relato por
Óscar A. Martínez Molina

 

¡Satomi!

Respondió ella y enmarcó su rostro con una sonrisa. Los pequeños ojos rasgados literalmente se cerraron.

Los abuelos de Satomi habían emigrado de Japón en los convulsos años de la segunda guerra. De los padres, él asimiló a cabalidad la hechura mexicana, ella, silenciosa caminó siempre entre los sueños ancestrales de su tierra.

Conocí a Satomi alguna lluviosa tarde del mes de mayo de 1988. Antes de esa tarde había coincidido con ella camino a mi trabajo, un par de veces y nada más. Aquella tarde lo que llamó mi atención fue su risa explosiva y festiva, y particularmente la magia con la que desaparecían sus ojos cuando reía y los aspavientos con los que acompañaba su plática, moviendo las manos.

Después de aquella tarde, Satomi se convirtió en mi sombra y yo, en la suya. Delgada y esbelta, sencillamente hermosa. Acompañada siempre de los largos silencios en los que solamente reía. Satomi hablaba quedo y siempre lo hacía como murmurando. Apoyaba su mano en mi hombro, pegaba su cuerpo a mi cuerpo. Satomi hablaba siempre haciendo contacto conmigo. ¡Pequeña y frágil! Satomi, cuando estábamos en su departamento, solía quitarse la ropa y desnuda, se acurrucaba a mi lado.

 

Cuidado.

La contemplación del cerezo

embriaga.

Despierta

de este sueño

veré el violeta de los iris 1.

 

Las tardes con Satomi se embriagaban con haikus y poesía tradicional japonesa. Con cálidas imágenes de radiantes y coloridas flores que, ella, iba mostrándome en fotografías. Se embriagaban también con los bocadillos y las comidas tradicionales preparadas por su madre; sin embargo, era el silencio y la sumisión de Satomi lo que mayormente me embriagaba.

Hurgaba dentro de mi alma, besaba mis ojos, recitaba un haiku, ponía en mis labios un pequeño bocado agridulce, tocaba mis manos, señalaba una flor de la fotografía y la deshojaba con destreza mientras cabalgaba a horcajadas. Todos los sentidos confluían en una explosiva manera de arrebatarle al mundo la calma.

Después la sonrisa y de nuevo la lectura de otro brevísimo poema.

 

¿La nieve que cae

es otra

este año?

 

Basho

 

Satomi y yo caminamos la ciudad de punta a punta. No hubo rincón donde quedarnos quietos. Mi paso ligero se veía siempre acompañado de la presencia menuda que, casi trotaba junto a mí.

Las heladas noches al sur de la ciudad eran hogueras con la sutil manera de amar de Satomi. Una perpetua entrega y un incesante desvelo. La sensación de cada caricia nueva que, estrenaba, en mi cuerpo y en el suyo. No había secreto alguno que no buscáramos descifrar, no había sensación que no nos empeñáramos en descubrir, volábamos de la cordura de un beso a la locura de su cuerpo. Del fuego de mi cuerpo a la tibia y acogedora naturaleza de su alma.

Satomi resumía en ella toda la sabiduría de sus ancestros, la timidez de la madre, la sumisión de todas las mujeres que la precedieron. Después de cada entrega el prolongado silencio y la sonrisa cerrando sus ojos.

—Las jacarandas vinieron de Japón —dijo una mañana Satomi, mientras caminábamos por el parque España, en la Condesa. Engalanada toda del tinte violeta de las flores, en el suelo, una tupida alfombra de pétalos. Recogió flores y adornó sus cabellos con ellas. El aroma de las jacarandas se confundía con el de su cuerpo.

 

—Estoy embarazada —dijo en un susurro, alguna mañana de finales de aquel año, aun sonreía al decir esto—. No hay problema lo atenderé con mi madre —agregó. Cerró los ojos y con ello dio por zanjada la cuestión en ciernes.

Un par de días después se llevó a cabo la interrupción de aquel embarazo. Acudí a su casa a visitarla, la madre se paseaba entre la oscura habitación en la que reposaba la hija, y la cocina. Apenas respondió mi saludo. Me ofreció una taza de té y silenciosa como siempre permaneció junto a la cabecera de Satomi, acariciándola y aplicando compresas tibias en la cabeza y en el cuello. En silencio también yo acariciaba sus manos.

A la semana, Satomi se hundía en un abismo incierto. Dormitaba entre las caricias de su madre, y entre mis susurros, entre una taza de té que apenas pasaba por sus labios, y el sueño que se llenaba de pesadillas y quejidos. La madre y yo, ajenos personajes de aquel drama, permanecíamos en silencio y sin mirarnos a los ojos.

Alguna de aquellas mañanas, llegué entonces con un bolso lleno de flores de jacarandas, recogidas a mi paso. Entregué bolso y flores a la madre y al revisar el contenido pude ver, por única vez, una leve chispa en aquellos rasgados ojos.

—Aquietará su alma —murmuró la madre, en una frase apenas audible.

Entre ambos conducimos a Satomi hasta el baño, la desnudamos y sentamos en un pequeño banco de madera y fuimos dejando caer sobre ella el agua tibia con las flores. Frotaba las flores de jacaranda entre sus cabellos, como vi que lo hacía la madre. En el cuello y en la espalda, en la cara y en los brazos y en las manos. El aroma de las flores inundó de pronto la pequeña estancia. La pusimos de pie, yo sosteniéndola y la madre frotando el cuerpo con las flores, echando al final sobre ella el agua tibia. Se cambiaron sabanas, y se rellenó el almohadón. Semisentada y en total silencio, tomó después una infusión hecha también con los pétalos más frescos y mejor escogidos de jacaranda.

—Aquietará su alma —volvió a decir la madre. Mientras, peinaba sus cabellos y retiraba de estos algunos restos de flores.

 

La depresión por aquella perdida le duró a Satomi algo así como cuatro o cinco semanas. Mis visitas se rodeaban del más profundo de los silencios. La madre continúo abnegada, el cuidado y la atención precisa. La llenaba de tés y caldillos, de pequeñas porciones de comida. Yo leía los haikus y poemas tradicionales, ante la mirada perdida de Satomi al mostrar imágenes de viejas estampas, y amarillentos calendarios. Antiguas revistas resguardadas por sus abuelos. El silencio que podía palparse en aquella oscura habitación. La madre en total mutis, Satomi apenas con una sonrisa que se negaba a salir plenamente, y yo, con la losa de saberme ajeno.

—Es prudente dejarlo pasar un poco —dijo Satomi, una mañana en la que, por fin, volvieron a brillar sus diminutos ojos.

Y prudentes los dos, lo dejamos pasar un poco.

Dos meses después recibí la inesperada visita a la oficina. Satomi por primera ocasión se presentó al edificio en el que yo trabajaba. Bajé con ella al café de la esquina.

—Vengo a despedirme —dijo ella—. Me voy a Los Ángeles, esta tarde —agregó, y con el mismo silencio, Satomi salió de mi vida.

 

Aleteo

mariposas de alas doradas

música al viento.

 

 

____________

1 Ogama Shushiki (1669-1725)

 


 

Óscar A. Martínez Molina

Óscar Antonio Martínez Molina (Yajalón, Chiapas, 1958). Ha participado en los talleres de escritura: Laboratorio de Escritura Autobiográfica (poeta Víctor Sosa) de la Facultad de Filosofía y Letras UNAM. En el de Cuento (Leo Mendoza) de la Escuela de escritores Sogem, y Literatura y violencia en el cuento contemporáneo (Maestra Alejandra López Guevara), de la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Primer lugar en la categoría de cuentos del Concurso de Creatividad literaria Pemex 2007, con el cuento La aguja de arria. Su cuento Le juro que fue la luna forma parte de la antología Más cuentos irónicos (Selector). Publica sus cuentos desde 2003 en La página de los cuentos. Y participa en los Blogs: Médicos Mexicanos por la cultura y el arte y Creatividad Internacional (red de literatura y cine). Es médico Cirujano Ortopedista por la UNAM. Profesor de posgrado del curso de Ortopedia y traumatología UNAM. Autor de artículos de la especialidad. Coautor del libro: Patologías del hombro (Ed. Alfil).


Contactar con el autor: marmolina_58 [at] hotmail.com

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Ilustración relato: Jacaranda mimosifolia-flowers on ground-Makawao-Maui, Forest & Kim Starr [CC BY 3.0 us (https://creativecommons.org/ licenses/by/3.0/us/deed.en)], via Wikimedia Commons.

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 102 · enero-febrero de 2019

 

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