relato por
Camilo A. Sarce

S

e perdió en las montañas. Pero no le importó, no sintió angustia, no sintió nada. Solo iba pensando en el aroma que percibió en sus manos cuando se bañó la tarde anterior en la casa de la señora que lo ayudó. Por una suma ínfima de dinero (cinco mil pesos, lo que le quedaba en efectivo) pudo dormir en la cama de la nieta de la señora, darse una ducha y almorzar incluso. Luego le hizo compañía hasta la noche a la mujer conversando de muchas cosas. Ella expresó en un momento de la conversación que quería mucho a su nieta, la Claudita, y que la cama donde dormiría él estaba reservada para cuando ella se quedaba. Pero hace mucho tiempo no venía a verla. Hubo un instante en que la señora miró para abajo. Parecía que miraba un abismo en vez del suelo, y se afirmaba con su bastón para no caer allí. Se notaba que añoraba mucho a su nieta.

La conversación acabó en un silencio noble. La señora le dijo que cuando se levantara en la mañana saliera por la puerta de atrás para que no lo escucharan los perros desde el jardín de adelante porque se pondrían a ladrar.

«El viajero» no se quiso despedir por la mañana, intuyó que la anciana dormía en algún lugar de la casa, y salió sin más.

Por momentos se dejó intimidar por la montaña. Era enorme detrás de la casa, y se veía oscura como la silueta de una gran entidad… y debió serlo.

Después caminó sin importarle nada. Sintió curiosidad por la oscuridad de la montaña. Muy tarde ya, como a las diez y media de la mañana, se le ocurrió ver el celular; ahí sí que sintió angustia, se le estaba por apagar la pantalla. No tenía carga. Lo había enchufado y todo pero a lo mejor la señora no tenía electricidad en toda su casa, pues era una casa rural.

La idea de «El viajero» era la de unirse con unos primos en el camino, porque todos andaban haciendo trekking, continuarían la travesía juntos.

Ellos eran de la ciudad de Los Andes. Planificaron esta ruta durante meses hasta que se dio la ocasión por fin de hacerla en verano.

A este hombre le llamaremos solo «El Viajero» (omitiré su nombre por razones personales) y sus primos los hermanos «Luis» y «Enzo» (tampoco diré sus verdaderos nombres).

Sin embargo a pesar de estar metido allá arriba en los cerros no tomó mucha conciencia de la magnitud que lo rodeaba porque andaba aturdido, como dije, no sé si por la luz, por la radiación o por no sé qué cosa… El punto está en que temió esa situación, y bajó en cuanto antes los cerros para ponerse a caminar en una selva fea que estaba entremedio de esos cerros. Por lo menos allí pudo encontrar sombra, pero en realidad esa selva del carajo era solo maleza y buscó cuanto antes salir de allí porque vio guarenes, es que cruzaba la selva un riachuelo de aguas servidas por eso se encontraba todo tan hediondo y por eso se formaba esa maleza repugnante.

Como si nada llegó a aquella casa. Me contó que escuchó ruido lejano de música, cumbias y rancheras, una fiesta quizá, pero a pesar de eso había un gran silencio y eso lo emocionó…

Tal vez porque el silencio no era sonoro, sino visual.

Lo que él contempló fue lo siguiente:

La casa comenzaba justo después de la maleza. Allí acababa el canal hediondo en unos alcantarillados. Saltó sobre la tierra mojada y se topó de frente con la casa de hormigón grueso, marrón y moderno.

La casa provocaba una sensación de somnolencia, porque se hallaba arrinconada un poco aún por la selva, generándose una temperatura tibia, y una sombra tranquila que era lo que más flojera le daba.

Podríamos decir que era una casa como las que se hallan en Miami, llenas de fronda afuera y con palmeras para atenuar la luz y por lo tanto el calor. Sin embargo lo que él recuerda son los vidrios de la entrada que mostraban al fondo de la casa otra luz en una ventana muy brillante, la del patio trasero. Eso lo estimuló mucho, tanto que se quedó boquiabierto mirando esa luz.

Sintió confianza por esa luz y por esa calma.

El resto de esa casa era solo un umbral vacío (porque se notaba que estaba abandonada, aunque la construcción fuera reciente) entre la luz deliciosa y dorada del patio, y la relajante oscuridad del antejardín lleno de maleza y plantas secas.

Él estaba así, disfrutando de esa calma sensorial, cuando ve entrar a una mujer adolescente que llevaba una regadera en las manos. En realidad entró un perro primero empujando la puerta semicerrada con las patas, y después entró ella, quien cerró la puerta.

Pero él se preguntó qué hacía ella en una casa así, abandonada en un lugar tan húmedo y escondido.

Lo que distinguió en ella fue su rostro pálido (por el maquillaje), que estaba teñida de rubio, y que usaba una ropa de cuero gótica o punk. Calzaba botas altas, también de cuero, y una falda. Andaba toda vestida de negro salvo su polera que tenía patrones de otro color.

«El viajero» no tuvo miedo. En todo momento sintió mucha confianza y comodidad.

Entró a la casa.

La puerta no tenía seguro ni nada. Se hallaba en un pésimo estado de conservación. Además sintió mucha confianza hacia la chica, como si fuera su amiga. Por eso tuvo la certeza de que no lo retaría, de que no se asustaría.

Cuando entró pasó directamente hacia el patio. Comprobó que la sala de estar no era más que un umbral hacia el patio que destacaba. El patio era hermoso, asimilaba un altar de piedra y hormigón bien diseñado; era redondo, grande, arrinconada a la derecha había una piscina sucia, y a la izquierda un montón de chuchería amontonada. Lo que realmente importaba era el centro de ese patio y ese diseño tan bonito. Lo más lamentable fueron las hojas secas, la floresta marchita, el pasto amarillo…

Él estaba así frente a ese jardín palaciego, afirmando una mano en el hermoso cristal empañado de la puerta de atrás, cuando aparece ella, muy fresca y natural, porque esa sensación le dio a causa de su rostro.

—Ay, todavía no está abierto… estoy esperando a unos amigos —dijo excusándose sin que él le preguntara nada.

Lo miró apenas, se arregló un poco el cabello, llevaba la regadera goteando, seguramente la fue a llenar a la cocina, y pues se puso a regar las plantas mientras estaba él esperando a que quizás llegaran sus amigos o no sé quién.

En realidad no tenía idea de por qué esperaba.

Hasta que pasó un buen rato, dándole ella la espalda mientras regaba la circunferencia del jardín, e inevitablemente se le acabó el agua de nuevo.

Dejó la regadera encima de una asadera, suspiró. Se llevó las manos a la cintura, y muy preocupada, decepcionada, dijo:

—Parece que ya no van a venir.

«El viajero» la miró un momento de soslayo, la tenía a la izquierda. No supo qué decirle en aquel momento de silencio.

—¿Te gustaría pasar tú solo a la sesión?

«El viajero» dudó, pero asintió con la cabeza, diciendo «ya» sin saber lo que decía.

—Pasa por favor… siéntate allá en la orilla del círculo.

—¿Aquí? — preguntó cuando llegó al lugar señalado .

—Sí, ahí, justo ahí.

Ella se sacó la chaqueta. Se aproximó al viajero y se sentó a su lado.

—Poné las manos así como las estoy poniendo yo.

Y el accedió.

—Ahora cierra los ojos mirando justo así, de frente… así, un poco inclinado —y con la mano mojada le ajustó la inclinación de la cabeza empujando el mentón hacia arriba.

—Así, ahora no abras los ojos.

Le pasó la mano mojada por la frente, como limpiándole con esta el «tercer ojo, el chakra de la intuición». Esto lo averiguó después intrigado por la experiencia que tuvo esa vez.

Eso sí, antes de cerrar los ojos notó cómo al frente el sol estaba justo encima de una franja de árboles. Se hallaba con un color rojizo y brillante muy especial, aspecto que le daba la nube de incendio lejana al cruzársele como filtro de luz. Era el incendio probablemente de un pastizal, como solía ocurrir en esa época del año.

Minutos después de impaciencia y escepticismo sintió que el sol se inclinaba todavía mejor hacia él como foco en un quirófano.

Y al parecer la nube de incendio se difuminó permitiendo entrar la luz directamente.

Estando así, frente al sol, experimentó algo muy extraño: le dieron muchas ganas de llorar, quizás lo hizo un poco, y justo ella dijo «no puedes» tocándole la frente de nuevo con las manos mojadas y los párpados.

Una vez él abrió los ojos, la chica lo contempló, y la suavidad del aire pareció ser la suavidad de ella por la piedad con la cual lo miró.

Le tomó un poco las manos, no le miraba ahora a los ojos, sino a los hombros y el cuerpo. No lo intimidaba ni lo humillaba la compasión con la cual lo contemplaba.

Se levantó ella primero con una de sus manos en las suyas y la dejó caer.

Y él fue tras ella.

Cuando caminaba por el pasillo de la casa, se sacó las pulseras y un colgante en el cuello. Lo condujo a una habitación estilo japonés, pues eran de madera las murallas y una colchoneta grande se hallaba en el suelo.

Una vez en la habitación ella comenzó a quitarse la ropa y él comprobó que el resto de su cuerpo era tan pálido como su rostro. Quedó en ropa interior y lo esperaba.

Se puso frente a ella y le tomó los brazos, en realidad no sabía lo que hacía, no tenía idea de lo que estaba sucediendo.

Se sentó en la colchoneta, y le surgió una necesidad orgánica de abrazarla. Fue lo que hizo con cada parte de su cuerpo hasta quedar aferrado a sus brazos helados, absorbentes como tierra sagrada.

El sudor y el calor de su piel eran los que se tienen después de una fiebre producto de alguna enfermedad grave.

Lloró con el cuerpo, pues no derramó ninguna lágrima. Esa certeza tuvo. Se agitó muchísimo en algún momento porque no podía llorar y ella comprendió… lo miró con mucho cariño tocándole un poquito la cara. Al final de todo se quedó amarrado a sus piernas, sin comprender nada, aturdido por la experiencia, y el placer de esta decantó en una fresca melancolía que lo acompañó toda la tarde.

Cabe señalar que no fue una experiencia erótica ni mucho menos. Y eso le generaba más preguntas todavía, haciendo más inquietante también la tristeza que llevaba dentro.

Creo que le dijo que volviera al día siguiente, no recuerda. Todavía permanecía absorto en aquel sentimiento, y solo podía mirar el cielo y la copa de los árboles de la selva cuando volvió a entrar allí para poder respirar aprovechando que corría propicio el aire.

El agotamiento fue intenso, más por la agitación interior que por el calor del día que lo atrapó agresivamente… pues quedó despejado el cielo, libre de árboles; había salido de la selva sucia y no tenía dónde ir.

Buscó desesperadamente sosiego, y se arrojó bajo un árbol a la orilla de un cerro. Allí pudo dormir en paz, pues se hizo tibia la tarde. Despertó con el cuerpo pesado y con mucho dolor de cabeza, como después de una borrachera.

No lo asustó la noche porque estaba cálida, de hecho sudaba. Tiritaba por la debilidad del cuerpo, y por una tremenda sed.

Por suerte aún se escuchaba el ruido de los autos chocar contra el viento, era un sonido que le gustaba, que le agradaba mucho.

El sonido le motivó a buscar su origen… un río de aire tras los cerros pequeños. Cruzó por ahí, se encontró con la carretera y al frente un negocio abierto.

—Tiene suerte usted pues —le dijo el chico venezolano (en realidad no supo si fue mujer u hombre por la fineza de su rostro, además tenía gorro) que atendía el negocio de comida rápida, donde se suelen estacionar los camioneros.

Le dijo eso porque él le comentó dónde había pasado la noche, mientras le llenaba una botella grande de agua, se lo pidió para apagar la sed. Fue tan amable que le dejó a mitad de precio el sandwich más barato del local, seguramente al verlo así, demacrado y barbón.

—No te preocupes, come tranquilo —comentó cuando insistió en pagarle todo el sandwich. Menos mal le hizo ese descuento, después comprobó que no le quedaba casi ningún saldo en la tarjeta.

Ah, y dijo que tuvo suerte porque en el lugar donde se quedó dormido delincuentes y drogadictos suelen encontrar refugio y pasar la noche, justo al lado de la selva.

Estuvo conversando un rato con el chico. Enchufó el celular para cargar la batería. Las colegas de él, unas chicas venezolanas, lo miraron raro cuando escuchaban de repente su conversación, ja, ja, ja, quizás qué pensaron, o percibieron.

Se dio vueltas en el local sentándose en el estacionamiento, en las mesas sin gente, tomándose el agua en la botella que supuestamente era para el resto de la noche, yendo al baño…, porque cuando se fijó en la hora viendo un programa de TV, y cuando prendió el celular para comprobarlo, se enteró de que no eran las horas del anochecer, sino de la madrugada del día siguiente.

Esperó de las 4 a. m. hasta las 6:30 a. m., en ese punto recién empezó a aclarar. Pero en realidad él no se andaba dando vueltas por la hora, sino porque intentaba tomar una decisión, pues la tarde anterior la chica del círculo le había dicho «Vuelve».

Pensó que era un sueño, pero no, efectivamente ella le había dicho «Vuelve».

En medio del camino luchó mentalmente luego de emprender la marcha donde sus primos, pero miró hacia atrás y eligió regresar.

Ingresó en la selva nuevamente. Amaneció temprano, eran como las 7 de la mañana y ya hacía calor.

En el jardín de la casa estaba ella, mirando los árboles, de espalda. No quiso interrumpirla.

Esta vez la atmósfera estuvo más rara. Se sentía nauseabundo por dentro. Cuando volteó, ella le dijo:

—No vinieron mis amigos.

Lo miró con pena, como tratando de explicarle la situación.

—Estás tu no más para poder contemplar —se lamentó.

Había una sensación de rechazo dentro de él, una sensación del espíritu tal vez, pero él no hizo caso a ese instinto, y se quedó igual frente a ella.

Venía a terminar lo que había empezado aunque no supiera qué. Era la arrogancia en el fondo por entender lo que ocurría.

Se sentía purificado y todo, muy liviano. Pero persistía aquel rechazo, y quería saber…

—No te resistas ya, yo me voy a sentar al lado tuyo —le dijo ella tocándole los hombros y el cuello con las manos mojadas, cuando él ya estaba sentado en la orilla del círculo con los ojos cerrados. La escuchó sentarse, y el aroma del champú en su pelo cuando el viento lo agitó un poco le permitieron darse cuenta que era el mismo olor del champú de la casa de la abuela. Pero eso en vez de distraerlo lo sumergió todavía más en la experiencia.

Él comenzó a sentir una presencia eminentemente masculina que venía del cielo justo cuando el sol comenzaba a levantarse sobre los árboles esos… y al quedar plenamente frente a la luz, la presencia innombrable, inclasificable, parecía meterse en él, buscaba elevarlo, como en un abrazo de asombro.

—Le puedes decir divino padre, pero yo prefiero decirle divina madre.

Era tan solemne y grande esa presencia, y él tan pequeño y estúpido para abrirse a ella, que la sensación de humillación no la soportó, y salió corriendo lleno de odio hacia el bosque.

Porque odiaba sentirse así: perder al intentar entender lo que pasaba.

Anduvo dando vueltas por el bosque. Intuyó que a lo mejor así podía ordenar un poco la realidad. Pero lo que más le perturbó, y lo que más le costó reconocer, fue la sensación densa y cósmica que le transmitió la presencia, y que no era comparable con nada de este mundo… y tal vez su espíritu intuyó remotamente que se asemejaba a lo maligno, pero ni siquiera supo definir por qué.

Anduvo también levantando el celular en todas partes, hasta que encontró señal por fin donde terminaba el terreno, pues se topó con las vallas enrejadas que delimitaban la propiedad, y que no pudo saltar por lo altas. Eso le dio más rabia.

Al celular le llegaron un montón de llamadas y mensajes mientras estuvo sin carga. No podían ubicarlo, y estaban preocupadísimos pues él les había enviado fotos de su avance por el camino antes de los acontecimientos. Se encontraban a punto de llamar a los carabineros también, pero «El viajero» les mandó un mensaje a tiempo de que no era necesario, que se había perdido brigido en los cerros, y que volvía a salir pronto a la carretera.

Los primos le escribieron que lo esperaban en no sé qué parte de la carretera, y él aceptó, diciendo que llegaba a una cierta hora. Después miró el bosque; le dio fatiga porque debía volver a atravesarlo para salir de allí a través de la casa ya que todo aquel terreno se hallaba bien cercado.

A todo esto ya habían pasado no sé cuantas horas desde el amanecer, porque además «El viajero» se puso a dormir por ahí entre unos matorrales. Despertó por el olor a incendio metido en la garganta. Eran más o menos las 2:10 p. m. Al cruzar el bosque y darse algunas vueltas llegó justo a las 3 de la tarde a la casa de cemento marrón.

Pasó por el patio con rechazo. Se apresuró lo más posible para no meter ruido. Sin embargo gracias a ese silencio escuchó perfectamente un llanto que provenía de alguna habitación. Buscó su origen, y se dio cuenta de que salía de la misma habitación con colchoneta de la cual se retiró aturdido luego de abrazar casi con toda el alma a esa mujer.

Lo que vio allí, sin asomarse completamente por el umbral claro, fue lo siguiente:

Cerca de la ventana un hombre lloraba recostando su cabeza en los muslos de la chica. Su aspecto era terrible, a todas luces era un vagabundo. Mientras lloraba compungidamente un perro le lamía la cara, y ella también se la acariciaba… No tenía problemas con su suciedad ni con su olor desagradable que llegaba hasta el umbral de la puerta.

Esta escena le generó gran repugnancia y confusión al viajero. Incluso celos. Salió caminando despacio por el pasillo y luego de la casa. Incluso cuando atravesaba la selva fea por otro costado para alcanzar más pronto la carretera, siguió al mismo ritmo, quizás para mantener la calma ante el desconcierto.

Le daba pereza incluso llamar a sus primos. Tenía un sentimiento similar al de aquel día en la colchoneta, y no se lo podía sacar de encima, por eso caminaba…

Después de varias horas escuchó su celular sonando en la mochila. Cuando lo contestó, supo que era uno de sus primos.

—¿Dónde etay weon?

—¿Ah?

—¿Dónde etay? Dijiste que ibai a llegar aquí a las 6.

—Chuta, no sé, estoy en la carretera.

—¿Pero dónde etay weon? Nos teni terrible preocupados desde ayer.

—No sé compa, no sé dónde estoy —se lo notaba asustado, perdido, atontado por alguna fuerza o energía, como si estuviese drogado. Esto causó aún mayor preocupación en su primo, quien no lo siguió retando, y le dijo:

—Te vamo a ir a buscar con el «Enzo» weon, no te movai de ahí.

—Bueno primo… ya.

—Intenta mandarme tu ubicación por el celular porfa…

—Ya, primo.

—¿Hay algún letrero cerca, alguna cuestión?

—Parece que nada primo —se escuchaban los camiones pasar muy rápido.

—Siéntate por ahí al lado de la carretera, tranquilito, te vamo a ir a buscar en la camioneta.

—Ya.

—Ya, chao, y no apagí el celular, no te movai de ahí weon.

—Ya.

El primo cortó la llamada, y «El viajero» buscó tímidamente un lugar al lado de la carretera y se sentó a esperar.

Cómo habrá sido lo aturdido que estaba que no se dio cuenta que apoyó la cabeza en un letrero que decía el nombre por el otro lado de la localidad donde vagaba. Y al parecer con lo poco que le quedaba de conciencia alcanzó a enviar su ubicación por WhatsApp a su primo.

Por la noche, a eso de las 8:30 p. m., sus primos lo encontraron. Se subió a la camioneta de «Enzo», y se fueron por caminos poco habituales hasta su casa, pues el incendio avanzó de manera preocupante. También por eso llegaron más tarde a su encuentro, fueron bloqueadas casi todas las rutas por bomberos o carabineros.

—Menos mal que no te quedaste en los cerros —le dijo «Enzo» cuando manejaba, observando todos cómo se consumían unas colinas en el fuego.

Pero justo en la curva, bajo un árbol, distinguió la casa de la señora que lo ayudó. Sin embargo le causó extrañeza esa casa: parecía abandonada y más vieja, así no la recordaba, y se alcanzó a percatar de que algunas ventanas estaban selladas con madera.

Lo único que recordó del resto de la noche es que llegó a la casa de sus primos, su tía le dio once, y se quedaron hasta como las tres de la mañana jugando Play Station en silencio, mareados o agotados por la falta de oxigeno que causaron quizás los incendios y el calor, no daban ganas de hablar, en el aire había cenizas y todo olía a pasto quemado.

Al día siguiente «El viajero» debía regresar a la ciudad porque comenzarían esa semana las clases en la universidad. Sus primos le compraron un pasaje en bus por Internet, y lo fueron a dejar a la estación.

De regreso en el bus a la ciudad se dio cuenta de cómo el humo del incendio avanzaba en enormes columnas, y cuando el bus estuvo a punto de salir de la localidad, notó que las llamas alcanzaron la zona de la casa al lado de la selva. Los bomberos con sus carros hacían lo posible por apagar el enorme lugar.

Al viajero se le rompió el corazón pensando en la chica del círculo. Pero no sintió pena, no supo por qué. Solo sintió un desgarro, y después un vacío.

«El viajero» siguió frecuentando a sus primos por muchos años. Luego de una estancia en el extranjero, se casó, y tuvo dos hijos a quienes inculcó desde temprano el amor por el trekking y las montañas. Una vez decidieron celebrar el cumpleaños de su sobrino (hijo menor de uno de sus primos) en un camping con piscina, que quedaba cerca de la zona afectada por los incendios hace diez años. Cuando pasaron por allí en camioneta, «El viajero» quedó anonadado, pues vio por la ventana mientras manejaba la casa de la señora que lo ayudó aquella ocasión en que se perdió en los cerros. Tenía un aspecto distinto esa casa: se encontraba pintada con colores claros, y se lucían unos carteles grandes donde había niños con profesoras. A todas luces se había convertido en una escuela.

«El viajero» estuvo todo ese día desconcentrado. Hasta que su primo por fin le dijo: «Oye y por qué no nos vamos a dar una vuelta al cerro». «El viajero» no aceptó. Se encontraba relajado en una silla de playa junto a su esposa y la cuñada que dormían la siesta a la sombra. El primo pues se llevó a los sobrinos y a los hijos a la caminata. Y «El viajero» quedó solo, libre para satisfacer su curiosidad.

Se puso rápido las zapatillas y salió a la carretera. Eran las 4 de la tarde de un sábado.

Cegado por la intuición de que podía saber algo más caminó sin pensar en dirección al colegio, pues evidentemente estaba cerrado.

Sintió un sobrenatural alivio cuando vio las puertas abiertas del colegio azotado por la luz del verano. Alguien trajinaba dentro. Se acercó. Descubrió a una mujer hincada que cuidaba de unas plantas. La saludó.

—Hola —dijo agitado «El viajero», como quitándose un peso de encima.

—Hola —respondió la mujer asustada, y casi se calló riendo, pues el susto le dio risa, pero él la pidió disculpas y la ayudó a levantarse.

La mujer continuaba riéndose. Después muy simpática lo quedó mirando.

—¿Viene a preguntar por la matrícula de los niños?

—Sí…

—Menos mal que me encontró, vengo los sábados a regar las plantitas, en la semana no hay mucho tiempo.

—¿Usted es profesora?

—Bueno, sí… , soy la directora de aquí.

—Ah…

—Venga pase.

La profesora se limpió los zapatos en el cubrepiso. Abrió la puerta de una oficina e ingresó. Al entrar él quedó un poco paralizado viendo la foto de dos personas (al parecer un matrimonio) sobre un mueble. La mujer de esa foto se parecía mucho a la adolescente del círculo.

La profesora se sentó en un escritorio y sacó de un cajón unos afiches y una revista. Se las entregó al viajero y le explicaba el tipo de educación que brindaba la escuela, etc. Pero «El viajero» se hallaba completamente distraído mirando una y otra vez la foto del matrimonio encima del mueble. Ambos sostenían un certificado en sus manos.

—¿ Quienes son ellos? —preguntó de repente él—, perdón por preguntar, es que me llama la atención esa foto.

—Son los fundadores de esta escuela. Ellos la fundaron después de la desaparición de su hija. Como le iba contando, ésta es una escuela para niños especiales.

—¿Y cuando desapareció su hija?

—Puuu… hace como 30 años, a lo mejor usted no había nacido.

—¿Y cómo era la niña?

—Bien bonita…, a ver, déjeme buscar la foto, creo que por aquí había una foto de ella. Se parecía mucho a su mamá, la señora de la foto.

Mientras la profesora hurgaba en los cajones seguía hablando.

—Esta escuela es para niños especiales, porque esa niña era especial, era «savant» como ahora se dice, autista pero muy inteligente. Desapareció como en el 87. Fue un caso bien conocido, pero qué va a conocerlo usted, es muy joven. ¿Cuando nació?

—En el 90.

—Ve, claro, porque iba a saber… Esta casa era de la abuelita de la niña. doña Javiera y don Ramiro fundaron esta institución para educar a niños especiales, damos becas y todo.

—¿Y qué pasó con la señora que vivía aquí?

—¿Con la abuelita?

—Sí.

—Ella murió hace como 20 años. Donó esta casa antes de morir, porque aquí pasó mucho tiempo la Claudita, vivía prácticamente con ella.

—¿Así se llamaba la niña?

—Sí, Claudita, era joven cuando desapareció, debió tener como 17 años o más.

—¿Y cómo desapareció ella?

—Salió a pasear con sus perros al monte, uno que está aquí cerquita. Pensaron mil cosas, que se había accidentado, que se había escapado… Al final nunca la encontraron. Y buenos sus padres fundaron esta institución en honor a ella que era superinteligente, una «savant» como le dije, casi no hablaba, y para cuidar y enseñar a niños especiales, sobre todo en sectores rurales donde es muy difícil encontrar colegios así. Atendemos a muchos niños con el espectro autista y con otras condiciones.

«El viajero» quedó en silencio. Esperó a que la mujer encontrara la foto de la niña, pero no la encontró.

—No se preocupe —le dijo.

—No, no, si debe estar por aquí…

—No, no importa, no se preocupe, quería saber no más de qué era el colegio, me llamaba la atención los letreros y justo estábamos buscando un colegio para un sobrino.

—¿Van a venir entonces a matricularlo? Tendría que ser el lunes cuando esté la secretaria.

—No, es que mi sobrino no tiene nada, es normal je, je, sólo quería saber más del colegio, es que me llamó mucho la atención desde afuera…

«El viajero» se levantó rápido de la silla, se despidió amablemente y se fue. La mujer lo quedó mirando sorprendida mientras cerraba los cajones.

Aquel hombre jamás contó los hechos a su familia. Según me dijo, solo me los confesó a mí sabiendo que me interesaban estos temas. Me dijo también que a veces visitaba el lugar para ver si encontraba algo a pesar del feroz incendio forestal que ocurrió en esa ocasión. Pero nunca halló nada. Y la casa de hormigón al parecer era de los padres de Claudita, no se terminó de construir completamente, siempre estuvo deshabitada. Fue derribada luego del incendio, y solo había algunos escombros en pie. Desistió hace algún tiempo de encontrar respuesta. En el sector comenzó la edificación de una nueva villa, y con eso quedó sepultado todo este enigma como un recuerdo confuso que me juró nunca más volvería a revelar a nadie.

 


 

Camilo Andrés Sarce Reyes. Es estudiante de cine, de nacionalidad chilena. Algunos antecedentes:
-Ganador del concurso de poesía «La calle que tú me das», Gran Canaria, España.
 -Publicó en julio del año 2016 la novela El camino del ángel en editorial Editnovel, España.
-En noviembre de 2006 publicó junto a dos compañeras de taller literario el libro El lecho del céfiro, en Mago editores.
 -Publicaciones literarias en revista La Mancha y El puñal.
-Seleccionado en antología Poetas Latinoamericanos de editorial Imaginante, Argentina.
-Seleccionado en antología Versos desde el Corazón, editorial Diversidad Literaria, España.
-Seleccionado en antología Recuerdo incorruptible, Editorial Carpa de sueños, España.

🖥️ Web: https://www.instagram.com/camilo.a_s.r/

🖼️ Ilustración relato: Fotografía realizada mediante técnicas IA.

📌 TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)

Los confines del mundo Los confines del mundo, por Carlos Montuenga. En Margen Cero (Biblioteca de relatos, 2006)
El endemoniado (en Daireaux) El endemoniado, por Raúl Roldán García. En Margen Cero («Taller literario de El Comercial», 2003)
En la madriguera (en Daireaux) En la madriguera, por Marcelo Choren. En Margen Cero (Biblioteca de relatos, 2003)

Pitonisa

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 142 · 👨‍💻 PmmC · septiembre-octubre de 2025

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