relato por
Luis Ángel Ortiz Catalán

 

C

omo si estuviera lloviendo dentro de la pequeña casa de adobe y techo de palma, la comadrona era una sopa de cabeza a pies. Era el primer parto que atendía sola, desde los diez años ayudó a la anterior comadrona, que era su abuela recientemente muerta y, sin haberlo previsto, ahora ella era la responsable de asistir a las embarazadas de por lo menos seis pueblos además del suyo. Y vaya que tendría trabajo, el año anterior había sido buena la cosecha y al parecer todos coincidieron en la celebración.

A nada estuvo de cometer un error fatal, jamás previó que fueran dos niñas y no una. Se alistaba irse cuando la madre pegó un animalesco grito, ya las nalgas de la segunda niña estaban abriéndose camino. Luego de cinco horas, que supo debidamente cobrar, salió avante.

 

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La pequeña oficina en la que el sacerdote del pueblo atendía las solicitudes de sus feligreses se convirtió en campo de batalla. El sacerdote decía de mil maneras que no, María supo contestar que sí de mil maneras también, hasta el momento era empate. No se puede, no son nombres adecuados para tus criaturas, y se frotaba el cuello. ¿Cómo no se va a poder, si son nombres de la Biblia? Usted los pronunció una y otra vez en misa, aquel domingo que supe que estaba encinta. Jamás entenderás, eres bruta, o buscas otro nombre o no se bautizan. Pues no se bautizan, y será su culpa que mis niñas crezcan en pecado. El sacerdote agradeció que la oficina no tuviera puerta, de tenerla seguro la tendría que reemplazar junto con la silla que la madre furiosa hizo pedazos.

 

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En la casa más apartada del pueblo, sobre una colina. Las gemelas jugaban mientras su padre rajaba leña. Casi estaban en edad de ir a la primaria, ninguna de las dos quería. No gustaban de las otras niñas y niños del pueblo, ellas las veían raro y cuchicheaban cuando las veían pasar, ellos les ponían apodos y les tiraban piedras cuando pasaban.

Aunque no se quejaban, su madre se da cuenta de cómo las tratan. No encuentra otra manera de consolarlas más que decirles que son un par de niñas muy especiales, bendecidas por papá Dios. Las acariciaba y les decía: no fue coincidencia que el cura pronunciara aquellos dos nombres, fue una señal de que me mandaba dos niñas. En una ocasión, la que nació primero preguntó: ¿qué significan nuestros nombres mami? María titubeó, luego dijo, no sé leer, pero ustedes aprenderán muy pronto y lo sabrán, para eso compré esta Biblia, será lo primero que lean.

 

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Aquel año no fue buena la cosecha, pero María y su esposo deciden celebrar de todas maneras. Nunca se dieron cuenta de que la barrera de tela que separaba su cama de las de sus hijas, no era muy efectiva contra la curiosidad que hizo de las suyas. Atenta, una de las gemelas, que nunca antes había visto un pene, centró su atención en el de su padre y lo que hacia con él.

 

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Como a veces pasa, para una de las niñas, la que nació de nalgas, las tareas escolares fueron fáciles, rápido aprendió a leer; para la otra, no tanto, prefirió no empeñarse en algo que le perecía innecesario. Si mi mami puede vivir sin saber leer o hacer otras de las cosas que se aprenden en la escuela, yo también puedo, le decía a su hermana.

 

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Gomorra, vaya nombre que me pusieron, ya que sé cómo se escribe, me doy cuenta de lo feo que es.

 

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Debido a los quehaceres diarios que exige la vida en el pueblo: que ir por agua al pozo, que cortar leña, barrer, cuidar los animales, ir al molino por la masa para hacer tortillas, hacer tortillas, y otras muchas cosas, ni mamá ni hijas se ocuparon en atender que la primera lectura sería la de la Biblia, con el fin de saber qué significaban los nombres de Sodoma y Gomorra.

Fue el esposo de María, una tarde de sábado en la que el calor los tenía sentados bajo la sombra de la ceiba junto a la casa, quien lo recordó. Sin vacilar Sodoma corrió por el libro y lo entregó a su hermana. Anda, lee tú, ya ves que a ti te sale más bonito eso de leer en voz alta, yo tengo una voz muy fea —no quería que se supiera que no sabía leer todavía—.

Gomorra leyó, adelantó varias páginas buscando las palabras con S o G a fin de encontrar su nombre o el de su hermana. Luego de varios minutos los encontró e inició la lectura para todos de la parte que supuso era el inicio de la historia.

Llegaron, pues, los dos ángeles a Sodoma a la caída de la tarde; y Lot estaba sentado a la puerta de Sodoma. Y viéndolos Lot, se levantó a recibirlos, y se inclinó hacia el suelo…

Los que la oían leer no querían ni respirar para no perder detalle. Ninguno de los tres entendió bien a bien de qué trataba la historia. La que menos entendió fue María, que dijo, ya lo ven ángeles hablaron de Sodoma, y estos seres no hablan nomás por hablar.

Papi, es como Lot, y nosotras, Gomorra, somos sus hijas a las que debe salvar. Con lo fuerte que es papi, puede vencer hasta el mismito diablo.

Leyendo nuevamente sólo para sí, Sodoma sonrió y guardo silencio.

 

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Ser la primera en comprender y hacer las tareas en el salón de clases tiene sus ventajas. A las burlas las sustituyeron los halagos. Gomorra sabía de sobra que todo era falso, que el desprecio que antes le tenían aún estaba allí detrás de cada sonrisa. Lo sabía, mas no por ello recibía gustosa el falso aprecio que le brindaban.

Para Sodoma, la suerte era otra. Los adolescentes pueden llegar a casi borrar la línea entre la broma y la barbarie. Y en aquel pueblo Sodoma era su víctima favorita.

 

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Papá, en verdad que es guapo, y su pito es más grande que el de cualquiera de este pueblucho.

 

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Lo de espiar a los padres se convirtió en hábito. Una invitó a la otra, convirtiendo el acto voyerista en un gusto compartido. Para la edad de la adolescencia ya no fue suficiente con ver a sus progenitores, prácticamente todos los del pueblo fueron espiados. Cabe mencionar, no siempre las relaciones eran entre esposos, ni mucho menos entre hombre y mujer, ni que decir entre adultos, o siquiera entre la misma especie.

 

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A Sodoma le gustaba que su hermana le leyera los pasajes de la Biblia que hablaban de sus nombres, antes de dormir. Siempre entendía mal, y sacaba conclusiones que hacían que su hermana riera a carcajadas.

 

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Llorando desconsoladamente en los hombros de su hermana, descubre la razón de su suerte: la culpa es de mi mamá por ponernos nombres tan feos. Si ese muchacho te rechazó es por culpa de tu nombre.

 

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Estás loca chamaca, no digas tonterías. Un Ángel no pudo haberte dicho eso.

 

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—Hermana, sólo en ti confío. Tienes que ayudarme. Mi mamá ha ignorado las señales y ha volteado a ver para atrás, está condenada a convertirse en sal.

—Pero… hermanita. ¿Cómo le haremos?

—Como lo dice la palabra de Dios. Lloverá fuego.

—¿Fuego?

—Hace mucho que lo planeo. He reunido suficiente bastimento. Haremos bolas de pasto seco, ramas, hojas. Las bañaremos con gasolina, prenderemos fuego y las dejaremos rodar cuesta abajo mientras todos duermen. Cuando quieran reaccionar, será muy tarde. Todos morirán, incluidos ese padrecito que nos negó la bendición de Dios y al idiota de su mayate, Marcelo, con el que tienes un pendiente, los tomará de sorpresa. Lo sabes, son pecadores todos.

—Papi no estará de acuerdo.

—Lo emborracharemos, hecho lo hecho, dormiremos con él para procrear criaturas de bien que habiten el nuevo pueblo que fundaremos de las cenizas que deje éste.

—Te sigo hermana.

 

* * * *

 

Contrario a lo que pensaban, el cuerpo sin vida de una mujer adulta cubierto de sal no se derrite.

 

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Nunca previeron que su padre se pondría tan furioso. Cambiaron el licor por un fuerte golpe para dejarlo inconsciente. Enseguida dieron marcha al plan. Grandes bolas de fuego rodaban hasta el pueblo, chocaban contra las casas que eran todas de adobe, madera y techos de palapa, el clima ayudó a avivar el fuego. Algunos de los que lograron salir de sus casas corrían para salvarse, otros intentaban rescatar sus pertenencias y morían en el intento.

En lo alto de la colina, sobre el fondo oscuro de la noche, la luz del pueblo en llamas dejaba ver la silueta de las hermanas que contemplaban, todo, enfebrecidas.

 

* * * *

 

Sabes, dijo Gomorra a Sodoma, jamás te leí sobre Caín y Abel ¿verdad? Un cuchillo perforó en repetidas ocasiones la espalda de Sodoma, que ni siquiera intento luchar.

 

* * * *

 

Aquí nadie nos conoce papá, nadie sabe lo que pasó, nadie sabe lo que somos, nadie podrá juzgar nuestro amor.

 


 

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🖼 Ilustración: _Alicja_ / Pixabay [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) n.º 97 marzo-abril de 2018

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