relato por
María Luisa Deles

 

N

ada hay más efímero que el deleite de la gloria. Así lo comprendió Siberio Luna, pragmático y receptivo como siempre fue, mucho antes de abandonar el escenario en que acababa de consagrarse. Esa noche había cantado mejor que nunca y la gente se le volcó en una pasión sin límite. Querían tocarlo, arrancarle a jirones la cuera tamaulipeca o lamerle el sudor cristalizado en el pecho —dijeron algunas entrevistadas a este servidor—. Hazme un hijo, le gritó una mujer de escote huérfano al tiempo de arrojarle su sostén todavía caliente. La turba deseaba tentarlo para cerciorarse de su existir en este mundo, pues entre los de luneta se oía decir que esa voz no era perteneciente a hombre mortal. Le coreaban canciones como “Yo que siempre preferí decirlo al chile”, tercer sencillo del álbum Si te vi ni me acuerdo, grabado en vivo y en directo en el cuarto de baño de Layla Martínez, como él mismo me relató después.

Me atrevo a asegurar que nadie comprendió a carta cabal lo que estaba a punto de ocurrir. No supieron reconocer, por ejemplo, que cuando Luna jalaba aire para un sostenido en “Por si fuera poco te llevas al can”, disimuladamente se ponía la mano derecha en el corazón. No llevaron cuenta de las veces que se cambió de un lado a otro el micrófono, empapado en sudor y temiendo provocar un cortocircuito que hundiera en la penumbra al norte de la metrópoli, ni se percataron de ese temblor en sus piernas que lo hacía cambiar de posición constantemente.

Cuando se despidió de su público en el recinto se sintieron trepidar camerinos y mingitorios. Luna desapareció detrás de un telón sobre el que pendían varias guirnaldas con anémonas de azúcar, mientras una horda gritaba enardecida que los obsequiara con otra interpretación. «Bárbaro espectáculo a orillas del fuerte de Guadalupe», postearon al día siguiente blogueros y onlainers convirtiendo la nota en trendintopic. Y doña Carmen se quedó como el perro del hortelano, por haber preferido circular la noticia de la casa blanca del presidente y no tomarse la molestia de ir —o enviar un corresponsal— a cubrir la última noche del ídolo no nacido.

Al salir por la puerta de atrás, Siberio Luna dejó que le olieran los sobacos y le untaran las manos en el cuerpo, cuentan que para más tarde atesorar las gotas secas de su sudor en relicarios de a cien. Siberio, la voz, leyenda viva de Agua Santa, mecenas del taller de tuba sinaloense de la escuela local de música; Siberio, mi amor; hijo predilecto, sueño y vigilias de Layla Martínez (y de Leydi, su hermana gemela), miró en panorámica el pandemónium del último día de San Juan en su vida. Esa misma madrugada tenía decidido partir cogiendo a la muerte por atajo. Iba herido de muerte y era poco lo que quedaba de él.

De ahí lo seguí hasta el Dinosaurio´s, en el 3972 del bulevar 2 de Octubre. Siberio Luna se apostó en la barra y pidió un tequila Orendáin. Herencia, sabiduría y experiencia nos respaldan. Sentado a su izquierda le miré un perfil de ceja muy poblada. El labio de arriba seductor, el hombro fuerte y el brazo largo con dedos puntiagudos. Vació el contenido de sus bolsillos en la superficie de granito: una medalla del Papa Francisco, un paquete de chicles sabor yerbabuena y las llaves de un Volvo.

—Por la gloria —dije levantando mi cerveza hacia él.

—Que tu boca sea de profeta —respondió.

Miraba fijamente a la contrabarra, hacia unas botellas coleccionables jamás abiertas. Era noche de leyendas, noche ochentera, y el grupo en turno nos ofreció un espantoso popurrí de los inigualables Enanitos Verdes a ritmo de salsa, luego transformada en merengue y a última hora envilecida en cumbia. Siberio le perdió el interés y le hincó el palillo a unas aceitunas de la tercera edad.

—¿Estuvo en el recinto, compa?

—Más que eso, he sido testigo de su éxito.

Asintió con desgano y puso a girar una moneda en la superficie brillosa de la barra. Al Dinosaurio´s fueron llegando los de siempre. Las cuarentonas con blusa de holán, los borrachos del fondo y los novios de la barra postrera. Nuestra conversación incluía para entonces oraciones de diez o más palabras.

—La gloria no es como la pintan, compi. El éxito es un lastre de la peor calaña, y le llega a uno cuando ya sirve pa´maldita la cosa.

—Lo tuyo apenas empieza. Si lo de hoy se repite, no te va a alcanzar la vida para administrarlo.

—No. No me va a alcanzar.

Cuarentona Uno sacó a bailar las calmaditas a Borracho Dos. De la agencia de autos, al otro lado del camellón, llegó un rayo de luz que iluminó los movimientos de la pareja. Ella recargó la barbilla en la chamarra Harley-Davidson y hundió la frente en una mata de vello que asomó por la abertura. Borracho Dos, lanzó un gesto de incertidumbre a sus compañeros de mesa y le soltó de inmediato la cintura. Encontré en su rostro a mi padre. Lo vi desde la ventana de un cuarto superior de la casa —de pie en la guarnición de la banqueta— cargando los zapatos ensangrentados de mi madre, mientras con los ojos me hacía la misma interpelación que advertí en la mirada de Borracho Uno. Volví a tener diecisiete años. No pude detener el tiempo, como no pude tampoco echar abajo los planes de Siberio Luna.

Dicen que la muerte es un bálsamo restaurador para los condenados a la eterna soledad. Siberio Luna no estaba destinado a ser un artista importante, cuando menos no en vida. Tenía un talento de medianas repercusiones, que tal vez no le hubiera alcanzado para convertirse en el ídolo que su madre y las gemelas Martínez veían en él. Durante los quince años y casi cuatro meses consagrados a la labor de componer y cantar soñó con la fama, concedida después a su cadáver por un público que en su mayoría ni siquiera lo vio presentarse en vivo.

La gloria le llegó por partida doble y su nombre quedó grabado con letras gordas en el ciberespacio, donde aún se refieren a él como si se encontrara de gira y fuera a regresar de un momento a otro. De pronto, que se hubiera colgado con un mecate en el baño de un motel de la carretera federal, borracho y en cueros, dejó de ser lo más importante. Lo trascendente era el cúmulo de éxitos que se le adjudicaron, los conciertos alrededor del mundo (que nunca dio) y el fotomontaje en que podía vérsele recibir un Grammy sin que se desmintiera una sola nota.

Canciones como “Para eso me gustabas” y “Ya me habías dicho que sí”, con la participación de los integrantes del primer año del taller de tuba sinaloense que Siberio auspició en vida, ocuparon las listas de popularidad en estaciones de radio y televisoras que antes ni el demo le recibían. Artistas de renombre le grababan a dueto y los organismos reguladores de la cultura le homenajearon para que los jóvenes tuvieran conciencia de la pérdida que su ausencia suponía. Que estuviera pudriéndose en un ataúd sonaba a falacia. Sus fans seguían llevando al día las cuentas de Tuiter y Feisbuc, comprando sus discos y colmando de flores el mausoleo erigido en el Panteón Municipal cada 24 de junio.

De la noche triste recuerdo nuestra salida del Dinosaurio´s, los dos a medios chiles, caminando por la acera vacía cuando una alborada sin tiento se vino de bruces sobre el 2 de Octubre. El frío calaba los huesos. Arnulfo, el portero, fumaba una bacha sacando los labios por las comisuras de su sarape tricolor con los ojos apenas abiertos y las manos entumecidas. Una voz siguió escuchándose aún después de que Siberio Luna se subió al Volvo, hasta donde lo acompañé para despedirme. «…Ya se fue el tren y esta calle nunca más será igual».

Siberio bajó la ventanilla y me pasó la cuera tamaulipeca. Iba herido de muerte y tenía contados los días. Nunca supe qué enfermedad le minaba el cuerpo, como tampoco supe el porqué de su desdeño a la gloria.

—Sáquele jugo, morro. Nomás se cuida de los gomeros que ya la traen calada —me dijo de última.

 


 

Marcela María Luisa Delfín Espinosa (‘María Luisa Deles’). Ha colaborado en el periódico Intolerancia con la columna «A cientos de kilómetros» y mis cuentos han sido publicados en las revistas Letras Raras, Almiar (Margen Cero), Más Sana y Punto en Línea de la UNAM. Aparecen también en las antologías: Acapulco en su tinta 2013, Basta, 100 mujeres contra Violencia de género, de la UAM Xochimilco y en Mujeres al borde de un ataque de tinta, de Duermevela, casa de alteración de hábitos.

Fue ganadora del segundo lugar en el concurso «Mujeres en vida, 2014» de la FFyL de la BUAP, obtuvo la mención narrativa en el «Certamen de Poesía y Narrativa de la Sociedad Argentina de Escritores», con sede en Zárate, Argentina y ganadora del primer lugar en el «Concurso de Crónica Al Cielo por Asalto, 2017» de Fá Editorial.

Ha participado en los talleres de novela, cuento y creación literaria de la SOGEM y de la Escuela de Escritores del IMACP y en los talleres de apreciación literaria del CCU de la BUAP. Actualmente escribe la columna “El cuento” en Exilio Periodismo Binacional.

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Contactar con la autora: mldeles [at] hotmail.com

🖼️ Ilustración relato: Fotografía por ktphotography / Pixabay [Dominio público]

 

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