artículo por
Antonio García Francisco

M

e gusta volver a las mismas iglesias y luego decir «hoy he vuelto a visitar por primera vez la iglesia de…», insistiendo en que vuelvo por primera vez porque siempre descubro algo nuevo, o porque me suelen venir a la cabeza nuevas maneras de imaginarlas.

Esta vez el objetivo ha sido (no, Pedro Lozano Huerta, no se trata de Duratón, que te adivino el pensamiento) la iglesia de El Salvador, en Cifuentes, Guadalajara.

Hacía frío, pero a pesar de ello, sentarse en ese banco que tan estratégica y acertadamente colocaron hace años frente a la gran portada románica de Santiago es un aliciente que, unido a algún que otro incentivo gastronómico del camino, justifica los trescientos kilómetros de ida y vuelta desde casa.

Cuando describo la portada a los amigos que no la conocen siempre les digo lo mismo: es una cosa muy curiosa, pues a la izquierda según miras todo son imágenes del infierno y a la derecha, iconografías del cielo. Y poco más, salvo quizá el detalle de la diablesa pariendo, aunque lo cierto es que hay mucho más y lo mejor es que vayan ellos a descubrirlo por sí mismos.

Pero esta vez lo he querido hacer bien. O al menos, de una manera diferente.

Sentado en el banco mientras la incansable Milagros me señalaba nuevos detalles antes desapercibidos o simplemente olvidados, he venido a comprender que, en realidad, nos encontramos delante de una enorme psicomaquia, una representación pétrea para darnos a conocer los combates que libra el alma frente a los pecados y, más concretamente, la lucha entre los vicios y virtudes de los humanos, venciendo siempre, como es natural, las virtudes.

Puestos a ello, a observar practicando el quietismo, no es solamente eso. La impresión general, contemplando el conjunto desde el banco, es que sí vemos el mundo infernal enfrentado al celestial, pero hay más. La arquivolta exterior nos muestra, de izquierda a derecha del espectador y hasta llegar a la mitad, siete figuras diabólicas que portan elementos de tortura y de entre ellas, la que más nos atrapa es la de la diablesa pavorosa, fea, desnuda y con grandes pechos lacios que está pariendo a un diablillo, el cual nace bocabajo con corona y cetro, mientras reposa los pies sobre una máscara grotesca que enseña la lengua, al tiempo que por encima de la demonia las manos de un par de brazos rotos sujetan por la boca una cabeza que también se ríe.

Una demonia pariendo

Entre los paréntesis formados por dos máscaras burlonas, una demonia pariendo

Risa por arriba y risa por abajo. ¿Qué burla es ésta? ¿Nos está queriendo decir algo y se ríe de nosotros porque no lo entendemos? ¿O es que nos está diciendo que es cosa de risa lo que hay entre las dos máscaras que se carcajean? En esta quisicosa, en el nacimiento diabólico de un rey, nos vamos a quedar, no sin antes decir que está acompañada, en orden vertical, por debajo, de un enorme demonio, coronado, cornudo y sentado al que yo denomino su marido, si es que entre los diablos existiera la institución del matrimonio, o el padre de la criatura, mostrando una especie de libro o pergamino con extraños símbolos demoníacos escritos en él, mientras sujeta con las garras de los pies algo parecido a una persona, quizás la representación de un alma. ¿O será el niño recién nacido ya de mayor? Pudiera ser, como veremos.

Demonio coronado y cornudo

Por debajo de este demonio coronado de cuernos, se suceden otras escenas de diablos arrastrando almas: una figura demoníaca desnuda que lleva las manos a sus partes íntimas, con rostro de ojos y boca grandes, intentando quizás representar algún vicio; en el mismo sentido descendente le sigue un diablo desnudo con cuernos, que sostiene entre sus manos un instrumento que termina en forma de anilla, la cual me recuerda la de la cadena con que otro homólogo suyo lleva la cosecha de condenados en la iglesia de San Martín del Rojo, en Burgos. Sigue un diablo igual que el anterior (con ojos y boca abiertos); una figura que representa un monstruo que intenta sacar la cabeza al exterior, y cuyas patas o garras sujetan una máscara burlesca y deforme que saca la lengua, otra vez la burla, y por encima de ella, el rostro de una figura con rasgos negroides. Acaba la serie con una imagen muy deformada de otro habitante del averno. Una visión de Pandemonium, la capital del reino de los infiernos, y sus moradores.

Continúan imágenes infernales, castigos, cosas propias de las calderas de Pedro Botero, pero dijimos que nos íbamos a centrar en el enigma del parto diabólico, en el nacimiento de ese diablillo que viene al mundo con corona en la cabeza y cetro en la mano entre máscaras burlescas, burlonas, que nos lanzan una risotada mirándonos directamente a la cara en un reto jocoso y cómplice para hacernos entender, o al menos fijar la atención, en algún chiste, en alguna burla, y eso es lo que vamos a tratar de hacer.

Corría el año 1249, aunque hay quien dice que era 1253, otros que 1255, cuando el rey Alfonso X el Sabio, con el único fin de quitarse de encima a su amante doña Mayor Guillén de Guzmán y poder casarse con Violante de Aragón, hija de  Jaime I el Conquistador y su segunda esposa, Violante de Hungría, la entrega el señorío conocido como Infantado de Huete, que comprendía las poblaciones de Alcocer, Cifuentes, Viana de Mondéjar, Palazuelos, Salmerón y Valdeolivas, al mismo tiempo de lo que diríamos hoy la guarda y custodia de la hija habida de su unión, Beatriz de Castilla, de unos once años de edad en esas fechas, y a quien su padre, con el correr de los años, casó con Alfonso III de Portugal, llegando así a ser reina consorte del país vecino. Tres pájaros de un tiro: amante e hija fuera y una alianza con Portugal. Por algo le llamarían el Sabio, digo yo.

Pero resulta que a doña Mayor no le hizo gracia esta componenda y así lo hizo constar en su día diciendo algo parecido a «¿cómo se cree ese hijo del infierno que voy a aceptar esta humillación a cambio de la limosna de media docena de pueblos de poca importancia?».

Y comenzó ahí su venganza. ¡Menuda era la familia de doña Mayor, tía de aquel Guzmán el Bueno que en nombre del rey Alfonso IV defendía Tarifa del asedio del infante don Juan, hermano del propio rey, quien se hacía ayudar por los moros meriníes y azaríes! ¡Ah, cómo cambia la Historia cuando se la estudia y se rasca un poco en su corteza! Ahí descubrimos que ni los cristianos eran tan buenos ni los moros eran tan malos.

Doña Mayor era mujer resuelta y decidida; realizó obras de grandes edificios, entre ellos la mencionada iglesia del Salvador de Cifuentes, en cuya portada principal quiso dejar memoria de la afrenta sufrida, colocando a Alfonso X en el lado de los vicios, los demonios y los condenados. Y para llamarle malnacido, nada mejor que representar su nacimiento de una demonia y varios demonios, aderezado con las burlas de los mascarones que acompañan tan diabólico episodio. Cabe decir que tal equiparación del rey con el maligno nos sitúa dentro de la mejor tradición apocalíptica hispánica, que también se expresa, entre otras representaciones, en el Beato de Burgo de Osma, Soria. En ella, junto a la Bestia (Roma), la Prostituta (los sacerdotes perversos que prostituyen el mensaje cristiano) y la Serpiente (el demonio o mal ineludible), aparecen los reyes de la tierra en número de diez amenazando con sus espadas al Cordero Eucarístico.

Ahora viene la pregunta que no falla: ¿cómo logró doña Mayor meter este gol en la portada de la iglesia? Me figuro que fue por los hechos consumados. Se pone ahí y se cuenta la historia que he contado yo: es una psicomaquia. Y seguro que cuela. Seguro que coló. Pero nuestra protagonista era mucho más astuta que todo eso y también ideó un plan B: poner en el lado derecho, el de las virtudes, el del paraíso, una figura esculpida de don Andrés, en aquellos días obispo de Sigüenza, preocupándose de que apareciera representado con sus joyas y que su nombre figurase muy claramente: ANDREAS EPS SEGONTINUS reza la cartela sobre su cabeza. Si el buen prelado se daba cuenta de la treta y se quejaba, me imagino la respuesta de la dama«¿Qué hacemos entonces, don Andrés? Si quitamos la demonia quitaremos también a vuestra eminencia y configuraremos la portada de otra manera». Suficiente. ¿Cómo iba a dejar pasar don Andrés la ocasión de lucirse? Y ahí tenemos hoy en día al rey a un lado, el obispo a otro y una nueva interpretación: la supremacía del poder espiritual de la Iglesia sobre el poder terrenal de la Corona.

Casi nada.

Casi nadie doña Mayor. Una mujer de voluntad firme y decidida dispuesta a enfrentarse al rey y al obispo si hiciera falta por vengar su amor propio herido.

En fin. Como dijimos, Alfonso y Mayor tuvieron una hija, doña Beatriz, quien con el transcurso de los años fue reina de Portugal, y quiso el amor de madre representar a su querida hija junto a ella también en la portada. Una mujer con tocado de estilo francés, con manto hasta los pies y sujetando contra su pecho una vara de mando sería la imagen de la madre, mientras que la siguiente escultura, una mujer de largo cabello rizado, con corona en la cabeza y vestido de pliegues que levanta el brazo en modo explicativo, sería la hija reina, ambas, por supuesto, en el lado de las virtudes. Sí, doña Mayor completó su venganza contra el rey que la abandonó escribiendo en piedra este episodio de su biografía. El rey al infierno y ellas a la gloria.

D.ª Beatriz coronada

Doña Beatriz coronada, reina por matrimonio
con Alfonso III de Portugal

Y todavía quiso el destino apoyar a tan decidida mujer, pues habiéndose perdido las cinco figuras siguientes a la de doña Beatriz, en una restauración posterior a la construcción de la portada, al no saberse cómo eran las tallas originales, decidieron repetir la de la reina de Portugal. O sea, la hija de la pareja aparece seis veces representada. No está nada mal.

Y ahí sigue hoy en día la historia, entre condenados y salvados, con una cándida anunciación esculpida en un capitel donde sendas explanatios dan cuenta de quién es  María y quién es el ángel Gabriel; con un peregrino a Santiago con su concha al cuello; el sueño de José, las tentaciones en el desierto, la Natividad, la adoración de los Reyes Magos y la de los pastores, escenas de la Pasión… para deleite de los que nos sentamos en el banco a contemplarla mientras recordamos a aquella brava mujer que fue doña Mayor Guillén Guzmán, señora de Alcocer, Cifuentes, Viana de Mondéjar, Palazuelos, Salmerón y Valdeolivas.

¡Ah, se quedaba una cosa en el tintero!

Dijimos que tal vez el demonio coronado, feo, cornudo y orejudo tal vez fuera el diablillo recién parido cuando llegó a mayor. ¿Y por qué no? ¿Por qué no pudo querer representar la de Guillén y Guzmán a su amante el rey Alfonso X el Sabio ya de adulto y el texto diabólico que sostiene en las manos fuera su obra Las Partidas? A fin de cuentas, la burla tenía que ser lo más hiriente posible, pues ella se había sentido muy herida con el desprecio que sufrió.

Averígüelo Vargas, como diría unos siglos después la reina Isabel la Católica.

 

Antonio García Francisco
Madrid, diciembre de 2023

 


 

🌟 Este artículo se publicó originalmente en la web Radio Cangas Reconquista (https://radiocangas.blogspot.com/), el 29 de diciembre de 2023.

Antonio García Francisco fue el responsable de la sección de Humor de la Revista Almiar; las publicaciones de aquella época puedes verlas pulsando en este enlace.

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Ilustraciones: Fotografías por Antonio García Francisco ©

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