relato por
Alicia Trujillo

 

L

a exposición de Emilio sería en menos de veinticuatro horas.

Necesitaba concentrar la energía en repasar su trabajo y perfilar los detalles necesarios. ¡Dios mío, todo estaba en los detalles, y cuánto le obsesionaban! Estos habían sido la causa de tremendas dosis de estrés y, sobre todo, de noches largas. El insomnio aquejaba al pintor desde su juventud.

Cuando todavía vivía con sus padres, y ya pintaba, una de esas noches, en lugar de quedarse horas y horas cambiando de postura o mirando al techo, decidió bajar al sótano (que era su estudio), y ponerse a pintar. Total, si estaba destinado a apenas dormir, qué mejor forma de pasar el tiempo que haciendo lo que amaba.

Fue al cumplir los veintitrés años cuando Emilio descubrió algo extraordinario. Era un martes de madrugada, bajó a su estudio, preparó los pinceles y se puso a ello.

Llevaba un buen rato rematando el efecto de la luz sobre el lago, cuando su mano traspasó el lienzo. La apartó de golpe. No podía ser verdad lo que estaba experimentando. Con más calma, volvió a meterla, y está vez la estiró y sumergió en el agua. Sí, era genuino lo que estaba ocurriendo. Acto seguido, puso una mesita para subirse a ella y poder meter todo su cuerpo por completo dentro en la pintura. De un instante a otro se encontraba en el paisaje que estaba creando: un pequeño lago, montañas atrás y un espacio de tierra con un arbusto incompleto. Todo cobró vida. Podía experimentar la frescura del agua, el esfuerzo de sus pulmones por mantenerse a flote y el sol acariciándole la cara. Fue nadando hasta la orilla, se quitó los zapatos y sintió la humedad de la tierra.

Desde ese día Emilio se dispondría a bajar todas las noches para entrar en sus obras, disfrutar de ellas, meditar, pasear, incluso una vez entró con una cerveza bien fría para saborearla en el balcón con la vista al océano. Fue a prueba de ensayo y error como descubrió que no podía salir del cuadro cuando él quisiera. Solamente a las tres y treinta minutos de la madrugada era posible volver. Eso sí, la mayoría de las veces iba directo a la ducha, ya que sus pinturas contenían elementos como mares o lagos y él quedaba empapado.

Emilio cada vez pasaba más tiempo en esa otra realidad. Era lo único que después le ayudaba a caer rendido en la cama. Además, mejoró en gran medida la calidad de su pintura, ya que al estar dentro de sus creaciones podía examinar con meticulosidad las formas, la combinación de los colores, las sombras… para luego, desde el otro lado, corregir las fallas que había observado.

La noche previa a sus exposiciones, tenía la costumbre de ir a la galería con su pareja, sacar una mesa plegable, dos sillas y brindar con champagne. Pero en esta ocasión Emilio fue solo.

Dio un corto paseo por el pequeño espacio de su galería echándole un último vistazo a sus obras ya colgadas. Y se decidió a entrar en la que iba a ser su obra principal —y su favorita— titulada Oscuridad salvaje. Una vez dentro, se sentó un buen rato con una botella y una copa en lo alto de una roca contemplando las olas que rompían con furia bajo un cielo oscuro. Estaba verdaderamente orgulloso del cuadro.

El reloj marcaba las tres y veinte. Tenía que irse y descansar; al medio día llegarían los invitados. Nada más levantarse notó el efecto del alcohol y vio algo que no le gustó: quizá debería darle más intensidad al azul del agua, empezó a asomarse para poder ver mejor, y perdió el equilibrio al tambalearse con el pie derecho. Cayó al mar. Con toda la velocidad que le fue posible empezó a nadar, pero la corriente era demasiado fuerte. Tres y treinta y dos minutos. No pudo salir del cuadro.

Había comenzado la inauguración. Amigos, familiares, compañeros y críticos del mundo artístico estaban en la galería. Emilio no apareció. Nadie pudo encontrarlo. La única señal que había de él, eran sus obras.

El cuadro principal fue el que más sensación causó. Varias personas intentaban descifrar qué sería la figura difusa que estaba entre las olas. Concluyeron que era un detalle sin importancia.

 


 

📩 Contactar con la autora: aliaclo_14[at]hotmail [dot] com

 Ilustración: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

biblioteca relato Pinceladas de mar

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) • n.º 116 • mayo-junio de 2021 🛠 PmmC

Lecturas de esta página: 105

Siguiente publicación
Las agujas del reloj ahogaron su mecánico tictac exactamente a…