relato por
Nieves Pascual Soler

 

A

ntes de llamar a la puerta de la casona la joven se sacude una mota de la camisa, abre la boca en una sonrisa y pone los ojos tiernos. Entonces espera, pero nada. Llama una segunda vez y espera. A la tercera le abre la puerta una anciana vestida de vieja con pelo blanco recogido en moño a la nuca.

—Estoy sorda del oído derecho —la anciana se toca la oreja correspondiente.

—Soy Maribel. Me envía la agencia de cuidado de ancianos a domicilio —dice la joven en un tono alto.

—¡Ay, Señor! Te esperaba a las diez.

—Puedo venir luego si gusta.

—¡Por Dios bendito, ni hablar, hija! Pasa, pasa.

La anciana se hace a un lado y la joven entra al recibidor que da a un salón enorme lleno de luz brillante. Al instante se percata del televisor de plasma de sesenta pulgadas colgado de la pared del fondo, el altavoz inalámbrico de sonido envolvente y alta fidelidad a la derecha de la chimenea eléctrica extralarga y el cuadro abstracto sobre la vitrina moderna de diseño a la izquierda. La joven imagina que la pintura debe costar un riñón y un escalofrío de placer le recorre el cuerpo.

Las dos mujeres se sientan en el sofá rinconero de piel de lujo color ocre bordeando la alfombra persa auténtica.

—Anudada a mano —dice la anciana con orgullo mirando al suelo.

—Ya veo —asegura la joven que aunque no tiene idea del valor piensa que al ser tan grande valdrá una pasta.

Frente a ellas hay una mesa de café en cristal esmerilado con tres libros dispuestos uno sobre otro. La anciana explica que antes leía mucho pero ahora la vista le falla. La joven contrae los labios en un rictus que quiere evidenciar la pesadumbre que esto le produce mientras se le ocurre que entre que la vieja ni oye ni ve en esta ocasión va a resultar pan comido, no como la semana pasada con la abuela loca esa que se puso a gritar como una salvaje. La anciana se remueve en el sillón como si le costara encontrar una postura que no le doliera. Por fin se acomoda.

—Y ¿cuál me has dicho que es tu nombre?

—Maribel, Doña Lourdes.

—Lourdes a secas, que me haces mayor. Ya mi memoria no es lo que era.

—No se preocupe. Para eso estoy yo aquí. Me he traído mis cartas de referencia, por si quiere verlas —hace ademán de abrir el bolso.

—No es necesario. A decir verdad, Maribel, lo que más necesito es compañía. ¡Ay, hija! La soledad es muy fea y esta casa es enorme, pero de la limpieza ya se ocupa Emilio, que ha estado con mi familia toda la vida.

La joven abre mucho los ojos y palidece hasta que la anciana le dice que hoy Emilio libra. La joven relaja los párpados y recupera el color en sus mejillas. Se callan un rato.

—Yo disfruto mucho con lo que hago, Doña, perdón,… Lourdes. Me encanta mi trabajo. Los mayores dependientes son mi verdadera pasión. Los adoro. Como a mis niños.

—¡Ahhh!, ¿pero tienes hijos?

—Tres, señora. Mi Héctor, mi Vanessa y mi Salomón.

—No tuve yo esa suerte —dice la anciana amarga.

Como si le pesara haberla entristecido, la joven añade al instante:

—También me gustan los gatos. ¿No tiene usted gatos?

—No. Mi difunto esposo sí que era un gran amante de los felinos. Pero, hay que ver lo desconsiderada que soy. ¿Te apetecería un tecito?

—Muy amable —dice la joven, cortés.

La anciana se levanta con dificultad del sofá. Apoya las palmas de las manos sobre los riñones y dirige sus pasos a la cocina. La joven queda mirando cómo renquea. Cuando desaparece clava los ojos en la vitrina cargada de figuritas de porcelana. Se levanta con sigilo y se acerca. Comprueba que son de calidad y se le pone la cara granuja. Regresa al sillón, conteniendo la tentación de subir las escaleras a sus espaldas. Ya habrá tiempo luego. Oye el ping del microondas. Si la cocina está tan bien surtida como el salón seguro que de esta se jubilan. Saca el móvil del bolso y escribe un mensaje a su novio: «Todo OK». Lo envía y guarda el teléfono al oír los pasos de la anciana.

—Espero que te guste el té de jengibre con limón.

—¡Cómo no!

La joven aparta los libros de la mesa para que la anciana coloque la bandeja. Las cucharitas son de plata y la vajilla azul cobalto de las caras. La joven se sirve dos terrones de azúcar, los remueve con delicadeza, coge la taza y bebe un sorbito.

—Muy rico.

—Mis costumbres son sencillas, querida. Claro, a esta edad, ¿verdad? Un paseo de media hora por la mañana y luego mi tabla de ejercicios de equilibrio y coordinación.

—Es lo mejor para desarrollar huesos fuertes.

—Y que no me falte mi vitamina D, K2 y el magnesio.

—Imprescindibles.

—A eso de media mañana voy al mercado. Cada día. Así me aseguro de que todo es fresco.

—No podría estar más de acuerdo. Yo soy una fanática de los alimentos saludables. Con decirle que soy vegana. Hay que cuidarse, ¿no le parece?

La anciana asiente con la cabeza.

—Yo, lo que como es natural. Sin conservantes ni colorantes. Por supuesto, ni fumo ni bebo. Jamás.

—¡Qué maravilla! Pero bébete el tecito que se te va a quedar helado.

La joven da un par de sorbitos más.

—Después de comer, mi telenovela…

La anciana no termina la frase porque el cuerpo de la joven se inclina a un lado. La muchacha queda dormida por completo.

A la noche uno de los policías en el salón despierta a la joven con palmaditas en la cara. Le lee sus derechos y la esposa. No hay rastro del televisor, ni del equipo de música de última generación, ni del cuadro, ni de la chimenea, ni de la vitrina, ni de la alfombra persa. Los electrodomésticos de la cocina, la cubertería de plata y las joyas de la dueña, Lourdes Pérez García, de viaje en Alemania, han desaparecido. Dio parte del robo el trabajador doméstico Emilio Salazar al llegar a la casona cuando atardecía. La asistente social Maribel Cuenca se encuentra en el hospital, todavía inconsciente por el golpe recibido en la nuca con el bate de beisbol del novio de la joven, que ha confesado todo en comisaría, donde ahora dirigen a la delincuente.

Justo en ese momento la anciana vestida de vieja con pelo blanco recogido en moño a la nuca conduce un camión a la frontera con Francia.

—¡Estos jóvenes se creen que somos imbéciles! —le dice a su marido que acaricia un gato en su regazo.

—Ni que lo digas, cielo, ni que lo digas —contesta él preguntándose si la próxima vez será tan fácil como esta.

 


 

Nieves Pascual Soler. Catedrática acreditada de Filología Inglesa. Actualmente enseña on line para la Universidad de Jaén y la Universidad Internacional de Valencia. Ha publicado múltiples ensayos y libros de carácter académico en inglés y en español, así como relatos en revistas de creación literaria (Baquiana, BrevillaPrimera página, Letralia, MicroscopíasAsparkíaRelatos sin Contrato). Desde 2016 reside en los Estados Unidos.

Web: https://www.researchgate.net/profile/Nieves_Pascual_Soler



 Ilustración: Fotografía por TheDigitalArtist / Pixabay [dominio público]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) n.º 109 marzo-abril de 2020

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