artículo por
Antonio García Francisco

 

H

oy me voy a alejar mucho de lo que suele ser mi tema habitual, la observación de los detalles en la arquitectura y escultura románicas, y me voy a meter en moralinas. Ello se debe a que hace unos días mi amigo Lorenzo se me quejaba de que en el trabajo le capan todas las iniciativas que pone en marcha para mejorar y beneficiar a la empresa, las cuales harían más sencillos los métodos empleados, y que el capador no es otro sino su jefe inmediato con la excusa de que eso nunca se ha hecho y se sale de la norma. La verdad es que no se me ocurrió nada mejor para consolarle que citar el refrán que reza que «el clavo que sobresale se lleva el martillazo».

Pero después, profundizando y repensando en el asunto, me di cuenta de que esto es mucho más normal (y antiguo) de lo que creemos; no es ningún secreto que los incompetentes (Principio de Peter) pueden y suelen alcanzar cargos de cierta responsabilidad, y una vez consolidados en ellos tienden a rodearse de otros aún más inútiles para así quedar como personas muy válidas para su función. Y si alguien bajo su mando destaca… ¡zas, martillazo! Y que caiga quien caiga, aunque sea la propia compañía.

Lo vemos a diario en la empresa, en la universidad, en la política, en el mundo del cine, en el del teatro, en el entorno social y cultural en el que nos desenvolvemos, lo veíamos de niños en el colegio cuando el vago agredía al empollón, lo vemos hoy con las modernas técnicas de intimidación que dan en llamar bullying, lo vemos en las oficinas con ese trato hostil o vejatorio al que es sometida una persona de forma sistemática, que le provoca problemas psicológicos y profesionales, el temido mobbing… y es que, queramos o no, la envidia está presente en todas partes para detener el avance y el perfeccionamiento que pueden lograr los que se atreven a intentar ser los primeros en algo. De algún modo, parece como si el mediocre quisiera encasillar a todos los que hay a su alrededor en una mediocridad mayor aún que la propia.

Esta reflexión acerca de que el mediocre quiere que todos sean tan mediocres como él o más aún, me ha llevado a recordar un personaje que conocí, siendo ya mayorcito, en la Universidad, donde se nos explicaba que la norma jurídica tiene que tener un grado de flexibilidad que permita su aplicación a todas las personas sometidas a ella, y para conseguirlo, la norma tiene que ajustarse a la realidad y no hay que forzar a la realidad para que se ajuste a la norma. Un ejemplo de ello sería la proporcionalidad de las multas a los ingresos del condenado en Derecho Penal.

Este personaje al que me refiero no era sino Damastes, un tramposo apodado Procrustrus Procusto«el estirador», nacido en Grecia hace ya unos miles de años. Unos dicen de él que era herrero y poseía una gran fuerza física; otros, que era un posadero, los de más allá opinan que era un bandido, coincidiendo todos en que era un hombre gigantesco, hijo del dios Poseidón y que residía en la península Ática, concretamente en Eleusys, a unos 20 km al norte de Atenas.

La cuestión es que este Procusto (no me atreveré a decir «nuestro buen Procusto)», inventó un sofisticado sistema para extorsionar a los cansados viajeros que atravesaban su territorio: les ofrecía una hospitalidad condicionada a la que no se podían negar: o bien podían dormir gratis en una de sus camas, o bien debían pagar la comida y bebida que pudiesen consumir a un precio exorbitado. Evidentemente, todos se acogían a la primera opción.

El caso es que, después de haber comido y bebido el viajero abundantemente, el bandido le acompañaba hasta una de las dos camas de las que disponía, una muy larga y otra muy corta. Por supuesto, el lecho nunca se ajustaba con exactitud a la talla del viajero, ya se ocupaba Procusto de conducirle al más adecuado, de manera que siempre sobrara o faltara longitud en el camastro. Pero no había problema en ello, pues el estirador, y de ahí le venía el mote, estaba allí para solucionar el problema: estiraba las extremidades del invitado descoyuntándole hasta que cabía si le había llevado a la cama grande, cosa que siempre pasaba si se trataba de un viajero bajito, o serraba lo que sobraba, ya fueran piernas o cabeza, si el catre asignado era el pequeño, reservado a los más altos.

Bien. Por asociación de ideas estamos justo en el sitio al que quería llegar, pero antes de continuar déjenme decirles que, como a mí desde niño siempre me gustaron las películas en las que muere el malo, las fechorías de Procusto finalizaron el día que se topó con Teseo, rey de Atenas, hijo de Etra y Egeo, aunque según otra tradición su padre también fue Poseidón, o sea, que era o pudo haber sido hermano de Damastes, el estirador. Para no alargar el cuento, lo dejaremos en que Teseo colocó a su presunto medio hermano en una de las dos camas, la pequeña, recordemos que Procusto era un gigante, y le cortó las piernas y la cabeza porque sobresalían.

Decía que, por asociación de ideas con el caso de mi amigo Lorenzo, hemos llegado a un punto en el cual ya conocemos las fechorías de Procusto, y el mucho juego que ha dado en nuestros días esa manía por machacar al clavo que sobresale para ajustar las cosas, no a lo que debieran ser, sino a lo que le gustaría que fuesen al que aplica la norma.

En el mundo del Derecho, hemos quedado en que el legislador debe procurar que la norma se ajuste al caso y que no sea el caso el que se ajuste a la norma estirando o cortando, y en este momento recuerdo con alegría un recurso que presenté (y gané) ante la Agencia Tributaria invocando al ilustre griego y sus artimañas, comparando a la Administración (más bien al funcionario que desestimaba mis escritos uno tras otro) con el gigante estirador porque para tomar la decisión se agarraba a la norma a sabiendas de que podría ser flexible pero no le daba la gana serlo. Le convencí.

Pero hay más ejemplos.

En el siglo XIX, cuando se produjo la revolución industrial, era un hecho que los obreros casi tenían que tener tres o cuatro brazos para manejar las máquinas de las fábricas. La mitológica historia de Procusto puede servirnos para hacer una caricatura de esa situación (los sociólogos hoy lo llaman procusteo ergonómico), la cual se prolongó por casi todo el siglo XX: el trabajador se tenía que seguir adaptando a las máquinas con las que operaba; fue a finales de siglo cuando se empezó a pensar y se trabajó firmemente en la ergonomía de las mismas para llegar al siglo XXI en que ese manejo prácticamente se limita a apretar unos botones, a subir y bajar una palanca o a manejar un ordenador desde el que se domeña a la máquina. No era solamente un cuento para asustar niños lo que inventaron los griegos.

Siguiendo en el mundo laboral, ¿quién trabaja escrupulosamente ocho horas diarias como marca la legislación vigente? ¿Nadie conoce a nadie con un contrato a tiempo parcial de cuatro horas diarias que trabaja ocho o a alguien que alarga su jornada sin cobrar horas extra?

¿Hace falta ir al campo de los deportes de alta competición, o al de la cinematografía, el arte en todas sus versiones, el militar, el científico? Creo que no.

Hoy en día se habla del Síndrome de Procusto para definir la incapacidad de reconocer como válidas ideas de otros, simplemente por el miedo a ser superado profesional o personalmente, o también sencillamente por envidia, lo cual, y gracias a los ejemplos que hemos visto, puede llevar en el largo plazo a una situación de parálisis porque, volviendo al caso de mi amigo Lorenzo, vemos que los jefes en realidad están eludiendo responsabilidades, no quieren líos porque están instalados en la molicie de la rutina del vengan días y vengan ollas, sin saber que frenar iniciativas es una mala decisión, ya que en otros sitios tal vez se den cuenta de lo útil que es lo que ellos rechazan, avancen por la modificación y en el medio o en el largo plazo les dejen a su empresa y a ellos mismos en la cuneta por obsolescencia irreversible.

Esto fue lo que ocurrió por ejemplo con Kodak, que lideró el mercado de la fotografía durante buena parte del siglo XX, pero desaprovechó la oportunidad al no saber entender el potencial que traía consigo la fotografía digital, o el caso de Polaroid, que desechó la misma idea pensando que la impresión en papel era lo que los clientes querían. Decisión que condujo a ambas empresas a la ruina y desaparición del mundo de la fotografía, obligando a la primera a reinventarse como un laboratorio farmacéutico y la segunda en la telefonía móvil.

He mencionado por ahí arriba entre tanta verborrea, a los sociólogos modernos y no puedo dejar de indicar que distinguen entre dos categorías, procustos inconscientes y procustos conscientes. Procustos inconscientes son los que se molestan cuando otros tienen razón y ellos no, envidiosos poseedores de un narcisismo moderno, mandos intermedios y jefecillos trepas, personajillos con un carguito que les confiere autoridad que no saben ejercer, los cuales pululan por las empresas y que no escuchan otras opiniones al entender directamente que su idea siempre va a ser la mejor, motivo por el que son los demás quienes deben adaptarse a ella.

Los otros, los procustos conscientes, son los mismos directivos pero que ya reconocen entre sus subordinados a figuras que pueden hacerles sombra, motivo más que suficiente, según su mezquino entender, que les permite dedicarse a acabar con todo el que destaque más que ellos, sin reparar en medios para lograr su fin. Todos conocemos a alguien encuadrable en cualquiera de las dos categorías. En lo personal, yo he conocido a muchos a lo largo de mi carrera profesional.

No obstante, y para acabar, tengo que decir que no tengo yo muy claro que en todas partes y en todos los tiempos y culturas se haya interpretado el mito de Procusto en el mismo sentido en que yo lo entiendo, en el sentido negativo de comportarse como el bandido de Eleusys con sus visitantes y su lecho. Difícil de explicar, pero allá vamos.

Resulta que los propios griegos también lo desarrollaron en una versión más o menos positiva, por entendernos. Según relato de Heródoto en sus Historias (Libro 5, 92-f), citado luego por Aristóteles en Política (Libro 5, Capítulo 10), y en la obra de Livio, Historia de Roma, sabemos que Periandro, uno de los siete sabios de Grecia y segundo tirano de Corinto, envió un emisario a su aliado Trasíbulo, el tirano de Mileto, pidiéndole consejo para gobernar mejor y de forma más segura su ciudad. Trasíbulo condujo al hombre enviado por Periandro fuera de la ciudad, y lo llevó a un campo sembrado de trigo. Mientras caminaba, iba cortando las espigas más altas que veía a su paso y las arrojaba al camino. Luego, regresó a su morada y sin una palabra de consejo, despidió al mensajero. Cuando este regresó a Corinto, explicó a Periandro que Trasibulo no le había dicho ni una sola palabra sobre el asunto, contando lo que había visto. Periandro comprendió el mensaje, e interpretó que Trasíbulo le recomendaba eliminar a todos los ciudadanos que destacaran y que pudieran llegar a suponer un desafío a su poder. Dicho y hecho.

El historiador romano Livio cuenta la misma historia acaecida cuando Sexto Tarquinio mandó un heraldo a preguntar a su padre, Tarquinio el Orgulloso, qué debía hacer con un noble que entorpecía su gobierno. Papá no dijo palabra, cogió un palo, salió al campo con el emisario y a palos cortó las amapolas que sobresalían sobre las demás. El niño lo entendió y el noble dejó de ser un problema.

No nos espantemos, que en España tenemos el mismo caso en la leyenda de la Campana de Huesca, donde presuntamente el rey Ramiro II decapitó a todos sus nobles por un consejo similar que le dio el abad de San Ponce de Tomeras, quien rebanó con una hoz las coles más altas del huerto de la abadía, según unos, o que cortó en su jardín con unas tijeras de podar las rosas que más sobresalían del rosal, según otra versión, todo delante del mensajero. El velado mensaje fue captado por el rey y resultó funesto para todos los nobles que se le oponían.

Oigan, pues para esta versión positiva del mito de Procusto también tienen nombre los sociólogos: es el síndrome de la alta exposición, que surge por la envidia hacia los que sobresalen por sus méritos extraordinarios.

Sea como sea, queda claro que el clavo que sobresale se lleva el martillazo.

Por último, creo que es más que posible que todos y cada uno de nosotros tengamos un Procusto en nuestro interior, o que lo hayamos tenido en algún momento, y pienso que la mejor manera de combatir a ese bandolero entrañable (porque lo llevamos en las entrañas) lo mejor es rodearnos de personas curiosas, inteligentes, activas y positivas que sean poseedoras de conocimientos interesantes porque son de las que siempre podremos obtener lecciones que nos ayuden a mejorar.

¿Y quiénes son esas personas? Pues creo que a estas alturas ya las conocemos: son las espigas, las amapolas, las coles, las rosas o los clavos que sobresalen porque van encaminadas hacia el éxito y pueden impulsarnos a que lo logremos también nosotros. Cortar o machacar a estas personas es, simbólicamente, una estafa y una demostración de ausencia de criterio, decisión y generosidad.

Lo cierto es que el mito de Procusto ha quedado para siempre como una expresión proverbial para referirse a quienes pretenden acomodar la realidad a la estrechez de sus intereses, en vez de ajustar sus intereses a los hechos reales. Procusto vive y, aparentemente, goza de buena salud.

 


 

🌟 Este artículo se publicó originalmente en la web Radio Cangas Reconquista (http://radiocangas.blogspot.com/), el 30 de noviembre de 2021, con el título Procusto, ¿mito antiguo o realidad actual?

Antonio García Francisco fue el responsable de la sección de Humor de la Revista Almiar; las publicaciones de aquella época puedes verlas pulsando en este enlace.

 

Ilustraciones en el artículo: Theseus kills Procrustes. Detail of the Aison Cup, Rowanwindwhistler This file was uploaded with Commonist., CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons ▪ The Modern Bed of Procustes, [Public domain; en Wikimedia Commons].

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Revista Almiarn.º 119 • noviembre-diciembre de 2021MARGEN CERO

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