relato por
Patricia Linn

 

E

l álbum de fotos era grande, pesado, con tapas marrones y hojas de cartulina negra. Las fotos estaban pegadas con cuidado y tenían tirillas de papel blanco pegadas debajo, donde, escrito a máquina, constaban los nombres de todos los fotografiados con las fechas y las circunstancias correspondientes.

Estaba allí, no sé dónde, pero a mano, y lo mirábamos a menudo. Veíamos fotos de mi padre y su escuadrón, el 605 de la RAF (Real Fuerza Aérea), con todos los pilotos parados, o sentados en banquetas, o en el piso, pero ordenados en filas delante de algún gran avión; fotos de mi padre con sus compañeros y amigos; fotos del Mosquito (uno de los aviones que más piloteó); y de después de finalizada la guerra, hay un par de fotos de él con un amigo y dos jóvenes mujeres en una playa, tomando el sol, en Cannes, en ocasión de un viaje en el que debió transportar a altos mandos de la Fuerza a un encuentro. Y también un par de fotos, que siempre me impresionaron mucho, de él y su padre, tomadas cuando mi abuelo lo visitó en Inglaterra. Mi abuelo tenía negocios con empresas inglesas, por eso había viajado. En la foto mi abuelo está sentado firme, algo rígido, pero cómodo en una silla y mi padre, de uniforme, está parado detrás con una mano sobre el respaldo de la silla. Mi abuelo parece un padrino, o jefe de clan, y mi padre un príncipe, que aún con su mirada dulce y todavía algo aniñada impone su presencia, de forma que ninguno de los dos se roba la foto.

Me recuerdo a mí misma con cinco o seis años, mirando ese álbum. En algunas fotos había sobre las cabezas de algunos de los pilotos una cruz azul hecha con lapicera por mi padre. Me tomó tiempo ver que no eran parte de la foto, y también de entender lo que significaban, en realidad fue mi hermano quien me informó que todos los pilotos con la cruz habían muerto.

Esas cruces eran la única señal de la tragedia que estaban viviendo los fotografiados. El orden en que se alineaban para las fotos o la alegría juvenil de las más informales no permitían ver más que un grupo de pilotos de la Fuerza Aérea, entrenándose.

Mi padre aparece con diferentes uniformes, el mameluco gris azulado que luego siguió usando toda su vida cuando en casa hacía trabajos de albañilería, pintura, o carpintería; y el de oficial o teniente oficial, con dos sombreros diferentes, el gorro de servicio, rectangular, que se puede doblar cuando no está en uso, y el gorro con visera. El gorro de servicio lo usábamos para jugar, nos acompañó durante toda la niñez, el otro nunca lo vi. También quedó en casa una chaqueta, gris azulada, que mis hermanos incorporaron a su vestimenta, como campera, 20 o 30 años después. Quedaron los bolsos, que mi madre usó toda la vida, las mochilas.

Un par de fotos de medio cuerpo con el uniforme de teniente colgaban en un cuadro de alguna pared en casa, también un escudo del escuadrón con el lema Nunquam dormio («Nunca duermo»), todo colgado por mi madre, porque a él no le interesaba. Una bala de la metralleta del Mosquito posaba como adorno sobre la mesa de café del living, había varios libros humorísticos sobre la vida en los campamentos.

Con el tiempo, en esos días que mi madre ordenaba cajones, vimos medallas al mérito que le fueron otorgadas, la principal la DFC, (Distinguished Flying Cross) que tenía una carta del Rey Jorge, excusándose por no poder dársela personalmente, un pañuelo con el mapa de Europa que llevaban consigo por si se perdían, los botones que tenían brújulas escondidas, los libros de bitácora, los informes de los vuelos, recortes de diarios uruguayos que mencionaban sus hazañas, cartas que amigos y familiares enviaban a mis abuelos felicitándoles por la valentía del hijo, y también un par de cartas que él escribió.

Los años de la guerra, los años en que mi padre estuvo en Inglaterra, en la RAF, se extendieron de esta manera, a través de todos esos objetos, a nuestras vidas, haciéndose carne en nosotros. Directamente por él no supimos nada, nunca nos habló sobre su experiencia. Bueno, como siempre: hay excepciones. Hubo una vez, cuando yo tenía alrededor de 13 años, en que él, que estaba por hacer un viaje a Inglaterra por negocios, buscó sus mapas y al encontrar uno, grande, que cubría media mesa del comedor, nos dijo que si queríamos nos mostraría en el mapa los lugares donde estuvo. Recuerdo que dijo algo así como «ahora o nunca, no lo voy a repetir». Mi hermano mayor fue el primero en anotarse, pero yo tenía una evaluación de Biología en el liceo al día siguiente, tenía que estudiar, así que no me quedé. Sé que les mostró dónde había hecho su adiestramiento como piloto, dónde estuvo instalado el escuadrón en sus varias bases, y dónde trabajó como instructor de pilotos, y algún otro traslado, pero tampoco en esa ocasión expresó sus sentimientos sobre esa experiencia. Lo único que sabemos son dos o tres cosas aisladas que le contó a mi madre cuando eran novios y probablemente con alguna copa de más.

Mi hermana también dice que le oyó cuentos cuando su actual marido, entonces novio, encaraba a mi padre para hacerle preguntas. Creo que de haber vivido más (mi padre murió a los 53 años por las quemaduras que le provocó la explosión de una heladera a kerosene) nos habría contado más. Le costaba conversar con sus hijos adolescentes, pero, a medida que salimos de esa edad, empezaba a hablar más con nosotros, y a expresar levemente sus sentimientos. Una de esas ocasiones fue en la Navidad del ’72, dos años antes de su muerte. Hacía pocos días que habían aparecido los sobrevivientes del avión de los Andes, que llevaba a amigos de mis hermanos, varios de los cuales murieron. Estábamos todos muy sensibilizados por el dolor y las pérdidas, y en él parecía que la tragedia hacía resonancia con su experiencia de joven. Así que en Navidad pidió silencio e hizo un brindis para celebrar que estábamos todos juntos.

Lo que nos contaba mi madre de lo que él le había contado son cosas aisladas, pero la mayoría relacionadas con el dolor de la guerra, justificando por qué no quería hablar de ella. Dijo, por ejemplo, que cuando su escuadrón fue enviado a Alemania, después de finalizada la guerra, tuvo que sobrevolar de día lo que muchas veces había sobrevolado de noche, bombardeando. Ver el destrozo que habían hecho ellos, los pilotos de la RAF, incluyéndole a él, le produjo una terrible impresión, y pena por la gente inocente a la que habían atacado. Le decía a mi madre que en algunos lugares no quedaba nada, que era como los destrozos que produjo la bomba atómica (de los cuales había muchas imágenes que recorrieron el mundo), solo que no dejaron los efectos de la radioactividad. Estaba satisfecho de que habían ganado la guerra, pero le dolía tremendamente el costo de vidas y obras (aviones, ciudades) que hubo que pagar.

Estando mis padres ya casados, fueron invitados a una fiesta organizada por la embajada inglesa por la coronación de la Reina Isabel, y todos los ex‑combatientes uruguayos estaban invitados. Los que, como mi padre, tenían medallas de honor las llevaban orgullosos en la solapa. Mi padre se negaba a usarlas. Explicaba que se las había ganado por luchar contra el enemigo, y matarlos o intentarlo, por lo que no se sentía especialmente orgulloso, cumplió con su deber y nada más. La guerra no había sido una aventura de la cual jactarse. Mi madre dice que las llevó a la fiesta en su cartera por las dudas, quizás a último momento se arrepentiría de no haberlas llevado, o quizás se las exigirían. Pero nadie le exigió nada.

En otra ocasión, en una fiesta, tres o cuatro años después de finalizada la guerra, compartieron la reunión con un par de ex‑pilotos de la Luftwaffe (Fuerza Aérea Alemana). Los amigos de mi padre, quizás algo excitados por la emoción de conocer de cerca a los protagonistas de la guerra que había tenido en vilo al mundo tantos años, querían que mi padre se acercara con ellos a los alemanes para conocerlos y hablar. Él se negó rotundamente, y le explicaba a mi madre que por más que ahora estuvieran en paz y él no tuviera nada en contra de esos pilotos en particular, no podía olvidar que estuvieron enfrentados, que intentó que sus aviones cayeran, así como ellos trataron de liquidarlo a él. Lo consiguieron con algunos de sus compañeros, los que no volvían de las excursiones de lucha o bombardeo nocturnas que hacía su escuadrón. Le contaba que esas esperas por los aviones que habían partido varias horas antes eran terriblemente angustiosas, y fueron muchas las veces que no hubo tal vuelta.

Otro cuento relacionado con los pilotos de la Luftwaffe que hacía mi madre fue bastante posterior, está vinculado al viaje que mi padre hizo a Inglaterra por negocios con mi madre, motivo por el cuál había buscado los mapas. Viajaron en un avión de Lufthansa. En aquella época después de cruzar el Atlántico los aviones hacían escala en Dakar, Senegal, África Occidental y después Lufthansa paraba en Ginebra, Suiza. Cuando volaban camino a Ginebra entre las montañas de los Alpes y a través de la ventana mi padre veía aparecer y desaparecer montañas detrás de las nubes, sufría del temor al choque. «Espero que los pilotos sepan lo que hacen», decía. Con los aviones que él había piloteado nunca hubiera podido volar por ahí. Ellos dependían de su vista, no tenían tantos aparatos para ayudarlos. Mi madre le sugería que fuera a la cabina de vuelo para que le mostraran los instrumentos, como a veces hacen muy amablemente algunos pilotos de línea a algún conocido o familiar. Pero él no quería ir. Mi madre lo contaba como diciendo «qué testarudo, no quiso aprovechar la oportunidad», pero en realidad lo que mi padre no quería era encontrarse en la difícil situación de contar que él había sido piloto de la RAF y toparse con un ex‑piloto de la Luftwaffe.

Muchos años después de fallecido mi padre, me sentí impactada por unas imágenes de la película de Pink Floyd, The Wall. Mostraban a Floyd de niño revolviendo el último cajón de una cómoda y encontrando el gorro de sargento de su padre, y otras cosas. Me identifiqué totalmente con ese niño. En cierta forma me quedó la impresión de que mostraban cómo le llegaba información de su padre, fallecido en acción, a través de objetos. Entonces me di cuenta de que, para nosotros, las cosas de mi padre y mi padre estaban disociadas, ya que las vivíamos como si fueran recuerdos de un hombre que, como el padre de Floyd, había fallecido. Que mi padre, el que estaba con nosotros en la casa, era otra persona y que había enterrado o escondido muy adentro al que estuvo en la guerra.

 


 

Patricia Linn. Autora uruguaya. Trabajó como periodista científica. Publicó notas en el suplemento cultural del diario El País, de Uruguay. Esas y otras notas pueden encontrarse en: https://periodismoxcientifico.wordpress.com/ Después produjo una revista de periodismo científico, Uruguay Ciencia (www.uruguay-ciencia.com), desde marzo de 2007 hasta diciembre de 2015. Hace años que escribe narrativa, durante 2022 la revista digital mensual El Narratorio ha publicado un cuento suyo al mes.

✉️​​ Contactar con la autora: linn.patricia [at] gmail.com

👓 Leer otros relatos de esta autora (en Almiar): Llanto de un amigo y Se rompe una burbuja

Ilustración: Detalle de pantalla del vídeo La maravilla de madera [en YouTube: youtube.com/watch?v=kdw6AEvFpVg&ab_channel=GmitU-SegundaGuerraMundial]

 

Relato Patricia Linn

Biblioteca de Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · 👨‍💻 PmmC · n.º 128 · mayo-junio de 2023

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