relato por
Luciano Santacruz

 

L

o sé, lo he visto, está ahí… Mi paraíso.

Se extiende hasta donde alcanza la vista, seguramente incluso más. La luz blanca engrandece su flora hasta el nivel en que no se diferencia de un puñado de estrellas terrenales.

Veo montañas a lo lejos… y cercanas también. Cascadas, lagos tan claros como su enorme bóveda superior. Jamás se ha visto un cielo que ostente al mismo tiempo las majestuosidades de la noche y del día por igual. Astros tampoco escasean, presentándose en los aspectos más descabellados vistiendo formas tan diferentes a sus insípidos tocayos de la tierra. Todo es todavía borroso, ya que no estoy verdaderamente allí, pero sublime al fin y al cabo.

Es precioso. Allí me es imposible pensar, ya que la razón no es necesaria al admirar semejante edén para los sentidos. Verme librado de mi cerebro se siente tan bien, tan mágico… sí, magia es lo que es, ya que sólo algo imposible en la tierra podría crear algo así.

Camino, aunque no podría asegurarlo ya que no puedo ver mis pies, pero el paisaje cambia lentamente. Lo hago sin rumbo ni dirección, ya que desearía estar en cualquiera de aquellos lugares por igual. Había podido recorrer aquellos divinos caminos incontables veces, algunas veces con ayuda; otras, gracias a milagrosos sueños de los que deseé nunca haber despertado. Quizá sea por mi tan próxima visita a este paraíso, que esta vez soy capaz de verlo tan nítidamente aun despierto.

Veo molinos, maravillosos ríos, hay muchas flores, aunque nada crece innecesariamente; la hermosura de la naturaleza está en perfecto balance. Hay estructuras semejantes a lo que solía relacionar con épocas medievales, pero incluso con eso, están alejados y no son nada parecidos a las representaciones de aquella época que antes he visto. Castillos inmensos, sin nada que los sostenga, se elevan como insitándome a alcanzarlos, para vivir allí y en otros hermosos lugares también, ya que no estoy obligado a estar en un solo lugar aquí. Allí en donde pueda saciar la sed de mi alma seré bienvenido. Siempre y cuando acepte aquel lugar completamente y sin reservas, como mi único y verdadero hogar.

Aquí soy… feliz. No conocí la felicidad antes, pero confío en que será así. Lo tengo todo, puedo verlo todo. Mi alma está llena.

Incluso la música que otrora me había maravillado sólo en parte, aquí es ella en sí misma. Aquellas notas que afectaban a mi ser en específicas composiciones, ahora se encuentran todas juntas, y entre ellas forman la melodía de una divinidad exquisita. He de llorar, pero sin parar de sonreír, aunque aquellas expresiones aquí no significan nada. Me pregunto qué sucedería si escuchara a aquellos ángeles tocar esta melodía con mis oídos terrenales. ¿Aceptaría entonces ese mundo vacío? ¿O sería aquello tan hermoso que extinguiría mi conciencia en el acto?

No tiene sentido pensarlo. Ahora estoy aquí, concentrado en no perder de vista ningún detalle, ya que para percibir semejante paisaje debo concentrar todo de mí. Si tan sólo pudiera estar aquí sin hacer tamaño esfuerzo… Puedo. Puedo hacerlo. Sólo tengo que dar el siguiente paso. Debo volver a casa. Nadie me espera, sólo yo estaré ahí y eso es perfecto. Lo haré, quiero entregarme por completo, y por fin me decidí.

Abro los ojos por un momento, tal vez por capricho. Mis ojos desenfocados apenas logran percibir un techo, vacío y gris. Luego, cuatro paredes. Asqueado, noto que no puedo soportar más aquella vista, y cierro fuertemente mis ojos, tanto que siento rompérmelos. Tanteo con mis manos en la completa oscuridad, tomando aquel recipiente tratando de pensar en nada. Abro mi boca y vacío su contenido, tanto como puedo abarcar, y la cierro en un intento de no dejar escapar nada. Una lluvia de perlas es percibida, incontables, de alguna forma también son hermosas, como es de suponer que una llave sea hermosa si lo es la puerta que abre.

Vuelvo a arrastrarme en la oscuridad, puedo notar que mi boca y organismo están funcionando, pero es algo lejano, ya que estoy acercándome a él… mi paraíso, a una velocidad vertiginosamente abrumadora. Comparado a las otras veces, ahora tengo mucho más sueño. Esta vez veo aquella puerta mucho más clara, y ahora se abre completamente, ya no entreabierta apenas. Me recibe por completo.

Me acerco, ya que no podría definirlo más como un caminar. La traspaso dichoso, experimentando una felicidad exquisita.

Aquí está… lo veo… Es mi paraíso.

 


 

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 Ilustración: Fotografía por photoshopper24 / Pixabay [dominio público]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) n.º 98 mayo-junio de 2018

 

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