relato por
Patricia Linn

 

M

e alejé del grupo para ir a buscar mi abrigo y cartera. Ya estaban avisando que el ómnibus que nos llevaría a visitar el Mar Muerto estaba llegando. Al acercarme al salón comunal vi a José caminando delante de mí y lo llamé:

—José, ya vienen por nosotros —pero él nada, parecía que no escuchaba.

—¡José! —insistí— ¿me oyes?

Entonces se dio vuelta:

—Sí, sí, ya voy —contestó con voz ronca y la cara roja, ¡estaba llorando! y siguió su camino.

—¿Qué te pasa? ¿Puedo ayudarte?

¿Qué le habría pasado? Ya sabíamos que era de llanto fácil y que extrañaba mucho a su familia. Habíamos visto en algunas ocasiones que una carta de sus hijos le llenaba los ojos de lágrimas. Pero esto me parecía más serio.

Cuando al rato estábamos ya subiendo al ómnibus José ya estaba recuperado y se reía de las bromas que le hacían a Martín. Como por ejemplo decirle que era una tradición llevarle un ramo de flores al mar Muerto cuando se lo visitaba, mientras arrancaban algunas de los pastos o yuyos florecidos, y Martín, creyendo el cuento, armó un ramito más elaborado.

Estábamos alojados temporalmente en un kibutz al sureste de Israel, Bror Jail, de judíos brasileños en su mayoría. Nuestra sede para el curso que estábamos siguiendo sobre Educación para la Ciencia y la Tecnología estaba en Jerusalén, en un kibutz hotel, allí hablaban español, recibían los faxes y cartas que nuestras familias nos enviaban. En Bror Jail nos sentíamos aislados. A veces podíamos usar el teléfono, pero no era fácil. Yo no había podido llamar a mi hijo para su cumpleaños de doce, recién lo hice un día después. Quizás José había hablado con su familia y le contaron algo que le dolía.

Había varios de los treinta y cinco latinoamericanos que participábamos en el curso que extrañaban demasiado a sus familias, la mayoría de ellos hombres, supongo que eran muy mimados en sus casas. Pero el caso de José era diferente. Él se movía con seguridad, fue elegido líder, se ocupaba de mediar con los encargados del curso cuando había un problema de cualquier tipo, como si se necesitaba un médico, problemas en la calefacción de algún dormitorio e inclusive se ocupaba de la resolución de conflictos interpersonales. Que extrañara hasta las lágrimas siendo un hombre fuerte e independiente le daba un toque de humanidad especial.

Cuando celebramos el año nuevo en el búnker del hotel kibutz en Jerusalén comiendo y bailando alegremente, al saludarnos a la medianoche la alegría se tornó en tristeza. Mientras nos saludábamos con un abrazo todos nos pusimos serios, seguramente pensando en la familia y a quienes no podíamos abrazar en ese momento. Pero solo José expresó esa tristeza con lágrimas y daba un abrazo rápido como por temor a romper en llanto. Después supe que su viaje a Israel había sido precedido de una estadía de un mes en Francia, por lo que hacía más tiempo que el resto de nosotros que había partido de su casa.

En el ómnibus le conté a algunas de mis amigas lo que había visto y me dijeron que la noche anterior, cuando algunos pudieron usar el teléfono del director del kibutz, él había salido de la oficina muy serio retirándose sin hablar con nadie.

—Entonces fue algo que le dijeron —acordamos.

—Alguna pelea con su mujer —aventuró una de las más jóvenes.

Para amenizar el viaje algunos llevaron sus guitarras en el ómnibus y Germán, salvadoreño como José, se puso a cantar una canción sobre la paz y cuando terminó, la panameña le preguntó:

—¿Habrá paz en tu país? ¿O serán puras palabras? —en esos días se estaba anunciando que se había llegado a un acuerdo y que pronto se firmaría la paz.

La guerra, pensé, habrá sido por algo de la guerra. Quizás a José le contaron alguna cosa vinculada a alguno de sus amigos desaparecidos. Quince años antes, según nos había relatado él, había salvado su vida escapando por la puerta de la cocina de la casa de sus padres mientras los militares golpeaban la puerta del frente. Trepó por los techos de los vecinos dirigiéndose a los cafetales y caminó entre estos por tres días hasta llegar a una casa de amigos en la capital, San Salvador, dónde se quedó a vivir. En la misma redada habían desaparecido dos de sus amigos cercanos. «Por cantar canciones de protesta», decía José. «Éramos jóvenes enojados con el gobierno y con lo que pasaba, pero no estábamos organizados ni armados. Y eso fue antes de la guerra, después fue peor».

Germán contestó a la panameña diciendo:

—No son palabras nada más, se logró un acuerdo que nos cambiará la vida, pero será necesario un proceso de ajuste, no será fácil.

—¿Cómo qué? —le preguntaron.

—De todo: cumplir las normas con respecto al uso de armas, por ejemplo, independizar al poder judicial y acatar sus resoluciones, y en lo personal, creo que debemos perder el miedo.

José que estaba cerca y escuchando agregó:

—Sí, y tendremos que aprender a socializar los de un bando con los del otro, con los que antes eran enemigos, y sobre todo deberemos aprender a perdonar.

Esa fue la causa de su llanto, me dije, de algo se enteró que no puede perdonar, o perdonarse. Habría querido tirarle la lengua, pedirle que diera un ejemplo y así quizás se delataba. Pero yo estaba sentada lejos, y en voz alta no iba a confesar nada, tampoco correspondía.

Finalmente llegamos al mar Muerto, ¡a 428 metros bajo el nivel del mar!, el sitio más bajo de todo el planeta, y hacía calor, un gran contraste con relación al clima invernal que vivíamos en el resto del país. Algunos se metieron en el agua. Era grasosa y oscura, no muy atractiva, pero había que sentir en carne propia eso de flotar fácilmente. Varios se sacaron la famosa foto de leer un diario cómodamente flotando en el agua sin que este se mojara.

Después de almorzar, subimos a Masada, Metzada como le dicen allí, la famosa fortaleza construida en una montaña cercana y a unos 450 metros sobre el nivel del mar Muerto, o sea casi el nivel del mar. Recorrimos las ruinas de 2.000 años de antigüedad siguiendo al guía. Me cansaban los guías, el ritmo de su discurso era siempre diferente al de mi pensamiento, por lo que después de recoger alguna información básica prefería huir, alejarme. Además, como toda la región estaba realmente muerta, no había más seres vivos que nosotros, no se oía ni el canto de un pájaro ni el ladrido de un perro, ni zumbidos o chirridos de insectos yo quería escuchar el silencio e imaginar cómo habría sido vivir allí. Hacer mi viaje al pasado.

Desde arriba el mar Muerto se veía de un color verde turquesa hermoso, y se veían las montañas rojizas, blancas y áridas que lo rodeaban, y del otro lado se veían las montañas de Jordania cubiertas por una bruma, era una vista hermosa y a la vez triste.

Al viajar siempre se ven mil cosas nuevas y parece natural, pero algunas son realmente algo especial, hay un momento en que la imagen mental previa creada por fotos, dibujos, mapas, y también por palabras, debo contrastarla con lo que tengo delante. Y no coinciden, en mi experiencia, la realidad es siempre más impresionante. En este caso, de golpe sentí que está muerto de verdad, el mar y todo lo que le rodea. Es un desierto con una enorme masa de agua, pero el agua no forma parte de un oasis, una zona con agua y vegetación como es la imagen que la mayoría tiene de cuando hay agua en un desierto, este era un desierto de agua.

Ese lugar además tenía historia. El guía nos relataba que, durante la guerra contra los romanos, los patriotas judíos se fortificaron allí. Los romanos sitiaron Masada, y levantaron en la zona ocho campamentos con muros de piedra, cuyas ruinas veíamos perfectamente desde arriba. Como todo sitio tenía como objetivo impedir que se proveyeran de alimentos. Pero la dificultad era mayor para los romanos, debían traer el agua desde Eingedi, a varios kilómetros de distancia, y los víveres desde Jericó o Jerusalén, pues en la depresión del mar Muerto, las altas temperaturas del verano y las heladas en invierno impedían practicar la agricultura. En cambio, en la cima de Masada el clima era más benigno y los asediados contaban con depósitos de agua de lluvia recogida en grandes cisternas y tenían almacenes donde conservaban muchos alimentos, parece que tenían huertas y ganado, y también tenían palomares que además de servirles para enviar y recibir mensajes, les permitía tener abono para la huerta y huevos para consumir.

Vi las cisternas, algún almacén, uno de los palomares, ruinas de baños y después me alejé. Caminé hasta que la voz del guía se apagó, y al dar vuelta a la pared de unas ruinas me topé con José. A él le había pasado lo mismo, según me dijo, quería escuchar el silencio. Hablamos de eso, de la hermosa vista y de la increíble historia de los rebeldes judíos que vivieron allí y murieron por suicidio para no entregarse a los romanos que los sitiaban. A mí se me atragantaba la pregunta del motivo de su llanto esa mañana, así que cuando hablamos de las ruinas de los campamentos romanos y las mirábamos desde arriba, dije:

—La guerra es dura.

—Sí… —contestó, bajando la voz.

—Tu llanto esta mañana ¿tenía que ver con eso, la guerra en tu país?

Me miró como sin ganas de contestar, pero contestó:

—Sí, ayer mi padre me contó que, en medio del clima festivo por la firma de los acuerdos de paz, mi tío se encontró con un exvecino, milico, que le dijo que había visto a su hijo, o sea a mi primo, en un cuartel en San Salvador cuando fue secuestrado hace siete años. También dijo que lo volvió a ver dos años después en el mismo cuartel, muy delgado y casi irreconocible, muriendo de tuberculosis —respiró hondo y agregó— ¡tenía 20 años cuando desapareció! —y rompió en llanto.

Lagrimeando yo también, me acerqué y nos abrazamos. Él lloró un rato. No dije nada, no tenía ni creo que haya palabras para esos dolores.

Cuando se calmó, levantó la cabeza, me soltó y me dijo:

—Hubiera preferido saber que murió cuando lo capturaron, pero si vivió dos años en ese cuartel lo deben de haber torturado de mil maneras. Te imaginas qué horror. Él es como mi propia carne, me duele mi cuerpo y mi alma, y a través de él, me duelen todos, todos los que pasaron por eso… hubo tantas víctimas.

Quedó en silencio unos instantes, mirando al mar Muerto, y después agregó:

—Y yo en ese tiempo me gradué, me casé, nació mi hijo… Es incomprensible.

 


 

Patricia Linn. Autora uruguaya. Trabajó como periodista científica. Publicó notas en el suplemento cultural del diario El País, de Uruguay. Esas y otras notas pueden encontrarse en: https://periodismoxcientifico.wordpress.com/ Después produjo una revista de periodismo científico, Uruguay Ciencia (www.uruguay-ciencia.com), desde marzo de 2007 hasta diciembre de 2015. Hace años que escribe narrativa, pero todavía no ha publicado.

✉️​​ Contactar con la autora: linn.patricia [at] gmail.com

Ilustración: Fotografía por thatsphotography [en Pixabay, dominio público]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 123 · julio-agosto de 2022

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