relato por
Paúl Ricardo Carrera Torres

 

E

l sentimiento de que la piel se le iba derritiendo, como la parafina de una vela blanca, le vino un lunes en pleno trabajo de construcción de los rieles del tren en San Felipe. Jorge Armando Sevilla era el martillador principal de lo que vendría a ser la obra más emblemática del mundo moderno, en aquel mundo donde la modernidad era tan precaria que las luciérnagas eran hadas y las montañas eran gigantes dormidos. De la noche a la mañana, había ganado una reputación y una posición envidiable en San Felipe. No sabía, ni él ni nadie, cómo —ni cuándo— había sucedido, pero ese mulato, hijo de una esclava y un colono, era el protagonista principal más insignificante del mundo. Era magnífico sin tener absolutamente nada de especial. De pequeña estatura, ojos marrones, con grotescas manos del tamaño de dos papayas pequeñas, y con un rostro triste y esclavo. Por él, parecía, había pasado toda la tristeza de un hombre que nunca fue y que existía por casualidad.

El pueblo tampoco era un lugar lógico. Dentro de todos los mapas, San Felipe era inexistente, y solamente la desventura de un desatinado viajero que omitió cinco salidas en la autopista podía ponerlo en el camino. Sus calles de adoquines incrustados con azulejos en forma de ojos eran impecables y ya estaban ahí cuando nació el primer felipino. Ya estaban erigidas, también, dieciséis casas que nunca fueron habitadas pero que siempre estuvieron amobladas e impolutas, y en cada una de ellas tres bustos, perfectamente apilados, de hombres que ningún habitante conoce, pero cuyos nombres todos repiten. Como en los bustos, dos de cada diez niños felipinos se llamaba Marco Aurelio o Lucio Anno (los primeros niños felipinos solían llamarse, también, como el tercer busto: Epicteto, pero es una tradición que se fue dejando en razón del infortunio que acompañaba al nombre. Todo Epicteto terminaba, ineludiblemente, convirtiéndose en esclavo). Los felipinos hablaban un precario castellano al que no le acompañaba acento alguno, como si es que alguien hubiese creado cada una de las voces que se escuchaban por los balcones y las pulperías modelándose en lo que en el mundo moderno conocemos como un locutor radiofónico. Como con muchas otras configuraciones, el primer bebé oriundo de San Felipe nació sabiendo de memoria el alfabeto latino. Se sospecha que esto sucedió por el lugar exacto en el que lo parieron, ya que en el piso de la Plaza del Oficio —donde su madre había entrado, violentamente, en labor de parto— estaba tallado el alfabeto en una madera que no se mojaba, no se manchaba y no se deterioraba a pesar de tener —según cuentan los tres arqueólogos que se tropezaron con el pueblo— más de seis mil doscientos años de antigüedad. La letra ‘A’ aparecía oronda y orgullosa al inicio de una fila que se iba curveando sutilmente mediante concurrían las letras siguientes, creando un perfecto e impecable caracol de roble que descendía peregrinamente hasta llegar a la letra ‘P’, que por motivos inexplicables, fue la única letra que se manchó indeleblemente con la sangre y la placenta de la primera madre felipina. Este hecho inexplicable había generado dos efectos en los pueblerinos: el primero es el absoluto repudio a las palabras que comenzaban con ‘P’, obligando a que, como cura supersticiosa, cada uno de los felipinos se santigüe al usar exceso de palabras como ‘pesado’, ‘presión’ o ‘parrilla’; y, en segundo lugar, el evento anecdótico más popular del pueblo, el de tratar de limpiar, de cualquier manera posible, la letra maldita. Tanto el habitante más pobre, como el comerciante más acaudalado de San Felipe intentaron alguna vez limpiar la letra ‘P’, como alguna vez intentaron los ingleses extraer a Excalibur de la piedra aledaña a la capilla de Londres. Todo tipo de material con potencial limpiador se arrastró hasta la plaza principal del pueblo con la intención de remover la mancha. Santiago Donoso usó una esponja marina con abundante agua salada que se había traído de la playa más cercana (que estaba a seis mil kilómetros de San Felipe), solo para ver cómo la sangre se volvía más intensa y el agua se volvía amarillenta y dulce; Marco Aurelio Santistevan utilizó una piedra de lavar y un machete para raspar al roble hasta dejarlo limpio, solo para ver cómo la letra marmoleaba a la sangre con la placenta, como quien le hubiese sacado brillo a un diente de oro; Marcela Tristán quiso utilizar la forma más ridícula de la psicología inversa, limpiando la letra con sangre de borrego, solo para ver cómo esta repelía a la sangre como el agua repele el aceite, o la piel el agua; pero, indudablemente, el intento más trágico fue el de Aspasia Armendáriz, que fregó la letra con lejía y detergente (bienes tan raros que eran aun más costosos que seis rebaños de ovejas) solo para morir asfixiada por aspirar, el humo intoxicante que había generado la ingeniosa mezcla. Ese día, irónicamente, apareció la primera mujer alquimista de San Felipe.

En el pueblo eran contados los habitantes que, realmente, sabían cómo y cuándo habían llegado ahí, cuáles eran las condiciones de su nacimiento, y quiénes habían sido sus antepasados. Hay, incluso, quienes aseguran haber nacido adultos, alcohólicos y deprimidos, como quienes aseguran haber nacido pintores, albañiles, matronas, maestras o prostitutas, y unos más desafortunados, que no dudan en decir: —Yo ya me había aparecido bruto y tullido. La palabra nacimiento, de hecho, no existía en el lenguaje coloquial de los felipinos, era una de las palabras que solo sabía pronunciar correctamente el único escritor del pueblo, Pablo Palacio. El escritor, maldito por su nombre, sabía el uso correcto de todas las palabras que existían en el idioma castellano, y tenía más de dieciséis mil quinientos libros en una biblioteca tan invasiva que terminó fungiendo, de habitación, de cocina, de sala de estar y de baño. Para los felipinos, hablar con el escritor ermitaño era una empresa que solamente debía llevarse a cabo en la más excepcional de las circunstancias. Si alguien quería intentar comunicarse con el mundo exterior mediante una carta, se acercaban temerosamente a la ventana del balcón del escritor, pidiéndole ayuda en cuestiones de gramática básica como la diferencia entre ‘pestaña’ y ‘ceja’, ‘puente’ y ‘túnel’ o ‘nacimiento’ y ‘aparición’. El escritor contestaba las preguntas desde el balcón con gusto pero vergüenza de haber nacido felipino, tomaba la precaria propina y volvía al papel y al lápiz de carboncillo. Los felipinos nunca lo supieron con certeza, pero sospechaban con algo de placer culposo, que quien escribía los panfletos que aparecían en la puerta de sus casas todos los domingos, era el escritor Palacio, que salía de su biblioteca a la madrugada únicamente para dejar en los tapetes de las casas pequeños ejemplares de cuentitos históricos, ensayos políticos de países que no conocía, poemas épicos, o pequeñas biografías de Rimbaud, Proust o Borges.

El servicio comunitario más noble de la historia de San Felipe habría de terminar trágicamente un domingo de marzo a las cuatro y veinte de la mañana. Cuando Palacio caminaba para entregar los libritos, se cruzó con el borracho del pueblo, Lucio Salcedo que perseguía a su hijo cuadra abajo, con machete en mano, por haber derramado su aguardiente de contrabando. El destino de quien había escrito más de dos mil trescientos ejemplares originales en una pequeña imprenta casera fue el de encontrarse con el borracho, que se había resbalado con mierda de cordero manchándose el último camisón que le quedaba limpio, y dándole un casual mordisco al excremento, tratando de levantarse inútilmente. El escritor se acercó y le extendió las manos para levantarlo de su precaria situación, solo para que Salcedo le rebanara de un tajo la mano derecha entera y al menos mitad del antebrazo izquierdo. A pesar de que en una proeza milagrosa de la precaria medicina felipina, los cirujanos de turno lograron cauterizar las heridas con fuego y azúcar morena, el escritor Palacio, mísero con el nuevo destino de no poder levantar ni un lápiz ni un libro, se despertó el domingo siguiente a las cuatro y veinte de la madrugada, compró con el dinero de las propinas gramaticales un galón de alcohol de caña y lo dejó caer en el piso de su dormitorio, revolcándose en el líquido y esperando que se consuman las velas que prendió previamente con una maestría imposible, el escritor esperó a la muerte con lágrimas en los ojos, con un ejemplar de El Quijote en el pecho y exclamando, victoriosamente, sus últimas palabras: hijueputas. La biblioteca del escritor Palacio quemó durante setenta y dos horas seguidas con él dentro del fuego. La llama nunca se esparció a las casas aledañas, no se escuchó un solo grito, y el humo se elevó solemnemente de manera uniforme, como creando una sola hilera milimétricamente perfecta que se levantaba hacia el cielo azul del medio día, que se convirtió por unos minutos, al color del paladar de los jaguares. La única biblioteca y el único bibliotecario del pueblo se habían perdido para siempre, y, desde ese momento exacto, no hubo persona alguna que recordase quién era Borges, Rimbaud o Proust.

El día de la quema de la biblioteca fue el día más trágico de la vida de Jorge Armando Sevilla. Entonces era el único adolescente que coleccionaba absolutamente cada uno de los ejemplares dominicales del escritor Palacio. Entre su colección tenía como ejemplares preciosos el ensayo sobre la matanza de Tlatelolco, un poema sobre la batalla de Maratón y un cuentito sobre las aventuras de Jantipa y Sócrates. La única afición que tenía el mulatito era leer, y releer, y releer los folletitos, como el Coronel Aureliano Buendía derretía sus pescaditos de oro para hacer más pescaditos de oro. Nunca tuvo sosiego, y la vida de Jorge Armando fue un eterno piloto automático. A diferencia de muchos felipinos, Sevilla tenía registro fiel y exacto de su nacimiento y sus antepasados. De su madre, Eleonora, y de su padre Olivier, tuvo los recuerdos más precisos que podía guardar una memoria humana. Eleonora era una esclava, no oriunda de San Felipe, que escapó, irónicamente, de un quilombo cercano a la ciudad de Salinas (a no muchos kilómetros de San Felipe) por haber sido violada más de veinte veces. En el camino se encontró con un hombre que parecía ser de otro tiempo. El francés Olivier Sevil vestía ropajes militares del siglo XVIII, tenía los ojos azules y la tez perfectamente rosada, no entendía, ni Eleonora ni él, cuál era la razón por la cual estaba vestido de esa manera, por qué se encontraba en el lugar en el que se encontraba, o el motivo por el cual su castellano era tan perfecto como su francés. Durante tres días caminaron juntos por el llano, ignorando que estaban encontrándose con su destino, al llegar a la vieja ciudad de San Felipe. Se escabulleron en una de las dieciséis casas originales del pueblo para dormir, supuestamente, una sola noche antes de seguir caminando, y descubrieron, dentro de ese atemporal edificio, las maravillas más idílicas que habían visto nunca. Pequeñas bolitas púrpuras, que tenían un sabor jugoso y fresco, deliciosos pescados cubiertos en una rocosa capa de sal, pilares gigantes y enormes figuras de oro y mármol. Para los viajeros ese lugar parecía salido de un mundo absolutamente onírico. Cada vez que comían una uva, aparecían dos más, y cada vez que mordían una manzana roja, encontraban una verde. Durante tres semanas enteras pasearon por la casa, comiendo manjares extraordinarios, tomando de un líquido sangrientamente rojo que mezclaban con agua para mitigar la acidez, y durmiendo en las alfombras del palacio que parecían las más lujosas camas. Jorge Armando Sevilla nunca supo con certeza, pero siempre sospechó razonablemente que ese fue el momento en el cuál sus padres lo concibieron. Tuvo que nacer en algún otro lugar del pueblo, porque las casas originales tienen una guardia cada mes, y cualquiera que sea hallado durmiendo en sus alfombras es desalojado por primera vez, y fusilado de ser reincidente. A sugerencia del escritor Palacio, su padre se cambió de apellido a ‘Sevilla’ (que supuestamente sería una ciudad en otro continente), porque nadie podía pronunciar Sevil como es debido. El escritor también les ayudaría a conseguir una pequeña chocita al lado de la alfarería del pueblo. Por conveniencia, Olivier Sevilla se habría de iniciar como alfarero suplente, mientras que Eleonora habría de forjarse cierta fama como la lavandera más higiénica del pueblo. Jorge Armando tomaría la misma profesión de su padre, pero es algo que sabía desde que tuvo uso de razón. Jorge Armando sabía muchas cosas —casi todas las cosas— que le pasaban, le pasaron, o le pasarían. Desde niño sabía que se ganaría una cicatriz a sus treinta y dos años por interferir en una pelea de cuchillos, que su hija, que aún estaba por nacer, se llamaría Clementina, y que su esposa, que recientemente había conocido, se llamaría Claudia; pero la premonición más atormentadora que tenía Jorge Armando Sevilla era la de la muerte de sus padres, accidentalmente envenenados por comer en exceso de pepas de uva en la comilona de año nuevo.

Jorge Armando era de vital importancia para la gente de San Felipe. Todo el mundo lo amaba como se ama a un hijo, o a un hermano. Lo miraban con respeto y con pena. Había perdido todo lo que tenía desde siempre, como si es que su vida fuese intencionalmente destinada a la tragedia. Inexplicablemente, cada uno de los habitantes del pueblo vivían y morían para él. Desde que apareció en San Felipe, el mulato daba la sensación de ser el personaje principal de la historia de ese pueblo. Ese sentimiento generalizado se confirmó de manera absoluta cuándo Jorge Armando encontró, en una de sus exploraciones aledañas, cientos de miles de fierros, de metales, de tornillos y de prensas que sugerían —casi de manera obligatoria— que se usaban para construir unos rieles. Jorge Armando ya sabía que ese era su destino. No sabía bien, siquiera, qué era un ferrocarril, pero trabajó día, noche y madrugadas transportando metales de la frontera hasta el centro de San Felipe. No tuvo que hablar demasiado para convencer a todos los hombres del pueblo a cargar los fierros, pero se sorprendió gratamente cuando asistieron también todas las mujeres, y los niños, que cargaban los pequeños tornillos. Casi todos los habitantes de San Felipe trabajaron en la construcción de los rieles. Jorge Armando, sin saber qué hacía, tenía tatuados, exactos, los planos de la obra en su cabeza, como si alguien los hubiese implantado; y dirigía el proyecto como Napoleón dirigía los ejércitos. Los hombres martillaban y fundían, las mujeres apretaban las tuercas, los viejos horneaban pan, freían huevos, y preparaban chicha, mientras los niños canturreaban.

Durante cuatro meses, se llevó a cabo la coreografía de los rieles, que se iban alejando más y más del pueblo, hasta que conectaron casualmente con los rieles que ya estaban en la ciudad de Salinas. Algunos se quedaron en el nuevo mundo; alguno se perdió en el camino, y muchos otros regresaron, visiblemente asustados, a San Felipe para volver a sus vidas preconfiguradas. Pero ya Jorge Armando llevaba un buen tiempo sintiendo que se desvanecía para cuando la obra culminó. Sus premoniciones, anteriormente claras como un espejo, eran o nubladas o nulas. No tenía en su memoria porvenir alguno, y no encontraba más sentido a su existencia. Él sabía que aún tenía toda la vida por vivir, pero parecía no haber, en los planes de la consecuencia, manera alguna para vivirla. El día de su casamiento, se le había derretido el dedo pequeño del pie, dejando en evidencia el hueso, pero, sorprendentemente, sin causarle dolor alguno. Después se le derritieron las orejas, se le cayeron las pestañas y se le atrofiaron las articulaciones de tal manera que tuvieron que postrarlo en una silla y empujarlo por la casa para que no sufra al caminar. La manera en la que la piel se le derretía era una cosa que nunca pudieron explicarse los curanderos felipinos, y no podrían explicárselo siquiera los médicos modernos. La piel le colgaba, se diluía y goteaba, exponiendo la composición más básica de sus huesos y sus articulaciones, como una caricatura que dejó de dibujarse. La conclusión a la que llegaron, con un visible consenso, es que Jorge Armando había sufrido de las consecuencias de una quiromancia mal practicada, —nos lo machacaron a Jorgito, decían las curanderas. A pesar de esto, la vida continuó durante décadas en San Felipe, sin que llegase nunca el ferrocarril. Ni siquiera por casualidad. Por las mañanas, Jorge Armando pedía a su esposa y al sobrino del alfarero que lo arrastrasen con la silla hasta la estación de la Plaza de los Oficios, y con dos canastas llenas de mandarinas que iba pelando con la paciencia que le permitían sus huesos, esperaba fervientemente a un tren que parecía que no habría de llegar nunca. Recordaba cosas que él no debía recordar, pero que sabía que eran ciertas por obra y gracia de sus dones. Recordaba el día en el que llegó el primer cura al pueblo, cuando intentó quemar una de las casas originales (que los pobladores llamaban Panteón) por considerarla como un lugar de culto pagano, y el fuego terminó mutando en un agua de manzanilla amarillenta que limpió todo el piso hasta dejarlo tan transparente como un espejo, pero, sobre todo, la tentativa de incendio dejó una apertura circular geométricamente perfecta en la cúpula, por donde pasaban divinamente los rayos del sol. Lo que el cura Trajano había tomado como un milagro de San Felipe, los primitivos pobladores del pueblo habían tomado como brujería. Desde ese preciso momento, los habitantes del pueblo acordaron —parte por miedo, y parte por la promesa de la protección católica— que el pueblo, anteriormente llamado Tusculum, pasaría a llamarse San Felipe. Jorge Armando recordó, también, el nacimiento del escritor Palacio, que fue hijo de un misterioso hombre que había enamorado a su madre una noche de abril, la había convencido de renunciar a su virginidad (delito mayor en San Felipe), y la había abandonado, no sin antes publicitar a viva voz la hazaña de quitarle la virginidad a la jovencita más codiciada del pueblo. La madre del escritor lo culpó desde antes de su nacimiento, y lo maldijo con su nombre manchado de superstición. Dicen algunos —pero Jorge Armando lo sabe con certeza— que el padre del escritor volvió algún día, intentando reconocerlo como su hijo, por pensar que acompañado a sus folletitos venía fama y riquezas. Al darse cuenta de que su hijo era un recluido, paupérrimo y patético ser que gastaba todo su dinero en cartas pidiendo ayuda económica y libros a sus amigos de la capital, y que se alimentaba únicamente de tortillas de tiesto y agua, se emborrachó en la cantina más cercana y partió hacia su suerte. Algunos dicen también, pero a Jorge Armando no le consta, que el padre del escritor también habría quedado manco por habérsele encontrado robando ranas en un pueblo indígena al oriente de San Felipe.

Finalmente, Jorge Armando Sevilla recordaría (aunque en realidad estaba visualizando un futuro que solo llegó en otra realidad) el momento en el cual constituiría la primera de sus doce empresas de ferrocarriles, también visualizó con absoluta claridad el día en el que lo elegirían alcalde del pueblo, o el día del nacimiento de su nieto, violentamente en el abecedario de caracol de la Plaza de los Oficios. Ya casi al final de sus días, sentado frente a la estación improvisada, habría de darse cuenta de que al pueblo le faltaba gente, y casas. María José Damasco, la primera reina de belleza del pueblo, había desaparecido de la faz de la tierra, como lo había hecho el sobrino del alfarero y uno de los niños del capitán Schubert. De las dieciséis casas originales quedaban solo dos, y el resto habían desaparecido por circunstancias inexplicables. El Panteón se había hundido bajo tierra, como si hubiese estado construido sobre fango espeso, y el primer aposento de Eleonora y Olivier había sido devorado por termitas que —incomprensiblemente— comían tanto madera, como mármol, oro y bronce.

Nadie nunca pudo haber olvidado al pueblo de San Felipe, porque todos los viajeros que se tropezaban con él se quedaban inescapablemente cautivos, como si sus calles fueran barrotes, y los pocos que lograban escapar, perdían la habilidad de hablar o de escribir sobre este, como si es que el pueblo se protegiese a sí mismo de la publicidad; pero aun así el pueblo parecía estar encaminándose más y más hacia el anonimato absoluto y eterno. Las personas no se recordaban entre sí, y era devastador ver cómo los padres sacaban a tiros a sus hijos de sus casas, por pensar que estaban robándose sus propias pertenencias, o a los abuelos creyéndose bebés, pidiendo con sonidos infantiles, leche materna a las matronas del pueblo. Jorge Armando siempre supo que algo andaba mal en el pueblo, pero en ese momento supo, sin duda alguna, que estaba siendo presa del absoluto desdén del destino. Mientras se le derretían las encías y se le caían los dientes, Jorge Armando miraba cómo, a la distancia, en medio de las rieles, y comiendo tajos de mandarina venía una tormenta de arena y azulejos en forma de ojos. Cuando enfocó la vista, encontró al ferrocarril que esperó toda su vida, destruyendo a todo el pueblo, casa por casa, persona por persona, como un lápiz que tachaba lo que escribía, y que se dirigía hacia el último humano de San Felipe: él.

En ese preciso instante, Jorge Armando Sevilla entendió que toda la vida que había vivido, y toda la que no vivió, era la aspiración de la memoria de un escritor que se estaba aburriendo de su propia idea. Supo que ese pueblo era un pueblo que solo existió a medias, y que la gente nunca supo de dónde venía porque fueron creados para un solo motivo, en el resquicio que hay entre la hoja de papel y el esfero punta fina. Supo, entonces, que el escritor que lo había creado se aburrió de él, y de San Felipe, de su madre, de su padre, de su historia y de sus aspiraciones, de sus señales y su destino. Supo que el escritor había dejado su creación en el olvido, y que estaba tratando de borrarlo de su memoria. Supo, entonces, que el escritor no podía olvidar a su primera y fallida novela hasta que la acabase como tenía que acabar: matándolo en los rieles del tren.

Supo, Jorge Armando Sevilla, mientras el ferrocarril le rompía las costillas, que todo lo que se cuenta en este cuento, solo se recordó para poder olvidarse.

 


 

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Ilustración relato: fotografía por Jr Korpa / Unsplash [public domain]

 

biblioteca relato Paúl Ricardo Carrera

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 113 · noviembre-diciembre de 2020

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