos va a explicar bien el diagnóstico.

—Demencia semántica, ese es el nombre. Entre médicos, especialistas y estudiantes, la evaluaron diez personas.

—Ve, Jairo, qué atención. Es bueno saber que podemos ir allá cuando nos dé algo.

—Me dio mucha tristeza, tía, porque se veía indefensa y desorientada. Es como si estuvieran descuartizando un animal, como si abrieran una ranita moribunda para saber de dónde le viene la muerte.

Sí, con los médicos es como si uno fuera un animal. Vos sos la que más la quiere. Nadie pregunta por ella. Los hijos tuyos, Jairo, ¿saben de la enfermedad de Carmen?

—¡Qué van a saber!

—Lo de la tía es un olvido de las palabras. Se quedó sin memoria para recordar cómo se llaman las cosas. Eso la va a matar. Al final, le quedará una sola palabra, a lo sumo.

—¡Qué cosa tan horrible! ¡Jesús bendito!

—¿No han escuchado que pronuncia muy pocas palabras y repite «cosa» o «cosita»?

—¡Ahora no sea que nos dé a nosotros también!

—No pensemos en eso ahora, Jairo. Pero, niña, ¿qué más te preguntaron?

—Por su modo de ser antes de la enfermedad, su comportamiento, la razón por la cual no se casó, cómo eran sus relaciones familiares, cómo le empezaron los síntomas.

—Y dijiste que era horrible, ¿cierto? No se la aguantaba nadie. Esta mujer estudió y no quiso trabajar; se la pasaba encerrada en esa pieza. Le dejó de hablar a mi papá y a mi mamá mucho tiempo; a mí me saludaba a medias. Mamá sí que sufrió. Murió dolida, de eso estoy segura. El desprecio de un hijo a una madre es el dolor más grande, y no tiene perdón.

—Tal vez habría alguna razón, tía Odilia.

—Le hizo falta marido. ¿Es o no verdad, Jairo, que Carmen hablaba poco y casi con nadie?

—¡Siempre fue rara!

—Afortunadamente, ya no está mi mamá para ver esto. Se nota su ausencia por el olor de la casa. Ella y nosotros siempre hacíamos que Carmen tuviera todo reluciente y también le enseñamos a cocinar.

—¡Vean! ¡Carmen está intentando hablar y no puede!

—No es necesario gritar, tío.

El cielo de madera áspera cerca de nuestras narices, cuando fuimos dos lagartijas con las panzas hacia arriba, reptando hasta la pared bajo la cama. Sin una ventana por la cual ver pasar otros rostros; desentendidas de la luz primaveral que llenaba la casa y de la sombra del laurel caída sobre la puerta de la entrada. Sin una ventana en la cual dejar colgando nuestras colas partidas que no volverían a crecer. Sin una ventana como una boca abierta para tirar palabras a las calles solitarias. ¿Se detuvo nuestra canción? Sí. La de ellos continúa retumbando en las paredes, ahora trasformadas en oídos para mi silencio: ellos, pareja normal con la capacidad de escribir nuevos sentidos a los hechos innombrables; ellos, cuyas risas eran piedrecillas calizas que rebotaban en mi cabeza; nuestra cabeza, porque hemos vivido lo mismo, aunque no tenga tu cuerpo ante mis ojos, hermana prima.

—Tía Odilia, ¿te vas a llevar el cuaderno de la tía Carmen? ¿O se lo entrego al médico?

—Ponelo en el bolso; de pronto lo miro esta noche.

Dos cadáveres frágiles de mariposas desteñidas por los azotes de la adultez. Así sacábamos de las alas los caracoles muertos de nuestras sonrisas. Nos abrazábamos en mi cuarto, las lenguas tocando las rosas de nuestros labios. Nos amábamos bajo las camas, antes de abandonar nuestro cuerpo en las sábanas sucias. La saliva agria de nuestro cuello: ese riachuelo entre cadenas de vellos en el que luego se reflejaba tu tristeza cuando, entre murmullos, preguntabas si podía imaginar cómo sentía su dolor el pequeño búho al caer del nido. Mis dedos convertidos en boca, dientes y lengua para limpiar nuestro mundo de olores de adulto nauseabundo. Y nos quedábamos con nuestro olor desnudo bajo las cobijas.

—¡Esta malnacida! ¡Por eso te vas a morir! ¡Hijueputa infeliz! ¡Cómo se te ocurre haber escrito esto! ¡Ni pensés, Carla, en mostrarle esta basura al médico!

—¡Tía, ella no te entiende! ¡No le pegues, por favor!

—¡Ella entiende! ¡Mis papás, unos santos; y esta desgraciada, lesbiana, mentirosa, loca, mantenida! ¡Mi Dios me perdone! Siquiera que Jairo no leyó esta porquería porque te mata, ¿me oís? ¡Te mata!

—¡Eso es ficción, tía! ¡Cálmate, cálmate!

—… Cosita… cosita…

—«Cosita», dice esta loca. ¡Morite, morite! ¡No conocer venenos…! ¡Idiota!

—Son palabras, tía, ficción, cuentos. No hay razón para esto; es vergonzoso.

—¿Cuentos? Es la descripción de mi papá y mi mamá; y de esta infeliz acostándose con otra mujer. El laurel, el cuadro, la casa. ¡Más real para dónde! ¡Esta negra siempre fue la vergüenza de la familia! Ya ves por qué no se casó. ¡Arepera! Quién sería la tal prima. Aquí no recibíamos a nadie para dormir. Estábamos tu mamá, Jairo, este animal y yo. Pero lo que más me duele es lo de mi papá, un hombre intachable; con sus pecados, pero nos dio todo. Y mi mamá, una mujer íntegra y esposa abnegada. ¡Y nosotros gastando en una empleada para este animal! ¡Negra inmunda, te debimos dejar morir antes!

Ahora que mis palabras cuelgan de los dedos; una, dos, tres, cuatro, cinco; las cuento y las agito. ¡Caigan, como caímos tú y yo, hermana prima! Caigan como fragmentos de lágrima. Hay menos palabras mías; pero siguen aquí, las cosas sin palabras…

 


 

William Tamayo Agudelo. Nació en Medellín, Colombia, en 1978. Es licenciado en Psicología por la Universidad de Antioquia, con Maestría en Psicología por la misma universidad. Profesor universitario e investigador activo en el campo de la psicología clínica. Algunos de sus relatos han sido publicados en las revistas Cronopio y Crónica..

willtamayoa[at]gmail[dot]com

Ilustración: Fotografía por Angela Roma, en Pexels.

TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)

La gordita La gordita, por Pedro M. Martínez Corada. En Margen Cero (Taller literario de El Comercial – 2003)
La mar tenebrosa (en Anacoreta)La mar tenebrosa, por Raúl Roldán García. En Margen Cero (Taller literario de El Comercial – 2002)
Absenta (en Valiente cobarde)Absenta, por María Dubón. En Margen Cero (Biblioteca de relatos – 2003)

Las cosas sin palabras (William Tamayo Agudelo)

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 129 · julio-agosto de 2023

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