relato por
Palacio Rojo

 

A

l final me he decidido a escribir lo que pasó tal y como fue. Para que nadie me cargue a mí los muertos; ya se sabe cómo es la gente. Yo le conocí, al Sergio, cuando nadie o casi nadie le hablaba. Yo creo que era porque iba con unas botas de montaña, de esas de escalada, y con unos pantalones un poco saltones que dejaban a la vista los calcetines blancos. Además, andaba encorvado, no jorobado, sino un poco como para adelante. Yo le hablé una vez y ya no se despegó de mí ni un solo día en uno o dos años. Los demás se reían y nos decían que éramos como hermanos, pero con mala idea.

Andábamos por los alcores del camino de Villanueva. A mí me gusta que mi pueblo tenga un puente a la entrada, porque ninguno de los de alrededor lo tiene. Debajo no es que haya un río, sino que pasan las vías del tren. Yo nunca he visto pasar uno. Pero, por la noche, a veces se puede escuchar el traqueteo y el pitido aunque mi casa está muy lejos de las vías. Me gusta oírlo porque es como si el tren pasara por mi sueño, en vez de por debajo del puente.

Bueno, en fin, que yo y el Sergio caminamos cerca de las vías del tren y le tiramos piedras a un perro y nos subimos a un olivo y nos acercamos a un caballo con las patas trabadas, cuando me cuenta lo del libro. Me dijo que él salía en un libro. Yo le pregunté que si lo había escrito su padre. Me respondió que no, que era de uno que murió hace un montón de años. Yo le dije que eso era imposible. Me dijo que me lo podía demostrar. Que me enseñaría el libro.

Fuimos a su casa, la de los techos altos, que era muy húmeda y tenía una gran mancha en una de las esquinas del salón en donde estaban los libros. Se subió a una silla y me lo bajó. Era un cuento de un niño que se sentía con miedo de un pozo que la gente llamaba el Pozo Blanco, porque el fondo no era negro sino blanco. Yo le pregunté que dónde salía él. Y va y me vuelve a señalar la página. Aquí. Luego me explicó que él se apellidaba Del Pozo Blanco y por eso él era el niño del Pozo Blanco. Yo me reí, ¿qué iba a hacer? Eso lo tenía que contar en el patio del colegio.

Cuando salimos al jardín, vimos al cura del pueblo, Don Antonio, que levantaba la ostia y luego el copón, y al final comulgaban el padre, la madre y las tías. Cuando les daba de comulgar y les decía «el cuerpo de Cristo», yo le dije a Sergio en voz baja, «el conde de Greistok», que suena como «el cuerpo de Cristo», si lo dices a la vez. Sergio me dijo que su abuela se iba a morir y, para asegurarse de que iba al cielo, llamaron al cura. El Conde de Greistok es Tarzán, que, según me dijo Sergio, Tarzán fue conde antes que Tarzán, o al revés, no me acuerdo bien. También se rio cuando le dije que el Cristo de la parroquia se parecía a Tarzán. Él se reía con mis cosas. Pero, luego, yo creo que se sentía mal y se confesaba.

Cuando salimos, al poco de eso que te he estado contando, nos llevamos un balón y el libro, y al pasar por la mercería de su calle, Santa Teresita del Niño Jesús, me señaló una minifalda rosa del escaparate y me dijo que por qué no me la ponía, y empezó a menear el culo. Yo le di una patada en el suyo. Íbamos al campo, a enterrar el libro ese del niño, para que nos diera buena suerte cuando fuéramos mayores. Para empezar a serlo, decidimos fumar los Fortuna que Sergio le cogió a su madre. Después de fumarlos me dolía la cabeza. Me sentía mal y por eso creo que le di un beso en la boca. Él se puso colorado y dijo que eso no estaba bien entre amigos. Yo no le dije nada y empezamos a rodar por una cuesta y terminamos sudados y con el corazón a cien por hora.

Y, por una cosa o por otra, ya no estuvimos juntos más. Ese fue el último día que pasamos en compañía, el día que enterramos el libro.

Sergio le contaría algo a su padre y le castigaron sin salir por mucho tiempo. Y bueno, una mañana, eso nunca se me va a borrar de la mente, me vino mi madre muy en silencio, se me acercó y me dijo muy despacio que los padres y la abuela de Sergio se habían quemado en un fuego. Y es que la casa de Sergio había salido ardiendo, pero él se salvó de milagro y estaba en casa de sus tíos, creo.

En el patio del recreo me dijeron la verdad, que fue el Sergio el que le metió fuego a la casa y los mató. Esa noche soñé que su padre me venía en sueños y me dijo que me perdonaba. Luego, en el mismo sueño, aparecía Sergio, pero no recordaba nada del incendio y nos pusimos a jugar como si nada.

Yo no tengo nada que ver con él. Ni siquiera lo he visto más. No sé por qué dijo que los mató por mi culpa. Sí, me he enterado hace poco que lo va diciendo por ahí. Según él, yo le convencí de que sería gracioso que el cielo fuera el infierno y el infierno, el cielo. Que Dios es un bromista y se pone a ver cómo la gente que cree que va a ir al cielo, se quema en el infierno, y al revés. Por eso quemó a su familia, para que probaran lo que es estar en el cielo. Y como castigo, a él le premiarían con ir al infierno. Yo creo que se volvió loco, todo el día encerrado en esa casa llena de libros, que si los lees y no sales a la calle empiezas a vivir en otro mundo. Menos mal que nadie le cree y que mis padres me han defendido ante todos los que murmuran.

Yo ahora no quiero líos, acaba de nacer mi niña, que se llama como yo, Celestina, y no quiero que en el bautizo el cura me venga con problemas y cosas que pasaron hace tanto tiempo.

 


 

Palacio Rojo. Seudónimo de un autor nacido en Sevilla. Su poesía, ensayos y relatos han sido publicados en revistas europeas y americanas como Estación Poesía, Clarín, Letralia, El Coloquio de los Perros, Quimera, Inundación Castálida, Ariadna, Revista de Letras, Colofón, Pliego Suelto y Bad Idea Magazine, entre otras. Distribuyó mediante bookcrossing, en ediciones no venales y limitadas, sus obras El libro diario, El primer libro y El libro de las carcomas. Su primera publicación por medios convencionales ha sido Yo sombra (Editorial Círculo Rojo, 2018), mezcla de ensayo poético y antinovela sobre la verdadera naturaleza de los sevillanos, a la manera del Ulises de Joyce. A esta le sigue Los Papeles del Norte (Mascarón de Proa, 2020), otro volumen híbrido que proclama lo que supone un libro verdadero: el refugio al que se puede volver una y otra vez en tiempos de necesidad, en estos tiempos de textos masivos.
palaciorojo [at] tutanota [dot] com

Ilustración: Fotografía por Free-Photos / Pixabay [Public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 113 · noviembre-diciembre de 2020

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